GOIZ ARGI

(Número 3. Zenbakia - Martxoa 2000 Marzo)

Artxibo doc

RECENSIONES / LIBURUEN KOMENTARIOAK

"Contra la barbarie. Un alegato a favor de las víctimas de ETA" y "La diáspora vasca. Historia de los condenados a irse de Euskadi por culpa del terrorismo". Autor: José María Calleja.

Ambos libros corresponden a temas y épocas diferentes, y eso se nota. En el primero de ellos el autor se centra en la problemática de las víctimas de la lucha armada, del aspecto de sufrimiento personal de esa lucha, no sólo desde la perspectiva del ejercicio de ETA sino también del GAL. En el segundo libro, pese a que por el título pueda pensarse que va en la misma dirección, el autor otorga mayor peso a la pura reflexión política.

Hasta hace muy poco, resultaba inusual en Euskadi el cumplimiento de trabajos que se centraban en la cuestión de aquellos que sufrían a un nivel personal las consecuencias de la situación de violencia. A comienzos de la transición, y a fines del franquismo, aparecieron algunos trabajos acerca de la represión, franquista o postfranquista, y los testimonios de torturas de diversas personas. Si bien el MLNV ha tratado de explotar este filón, basado en casos muchas veces reales de ejercicio arbitrario del poder por parte del Gobierno, el repliegue represivo dado desde el final del GAL ha limitado su producción. Por el contrario, a partir de 1992, en la medida que la extensión de los mecanismos de coacción por parte del MLNV se ha diversificado y alcanzado cada vez mayor número de personas, algunos periodistas, como Julio Flor y otros, han empezado a describir la tragedia de aquellas personas víctimas de la violencia de ETA o de sus organismos subsidiarios.

En "Contra la barbarie", el autor comienza haciendo una narración de los atentados terroristas (tanto de ETA como el GAL) ocurridos en Euskadi en lo que denomina "años de plomo" (principios de los ochenta). El autor reseña los sentimientos emocionales como miembro de la agencia Efe al tener que consignar noticias que le llevaban a vivir muy de cerca el sufrimiento de los familiares de los asesinados:

"...Pesaba tanto la muerte en aquellos años ochenta en Euskadi, era tan concreta que cuando se producía hacía saltar todos los resortes emocionales, desataba la tensión, confirmaba los presagios mil veces sentidos..." "...La muerte era en los años ochenta un suplicio que no dejaba lugar al respiro. Cada funeral era la antesala del siguiente crímen en una suerte mortífera que acababa haciendo callo en la opinión pública, que apenas prestaba atención a los muertos de uno en uno y sólo parecía salir de su modorra cuando el crimen era colectivo".

"...Escribía invadido por una sensación de angustia, de no dejarme hueco para sentir en toda su extensión lo que acababa de ver, sin pausa para sedimentar lo que era una sacudida emocional..." "...Aún hoy, muchos años después, todavía siento cómo se me tambalea la columna vertebral cada vez que tengo que narrar un atentado".

A lo largo del libro el autor plantea todas sus reflexiones partiendo desde un punto de vista humano. Por ejemplo, cuando narra lo que denomina el comunicado "post mortem", que ejercía, según el autor, una función didáctica y de marketing cuando la víctima no entraba en una categoría liquidable. Así como el culto a la muerte y la indiferencia general cuando en muchos casos eran asesinadas personas durante las fiestas del pueblo y estas no se suspendían.

Se resalta, aquí, la soledad de las víctimas de ETA. Muchas veces estas entraban en la categoría de gente que no poseía un colchón político o social que atemperara las consecuencias del crimen y, por tanto, a la pérdida de la persona allegada se le añadía la humillación de tener que soportar el "algo habrá hecho" como epitafio y escarnio.

Asimismo plantea la doble moral del militante de HB que mientras estaba en la lucha era un "duro", mientras que cuando sufría las consecuencias de su lucha cambiaba de planteamiento -y cita los casos de Iñaki Esnaola y Txelis.

Dentro de este mismo libro, sus análisis sociales y políticos dejan mucho que desear. Así, cuando habla de los sujetos que realizan la lucha callejera afirma que son "... el fruto directo de una instrucción continuada en el odio. El intenso lavado de cerebro empieza en algunos casos, en el seno de la familia, donde se transmite una visión distorsionada de la historia...".

Los casos que caben dentro de esta categoría no omiten un hecho fundamental, ante el cual no se para a pensar nuestro periodista: la inserción de individuos dentro de una estrategia y dentro de una dinámica de organización planificada cuyo objetivo es el de aligerar el trabajo de ETA a la hora de repartir el bagaje de su coacción dentro de la sociedad vasca. El problema de la lucha callejera, y de los nuevos grupos de mamporreros del MLNV, es más bien un problema de producción que de transmisión, más de planificación estratégica que de herencia histórica.

El autor nos narra la situación en la que se quedan las víctimas después de los atentados, tanto en el terreno psicológico como económico, así como las demandas que plantean éstas en lo que se refiere a cuestiones como seguimiento de causas judiciales, petición de hablar con los ejecutores de los atentados, etc. Este es el aspecto más positivo del libro. Puesto que nos emplaza a contemplar todo aquello que transcurre bajo la pantalla de reivindicaciones, legitimidades y discursos políticos. El sufrimiento humano puro y duro, sin remisión y con toda su carga de destrucción personal.

En la "La diáspora vasca", el punto de vista cambia. Aunque básicamente se trata de contarnos la marcha del País Vasco de personas amenazadas y extorsionadas, el tono del autor es mucho más político. En este terreno, comparte el análisis que destacados autores como Savater, Juaristi, De la Granja... hacen de la sociedad y la política vasca.

En su primera parte, el autor describe la diáspora de los "años de plomo" en los que "...(ETA-m) te podía pegar un tiro en la nuca; ETA político-militar octava asamblea podía secuestrarte, ETA político-militar séptima asamblea, podía pegarte dos tiros, uno en cada pierna o los CCAA te podía matar, extorsionar o amenazar".

Posteriormente plantea la idea de que profesores como Savater, Mari Cruz Mina, Félix de Azúa, Vicente Molina Foix, Javier Etxeberria, Aurelio Arteta... fueron los que con su actitud, creando una "...Nanterre con vistas a la Concha...", plantaron cara al tono comprensivo de la Universidad vasca respecto al "terrorismo nacionalista".

Más tarde repasa hechos como los de Ermua, así como la entrevista del obispo de San Sebastián con el PP y demás atentados comprendidos entre el periodo de 1997 y la declaración del alto el fuego de ETA.

Gran parte del libro lo dedica a hacer un diagnóstico de la situación política tras la tregua. Básicamente analiza el fenómeno de Ermua como factor desencadenante del proceso y viene a decir que el nacionalismo en su conjunto se alía con el propósito de capitalizar la tregua. En este sentido, el autor se muestra un entusiasta de las tesis de Jon Juaristi:

"...El argumentado y erudito libro de Jon Juaristi ("El bucle melancólico"), escrito con el más profundo conocimiento del problema del nacionalismo y del terrorismo sigue estando entre los más vendidos. Los lectores con El bucle melancólico han sentido la necesidad de hacerse con una especie de certificado que les acredite como contrarios al nacionalismo...".

"...HB-ETA-EH quieren hacer un país nacionalista en equipo, remando en la misma trainera con los del PNV y EA, un país en el que se persiga socialmente a los constitucionalistas. Quieren quedarse con el país. Están en ello..."

"...el euskera sería la herramienta con la que en el futuro se practicará esta especie de limpieza étnica sin muertes, pero con bajas, sin funerales, pero con exilio...".

Todo esto es la enésima repetición de los comentarios de los mentideros tertulianos matritenses, necesitados de opiniones aparente informadas que les establezca en su secular desprecio e ignorancia del problema vasco.

La aportación que hace Calleja al narrarnos con detalle el sufrimiento extremo de las víctimas de la violencia, es de gran importancia a la hora de afrontar una visión global y humana del conflicto vasco y sus fatales y más desgarradoras consecuencias.

La vorágine política lleva los acontecimientos en este País a un ritmo vertiginoso y casi siempre las personas que han perdido sus seres queridos quedan olvidadas, fuera del circuito en donde lo verdaderamente importante va a ser debatido y analizado hasta el más mínimo detalle. La soledad, el odio, el rechazo social o la más absoluta desestructura con el entorno en que viven son las consecuencias más usuales de estas personas que muchas veces no son capaces de superar.

Por eso, detenernos por un momento en la lectura de lo que supusieron los atentados para un joven informador de la agencia Efe que era testigo de excepción de los mismos nos ayuda a visualizar todos aquellos momentos y sobre todo, nos lleva a llegar a una conclusión: las víctimas de la violencia deben ser escuchadas a la hora de dar su visión de las cosas, de relatar sus hechos, de contarnos su sufrimiento e impotencia y sobre todo son un colectivo fundamental en un hipotético proceso de finalización del conflicto a la hora de que el problema vasco cicatrice sobre los cimientos de la verdad y la justicia.

No se puede decir lo mismo de la parte de "La diáspora vasca", en la que el autor analiza políticamente el momento actual así como la alianza nacionalista. En primer lugar Calleja plantea que la Universidad vasca estaba dormida ante el fenómeno violento hasta que profesores como Savater y demás, hicieron un frente común ante la misma. Sobre esto, hay que decir que juzgar a la Universidad por sus omisiones es de por sí, muy peligroso, ya que en otros campos de actuación también se le podría criticar en función de dónde ponemos el límite de lo exigible a un a recién creada universidad. En este orden de cosas, La universidad tiene como función fundamental la de ser fuente de conocimiento y ser un instrumento que ayude a crear vanguardias futuras que puedan ayudar en el porvenir a liderar el País desde un criterio de libertad.

Sin quitar ningún mérito, que tendrán, profesores como Savater. Juaristi, De la Granja... a la hora de enfrentarse a los que tenían como método el amedrentamiento colectivo, es de justicia decir que flaco favor hacen a la universidad personas que teniendo ésta como misión más importante la de ser fuente de conocimiento realizan el diagnóstico que comparte el autor.

¿Puede un erudito universitario, que está al servicio de la verdad, plantear el hecho de que básicamente PNV, EA y el entramado del MLNV comparten una visión común sobre lo que tiene ser Euskadi?. ¿ Puede esta persona afirmar desde un criterio analítico, que el programa de estos partidos parte de una idea de exclusión social que nace de planteamientos racistas y xenófobos de la sociedad?. ¿Debe un intelectual universitario que quiera hacer un servicio a su País, expresarse en términos que tienen como objetivo, no ayudar a racionalizar el problema desde criterios de verdad y justicia y por lo tanto desde de criterios de humanismo, sino por el contrario hacerlo de forma alimentadora de la confusión y la crispación?

Desde estos parámetros, la labor mediática de estos profesores ha sido y sigue siendo nefasta e injusta. Si realmente queremos una universidad al servicio de los ciudadanos, debemos luchar para que ésta sea un útil para el conjunto de los ciudadanos que conforman la sociedad vasca, no para beneficio de los intereses ideológicos de unos pocos, alejados por completo de una concepción de imparcialidad propias de una universidad moderna.

Patxi Salazar