GOIZ ARGI

(Número 6. Zenbakia - Maiatza 2000 Mayo)

Artxibo doc

Bernardo Estornés Lasa: cronista de Vasconia

Me ceñiré a una sola cuestión. No esta en mi mano tratar la intensa y larga labor de Bernardo Estornés Lasa como hacedor de enciclopedias y como editor. Quizá este sea el aspecto más importante de su vida, y con el que más hizo por la Euskadi que tanto amaba. El y sus hermanos, José y Mariano, mantuvieron encendido el fuego sagrado de la cultura vasca, en un momento en el que muchos daban por muerta no ya nuestra causa como nación, sino la propia identidad del pueblo vasco.

Corría el año 1952. La minuciosa red de resistencia, surgida de la sinergia de los gudaris que abandonaban las cárceles y la nueva hornada de hombres y mujeres que tras la derrota en la guerra acogieron a judios y aliados y siguieron la guerra contra los nazis en casa y a lo largo del mundo (identificando la libertad de su patria con la libertad de los hombres), estaba ya exhausta y casi sin esperanza en una liberación inmediata. Un año antes, en huelga general convocada por la red interior de resistencia y donde pararon más de 250.000 trabajadores, el pueblo vasco había votado con sus trabajos y con sus vidas y había mostrado que estaba con la vieja legalidad, la encarnada por el Gobierno Vasco en el exilio. Pero este acto, en vez de ser la aurora de la libertad que se extendía por los pueblos de Europa, iba a constituir un jalón más en la larga lucha antifranquista. La dictadura permanecía. Y la represión contra todo lo vasco, el silenciamiento de la realidad de la existencia de un pueblo, continuaba su sorda labor ministerial.

Ese año sale a la calle un libro: "El Ducado de Vasconia". Cual tenía que ser la sorpresa para el desesperanzado lector de temas vascos. La materia no podía parecer más ajena: las incidencias de la tribu vascona en el periodo que mediaba entre la caída del Imperio Romano y el surgimiento del Reino de Navarra. El tono del libro no era ni melancólico ni arqueológico. Al contrario que Arturo Campión y sus correligionarios de la Asociación Euskara de fines del XIX, Estornés no incidía en la tragedia de la pérdida de independencia del viejo reino. Su perspectiva antecedía a este hecho, precisamente porque la conciencia vasca ya había mostrado sus frutos, a principios de siglo, durante y después de la guerra civil. Era la crónica del resurgimiento de una realidad, la vasca, silenciada durante siglos, que en plena caída del poder imperial romano se alzaba victoriosa en todo su vigor. Era la constatación de la hazaña prodigiosa de un pueblo, en medio del mayor de los caos, alzándose desde su secreta existencia para dar testimonio de ella por medio de su voluntad de vivir y luchar.

La narración que nos ofrece Estornés Lasa resulta, como toda la historia vasca, paradójica. La existencia del propio pueblo vasco, las tribus eúskaras unificadas ahora bajo la denominación vascona, sólo es referida de forma oblicua, por los cronistas árabes, godos y francos. De esta información tan sesgada, nuestro historiador va elaborando una imagen bastante clara: como el establecimiento de ducados y marcas fronterizas –fundamentalmente el Ducado de Vasconia- se convierte a la larga en una forma de alianza entre las viejas ciudades romanas y las tribus vascas contra los bárbaros y los árabes; como Vasconia es refugio de las disidencias habidas en los diferentes reinos; como, en determinados momentos, se hace un supremo esfuerzo para acabar con los vascones (el caso de la expedición de los diez duques y condes a mando del rey franco Dagoberto; el caso de Carlomagno y su expedición a Zaragoza) y como los vascos se agrupan y vencen a sus enemigos (la destrucción del ejército del duque Arimberto; las dos victorias de Roncesvalles; la derrota del gran ejército árabe por parte de los buruzagis orientales y occidentales en Arganzón).

Aparte de estas incidencias, el trabajo de Estornés Lasa tuvo una larga proyección ulterior, que influyó en intelectuales, como Krutwig y Txillardegi, ajenos totalmente a su ideología. Porque el libro ponía a la luz las raíces y ramificaciones de la etnia vasca, más allá de las realidades jurídicas e institucionales que los estados formales habían impuesto. De este modo, la alianza vasco-aquitana, culminada por el duque Eudón, se erigía en la reconstitución de la realidad de la Aquitania prerromana, que había perdurado y que se había cristalizado de esa forma; y era, también, preludio de la creación del Reino de Navarra. De este modo, la continuidad de una población de estirpe vasca desde la Rioja, la Bureba y Soria enlazaba con los asentamientos pirenaicos, llegando hasta las puertas de Catalunya. De este modo se desentrañaba el substrato originario de Gascuña y de Bearne –explicando así que para historiadores medievales, como Froissart, no existiera práctica diferencia entre vascos y gascones. Castilla incluida, la cual el ínclito Sánchez Albornoz consideraba nieta de "Vasconia", los vascos, aparte de la propia, hemos parido muchas naciones y lenguas. Esta realidad (que historiadores posteriores como Roger Collins no han cambiado en lo sustancial) resaltaba como un fogonazo de esperanza a todos aquellos que, sumergidos en la larga noche franquista, estaban poniendo los cimientos del renacimiento de nuestra lengua y nuestras instituciones.

Quizá, de un modo paradójico, los vascones no escribieron en su tiempo esa historia para que en el momento de más negra desesperación este roncalés lanzara su irrintzi de victoria, el mensaje de que en medio los grandes flujos de gentes y conmociones político-sociales los vascos hemos sabido defender nuestra libertad, y hemos construido los instrumentos para perpetuarla. Y también que la labor de construcción de esos instrumentos ha sido siempre continua. Que el Ducado de Vasconia, el Reino de Navarra, el Gobierno Vasco, todos ellos son y han sido la expresión nodular mediante la cual los vascos nos hemos constituido en pueblo y nos hemos relacionado con las otras naciones.

En estos tiempos, donde vanamente se trata de imponer la "desmitificación" histórica como razón suprema de la negación a Euskadi de las libertades que quiere y a las que no renuncia, Estornés Lasa aunó los argumentos más incontrovertibles (ofrendados por la propia acusación, por los cronistas godos, francos y árabes, enemigos de Vasconia) con el entusiasmo de pregonar la más preciada de nuestras tradiciones: la de la lucha por la libertad. Decía Isaac López Mendizábal en su libro acerca de la historia vasca: "hay pueblos que presumen de haber conquistado muchos pueblos; y hay otros pueblos que presumen de no haber sido conquistados nunca". Esta conciencia, de libertad originaria y de no renuncia a ella, es el legado más precioso que poseemos y que ningún estado ni facción, en su soberbia jurídica o coactiva, podrán nunca soslayar.

Agur, Bernardo Estornés Lasa, alto cronista de Vasconia. Si la memoria es la guardiana del espíritu, en tiempo de persecución tu fuiste uno de sus sacerdotes. Los vascos te debemos eterno agradecimiento.

Loidisaletxe´tar Bentur