GOIZ ARGI

Artxibo doc

Fin de un ciclo político y rearme del nacionalismo

La política vasca vive un momento muy grave. ETA ha vuelto a ejercer el terror y se siente su presencia, su protagonismo sanguinario, en todos y cada uno de los rincones de este país en los que se desarrolla una mínima vida política. ETA es la referencia cuando amenaza, cuando asesina, cuando transgrede la paz socio-política induciendo a los partidos políticos a hablar, discutir, polemizar, a coaligarse o a enfrentarse y a preparar sus discursos con la vista puesta en lo que hará o dejará de hacer la Organización Socialista Revolucionaria.

Sin embargo, es el propio esquema que subyace a los discursos políticos dominantes el que convierte a ETA en verdadero protagonista, en obstáculo o en acelerador, de los procesos políticos. Este esquema plantea el cese o la ausencia de violencia como condición para ejercer todas las posibilidades que la democracia ha puesto en manos de la sociedad. Es bien cierto, sin embargo, que este esquema no es nada nuevo.

 

El esquema "paz/violencia por democracia" en plena acción

El "golpe de timón" político que sucedió al "ruido de sables" de febrero de 1981 supuso el estancamiento del desarrollo de aquel pacto político que fue el Estatuto, que había sido refrendado por la mayor parte de los vascos. En aquella ocasión, la falta de paz –la escalada de violencia de ETA- y el golpe de Tejero fueron la excusa utilizada para no rematar la transición política conforme a la voluntad popular.

La fórmula que en adelante vinculó el cumplimiento de la decisión democrática de la mayoría de los vascos a los avances que se dieran en materia de pacificación –"paz por desarrollo de autogobierno"- respondía a la idea dominante en los centros de poder de la política española, "hay que domesticar al nacionalismo para combatir el terrorismo". En palabras de Ricardo García Damborenea, "los terroristas vascos tienen fuerza porque son nacionalistas en un ambiente nacionalista". Como consecuencia, el "pacto estatutario" no se ejecutaría en su integridad ya que, para los entonces portavoces del Gobierno Central, no hay "entendimiento con el Gobierno Vasco" debido a "la actitud absolutamente tibia, ambigua y poco comprensiva en la lucha contra el terrorismo".

Bajo este principio, el Estatuto de Autonomía aprobado muy poco antes comenzó a ser objeto de un proceso de adulteración sistemática. El golpe del 23-F y la incomodidad del estamento militar pusieron la excusa, como dice mi compañero de partido Javier Caño, "para materializar la reconducción del proceso". Añade Caño que se designa "una Comisión de Expertos para dar cobertura jurídica a la decisión política, previamente adoptada, de enfriar, ralentizar y racionalizar el proceso autonómico" mediante una "reforma constitucional encubierta y una interpretación restrictiva y modificativa de la Constitución" que es lo que viene a ser la LOAPA, aquella misma ley que terminó siendo invalidada por el propio Tribunal Constitucional. A pesar de ello, el espíritu "loapizante" ha continuado vigente para los Gobiernos que se han sucedido al frente de los asuntos del Estado.

De esta manera, la decisión libre y democrática de la mayoría de los vascos, el pacto político que originariamente supuso el Estatuto de Gernika, han quedado castigados por la oportunista razón –planteada como "razón de Estado"- de que el Gobierno Vasco es "poco comprensivo" con la discutible estrategia que impulsa el Estado contra el terrorismo. La voluntad popular se ha convertido en moneda de cambio, en premio o castigo otorgado a la actitud de colaboración del nacionalismo en la lucha antiterrorista y, en los momentos de debilidad parlamentaria de los gestores del Estado, en la gobernabilidad de este último. Desde esta lógica, que inexplicablemente concibe el cumplimiento de la voluntad popular como capacidad de cesión al nacionalismo, al Estado se le hace conveniente una voluntad popular siempre insatisfecha, no saciada plenamente, para mantener a una parte importante del nacionalismo, la más posibilista, comiendo en sus manos.

El "golpe de timón" se impuso en los años posteriores a 1981. Fue el socialismo que gobernó desde 1982 hasta 1996 el que arrostró la responsabilidad de ejecutar la tarea. El nacionalismo vasco, por su parte, sufrió la más importante convulsión interna de su historia. La resistencia de una buena parte del mismo a ser adocenado, a ser avasallado en su libertad de acción política, precipitó como consecuencia una crisis política de muy graves consecuencias, con la dimisión del lehendakari Garaikoetxea y la ulterior escisión del PNV.

En este difícil contexto, el pacto de Ajuria-Enea simbolizó la única solución posible de compromiso en la que el nacionalismo en el gobierno se comprometía a una implicación directa en la normalización del país, veía reconocido el liderazgo de las instituciones vascas en la tarea y, a su vez, había una implicación de todas las fuerzas para renovar el pacto democrático, recuperar el espíritu constructivo del año 1979 y cumplir íntegramente la voluntad popular en materia de Estatuto de Autonomía.

Pese a ello, al cabo de los años, un nacionalismo cansado de la situación de violencia prolongada, de la creciente marginación de las instituciones vascas del diseño de las políticas de normalización y de la continuidad de la política de dosificación y recorte del Estatuto, se dispuso a quemar la última etapa que ha conocido el esquema que vincula "paz por democracia", la etapa de la tregua de ETA, del pacto de Lizarra y la creación de Udalbiltza. En este último periodo, PNV y EA han buscado un compromiso de ETA para el "adiós a las armas" a cambio de implicarse en un esfuerzo de integración entre sus proyectos y el proyecto político del MLNV. Se habla de comienzos de 1997 como fecha de inicio de esta etapa. Los antecedentes, no obstante, hay que buscarlos unos cuantos años antes. El fracaso de la mesa de Argel, la resolución del conflicto de la autovía de Leizarán, la transformación de la coordinadora Lurraldea en el movimiento Elkarri y las conversaciones entre los partidos nacionalistas y HB del año 1992 pueden enmarcar el contexto en que se sentaron las bases de lo que después fue la "apuesta" en la que el nacionalismo vasco buscaba una importante cuota de protagonismo político.

Pero, para mayor desesperación de los estrategas nacionalistas, en este último periodo, se han simplificado, no se han conocido y se han juzgado con verdadera severidad las posiciones del nacionalismo. La falta de transparencia con la que han jugado PNV y EA no es ajena a este hecho. Hecho que, por añadidura, impide que se valore suficientemente el esfuerzo y la trayectoria de integración que ha protagonizado el nacionalismo en 20 años de autogobierno. La combinación de nacionalismo e integración interesa más bien poco a los medios masivos de comunicación que han sucumbido a una injusta identificación entre nacionalismo y violencia y exclusión.

El presidente Aznar, el más reciente atizador de estas brasas, ha declarado que "el PNV se ha convertido en una parte fundamental del problema vasco". Aznar, en sus repetidas declaraciones de la última semana, ha dado carta de naturaleza, carácter de "razón de Estado", a la consigna "sustitución del nacionalismo" y, a la vez que identifica al nacionalismo como la fuente de la que mana la violencia, ha puesto todos los resortes institucionales del mismo Estado manos a la obra con el objeto de desgastar, debilitar, desacreditar y derribar al Gobierno Vasco. De esta manera, los poderes estatales se han colocado a la cabeza en la tarea de recortar el margen de maniobra y la credibilidad de los poderes vascos.

Por citar sólo los hechos más recientes, si para ello hay que recortar ilegítimamente la financiación de la formación profesional (HOBETUZ) no se duda en hacerlo; si hay que ocultar datos básicos sin los que la Ertzaintza será ineficaz en la prevención del terrorismo, se hará sin titubeos. No sería inverosímil que, si el Gobierno Aznar hubiese tenido la posibilidad constitucional de "suspender el Estatuto" por diferencia de criterios, falta de entendimiento o por la resistencia a someterse del lehendakari, así lo hiciera sin que les temblara el pulso. Este comportamiento, de actualidad indiscutible, responde al mismo esquema de domeñar a la voluntad popular y sus instituciones. Un esquema que ha fracasado y fracasará precisamente por el retorno de discursos y comportamientos centrados en el respeto a esa misma voluntad popular.

El esquema, en efecto, ha fracasado en los dos casos. Ha fracasado, además, en el mismo punto: el escaso interés de respetar la voluntad popular que demuestra el que la quiere condicionar a intereses partidistas. Con el dosificador estatutario, los estrategas de la lucha antiterrorista buscaron y todavía buscan atar en corto al nacionalismo entendiendo que, dominado este factor que creen sustantivo en la ideología de ETA, el terrorismo se quedaría sin aliento ni alimento. La estrategia de ETA busca, por su parte, comprometer al Gobierno Vasco y al lehendakari, para que sirvan de iñudes que amamanten a las criaturas institucionales que, una vez maduras, deberían destruir a sus instituciones nodrizas. Ambos, en realidad, pretendiendo avasallar al nacionalismo han creído avasallable la voluntad popular.

La realidad es tozuda e inapelable. La realidad es que dosificar, regatear, vaciar de determinados contenidos el pacto estatutario es jibarizar la voluntad popular y es convertir la democracia en un recortable. La realidad es también que pretender parasitar, arrebatar el liderazgo político y desmontar, aunque sea a ritmo lento, las instituciones vascas a través de verdaderos "caballos de Troya" institucionales es sabotear la libre y permanente expresión de los vascos en los ámbitos que este mismo pueblo ha legitimado durante años.

 

El esquema ha fracasado, el ciclo ha terminado

El fracaso del esquema "paz por democracia" ha arrastrado al fracaso al nacionalismo en su apuesta. El nacionalismo ha perdido imagen de integración, una imagen que no es deudora de una actitud equidistante sino de un posicionamiento a favor de la libertad y del respeto a las personas y la democracia, con independencia del beneficio que la opción que representamos obtenga. La famosa apuesta por la paz ha hecho que muchos hayan percibido que hemos apostado bienes de los que no podíamos disponer en provecho de intereses propios. Hay muchos que en nuestra lucha contra el "inmovilismo", en nuestra ansiedad por "algo hay que hacer", en nuestro compulsivo "no hay otra alternativa" han visto cesión en materia de libertades y sacrificio de conquistas democráticas.

Recientemente, un parlamentario nacionalista sostuvo que la Kale Borroka se extinguirá cuando desaparezca "el problema político de fondo". Esta declaración es el mejor compendio del error cometido. ¿Cree, acaso, el citado parlamentario que ha existido o puede existir algún lugar o momento en la historia en el que no haya habido o vaya a haber "problema de fondo" alguno? Isaiah Berlin lo expresó con mucha claridad: "moverse en un mundo carente de fricciones,.., es vivir una fantasía". En todas las sociedades ha habido y habrá conflictos. La propia consciencia de la imperfección de las mismas conlleva la aparición de los conflictos. La cuestión es cómo se deben resolver esos conflictos. Y es en este punto donde muchos creen que hemos perdido el discurso y la posición que nos había llevado a liderar la transición política en el país.

Hoy, los dirigentes nacionalistas, hasta donde yo conozco, no se explican las intenciones últimas de ETA, ven alejarse las expectativas para la paz y acusan a la organización violenta de destruir el espíritu y el pacto de Lizarra.

Sin embargo, no hay sorpresas. ETA y su entorno político-social han actuado como suelen hacerlo siempre. Han ofrecido "paz por proceso político". Lo que se había presentado como la preparación de una "pista de aterrizaje" para facilitar la renuncia del MLNV a la violencia y para incorporarlos a la normalidad institucional se ha convertido en un proceso político que se ha pretendido que sirva para conseguir la hegemonía y el dominio político para el rupturismo de siempre.

La tregua creó un ambiente de ilusión y esperanza. Es posible que nunca se conozca hasta que punto fue un ambiente prefabricado. Lo que hoy parece claro es que ETA y el MLNV nunca aceptaron, en el fondo, que hacer política y practicar la violencia fueran incompatibles. En realidad, los promotores de la que llaman "guerra popular" han invertido el conocido aforismo de Clausewitz y han considerado que la política "es la continuación de la guerra por otros medios". Objetivo: paso a paso o salto a salto, intensificar el enfrentamiento y ganar. En julio de 1999, ETA creyó necesario dar un salto, o ascender un peldaño en su estrategia, y así se lo propuso a PNV y EA. Estos partidos no aceptaron su planteamiento y lo tacharon de "irreal". Como consecuencia, ETA concluyó que no puede, por ahora, continuar su guerra por lo que los nacionalistas vascos denominamos medios políticos. Y, por ello, ha retornado al ejercicio del terror.

 

Pautas para un rearme en el discurso y la acción política del nacionalismo

Desde el fín de la tregua indefinida, ETA ha asesinado a cinco personas. Esta misma semana ha sido asesinado Jesús María Pedrosa, concejal de Durango. Ante la violencia ilegítima, y la de ETA lo es para los vascos, sólo cabe la unidad de acción con quienes la sufren, codo con codo, hombro con hombro. En este ámbito, no caben ambages.

Es un momento de crisis muy acentuada. Cunde la desilusión, se han desmoronado las estrategias diseñadas para un "proceso de paz", no existen todavía alternativas de discurso, no sabemos qué criterios han de orientar las pequeñas o mayores decisiones políticas que hayamos de tomar cada día, ni sabemos qué prioridades se han de establecer,... Existe una grave crisis de orientación en el nacionalismo. Necesitamos recuperar criterios, líneas, normas, fines y valores. Necesitamos un discurso renovado que nos oriente, que renueve la confianza en nuestro proyecto, que nos vuelva a ilusionar para la tarea política que nos espera, la más grande tarea, la mayor responsabilidad con la que hayamos cargado en muchos años.

En ese ámbito, en el ámbito del discurso político, hay que retomar el discurso propio y ponerlo a recaudo de aquellos "cantos de sirena" que ofrecen paz a cambio de que nos desviemos del camino de la voluntad popular a la que nos debemos o que ofrecen respeto a esta última a cambio de adhesión a su concreto "plan de paz". Recuperar este camino supone decretar el fin de un ciclo político en el que la paz se ha considerado una consecuencia de una manera determinada de concebir la democracia o en el que el pleno cumplimiento de la voluntad democrática ha estado condicionado por el compromiso con una manera determinada de entender la paz. Tengo el convencimiento de que este camino nos llevará, antes que ningún otro, a un escenario de normalización y de paz o, como mínimo, de violencia residual. No hay mucho que inventar. Este camino es el mismo que transita por estos lugares que han sido, hasta bien poco, muy comunes en nuestra tradición política:

  • La reivindicación de la valía indiscutible y el protagonismo irrenunciable de las instituciones vascas y, en especial, del Gobierno Vasco y el lehendakari en la tarea de liderar la construcción democrática de la nación vasca. Esta valía y protagonismo han sido históricamente demostrados sobre todo en los momentos más difíciles de la más reciente historia del país en los que el ejercicio por aquellos de un liderazgo político comprometido con la defensa de los valores democráticos ha sido esencial. En esta última etapa que hemos vivido, creo que se ha sustraído en demasía el liderazgo a las instituciones en favor de los aparatos de los partidos políticos. Para mí, sin embargo, apoyar al lehendakari y urgirle a que protagonice y lidere la política vasca es algo más que una opción, es una obligación que compromete al nacionalismo en su conjunto y le llama a colaborar más intensamente para fortalecer el citado liderazgo.

  • La defensa radical de la voluntad democrática de los vascos –expresada libremente en el pasado, vigente aún en el presente y abierta a posibilidades sin límites en el futuro- frente a las estrategias que pretenden sustituirla por la imposición de instituciones ajenas al país o por la coacción de minorías rupturistas. Hemos de defender que la responsabilidad de decidir sobre el futuro del pueblo vasco sólo corresponde a este mismo pueblo. Este axioma es reconocido por el propio Estatuto de Gernika cuando proclama que el pueblo vasco no renuncia "a los derechos que como tal le hubieran podido corresponder en virtud de su historia". Ello implica asimismo que todo proceso político en el que se vayan a determinar aspectos esenciales del porvenir de los vascos ha de ser transparente ante éstos para que los mismos vascos puedan ser conscientes de lo que se juegan en él y puedan participar de él en su mayor plenitud.

  • La responsabilidad de la decisión sobre nuestro futuro implica, asimismo, no contribuir a fracturas o divisiones o imposiciones que fueran destructivas para nuestra propia supervivencia como pueblo. Queremos construcción nacional y no destrucción por muy nacionales que sean los ropajes con los que se viste. Una construcción nacional que sea la construcción de una comunidad política que integre sectores sociales no homogéneos en lo cultural, en lo social y en lo político. Queremos decidir e integrar, no imponer, ni segregar ni excluir a nadie. Queremos construir para convivir, como ha propuesto Ibarretxe, desde la diversidad de identidades, desde la aceptación de los "ser" plurales que existen en nuestro país. Queremos construir una comunidad desde abajo, creando "ámbitos de convivencia" en nuestro entorno más próximo, en los pueblos y los barrios, allá dónde la heterogeneidad de las identidades se vive de forma más neta, pero también más porosa, más integrada; un lugar donde se viva de la manera más auténtica "la relación finalmente deseable entre lo políticamente uno y lo culturalmente plural" (M. Walzer). Queremos construir una comunidad nacional que escape del "círculo vicioso" formalista y normativista en el que están atrapadas las élites políticas. Esta construcción nacional es, sin duda, incompatible con toda violencia ilegítima y, por tanto, también lo es con la coacción y la violencia de ETA, es incompatible con la justificación de la violencia, es incompatible con el sabotaje y la destrucción, es incompatible con la desintegración y la fractura social. Pero, no es legítimo que está construcción nacional haya de pararse, aparcarse o acelerarse por la persistencia en nuestra sociedad de todos estos factores destructivos.

El retorno a este discurso significa ineludiblemente dar primacía a la voluntad real de las diversas sociedades vascas y someterse a su dictado como factor fundamental de "profundización democrática". Los experimentos en probeta, las apuestas de ficción sobre el telón de fondo de la paz y las "pistas de aterrizaje" para proyectos políticos particulares que no quieran pasar directa e inmediatamente –sin el aval de diálogos o consensos previos en conciliábulos de cúpulas- por el cedazo de las urnas son sencillamente sospechosos.

Recuperar el discurso no significa necesariamente cambiar de amistades, no pasa por amistarse con unos o enemistarse con otros, en una trayectoria oscilante más propia de un péndulo que de un partido político. Es posible que, más allá de la costumbre que hayamos adquirido, el realismo político imponga, tras la definición estratégica, la necesidad de concretar otras políticas de alianza a corto, medio y largo plazo que se corresponderían mejor con nuestra posición en la política vasca. La cuestión no es, por tanto, qué pactos o acuerdos se mantienen o se rompen. La cuestión es recuperar un discurso y una ejecutoria que hemos perdido en estos dos años.

La naturaleza de las instituciones en las que participamos, la búsqueda de la gobernabilidad y nuestra aportación programática a la gestión de aquellas deben volver a ser, en todo caso, los criterios esenciales que definan ese marco de colaboración con otros partidos políticos. Es cierto, de todas maneras, que aquellos pactos o acuerdos cuya principal aportación programática, si no la única, era la de ser "activos por la paz" hoy ya son, más bien, verdaderos pasivos o lastres para la estabilidad, la gobernabilidad y, además, no aportan nada a la paz. No tiene ningún sentido mantenerlos.

Creo necesario, pese a todo, que seamos capaces de desarrollar iniciativas eficaces para conseguir una integración popular mayoritaria en torno a un proyecto común. Evidentemente, no cabe la posibilidad de un proyecto común que aspire a esa adhesión popular mayoritaria sin el concurso activo del nacionalismo. Aunque, hemos de reconocer que la puesta en práctica de dicho proyecto nunca podrá ser posible con las únicas fuerzas del nacionalismo.

Agirre es el primer paradigma de este rearme político que propongo. Con la salvedad de que es conveniente destacar la dimensión diferente de los problemas a los que se refería, en el discurso que pronunció ante "Radio Euzkadi" el 22 de diciembre de 1936, el primer lehendakari dijo que sólo se puede evitar la guerra y resolver "el gigantesco problema de la paz" si "triunfan los poderes legítimos que ha elegido el pueblo".

El recurso a la tradición política propia es, sin duda, muy necesario para orientarse en momentos de extravío y para recuperar la trayectoria propia. Sin embargo, no todo es tradición. En ocasiones, la tradición se ha replegado a la hora de abordar nuevos problemas o no existe tradición para responder a esos problemas o, simplemente, ha comenzado una nueva tradición. Con esto quiero significar que necesitaremos asimismo un marco de renovación. La política en general, y nosotros no somos una excepción en estos tiempos que corren, está demasiado vinculada a ideas como Estado, ejercicio de poder, soberanía, territorio que hoy son factores transferibles, formales, no absolutos y son referentes ideológicos en permanente discusión. En cierto sentido, la política del nacionalismo vasco, haciéndome eco de la metáfora que emplea L. Turrow y que recoge F. Vallespín, debería ser como Alicia en el País de las Maravillas: debe correr y correr para poder seguir en el mismo sitio, cumpliendo el mismo papel histórico en defensa de un burujabetza que, en realidad siempre se ha correspondido más con la capacidad de resolver cuestiones sustantivas, de fondo, que con categorías formales del derecho.

 

Joxan Rekondo