GOIZ ARGI

(Número 6. Zenbakia - Maiatza 2000 Mayo)

Artxibo doc

El crepúsculo de la credibilidad

El revuelo causado por la filtración de las conversaciones entre ETA y PNV y EA ha sido mayúsculo. Parece la culminación de un debate político que degenera ya en verdaderas cumbres de histeria. No es posible, en estas circunstancias, donde entran en juego tantos factores, emitir un juicio definitivo acerca de la cuestión. Pero es posible señalar algunas cosas.

Desde una perspectiva nacionalista, es muy triste como se ha gestionado la cuestión. Los afiliados y militantes de los partidos nacionalistas nos hemos enterado de todo por medio de la prensa. Y peor todavía: las explicaciones que se han visto obligados a formular los líderes de los partidos abertzales han estado motivadas por la publicación por GARA de los documentos o filtraciones de ETA y por el descrédito ante el que nos colocaban. Por lo que parece, además, no había intención de explicarlo todo, de ser transparentes, por propia iniciativa. Por último, las explicaciones dadas públicamente no se corresponden con una información o con unas explicaciones claras dentro de los partidos nacionalistas.

En plena "era de la informacion", en la que la opinión pública implanta su ley de forma inexorable, en la que la transparencia es el axioma vertebrador de las relaciones entre la política y la sociedad, en la que se hace imposible encriptar la información, parecía bastante disparatada la idea de que los documentos y las conversaciones permanecieran en el silencio durante mucho tiempo. La falta de previsión de los líderes nacionalistas, en lo que se refiere a este aspecto, ha sido garrafal. La coincidencia, en el espacio y el tiempo, entre las declaraciones de Aznar durante su investidura y las posteriores filtraciones de ETA añaden un toque de sarcasmo al asunto.

Pero yendo directamente al terreno de los principios, lo realmente objetable es la clara intencionalidad de falta de transparencia, ese culto a la rebotica o, dicho eufemísticamente, a la discreción que, llanamente, oculta cuestiones transcendentales para ese pueblo del que se discute su futuro.

Si la paz es algo que compete a todos, y nadie puede monopolizarla, entonces no es correcto llevar una estrategia de pacificación fundada en una política elitista, hecha por notables y sustraida de la participación de todos, más en línea con el lema del "despotismo ilustrado" que con las exigencias de una sociedad participativa en la que la comunicación es un bién primario. La paz no puede ser negociada a espaldas del pueblo –sobre todo, cuando a un nivel de principios, no se deja de repetir el aserto de respeto a la voluntad del pueblo vasco. De lo contrario, difícilmente podrá ser respetada la voluntad del pueblo cuando este pueblo no es siquiera informado.

Por otro lado, la teoría de la discreción ha caído en mil pedazos, de un modo definitivo. Tanto el Gobierno como ETA han hecho uso de esa información cuando les ha dado la gana. Y creer que se puede garantizar lo contrario de cara al futuro resulta algo muy peregrino –por no decir un acto repetido de ingenuidad, difícilmente justificable.

El otro tema es el de la confianza. En una comunidad política donde se tienen que tomar decisiones el tema de la confianza es de importancia capital. Si la confianza no existe se aleja la posibilidad de tomar decisiones sobre temas sensibles sin provocar fracturas ni ahondar en los enfrentamientos. Este es el proceso normal, no traumático, por el que deben discurrir las sociedades democráticas.

Por ello resultan peligrosas las propuestas de decisiones únicas respecto a lo que debe ser el marco que nos compete. Someterlo todo al infarto de una sola decisión, sin evaluar previamente las condiciones sociales de integración y confianza social, significa ruptura. Esto lo sabe perfectamente el MLNV, para el cual la apelación a la voluntad popular en ese sentido no es más que una cortina de humo para generar un escenario convulso.

La falta de transparencia en la cuestión de los "acuerdos" con ETA ha ocasionado que en estos momentos ETA se haya apropiado injustamente del depósito de la credibilidad, que ETA confirme y desmienta lo que quiere, y que ahora haya encontrado una inesperada ratificación por parte del Gobierno español. Que ETA sea creíble, se erija en representante de la verdad, supone la antesala de la mejor coartada política de sus actos. Este es un peaje que no debemos pagar. Los nacionalistas, a pesar de nuestros errores, debemos retomar la denuncia de ETA como foco de engaño. Lo debemos hacer nosotros porque tenemos escarmiento suficiente. Lo debemos hacer nosotros, además, porque nadie más lo hará.

Resulta urgente recuperar la confianza del pueblo y de las bases nacionalistas. Y ello sólo puede conseguirse con una relación directa con ellos. Que la política no sea política publicitaria sino de fondo, donde se discuten cuestiones reales y agendas políticas reales, ante la mirada crítica de nuestro pueblo. Sin esa confianza y esa honestidad nos hallamos ante el peligro de una fractura política que es la locomotora de los siniestros vagones de la fractura social, del enfrentamiento civil y de la crisis política crónica.

Joxan Beloki