GOIZ ARGI

Artxibo doc

La persistencia de la memoria

La crueldad extrema de los intolerantes ha vuelto a inundar la atmósfera de Euskadi con un profundo hedor. El cuerpo sin vida de un vasco, Jesús María Pedrosa, ya forma parte de la larga lista de personas asesinadas por la banda terrorista ETA desde hace treinta años. Un vasco que defendía sus ideas democráticamente ejerciendo la noble representación que la voluntad popular le había otorgado en su pueblo natal. Un vasco que participaba de la pluralidad que envuelve a la mayor parte de las familias que vivimos en Euskal Herria, militando en el PP y en el sindicato ELA. Han atentando contra la pluralidad de la sociedad vasca, como ya lo hicieron al asesinar a José Luis López de la Calle y a cada una de las 800 víctimas del totalitarismo etarra.

Se nos hace difícil, desde un punto de vista ético-moral, seguir participando de la estrategia que el nacionalismo democrático ha emprendido para tratar de buscar una solución al conflicto vasco. Especialmente dolorosa ha sido la gestión de la Comisión de derechos humanos, cuyos trabajos acaban de finalizar en el Parlamento Vasco. La ausencia del colectivo de víctimas de ETA y de los partidos constitucionalistas, ha desvirtuado por completo la ponencia sobre las víctimas de la violencia. Es inconcebible que una ponencia que se establecía para favorecer el reconocimiento del sufrimiento que la sinrazón de la brutalidad ha ejercido sobre la sociedad vasca, no contase con la representación del colectivo más numeroso de víctimas. La comisión nacía muerta por la inclusión en la misma del parlamentario y ex terrorista José Antonio Urrutikoetxea, Josu Ternera, con el beneplácito y silencio de los parlamentarios nacionalistas que al parecer se enteraron por la prensa del nombramiento. Los acuerdos del nacionalismo democrático con ETA, la reanudación de los horribles crímenes y el acoso violento a representantes de los partidos constitucionalistas, ha impedido que COVITE y el resto de organizaciones de víctimas de ETA participasen en esta comisión. Somos muchos los nacionalistas que desde la nausea reclamamos un respeto y un reconocimiento a las víctimas de la violencia, a las de ETA y a las del GAL y a las de toda acción que haya vulnerado sus derechos fundamentales como personas, desde una mesa plural de políticos y personalidades con una profunda trayectoria ética que no menoscabe su dignidad sometiéndolas al escarnio de la desafortunada comisión.

Hoy ha sido Jesús María Pedrosa, pero ayer fue Israel Núñez, el concejal apaleado por una jauría de jóvenes que le propiciaron patadas y golpes sin parar. Y de sus declaraciones a EITB, lo que más le dolía al concejal no era la paliza recibida, sino su completo desamparo cuando al echar a correr se encontró con la indiferencia de muchos transeúntes que no hicieron nada para protegerle en la desesperada huída de sus matones. No podemos mantener un silencio ambiguo con el fascismo que envuelve la cotidianeidad de Euskal Herria. Porque un silencio cómplice alimenta a la bestia del totalitarismo, tenga ésta el nombre que tenga, con independencia de la ideología que la sustente. El nacionalismo vasco no puede comportarse como en la década de los ochenta en donde el silencio sepulcral de la sociedad vasca y del PNV hacia las víctimas de ETA hacía todavía más insufrible la vida de las familias azotadas por la dictadura del terrorismo.

El nacionalismo vasco democrático debe liderar el proceso de reconciliación y reconocimiento de las víctimas, de todas y cada una de las personas que han sido salvajemente asesinadas por la intolerancia mesiánica de los grupos terroristas que han actuado en Euskadi. Ellas y sus familias son los auténticos héroes de la democracia de nuestro país. Por dicho motivo, su memoria debe permanecer viva en el recuerdo de las futuras generaciones de vascos. La sociedad vasca y muy especialmente el nacionalismo, necesita recordar la memoria colectiva de todos estos vascos. Pero también es necesario no olvidar individualmente a cada una de esas personas y cada uno de sus nombres deben figurar en plazas, calles, polideportivos y glorietas de sus pueblos y ciudades en donde vivieron hasta que la semilla de la intolerancia acabó con sus vidas. Porque su espíritu y su historia deben servir a las nuevas generaciones para recordar los perversos efectos que pueden tener las interpretaciones totalitarias de los mitos nacionales.

Pedimos a la dirección del nacionalismo vasco que enmiende la aberración moral que ha supuesto el Pacto de Lizarra-Garazi y los contenidos de unos acuerdos que están provocando el rechazo en amplios sectores de nuestra militancia. No estamos por las políticas segregacionistas ni por el apartheid de los vascos que no piensan como nosotros. Porque nuestro nacionalismo y el de nuestros mayores, siempre ha sido humanista, integrador y respetuoso con la pluralidad. Ya sabemos cuales son las condiciones mínimas que ETA y HB nos ofrecen para dejar de matar: el establecimiento de un censo "en el que a través de la adhesión personal, tendrá posibilidad de adscribirse cualquiera que se proclame vasco". Y el nacionalismo vasco democrático no puede aceptar que el concepto plural de ciudadanía tenga un carácter ideológico. En su concepción absolutista del país, ETA y HB anteponen la adhesión ideológica frente a la vecindad para elaborar ese censo segregacionista con el que pretenden otorgar el derecho al voto en un hipotético referéndum de autodeterminación.

Necesitamos consensos y acuerdos con el resto de las fuerzas políticas, incluido el PP, para adoptar estrategias frente a los que atentan contra la democracia en Euskal Herria. Consensos que partan de unos puntos básicos a partir de los que tejer la confianza perdida entre las comunidades nacionalistas y constitucionalistas. Acuerdos, que desde el afianzamiento de nuestras instituciones, lideren la defensa de la libertad y de los derechos humanos frente a los que los que los vulneran, teniendo siempre presente la dignidad y el sufrimiento de los que han sido víctimas de la barbarie. No podemos permanecer inertes, en silencio, ante este último asesinato. No podemos comportarnos como verdugos silentes, voluntarios, ante tanta maldad. Porque la memoria de Jesús María Pedrosa y de cada una de las personas asesinadas merece ser recordada para no olvidar su más preciado legado: el fomento del respeto a la voluntad de la sociedad vasca.

Arturo Goldarazena Lafuente