GOIZ ARGI

Artxibo rtf

EL TERCER ESPACIO
(9
- 2000ko Iraila)

La política consiste en conseguir el consentimiento de los ciudadanos para gobernar e ir realizando los proyectos de sociedad particulares que se defienden a través de los partidos políticos. Estos buscan representar a los ciudadanos y a sus intereses a través de la acción y del discurso políticos. En teoría, el ciudadano valora los contenidos del proyecto y del discurso y su adecuación a lo que le interesa en cada momento por encima de la posición que el partido ocupa en la cartografía política. Más bien, esta posición vendría a ser reflejo de los contenidos reales de las ideas y práctica desarrolladas.

En Euskadi, en los últimos años, se tiende a hacer política sobre un plano. En realidad, la política vasca es un tablero. Lo importante es la colocación de la ficha en la casilla adecuada. Las estrategias políticas que se aprueban en Congresos y Asambleas Magnas duran menos que un chupa-chups a la puerta de una guardería. La política de partido vive una crisis profunda. Hay un gran vacío de pensamiento político. El paradigma político dominante es la paz, que por sí misma no quiere decir nada, como sustituto de la acción política en libertad. El escenario político –que así se nombra- es el lugar donde se representa un alucinante teatro de sombras. Finalmente, prevalece la preocupación de los dirigentes por mantener el espacio político –y es que así se habla- sobre la seriedad, la consistencia y la coherencia en el discurso y en la trayectoria políticas. En este contexto, la partitocracia imperante ha favorecido un mercadeo político alejado de los intereses sociales.

Hoy, Euskadi es terreno abonado para la especulación y el artificio políticos. Por añadidura, tras el retorno de ETA a la estrategia del terror y el fracaso de Lizarra, los dirigentes de los partidos que impulsaron este pacto se encuentran desolados y más vacíos de proyectos que nunca. Comienzan a compartir la desorientación y la incertidumbre que, hacía tiempo, se había apropiado de sus bases. Sus propios espacios se encuentran en descomposición. Hoy, la política vasca pos-Lizarra tiene más pinta de guerra de posiciones que de concurrencia de proyectos.

Ahora, ante un panorama político tormentoso se busca un refugio seguro, una posición cómoda, para volver a orientar la política de esta nueva etapa. La necesidad de distinguirse de ETA apremia. El retorno a Ajuria Enea parece humillante. En eso, los del tercer espacio llaman a la puerta. Tras ella, los dirigentes más angustiados muestran interés en el producto. En realidad, al dirigente, más que gustar, le alivia el llamado tercer espacio.

El tercer espacio ha sido el descubrimiento del verano. Aunque, la verdad sea dicha, la idea del tercer espacio no es nueva. En su momento, en plena ofensiva Oldartzen, el tercer espacio albergó –ésta es la palabra más adecuada- a quienes buscaban zafarse de la tacha de ser entorno de ETA en un clima de gran exigencia social y política –tras los sucesos de julio de 1997- ante la intensificación del terror por parte del MLNV. Simpatizaron tímidamente, además, con el tercer espacio los partidos que luego firmaron el pacto de Lizarra.

En este agosto sangriento de 2000 se ha rememorado el tercer espacio. Se ha publicado que IU-EB, EA y PNV habrían comenzado a organizarlo junto con algunos otros sindicatos y organizaciones. En algún medio, se ha otorgado a Javier Madrazo la paternidad de la idea. No es así, sin embargo. O no es totalmente así, más precisamente.

El proceso Zubigintzan que, desde el pasado mes de junio, ha iniciado Elkarri tiene mucho que ver con esta cuestión. La presentación de ese chip que ha fascinado a tantos políticos y comunicadores se realizó, con luz y taquígrafos, en aquel contexto congresual del organismo Elkarri. De nuevo, ante la ofensiva de sangre y fuego que ha iniciado ETA, la presión política –y cada vez más, la social- existente ha aconsejado distinguirse y crear un nuevo espacio que sirva para un "contexto sin tregua".

El tercer espacio parece equidistante. Pero, en la propuesta de Elkarri no lo es. La propuesta se construye desde la base de un diagnóstico que llama la atención por la ausencia de equidistancia.

Se dice que "el proceso de paz topa en el presente con dos grandes dificultades" (Zubigintzan). De principio, parece chocante que, en un documento que reconoce que ETA ha vuelto a atentar, se denomine al "presente político" que vivimos como "proceso de paz". Después, se dice que el citado "proceso de paz" toparía con "dos dificultades". En primer lugar, "la concepción inmovilista que sobre el proceso tiene el poder central" (Z.). En segundo lugar, "la concepción impositiva que sobre el proceso tiene ETA" (Z.). Frente a la primera dificultad, el "inmovilismo", se pretende "poner en evidencia la soledad de estas posiciones" (Z.). Es decir, "poner en evidencia" significa combate y "soledad" sólo puede significar aislamiento. Frente a la segunda, la "imposición", se propone "mantener abiertas las vías de comunicación" (Z.). Es decir, perseverar en el diálogo.

Si alguna vez he pensado que Zubigintzan era un proceso que pretendía establecer puentes entre los sectores más alejados de la sociedad, entre la posiciones más extremas de la política vasca, leído este diagnóstico reconozco mi error. Zubigintzan pretende que construir puentes entre el tercer espacio y el segundo, que es el espacio de ETA, mientras dificulta el entendimiento con el primero, al que se acusa de inmovilista. Zubigintzan es un ejercicio de ingeniería política para comunicar con unos (ETA), aislar a otros (inmovilismo) y puentear a la mayoría de la sociedad vasca, ajena al discurrir de estos juegos conspiratorios.

El tercer espacio nace con un discurso sutil. Zubigintzan plantea "defender los principios de la no violencia y de los derechos humanos, reclamando la coherencia en su defensa, respeto, interpretación y aplicación, y proponiendo el diálogo como instrumento democrático de sustitución de la violencia" (Z.). Para ello, resuelve "facilitar alternativas democráticas y políticas que evidencien la supremacía ética y política de la no violencia" (Z.). Lo que antecede es sutilmente antidemocrático. Plantear la defensa coherente de los derechos humanos en un país como el nuestro en donde se están conculcando con reiteración y proponer la "no violencia" como solución supone tratar de impedir al orden instituido conforme a la voluntad de la mayoría de los vascos que realice la defensa coherente de dichos derechos. El lehendakari y el Gobierno tienen 7000 hombres armados para ejercitar la violencia con legitimidad democrática, en nombre y en defensa de su pueblo. No puede haber defensa coherente de los derechos humanos renunciando a la potestad de ejercitar la violencia legítima. En la política, existe la violencia legítima. Es decir, por mucho que guste el recurso a la filosofía de la "no violencia", el derecho a la seguridad y a la libertad de los ciudadanos exige que existan cuerpos armados que garanticen dichos derechos. El discurso que opone diálogo, presentado como democrático, a violencia, presentada como antidemocrática "per se", sólo sirve a la causa de la violencia ilegítima, que gana en impunidad. En lo que se refiere a la "supremacía ética de la no violencia", es evidente que en un estado de impunidad no es, precisamente, la ética el bien supremo.

La construcción de este tercer espacio –que Elkarri promueve aunque eluda llamarlo así "debido a que genera susceptibilidades y resistencias, especialmente en la izquierda abertzale" (Z.)- está condicionada, de forma llamativa, a que "la mayoría de fuerzas políticas" (Z.) no vuelva a ubicarse en una posición similar a la de los tiempos de vigencia del pacto de Ajuria Enea, pacto que formó parte del primer espacio. Para ello, se propone "desarrollar un trabajo de hormiga... especialmente en dirección a la izquierda abertzale y a los socialistas" (Z.). La pregunta que nos hacemos muchos forofos del lehendakari es, empero, la siguiente: si nuestro empeño habría de ser poner en evidencia "la soledad del PP", ¿cómo podríamos conseguir pasar por defensores de un diálogo sin exclusiones y por contrarios a las políticas de aislamiento sin engañar al mismo pueblo que decimos defender? Y también: si hay que combatir y aislar al poder central, ¿cómo podrían contribuir a ello un lehendakari y un Gobierno que, por lo que parece, no pretenden llegar a un escenario de ruptura de hecho con las instituciones del Estado?

El tercer espacio –al menos, concebido de esta manera- es hacer la goma con el espacio 2, es decir con ETA. El tercer espacio es, además, el espacio en el que "el Estatuto está muerto", es el cementerio en el que se pretende enterrar la libre decisión que los vascos –que la mayoría de ellos- han emitido hace escasamente 20 años. Es el espacio, por tanto, en el que se defiende la voluntad popular de espaldas a ella. Es el Lizarra a la espera de que mejore la climatología socio-política En estas condiciones, en mi humilde opinión, el tercer espacio sólo puede ser útil a ETA.

Y, en cambio, lo más útil para el nacionalismo puede ser renovar el mensaje de José Antonio Agirre. José Antonio apeló a la herencia de Arana Goiri para reivindicar el respeto a la voluntad popular como fundamento de la libertad de los vascos como pueblo y para postular el "respeto intransigente de la libertad del hombre". Ante la cuestión de la libertad, para Agirre no caben tercerismos ni equidistancias , sólo hay dos alternativas en lucha: "Nos encontramos inmersos en la lucha ideológica más profunda que ha conocido la humanidad. Hoy en día, no hay más que esta alternativa: por la libertad o contra ella. De un lado están aquellos que creen que el mundo es un refugio de seres razonables que debe regirse por reglas basadas en el respeto a la libertad y a la dignidad del individuo y por la colaboración y la coexistencia de los pueblos; del otro están aquellos que, en su concepción pesimista del hombre, no conciben otra doctrina que la fuerza".

J. Beloki