GOIZ ARGI

Artxibo rtf

Pioneros y líderes de la globalización, Daniel Yergin y Joseph Stanislaw, Javier Vergara editor, Buenos Aires, 1999.

Desde que Ignacio Ramonet puso de moda el término "Pensamiento Único" se han publicado numerosas monografías acerca del tema. Los trabajos de James Petras y Joaquín Estefanía –y los del propio Ramonet- inciden principalmente en la vieja reordenación del antagonismo entre "Pensamiento Único", como expresión de la potencia del Capital que cuenta, al fin, con un mundo globalizado desde el mercado y los viejos paradigmas de liberación derivados de la izquierda europea continental. La vieja utopía soñada por Marx de un mundo globalizado por la técnica capitalista, maduro para una revolución también global, encuentra aquí su enésima expresión.

La constatación de una modificación, a escala mundial, de las políticas económicas y la expansión de un mercado de tipo global, reforzado por la existencia de las nuevas tecnologías, nos ha venido generalmente filtrada por este tipo de pensadores. Este libro nos explica la versión neoliberal de los hechos.

Lo primero que salta a la vista es la asimilación vía praxis que hacen los economistas neoliberales de la perspectiva binaria marxista. Para Daniel Yergin y Jospeh Stanislaw las divisiones políticas de los estados poseen una importancia relativa. Son las formas de gestión económica las que determinan la naturaleza de un estado. En ese sentido, dos son los modelos existentes y las variaciones de los mismos se deben a las gradaciones que se encuentran entre los dos extremos.

Estos dos modelos son el modelo del liberalismo clásico, el modelo de confianza en el mercado; y el modelo de gestión centralizada o gubernamental, que son, indistintamente, el modelo keynesiano y el modelo comunista, calificado como "la forma más extrema de control económico estatal". De un modo todavía más preciso, plantean la oposición entre la regulación y la desregulación del mercado. Estos términos tienen la ventaja de no fijarse en cuestiones formales como la existencia de una determinada cuota de industria estatal o en la mera gestión estatal en el sentido macroeconómico. La "regulación", que surge a fines del siglo pasado en los Estados Unidos, no es sino la aplicación vía ley de una serie de formas de control jurídico y social de la economía –eludiendo la propiedad directa estatal pero sometiendo a la empresa privada a una serie de condicionantes. El aspecto paradójico de todo ello es que lo inverso, la "desregulación", constituye un proceso casi tan complejo de desautomatización de todos esos mecanismos de control estatal.

La historia que se nos cuenta comienza a fines de la Segunda Guerra Mundial. El contexto de una economía europea destruida por la conflagración, la idea de descrédito del mercado –tras una entreguerra donde la crisis del 29, la crisis de la inflación y el monopolio privado de algunos magnates habían creado una conciencia contra el mercado librado a sus propias fuerzas- y la existencia de la teorización del economista británico John Maynard Keynes, combinaron para posibilitar la implantación de un modelo de economía mixta que sería preponderante en el mundo hasta la crisis del petróleo de 1976, La existencia de una conciencia social extendida desde los nuevos partidos democristianos, pasando por la socialdemocracia hasta el comunismo constituía el marco político desde donde se planteaba ese nuevo modelo. En el tercer mundo, con el ejemplo de la India, el problema de la pobreza impulsó la labor de los llamados "economistas del desarrollo" que propugnaban una gestión fuerte gubernamental como método de ordenamiento de las fuerzas económicas. Yergin y Stanislaw reconocen que tras el caos derivado de la conflagración mundial eran los estados los únicos capaces de concentrar capital y esfuerzos necesarios para reorganizar la economía. En el primer mundo se incide en la idea del pleno empleo y de la producción como impulsora de la economía; y en el tercero la lucha contra la pobreza. La teoría keynesiana sería el marco global desde el cual una serie de claves macroeconómicas servirían para ajustar los azares procelosos de los mercados.

No es cometido de esta humilde reseña dar noticia pormenorizada de todo lo que acontece en este extenso libro. Cabe señalar esa inversión y asunción que ya hablábamos del principio de la metodología marxista: pues para estos dos economistas la victoria del neoliberalismo se da en dos sentidos: en la conciencia contrastada de la crisis de un modelo económico –el de la gestión gubernamental en todas sus formas; y en la victoria de una serie de ideas respecto a lo económico formuladas por Friedrich Von Hayek y Milton Friedman. La situación da pie a la puesta en práctica de una determinada concepción del mundo, como una floración natural de fuerzas no desveladas por falta de conciencia de las mismas.

El ejemplo británico, con la revolución monetarista propiciada por Margaret Thatcher, serviría para ilustrar la paradoja de una desregulación económica guiada desde los propios organismos que hicieron posible su contrario, la regulación. En este sentido, la perspectiva de un trauma imparable, que sería el proceso de ajuste del mercado a su lógica interna, es extensible a todos los países donde la privatización y la desregulación han tomado carta de naturaleza.

Siquiera remarcar un punto: la separación entre política y economía. Esta es una de las piedras de toque del debate acerca del Pensamiento Único. Frente a los críticos de esta vía, Yergin y Stanislaw nos confrontan con una cuestión: esa separación no es un deseo o una idea; es una realidad que se está dando en todo el mundo en mayor o menor medida. Desde el momento en que la China Popular, desde una perspectiva de pura supervivencia, planteaba ya la posibilidad de un sistema socialista con una base de producción capitalista, la objeción a esa idea de separación no representa más que al más puro voluntarismo. Decía Milton Friedman que una contrarrevolución, como califica al monetarismo, ya no presupone volver a la situación inicial del liberalismo clásico, por mucho que la idea general de liberalización de los mercados sea el faro rector de la misma. El camino andado conforma una nueva realidad; la contrarrevolución monetarista es ya una revolución. El punto de partida de cualquier reflexión que pretenda superar el mundo de las incertidumbres del mercado, y trate de imponer valores que estén por encima del capital abandonado a sus potencias, tiene que tener en cuenta el componente de ajuste entre la situación de crisis del modelo de economía mixta y la victoria de las ideas neoliberales.

No es de extrañar, en este sentido, que el pensamiento de la izquierda revolucionaria se haya desplazado de la visión economicista al mundo de los valores; es en este donde pueden encontrarse todavía los elementos de conciencia que hagan persistir en vieja idea revolucionaria. Es más: la visión de las incertidumbres del mercado, con toda su retahíla de disminución de gastos sociales y de amparo del estado respecto al individuo, convierten a la izquierda en una fuerza conservadora. Este es el aspecto de "revolución pasiva" que formula Toni Negri como uno de los pilares de una posible reacción política de la izquierda –la "revolución activa" estaría constituida por aquellos espacios sociales desconectados de la globalización o que tienen una relación de dependencia provisional respecto a la misma.

Es evidente que los autores de este libro consideran cualquier finalidad social como contraproducente desde un punto de vista económico: la política de pleno empleo propiciada por el laborismo británico dio como fruto el mayor índice de paro de toda la historia de Gran Bretaña; la política contra la pobreza del gobierno hindú sumió a las potencialidades de un país con técnicos y economistas eficientes como la India en varias décadas más de miseria. Por otro lado, tenemos también la paradoja de que algunos de los organismos globalizadores denunciados por los activistas de la "alternativa única" contra el "pensamiento único" –el FMI, el Banco Mundial, el GATT...- son derivación directa del keynesianismo y de los economistas del desarrollo y durante largas décadas han propiciado una política económica en el tercer mundo mediante la instauración de fuertes economías estatales y de planificación. Sólo cuando se hizo evidente la posibilidad de un derrumbe mundial, con la crisis de los créditos de principios de los 80, estos organismos empiezan a impulsar políticas de liberalización. Desde la pura lógica neoliberal, defendida por estos dos economistas, esos organismos tendrían que desaparecer tras la instauración de una economía global óptima.

Un libro tan extenso no permite más que espigar algunas de sus ideas. Es evidente que la finalidad social denostada por los autores no puede desaparecer al albur de la confianza en las verdades incognoscibles del mercado. En todo caso, debe ser reformulada. Finalmente, toda alternativa binaria entre esto y aquello empobrece radicalmente la riqueza de lo particular. Ningún dogma macroeconómico puede obligar al hombre a hacer abstracción de los principios por los cuales tiene un valor por encima de ser un mero animal biológico. La cuestión, hoy como ayer, reside en como ajustar la economía con los valores. Los neoliberales tienen, al menos, la virtud de ponernos al filo de un peliagudo problema; sus razones no son livianas; las avalan las políticas de supervivencia económica que se están dando a lo largo del mundo. Los autores de este libro se encargan de remarcar que las políticas monetaristas no son de uso exclusivo de políticos liberales ni de economistas de la escuela de Chicago: existe toda una izquierda que las asume tanto en el primer como en el tercer mundo y multitud de economistas keynesianos han tenido que tenerlas en cuenta. Una vez más la creatividad del espíritu humano, y su capacidad de abnegación y de autocrítica, son los únicos elementos que se pueden oponer a la pura lógica de la técnica económica.

Lander Solaguren