GOIZ ARGI

(Número 5. Zenbakia - Apirila 2000 Abril)

Artxibo doc

LA NO COOPERACION CON LO HUMILLANTE

Bere baitan bakean denak, bakez kutxatzen ditu denak

Hablar de paz en nuestro pueblo puede resultar cansino, por estar el término tan manipulado y tan falto de contenido en la actualidad. Una sociedad pacífica es aquella sociedad que intenta resolver sus diferencias por métodos no violentos. Y esto es, precisamente, lo que parece estar demandando prioritariamente la sociedad vasca. Que aprovechándose de este deseo haya quienes quieran confundir la paz con supresión del nacionalismo vasco, de la legítima diferencia de planteamientos de modelo de sociedad, dogmatización de la Constitución o superación del actual marco jurídico-político no desvirtúa el verdadero significado que la palabra en realidad tiene.

En un camino de verdadera paz resulta del todo imprescindible realizar un diagnóstico de cuáles son las diferentes violencias existentes en un conflicto, y desenmascarar las estrategias violentas, de quienes las ejercitan directa o indirectamente y así instaurar como regla principal para todos que, por encima de objetivos o logros políticos, la demanda más apremiante que la sociedad vasca está lanzando es la de que la vida, la integridad física de las personas y la libertad, sean respetadas. En una palabra: la sociedad está demandando que no perdamos la posibilidad de convivir entre nosotros. Esta es, hoy por hoy, la primera tarea a realizar en Euskadi por parte de quienes dicen querer defender la voluntad del pueblo. La convivencia entre diferentes se alza hoy como el bien más preciado a salvaguardar. Porque es precisamente la violencia, sobre todo la de ETA, la que desvirtúa todo tipo de debate político, social o cultural.

Realizar un diagnóstico significa analizar el problema en su verdadera dimensión. Y para ello es del todo necesario que cada grupo social o político aclare qué lugar le designa realmente a la paz en su escala de valores. Quién está prioritariamente por la paz, no está por la violencia y ello tiene un significado muy concreto: que se está dispuesto a defender las propias convicciones políticas sin intentar imponerlas de ninguna de las maneras y que por lo tanto, se exige a los demás lo mismo ante las violencias con las cuales puedan tener algún grado de connivencia. A esto es a lo que denomino la no cooperación con lo humillante. Si ante la exigencia social de que el primer objetivo ha de ser desaparecer cualquier tipo de hecho violento se nos responde con reticencias, evasivas o imputaciones a la violencia del otro, quiere decir con toda seguridad que quien pone dificultades, o quiere rentabilizar esa violencia que le es afín ideológicamente o tiene relación directa o indirecta con ella. Lo que no hay duda es que la paz, para quién así responde, se encuentra en un escalafón inferior con respecto a otros intereses. En ese caso, lo mejor es desconfiar de la supuesta buena voluntad de quien manifiesta de palabra lo que niega con los hechos.

Quizás alguno pudiera replicar diciendo que llevamos años condenando los atentados de ETA, por ejemplo, pero que la condena no hace que la violencia desaparezca, en que hay que hacer algo más. Aun estando parcialmente de acuerdo las movilizaciones sociales, las condenas, los actos públicos sí tienen una repercusión en la moral del MLNV que la misma se ha encargado de ocultar, no debemos olvidar que los que muchas veces niegan el valor de la condena para unos casos, son los que más la exigen cuando les interesa. La dispersión de los presos por ejemplo. La no condena o su atenuación o la condena contextualizada hacia una de las partes (a la hora de condenar los GAL las contextualizaciones y complejos desaparecen) en la creencia de que el "gesto" pudiera suponer un cambio en la conciencia del violento, resulta ser del todo contraproducente, Además de no lograr que la violencia remita, la posición de que quien calla o no es capaz de mostrar que en esas condiciones no se puede contar con él, queda debilitada y desacreditada. Se le demuestra a quien practica la violencia que por alcanzara paz se está dispuesto a ceder incluso en las propias convicciones más profundas, Y por lo tanto, se le regala en plena partida una carta de valor para quién la viola, sabe que es dueño de un comodín que le hace avanzar e incluso desatascar los peores actos violentos que realiza. Porque para su oponente, la paz tiene tal valor que ha asumido incluso un coste de ceder continuamente (si se ha cedido una, dos y tres veces, ¿cómo justificar que no a la cuarta, en la que continuamos sin paz y con un desgaste añadido? ). La paz se convierte entonces en moneda de cambio. Por otra parte, si ante un hecho violento, quien lo realiza sabe que no le va a suponer ningún coste, ¿con qué argumentos se le va a hacer parar? ¿Y si encima de no ganar nada con callar, el coste político es para quien calla por lo que no ha hecho?. Y ya rizando el rizo, si no se ponen condiciones que supongan un coste para quien practica la violencia más execrable (ruptura de Lizarra ante los asesinatos de el ex-vicelehendakari Buesa y el ertzaina Diez Elorza) y en cambio se reivindican otro tipo de hechos solo en aras de que remita la violencia primera, sin un convencimiento real de lo que se está haciendo y aún y todo los resultados no llegan ¿hasta cuando se va a seguir en una dinámica no querida?

¿Cuál es la salida? Mostrar las propias convicciones con libertad, haciendo lo que se cree que se tiene que hacer y demostrando fe en el propio proyecto político. Intentando convencer a los demás de que las propias propuestas son las mejores. Es lo que hacen los que utilizan la violencia. Lo que resulta ser un error es modificar el propio proyecto político o rebajarlo en función de unos posibles resultados a favor de la paz. No hay quién garantice esos resultados. Quienes ejercen la violencia tienen la libertad para no querer dejar de ejercerla. ¿Y entonces, qué? Entonces es mejor que no se haya cedido tanto que se encuentre uno con que ha perdido la dignidad. Porque en ese caso se encontrará con que además de no haber logrado la paz y de haber desprestigiado sus propias convicciones, encima los violentos a los que quiere convencer le habrán perdido el respeto.

Jaxinto Albizu