GOIZ ARGI

Artxibo doc

POR EL BUEN CAMINO

Las palabras que mejor reflejan la actual situación política vasca son desconfianza, confusión y crispación. El carácter excluyente de algunas de las estrategias políticas en liza, la confrontación estridente entre las mismas y la debilidad de referencias públicas integradoras son la mejor expresión de ello.

En un escenario inevitablemente complejo y delicado como el que vive nuestro pueblo, el liderazgo institucional debe contribuir a orientar y a facilitar la integración social desde el respeto al pluralismo y a la diferencia. Las instituciones vertebran así la sociedad a la que representan. Para el mejor desarrollo de dicha función, la ubicación natural de éstas se halla en el centro de gravedad del mapa político. A esta centralidad medular de las instituciones se ha correspondido, a su vez, el posicionamiento de centralidad estratégica que ha buscado ocupar el nacionalismo a la hora de gobernar las mismas. A lo largo de los últimos veinte años, esta centralidad ha impedido, actuando como un verdadero dique de contención, que se diera una fractura social que determinados discursos políticos, acomodados en el conflicto entre vascos, han alentado y alentan como única coartada de su propia existencia.

Recordemos, además, que esa misma centralidad estratégica ha sido la impulsora de un cambio vertiginoso en nuestra sociedad; cambio éste que ha llevado a los vascos a disfrutar de las más altas cotas del bienestar europeo. He aquí, sin embargo, la gran paradoja que late en el seno de la sociedad vasca. La gran mayoría es consciente del progreso aparejado al autogobierno y de la calidad de los servicios que recibe como consecuencia del mismo, esa mayoría se reconoce en ese modelo de nación concreta que se está construyendo bajo el liderazgo de instituciones que apuestan por integrar. Pero, en tanto que el pulso del país late con normalidad, una buena parte de sus ciudadanos y ciudadanas se ven sometidos a la coacción permanente cuando no al riesgo de perder sus propias vidas.

Como fruto de una premeditada estrategia de extensión de violencia de diferentes intensidades, el pulso de la sociedad vasca se manifiesta constantemente alterado. La convulsión social que pretenden provocar los actos de Kale Borroka o las acciones de ETA no es ocasional ni aislada. Al contrario, se pretende que la sociedad entera acabe viviendo en un estado casi crónico de sufrimiento y convulsión que, más temprano que tarde, pueda favorecer la hegemonía del MLNV en la política vasca. Sin embargo, sus dirigentes deben saber que, para ello, sería preciso acabar también con aquella mayoría social que ha mantenido a la sociedad vasca en claves de normalidad y, en consecuencia, la ha alejado de tentaciones de fractura o de posiciones pasivas ante la violencia.

No podemos negar que el proceso político que hemos vivido en los últimos dos años ha puesto en peligro de disolución esa mayoría social integradora. La exigencia de alineamiento ciudadano con un política de bloques excluyentes e irreconciliables casi consigue desmantelar una estructura social de "vasos comunicantes", cuya tarea ha sido poner en relación las diferentes sensibilidades que conforman la realidad vasca, alejando así el fantasma de la exasperación de antagonismos.

Por eso, la política del PP no tiene la solución. Además, pretende administrar y prolongar la crisis del nacionalismo al objeto de neutralizarlo y sustituirlo, evitando que recomponga un discurso y un posicionamiento integrador. Han sucumbido a la tentación de hacer del interés de partido causa de Estado y han echado mano, para esa labor, de todos los resortes de poder a su alcance. La impaciencia por domeñar al nacionalismo vasco ha llevado al PP a practicar una estrategia de ruptura con aquellas instituciones gobernadas por nacionalistas, confundiendo discrepancia política radical con desacato a instituciones como el lehendakari.

Debemos rechazar la alternativa frentista del "conmigo o contra mí". Los nacionalistas debemos apostar por retomar la centralidad estratégica como motor de integración política y social. Ello supondría recuperar una mayoría política que se corresponda con esa mayoría social que hemos citado, una mayoría política que dote de renovada centralidad a la política vasca sobre la base de la lealtad a las instituciones y el recurso permanente a la voluntad popular como herramientas de integración.

Es cierto que nunca es posible retornar al pasado. Los aciertos o errores del pasado son, en el presente, sólo referencias al servicio del futuro. Las tareas que el presente inmediato y el futuro más o menos próximo nos deparan no pueden ser las mismas que las que hemos desarrollado hasta hoy mismo. Por eso, es imprescindible dotar de un nuevo contenido a esa mayoría política. En la definición de ese nuevo contenido tiene mucho que aportar el nacionalismo vasco. Debemos reconocer que los nacionalistas no podemos construir una comunidad política con nuestras exclusivas fuerzas ni tampoco se puede hacerlo sin contar con nuestra participación.

Tenemos, por eso mismo, mucho que aportar al reto de cómo concebir una comunidad política compatible con la pervivencia de sectores sociales no homogéneos, que ante los mismos problemas vitales realiza opciones muy diferentes, que responden a identidades plurales, que apuestan por valores y modelos sociales divergentes.

Una mayoría política necesita un eje político que la lidere, un referente centrado que aleje a los vascos de la polarización bifronte y que se comprometa a abrir un escenario estratégico nuevo en la búsqueda de la normalización política del país. Una mayoría que, en lo ético-político, se sustente en la apuesta por la libertad contra ETA y por la defensa del cumplimiento de la voluntad democrática de los vascos, esa voluntad que adquiere un sentido real y no sólo potencial cuando hablamos del cumplimiento del Estatuto. Una mayoría que, en lo socio-político, abra una nueva etapa llena de expectativas que facilite la cooperación entre sectores políticos muy distanciados entre sí en los últimos dos años.

El lehendakari ha anunciado esa "nueva etapa". No lo ha hecho con oportunismo ni afán de protagonismo, sino con sinceridad y responsabilidad. Las iniciativas que ha presentado, y en primer lugar la manifestación del sábado contra ETA, buscan recuperar esa unidad de acción mayoritaria en defensa de lo básico. No será tarea fácil. Para ello, hay que romper el "círculo vicioso" del enfrentamiento entre los partidarios de la libertad que evita la unión entre los demócratas. No podemos permitirnos este espectáculo de división. El lehendakari Agirre, nacionalista cuya conducta debería ser ejemplo para los tiempos que corren, decía, y nosotros con él, que "la dignidad del hombre, el respeto a su estirpe espiritual tiene más importancia que las discusiones sobre linderos o fronteras". La manifestación del día 21 no será unitaria y lo lamentamos. Pero, creemos con firmeza que los vascos no tardaremos en encontrar una unidad de acción que defienda las bases de la democracia y la libertad ante sus enemigos. Una unidad de acción que consiga la derrota de ETA.

Las iniciativas del lehendakari, la actuación del PSE-EE ante ellas, son motivo suficiente de esperanza y nos confirman que, tras las próximas elecciones vascas, la normalidad política volverá a ser uno de los más importantes activos de este país, por mucho que le pese a ETA. En esa nueva etapa, que ya se está iniciando, de gran potencial ilusionante para el país, hemos de ver una oportunidad, una nueva oportunidad de cooperar, de recuperar la confianza entre vascos y, en definitiva, de abordar en común, nosotros mismos, la resolución de nuestros problemas de libertad, cohesión y, en consecuencia, de paz.

 

 

Avelino Fernández de Quincoces Mendieta

Joxan Rekondo Sanz

-afiliados a EA-