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ERNEST
LLUCH, LOS NACIONALISTAS VASCOS Y LA UNION DE LOS DEMOCRATAS
El asesinato de Ernest Lluch Es bueno y necesario reflexionar
sobre cada acción de ETA. Algunos dicen que la organización terrorista
no está sujeta a ninguna lógica y que mata por sinrazón, inercia o
locura. Nuestra opinión es clara: hay que diferenciar el juicio moral,
que se extiende a la condena de todas las acciones de la violencia
ilegítima y el terror de ETA, de la obligación de explicar o tratar
de explicar cada ekintza,
que sólo se comprende en función de la intención de ETA de generar
tras ella una espiral concreta de reacciones y acontecimientos que
le lleve a condicionar la actualidad política y le otorgue la iniciativa.
El reciente asesinato de Ernest Lluch es un ejemplo de lo que decimos.
Si queremos conocer el móvil
concreto de su asesinato, no podemos evitar aludir a la condición
de Lluch de hombre cercano al nacionalismo vasco. Pero, esto no es
un aval político para sus ideas ni para las de nadie. Lo último que
podríamos aceptar es que sea ETA la que enjuicie, con sus acciones,
quien de sus víctimas tiene la razón. Aceptar que ETA ha querido, a través de Ernest
Lluch, golpear a ese grupo de políticos que pretenden integrar al
nacionalismo vasco en una solución de Estado plural no es privilegiar
a esta última víctima y su pensamiento sobre las demás. Además, la
tendencia de hacer un espíritu de cada víctima que ofrezca un
paradigma póstumo avalado por ese supremo sacrificio que es la muerte
en manos del terrorismo está adquiriendo ya tintes lamentables. Los
espíritus de los concejales del PP muertos, el espíritu de Joxemari Korta y el espíritu de Lluch no los administran, obviamente, los muertos. A menudo
y lamentablemente, son los vivos los que los enarbolan como escudo
y arma arrojadiza en sus discursos enfrentados. Aludir, sin embargo, a la cercanía de Lluch al nacionalismo vasco es,
si cabe, constatar que el espectro de víctimas posibles se está ensanchando
peligrosamente. En el fondo, la tesis de ETA, planteada hace varios
años, de obligar al PNV y a EA a “romper
amarras con el Estado”, llevó a que la exclusión de los partidos
de ámbito estatal fuera una cuestión de principio en los acuerdos
entre ETA, PNV y EA del verano de 1998. Se trataba de romper amarras.
Tras la ruptura de la tregua y el alejamiento entre los partidos nacionalistas
y EH, se han abierto las posibilidades de retorno a una política de
acuerdos entre los nacionalistas vascos y los partidos estatalistas.
Para ETA, los partidarios de una lectura de la Constitución que sea
útil para la mejor armonía de los diversos pueblos de la península,
son “amarras con el Estado”,
amarras que hay que romper para facilitar el triunfo de la tesis citada
e impedir el retorno jeltzale. En este
sentido, la mejor explicación política concreta del asesinato de Lluch
viene sugerida en el obituario publicado en el GARA. Lluch sería,
según su autor, “defensor del
retorno jeltzale”. Se añade una de las afirmaciones del asesinado,
“no cejaré hasta que el nacionalismo vasco democrático entre a formar parte
del bloque constitucional a través de la fórmula de los derechos históricos
o de cualquier otro tipo de negociación”. Hemos de recordar que Ernest Lluch participó, a principios de este verano,
en unas Jornadas organizadas por las juventudes de EA de Gipuzkoa
y celebradas en el palacio Miramar. Destacamos dos afirmaciones suyas
por su carácter ciertamente paradójico. Lluch creía necesario preguntarse
acerca de si ETA era verdaderamente nacionalista y llamaba la atención
sobre el hecho de que la mayor parte de los intelectuales que criticaban
ferozmente al nacionalismo por connivente con la violencia habían
sido, en el pasado más o menos reciente, militantes de ETA. En la
entrevista que Pedro García Larragan le realizó en Radio Euskadi en
la misma mañana del día 21 de noviembre, Lluch expuso su convencimiento
íntimo de que el único nacionalismo vasco era el de los partidos democráticos,
PNV y EA. Añadió que, para él, ETA era antinacionalista. Goizargi comparte plenamente esa afirmación. En nuestra larga trayectoria
histórica –aunque sea muy corta en edición electrónica- hemos pretendido
arrojar alguna luz sobre estas mismas paradojas que había planteado,
con inusual valentía, Ernest Lluch. Hay pocos intelectuales y muchos
menos políticos que se atreven con esas denuncias. Hoy, Ernest Lluch
i Martin está muerto. Es evidente que ETA ha matado a un amigo de
los vascos y a un defensor del nacionalismo y es evidente que ese
y no otro era su objetivo. La ofensiva de ETA y la imposible
unión democrática. Estas reflexiones son coherentes con una explicación congruente con la
lógica con la que ETA programa sus atentados. Estas reflexiones son
coherentes y necesarias. Reflejan el componente de estrategia que
ocultan las acciones más atroces. Nos ponen en guardia contra las
afirmaciones, demasiado fáciles, de que la lucha armada no sirve para
nada. Claro que sirve. Gran parte de la clase política española y
vasca tiene la íntima convicción que es objeto de una amenaza cierta
y de un peligro. El asesinato de Lluch lo deja bien claro. Las listas
del comando Bizkaia, en las que se señalaban cinco nacionalistas como
nuevos objetivos, amplían el sector de la sociedad amenazado. La clase
política, la del Estado como la de Euskadi, se encuentra bajo la punta
de mira del fusil de ETA, y, ¡que terrible¡, este amenazado colectivo
no es capaz de dialogar siquiera para llegar a una mínima unión o
identidad de intereses. He aquí la utilidad paradójica del terror. Así es la cruda realidad. El Gobierno de España ha enterrado de facto
el Pacto de Madrid y el Pacto de Ajuria-enea y busca una unidad antiterrorista
que excluya al Gobierno Vasco y combata al nacionalismo. Según Mayor
Oreja, la sociedad “demanda
una respuesta diferente a la consensuada hace años por los partidos
democráticos” y es conveniente un nuevo acuerdo antiterrorista
con los socialistas que sea “auténtico, profundo, eficaz y nuevo” y
que haga frente “a las dos ofensivas”,
la de ETA y la de los nacionalistas. Dos razones tiene Mayor Oreja
para ello. Primera, que el Gobierno quiere mantener a los nacionalistas
vascos fuera de todo consenso y le interesa muy especialmente imputar
al nacionalismo vasco los costes de la ofensiva de ETA. Al menos,
le interesa hacerlo así hasta la celebración de las elecciones autonómicas
vascas. Es la única manera de identificar su programa antinacionalista
con la lucha por unos mínimos democráticos en el País Vasco y mantener
amarrados, rehenes de esa polarización antinacionalista, a los socialistas
vascos en torno a un acuerdo para gobernar en Euskadi. La segunda razón para combatir el nacionalismo en el contexto del consenso
antiterrorista es que para Aznar y su equipo, “el nacionalismo vasco es la sustancia del terrorismo”. El Gobierno
piensa que vencido y aislado el nacionalismo vasco, ETA estará vencida.
Que lejos está Aznar de comprender la realidad vasca y que lejos,
también, está de comprender la propia realidad española. Un ejemplo
gráfico será suficiente. Al Gobierno español no le interesa que se
hable de los GRAPO, no le interesa fomentar el interés y la investigación
periodísticos en torno a este grupo vinculado al Partido Comunista
de España (Reconstituido), y así lo ha declarado el propio ministro
de Interior muy recientemente. ¿Por qué? He aquí nuestra tesis: porque
no es extraño que el GRAPO resucite a la par que ETA rompe la tregua
y lanza una ofensiva brutal. Porque las relaciones entre GRAPO y ETA
son ya más que evidentes. Porque sus entornos mantienen lazos solidarios.
Porque, como se puso de manifiesto en el juicio contra los grapos
Enrique Cuadra, Concepción Gonzalez y José Ortín celebrado en el aún
cercano octubre de 1998, los GRAPO piden el voto para Euskal Herritarrok.
Porque, en definitiva, comparten la misma ideología. Esa ideología
que les lleva a sus comandos a pedir refugio y solidaridad revolucionaria
en la Embajada hermana
de Cuba. Esa misma ideología y esa misma solidaridad revolucionaria
que ha demostrado el dictador cubano Fidel Castro oponiéndose a condenar,
como aquí EH, el terrorismo de ETA. Pero, el Gobierno español se equivoca
porque un acuerdo antiterrorista debe tener como objetivo combatir
a ETA y a los GRAPO y no a ETA y a los nacionalistas vascos. Entre los nacionalistas vascos, es cierto que hay algunos dirigentes
que siguen empeñados en justificar sus graves errores. Aquellos que
hablan de que las gestiones de PNV y EA ante ETA al menos propiciaron
catorce meses de tregua sin muertos obvian que el precio de ese espacio
de tregua se está pagando con una crueldad multiplicada, con el ensanchamiento
del abanico de víctimas potenciales y con una ETA preñada de euforia
y de esa obstinación revolucionaria que le lleva a demostrar, ekintza tras ekintza, su
capacidad de repartir miedo y dolor por toda la geografía ibérica.
A juicio de ETA, desde el inicio mismo de la tregua, se impuso la
tesis de que ésta se produjo como consecuencia “de
la debilidad de ETA”. Y concluía, en el contexto del análisis
interno que hizo la organización ante la evolución de los primeros
meses de tregua, que “de
torcerse el proceso, ello [la tesis de la debilidad de ETA] incrementaba el riesgo de tener que demostrar la mentira de dicha tesis”. Que ETA no estaba derrotada, hoy es inapelable.
El relajamiento social y político que se produjo alrededor de esa
paz ficticia ha facilitado un relevo generacional que ha dotado a
ETA de los militantes más preparados que ha tenido nunca, especialistas
en el enfrentamiento violento de corta distancia, adiestrados en la
semiclandestinidad de la Kale Borroka, agresivos hasta el fanatismo
e inasequibles a la piedad, formados como nadie lo había sido antes
en la obsesión
revolucionaria por vencer,...
En estas condiciones, estamos llegando a niveles de los 80 en cuanto
a ferocidad destructiva, con la diferencia, a peor, de que los objetivos
se han ampliado. De que hoy ETA puede matar a cualquiera. En Bietan Jarrai –el libro
de José Antonio Rekondo, colaborador habitual de Goizargi- se pronosticaba un escenario como el actual
en el que “los partidos nacionalistas
(EA, PNV) quedarían en entredicho” ante ETA y “se crearían unas condiciones de frustración colectiva para que el MLNV
pudiera reiniciar, con todo su vigor, una ofensiva política que obligaría
a los partidos abertzales a bascular entre la ruptura total con el
Estado o las consecuencias de una nueva socialización
del sufrimiento”. La alternativa
que a PNV y EA les quedaría, según esta tesis, es la siguiente: someterse
a las draconianas condiciones de ETA o cargar con los costes de una
ofensiva cruel y devastadora. La crueldad actual, el resabio asesino
de ETA, sería, según el autor, la consecuencia más que probable del
fracaso de una estrategia de unidad nacionalista con ETA. En el comunicado
del 19 de noviembre de 2000, ETA confirma este análisis: “Han
tenido sobre la mesa no sólo la propuesta de ETA sino también la de
transición de la izquierda abertzale. Pero, todos los datos parecen
indicar que prefiere [el PNV] un
nuevo ciclo autonómico, es decir, la prolongación del castigo que sufre
Euskal Herria”. La mención a la “prolongación
del castigo que sufre Euskal Herria” es el anuncio de que la campaña
terrorista será prolongada. ETA no va a parar y, mucho menos, a disolverse. La solicitud de disolución
de ETA, a estas alturas reiterada por instituciones, colectivos y
gentes de prestigio vascos y no vascos, es baldía. Seguirá golpeando
cada vez más cerca. Y seguirá marcando la pauta de comportamiento
del movimiento, del MLNV. ETA suele decir: “la
costumbre de la Organización [ETA] es
marcar los criterios o pautas generales [de actuación], y dejar a los demás agentes los detalles y concreción posteriores”.
Ni EH, ni HB, ni Ekin, ni LAB ni Haika se desmarcarán de esos criterios
generales. De hecho, en el proceso Batasuna
se elegirá Bateginez como
ponencia base por la poderosa razón que es la que mejor encaja en
el marco de las directrices emanadas de ETA.
Este es el panorama que tenemos ante nosotros. Hoy, la unión entre demócratas
se hace tan imposible como necesaria. Es necesaria porque sería un
factor de esperanza y de ilusión, movilizaría a la sociedad y acabaría
con el fuego cruzado entre los partidos democráticos. Es imposible porque el PP
desconfía. El PP no cree que el nacionalismo vasco esté desorientado
y no cree que el lehendakari es consciente del fracaso de la vía de
Lizarra. El PP cree que el nacionalismo es el colaborador necesario
en la ofensiva de ETA. Cree que el nacionalismo busca aislar al Gobierno
del Estado embaucando al PSOE. Y el PP combate ese aislamiento de
la manera más disparatada que se conoce: aislándose a su vez todavía
más. El compromiso ético-democrático del lehendakari y el Estatuto
cuestionado
El lehendakari, no obstante, ha dicho de Lizarra que
fue “un intento frustrado”.
El lehendakari ha agarrado con firmeza un discurso que se sostiene
en la separación del objetivo de lograr
la paz de la resolución de los conflictos presentes en la política
vasca. Este viraje, que en si mismo es autocrítico, ha sido cuestionado
seriamente hasta en los sectores más moderados de Lizarra, como son
ELA y Elkarri. No podía ser menos, el esquema y el método previsto
en Lizarra es radicalmente diferente a este nuevo planteamiento con
el que el lehendakari quiere iniciar su nueva etapa. Otra de las claves del posicionamiento del lehendakari
es su “Compromiso democrático con el cumplimiento y el respeto del
Pacto Estatutario en su integridad”. Dice el lehendakari que “hay que devolver toda su virtualidad a aquel
espíritu de consenso sobre el Estatuto, logrado en 1979” y convierte
esta cuestión en “la tarea más
urgente”. Este esquema, que contempla el respeto al “pluralismo
razonable” constitutivo del pacto estatutario, no aísla a nadie.
Llama expresamente a “aquel
espíritu de consenso sobre el Estatuto”, que configura “un marco institucional común” que garantiza la defensa de todos los
proyectos políticos. Es integrador, por lo tanto, excepto para quién
ejercita la violencia ilegítima. El lehendakari ha clarificado su mensaje. Habla de libertad y legitimidad
democrática de los marcos jurídico-politicos de los que nos hemos
dotado, habla de cumplimiento integro del pacto estatutario como expresión
de respeto a lo que los ciudadanos vascos hemos decidido y habla,
por último, de respeto a las opciones de cambio de acuerdo con lo
que consignan las reglas democráticas. La columna vertebral de la
nueva etapa
es el respeto al pacto estatutario. Nadie puede oponer nada a esta
posición. Es la posición más cabal, la que mejor respeta lo que los
vascos han decidido. Pero, los partidos nacionalistas deberían clarificar, en la línea del
lehendakari, sus disicursos políticos. Es un grave error y no es coherente
que EA, sostén del Gobierno Ibarretxe, presente un propuesta de nuevo
marco y anuncie el agotamiento del Estatuto, lo haga en público y
apenas dos días antes de que el lehendakari presente su propuesta
de compromiso democrático. O se está o no se está. En el Programa
de Gobierno que EA está obligada a defender no hay una sóla mención,
ni una sóla, al agotamiento del Estatuto. ¿A qué viene esta iniciativa
que debilita la propia cohesión del Gobierno Vasco en un momento en
que éste es sometido a una presión descomunal y sin precedentes? Y
es también una metedura de pata reseñable la presencia de dirigentes
de EA en la manifestación por la desobediencia civil en Donostia.
No nos vale la excusa de Gorka Knörr de que protestaban contra la
criminalización arbitraria de la no-violencia. La manifestación no
se limitó a protestar contra las detenciones. Ello por sí sólo no
sería motivo de escándalo. En el manifiesto cuya lectura que dio por
acabada aquella manifestación se invitó a los ciudadanos vascos “a trabajar por la vía de desobediencia”.
No es posible legislar, invitar a los ciudadanos a cumplir las leyes
y, a la vez, invitarles a desobedecerlas. Hay que elegir. EA necesita
clarificar esta cuestión de una manera urgente. La nueva etapa de Ibarretxe debe arrancar con fuerza
con la convocatoria de elecciones. Si el nacionalismo vasco impulsa
con fuerza el nuevo discurso del lehendakari no debe temer convocar
elecciones autonómicas. Unas elecciones autonómicas que se celebrarían,
por añadidura, en un contexto en el que los viejos traumas
internos del nacionalismo,
que han sido el verdadero impedimento de una sana colaboración entre
el PNV y EA, van apagándose. Las querellas personales y políticas
entre Arzalluz y Garaikoetxea, Garaikoetxea y Arzalluz, se desvanecen
al tiempo que se desvanece el protagonismo político de éstos. Garaikoetxea
no ha acertado en su apuesta del año 1998, ha perdido predicamento
en las bases de EA y se ha alejado de su dirección en el último Congreso
de este partido. A Arzalluz casi le ha pasado lo mismo. Hoy, la sociedad
vasca no les tiene por referentes. El lehendakari es la esperanza.
Concita grandes simpatías entre las bases de ambos partidos. Es el
momento de profundizar en una colaboración ya iniciada en junio de
1999. Una colaboración que es posible y necesaria para movilizar a
la sociedad vasca. ¿Es posible un agrupamiento electoral? Además, en un momento en que los partidos se muestran muy débiles y han
perdido una gran cuota de credibilidad, el Gobierno debe apelar directamente
a la sociedad vasca, debe pedir la cooperación entre todos y muy en
especial entre los abertzales para defender el compromiso democrático
de defensa del pacto estatutario. Contra quienes quieren darlo por
muerto o agotado. Y contra quienes quieren modificar los consensos
subyacentes al propio Estatuto. Estos consensos están estallando en
las sesiones del Parlamento Vasco. El Estatuto se está modificando
a golpe de Porposición de Ley o de No de Ley. La política lingüística
y el sistema educativo han sido los primeras cuestiones en plantearse.
Ibamos a hablar de ellas en esta primera editorial. La muerte de Ernest
Lluch ha alterado nuestra pretensión. En el próximo número, trataremos
ambas cuestiones con más detenimiento. GOIZARGI
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