(Número 12. Zenbakia - Abendua 2000 Diciembre)

Artxibo rtf

BEHIN BIZI BEHAR ETA...

-Un més adornado con guirnaldas de muerte-

Los que han nombrado utopía a la muerte

Xabier Lete es, sin duda, el mejor poeta vasco del último cuarto de siglo. Es, además, uno de los pocos hombres de nuestra cultura que no ha sucumbido, al contrario que otros artistas e intelectuales de relumbrón, a esa imparable competición, a esa irritante moda, por acumular adhesiones a manifiestos, cualesquiera manifiestos, incluso manifiestos de carácter contradictorio.

Acaso porque no cree, el poeta y cantautor Xabier Lete no ha enfermado de ese virus. Ello, sin embargo, no significa que en su trabajo haya eludido posicionarse ante los problemas políticos. Es de todos conocida su trayectoria política, aunque él mismo no tenga de ella su mejor recuerdo. En un momento de desilusión y desesperanza como el que vivimos, nos hemos acordado de su obra poética. A nosotros nos parece una buena muestra de que, incluso bajo el desespero y la resignación, no nos debemos rendir al acomodo, a la aceptación de las consignas de los demagogos y que no debe abandonarse la crítica, la denuncia en profundidad.

De esta obra poética, destacaríamos dos poemas, escritos hace años, como ejemplo. En el primero, “Behin bizi behar eta”, el poeta percibe en los ojos de los vascos un odio creciente, las armas afiladas dispuestas contra vecinos y hermanos. Decepcionado, Lete entrevé una idea de país peligrosa y sin sentido, que se corresponde con el falso dilema “Aberria ala hil”, que sólo significa, a la postre, que se prefiere un país y un pueblo fenecidos a uno que viva realmente. En el segundo, “Heriotza utopi izendatu dutenei” es un alegato también desesperanzado que repudia la muerte como atajo de la historia, que rechaza absolutamente el crimen político. Nuestro tiempo, dice Lete, es el de la resignación existencial y se pregunta si podemos hablar todavía de esperanza. La personalidad del poeta, que se ha considerado un “exiliado en la isla de la resignación”, es coherente con esta visión de la que está ausente la confianza y en la que predominan las dudas ante las encrucijadas “adornadas por guirnaldas de muerte”. Sus dudas, no obstante, tienen un rabiosa actualidad. Así, “¿por qué y para qué repetir los viejos diálogos?”. Y también, “¿Tan pronto se nos han olvidado los ecos de los asesinatos de todos los anteayeres?”.

La muerte: atajo de la historia

Estos días de diciembre han llegado, de nuevo, adornados “con guirnaldas de muerte”. El pasado 14 de diciembre ETA asesinó a Francisco Cano, fontanero de 45 años y concejal del Partido Popular en Viladecavalls, Cataluña. Pocos días después, 18 de diciembre, ha podido provocar una verdadera matanza en la Facultad de Periodismo de la UPV en Leioa. El día 20, por último, el asesinado es el guardia municipal de Barcelona, Juan Miguel Guervilla Valladolid. ETA, sembrando la muerte y el sufrimiento, quiere atajar el devenir natural de la historia.

Todos podemos ser víctimas. Es necesario reiterarlo para que reaccionemos a tiempo. Ello, no obstante, no significa que ETA no haga una selección concreta de objetivos. Al contrario, cada víctima es identificada, vigilada y asesinada. ETA premedita, es un hecho, concienzudamente sus acciones. Como dijera Camus, sus crímenes son “crímenes de lógica”. De lógica política, añadiríamos. De “su” particular lógica política, finalizaríamos. Y, aunque a menudo se crea que el crimen se atenúa cuando se le califica de político, lo cierto es que reconocer que la violencia de ETA es una violencia sujeta a un método lógico es aceptar que existe premeditación en la comisión de los crímenes. Y ello no es ningún atenuante sino, en todo caso, un factor agravante para la administración de la justicia.

Es agravante, además, porque sus atentados y asesinatos responden a un esquema de provocación u ofensiva política –que tanto nos da llamarla de una que de la otra manera. Por eso, sugerir que estos atentados son la respuesta o el contra-ataque de ETA a la firma del Pacto entre el PP y el PSOE, es francamente ridículo. ETA no está hoy practicando un política de reacción o de respuesta a los acontecimientos políticos. La razón es muy simple y triste: es ETA la que está desarrollando una ofensiva sin precedentes en la última década, es la propia ETA la que está induciendo los acontecimientos políticos, es por tanto ETA la que está marcando la hora y la agenda de los políticos, es ETA la que se anticipa y es ETA, en definitiva, la que lleva la iniciativa en el “toma y daca” político que provocan sus atentados y asesinatos. ETA mata, conmociona a la sociedad y ésta a su vez exige a los políticos que actúen. Y éstos actúan mal, muy mal. Si tras el asesinato de Lluch, en el que un millón de manifestantes echaron en falta “unidad” y “diálogo” entre los diferentes partidos democráticos y entre los diversos poderes públicos, el PSOE forzó al PP a iniciar un proceso que llevase a responder a ambas exigencias populares, el lamentable resultado que ambos, al cabo de ese proceso, han ofrecido a la sociedad es menos unidad y más división y menos diálogo y más trágala para los que no han participado de sus cambalaches.

 

Insistimos: ETA lleva la iniciativa. Una iniciativa anegada en sangre de inocentes. La sociedad está perpleja. Visto el panorama político, vista la incapacidad de liderazgo en las instituciones, la sociedad no puede zafarse de vivir con la vista puesta en ETA. Y los atentados de ésta producen dos efectos sociales, contrapuestos y beneficiosos ambos para la estrategia de ETA:

·       por un lado, la exigencia de una mayor firmeza, vehiculizada por los divulgadores del pensamiento oficial del aznarismo hacia el desarme político e ideológico del nacionalismo y, en consecuencia, un llamamiento a la defensa de la Constitución, leída de manera única, esencialista y totalizadora, a la misma manera en que la lee el partido gobernante;

·       por otro lado, el clamor de “algo hay que hacer”, de que la negociación es inevitable, de que en algún momento se tendrá que entender que la voluntad de ETA es la de conseguir algún tipo de reivindicación nacionalista ante la que habrá que ceder.

La primera alternativa fracasará, en tanto que el nacionalismo, entendido como fuerza electoral, social e institucional, no es el MLNV –que funda su pujanza en la estructura de coacción y miedo que ha extendido en Euskadi respecto a los colectivos que mata, ataca y amenaza. Por tanto, el retroceso del nacionalismo que busca dicha política no va a afectar al MLNV, excepto en un sentido positivo, ya que le permitiría hacerse con la hegemonía de la política vasca en medio de la hecatombe del proyecto estatutario y de sus impulsores principales, los nacionalistas. Así, ante una cruzada anti-nacionalista, un MLNV hegemónico podría levantar la enseña contra la “represión anti-nacional vasca” que, con toda certeza, llevaría a justificar de nuevo la acción de ETA.

La segunda alternativa fracasará, asimismo, por que sus impulsores no hacen una evaluación política mínima de cuáles son los verdaderos objetivos del MLNV, cuál es su dinámica de lucha y cuál es su verdadera voluntad de paz. El diálogo y la negociación sólo sirven para ETA si se plantean como avances políticos en la consecución de sus fines. El diálogo, para esta organización, no es reconciliación. Sirve, al contrario, para su legitimación y, por lo tanto, ha de ser precedente para generaciones futuras. Mientras tanto, la equivocidad del concepto “diálogo con ETA” divide al enemigo y eso es positivo para la organización terrorista.

De esta manera, la dinámica de Guerra Popular –Herri Borroka- marxista-leninista encontraría, en ambos casos, su “río revuelto” propicio, ante un panorama de histeria, agravios y míseras querellas entre los partidos democráticos. De esta manera, también, las alternativas de firmeza y de negociación retroalimentarían, como reacciones políticas programadas y que sirven para dar una respuesta correspondiente, a la dialéctica de tensión y distensión que el MLNV arroja sobre la sociedad.

Lamentablemente, las estrategias políticas pivotan hoy sobre estas dos alternativas. La primera de ellas, que traduce la política de firmeza en presionar al nacionalismo vasco para derrotarlo o para que pase por las “horcas caudinas” de la renuncia a sí mismo, se ha materializado en el Acuerdo anti-terrorista firmado, tras la magna manifestación de Barcelona, entre el PP y el PSOE. La segunda, por su parte, se ha convertido en la casa-mata tras el que las direcciones del PNV y EA, más por desorientación e inducción subsidiaria que por convicción propia, se están parapetando.

PP-PSOE: monólogo bilateral

En efecto, el pacto PP/PSOE representa a la perfección la primera modalidad de respuesta a la estrategia del MLNV. El preámbulo exige que el nacionalismo vasco reconozca el fracaso de su estrategia. Pero, también exige un acto de contricción y penitencia públicos que suenan más a revanchismo y linchamiento moral que “afirmación constante de valores cívicos y democráticos” (punto 8) y que choca de frente con la convocatoria final “a las demás fuerzas democráticas a compartir estos principios” (punto 10). El decálogo antiterrorista prejuzga culpable al nacionalismo de “querer aprovecharse de lo que hacen los terroristas”, como dijera Aznar en Segovia a los cuadros del PP. La ceguera o el interés de Aznar y Zapatero les impide ver el estado real de confusión y de desesperanza de un nacionalismo que al que ha tocado equivocarse en esta última fase de una larga etapa de graves errores que comienza hace 20 años, tal y como ha reconocido públicamente el lehendakari en varias ocasiones. No es el nacionalismo, aunque lo quisiera, quien puede aprovecharse “de lo que hacen los terroristas”, sino que son “los terroristas” los que quieren y pueden aprovecharse del nacionalismo vasco. No vamos a extendernos sobre ello. Goiz-Argi ha tratado la cuestión de una manera profusa en artículos precedentes.

Aznar proclamó en Segovia (2 de diciembre) que “nuestra aspiración de crear y compartir una alternativa de libertad en el País Vasco forma parte de un camino de esperanza para la solución del problema terrorista”. Aznar y el PP creen que la “alternativa de libertad” excluye toda cooperación con el nacionalismo y las instituciones gobernadas por él. Según EL MUNDO, “nadie puede negar que [en el Pacto] están recogidas al milímetro las tesis de Aznar” y que, a resultas de ello, “PSOE y PP están obligados a caminar juntos, sea en el Gobierno Vasco o en la oposición”. La exclusión de partidos democráticos como PNV y EA se convierte, de esta manera, en un mínimo democrático. El jefe de gobierno, según esta tesis, propugna suspender el tratamiento democrático a quienes no participen de su particular visión de la política vasca. Así, además, el jefe del gobierno del Estado y su partido rompen lazos con una de las administraciones del mismo Estado. Y, ello porque se quiere “la secesión de una parte del país”. Es decir, Aznar no querría relacionarse con Ibarretxe porque cree que éste pretende una relación con él con el único objeto de romper definitivamente esa relación y colaboración con el mismo Aznar con el que habría pedido iniciar. Esta proposición es, como mínimo, kafkiana.

El disparate se consuma cuando este mismo pacto PP-PSOE encomienda “la defensa de los derechos humanos y de las libertades públicas....en su ámbito, a la Ertzantza”. Y añade en el mismo punto, “de su capacidad y eficacia depende que se erradique en el País Vasco y en el resto de España la violencia, las amenazas y de los chantajes de los terroristas y de quienes los sustentan” (punto 4). La pregunta que sugiere esta cuestión es la que sigue: ¿cómo se mejora la capacidad y la eficacia en la defensa de los derechos humanos y las libertades públicas excluyendo una relación y cooperación concreta entre el Gobierno Vasco y el Gobierno del Estado que son los que tienen medios para la “defensa de las libertades públicas”? El punto 8 del decálogo manifiesta que “la definitiva erradicación de la violencia terrorista en España....exige el compromiso activo de todos, instituciones, gobiernos y ciudadanos en la afirmación constante de los valores cívicos y democráticos”. La interrogante subsiguiente es la de cómo se hace. O sea, ¿cómo se compromete en “la definitiva erradicación de la violencia terrorista en España” a instituciones y gobiernos a los que previamente se les castiga por la posición política no concordante con la del Gobierno del Estado de sus eventuales gestores?

El consenso PP-PSOE, un diálogo a dos convertido hoy en monólogo, liquida de hecho los pactos de Madrid y de Ajuria-Enea. Las editoriales del grupo CORREO -ETA ha querido convertir el terrorismo en un problema de Estado, y lo ha logrado” dicen los editorialistas de este grupo de información. Es cierto, el primero de los mandamientos del nuevo decálogo reza claramente que “el terrorismo es un problema de Estado” y que “al Gobierno del Estado corresponde dirigir la lucha antiterrorista”. El análisis es acertado. ETA ha logrado lo que quería, “convertir el terrorismo en un problema de Estado”. ETA sigue la tradición maoísta del foquismo. Según dicho punto de vista, Euskadi sería un foco en el que se concentran los problemas más agudos e insolubles que tiene el Estado español. Como tal foco, su verdadero objeto sería difundir esos problemas al resto del Estado para lograr poner a este último en crisis. Los pactos de Madrid y Ajuria-Enea lo enfocaron con gran perspectiva al descartar que el tratamiento del terrorismo fuese de “cuestión de Estado”. El principio que ambos pactos consagraron fue el de que “una vez que los vascos han decidido democráticamente ser lo que son la violencia de ETA es una cuestión entre vascos”. El Pacto de Madrid, por poner el ejemplo que más compromete a Aznar y Mayor Oreja, solicitó al Gobierno Vasco que asumiera “el liderazgo en la desaparición de la violencia y el terrorismo y en la consecución de la paz”. Sin embargo, el PP nunca ha estado por la labor de dejar en manos del lehendakari la “acción social y política para erradicar la violencia”. Sin embargo, aceptar que el marco de confrontación con ETA es el Estado es, sin duda, la primera victoria de la estrategia de iberización –y mas tarde, europeización- del conflicto vasco que busca el MLNV.

El proyecto de España de Aznar es un mejor y más barato carburante para el MLNV. Contra dicho proyecto, puede camuflar su filosofía revolucionaria en un marco de enfrentamiento contra el sistema democrático mediante la pura manipulación de las reivindicaciones nacionalistas vascas. El proyecto aznarista que reivindica la identificación patriótica “España-Estado-historia común” coadyuva al desarrollo del anti-Estado del MLNV por su esencialismo. Por ese mismo esencialismo que ha tentado a tantos dirigentes del Estado y que criticaba Azaña: “El patriotismo se identifica con la profesión de ciertos principios, políticos, religiosos u otros. Quienes no los profesan, o los contradicen, no son patriotas, no son buenos españoles; casi no son españoles. Sólo son la `anti-patria´”.

El pacto antiterrorista, además, presupone un fuerte retroceso respecto a los niveles de unión de partidos que simbolizó Ajuria-Enea. Es un pacto que posee un déficit de representación tanto en Cataluña como en Euskadi, lo cual dice muy poco de su capacidad de resolución. La realidad subsiguiente es que hoy no hay un liderazgo único por las libertades y contra el terrorismo. La realidad es que el liderazgo es ya plural. Los asesinatos de Cataluña han puesto de manifiesto la necesidad de acordar, por encima de la opinión de las direcciones de PP y PSOE, la reacción a los mismos entre todos los partidos de la Cámara Parlamentaria catalana. Y, en Euskadi, es imprescindible contar con el liderazgo del lehendakari y el Gobierno Vasco para responder socialmente al terrorismo de ETA. Ahora, el lehendakari y el Gobierno Vasco deben buscar una mayor integración directa con una sociedad cada vez más escéptica y resignada para hacer efectivo su liderazgo y movilizarla permanentemente.

PNV y EA: unidos y a la defensiva

Pero, los partidos nacionalistas, tanto EA como PNV, están situados a la defensiva. Antes creyeron que sus movimientos en pro de una tregua de ETA iban a traer la paz. Hoy, cercados por la presión política del PP-PSOE, angustiados por la multiplicación de atentados y amenazas de ETA, acuciados por la necesidad de acertar, acosados por las exigencias de rectificación y temerosos de los efectos internos de la crisis política, siguen perdidos, sin discurso coherente, erráticos, en “un quiero y no puedo” que debe tener solución.

El texto que el PNV publicó con motivo “al aniversario de la ruptura del alto el fuego de ETA” refleja más la nostalgia que la autocrítica. En ese texto no hay atisbo ninguno de la autocrítica que el lehendakari exhibe en casi todas sus comparecencias públicas. Decir a estas alturas que “creemos haber estado muy cerca de un gran avance para nuestro pueblo: la consecución de la paz” es no haber aprendido nada de nada de lo que está pasando en el país. Una tregua que, en realidad, nunca ha sido ni definitiva ni siquiera indefinida. Una tregua que ha sido fiscalizada por periodos de 4 meses tras los que se analizaba el comportamiento de los partidos PNV y EA, firmantes del casi-acuerdo con ETA. Una tregua que acarreaba consigo unos compromisos que, precisamente, PNV pide en este documento a EH que valore: “en relación con el objetivo de la `construcción nacional´, ¿puede EH-HB aclarar qué ha sido más productivo para Euskadi: el periodo de 14 meses de alto el fuego, con todo lo que supuso, o los doce meses posteriores de atentados y violencia?”.

Creemos que es imposible que sepan si hemos estado más cerca o más lejos de la paz los que declaran que “los comportamientos y actitudes de ETA no son comprensibles a quienes no actúan en clave de violencia”. Si fue “ETA quién omnímodamente decretó y también anuló el periodo de alto el fuego”; es decir, si es ETA la que tiene en sus manos la paz y no se comprende a ETA, ¿cómo se puede afirmar que estuvimos cerca de la “consecución de la paz”? Y más, ¿cómo se puede confiar sobre estas bases, sin comprender a ETA, en el logro de un “nuevo periodo de distensión”? En realidad, en este desconocimiento de la verdadera naturaleza del MLNV y de sus objetivos políticos se encuentra la raíz de la lamentable situación en la que se encuentra el nacionalismo. Creer que el logro de objetivos nacionalistas por medio de la negociación política son las claves del cese de la violencia ha sido la trampa en la que han tropezado y tropiezan los líderes nacionalistas de la misma manera en que lo hacen los líderes del PP y PSOE. Ambos, caídos en la trampa, alimentan su enfrentamiento en una espiral que sólo puede encontrar su salida deslindando con claridad los objetivos de ETA y el MLNV y los del nacionalismo vasco. Mientras tanto, al MLNV le beneficia este escenario de confrontación, satanización del nacionalismo y de alejamiento de éste del poder institucional. Que nuestros líderes no lo comprendan da un ejemplo somero de su responsabilidad en la grave crisis política que ha originado el proceso que han impulsado.

No es comprensible, en este contexto de irresponsabilidades, el protagonismo de los partidos políticos y líderes de los partidos en la política vasca. Las instituciones son rehenes de la confrontación cainita entre direcciones políticas encerradas en sí mismas, de un perverso juego de poderes y contrapoderes que reduce el margen de maniobra de los auténticos representantes del pueblo a los que se marca públicamente y se presiona privadamente para que se sometan al dictado de los aparatos.

La Declaración de Gernika

El lehendakari es un vivo ejemplo de esto que decimos. Un hombre y una institución sometida a todas las presiones existentes. Su línea de trabajo tenaz, el reconocimiento público de los errores cometidos –nadie más lo ha hecho- le han convertido en el político con más credibilidad y arrastre entre los vascos. La proclama de Gernika respondió a la expectación que en ella habían depositado los representantes de la sociedad convocados. Fue una declaración de principios positiva, que aporta claridad respeto a lo básico, respecto al lugar de los nacionalistas al lado de la cuestionadas “libertad”, “seguridad” y “vida”. El lehendakari subrayó como principios democráticos inherentes a la manera en la que han sido históricamente los vascos “el deber para con la vida, la libertad y el trabajo de las personas” y “el deber que nos obliga respecto a los pactos libremente suscritos entre personas y pueblos”.

Creemos en el lehendakari, en su honestidad, valentía y compromiso con el pueblo que lo eligió. Y creemos que debe procurar trabajar un liderazgo más directo con la sociedad a la que representa y que cree en él. De este punto de vista, queremos aportar nuestras críticas al documento que no deben empañar la importancia de la Declaración. Percibimos una cierta confusión entre la proclamación de la paz como “nuestro principal objetivo” y como “el mejor obsequio que podemos ofrecer a las generaciones futuras” cuando, desde la cabecera, la propia Declaración apelaba a “un compromiso ético en defensa del derecho a la vida y de las libertades de todas las personas”. Que la paz es un término ambiguo lo saben mejor que nadie nuestros mayores que tuvieron que ir a la guerra o a la cárcel para defender su libertad.

Echamos en falta, además, una línea de trabajo que rompa con la dinámica bipolar de la que hemos dado cuenta precedentemente. La Declaración de Gernika es importante, pero lo hubiera sido aún más si hubiera incorporado el compromiso democrático –que desarrolla “el deber de respetar los pactos libremente suscritos”- que ha propuesto el propio lehendakari. Ante lo español constitucionalista y jacobino que en la práctica ha saboteado el Estatuto y su correlato antagónico que quiere que Euskadi sea un foco de ruptura revolucionario que en la práctica también ha pretendido y pretende dinamitar el Estatuto, se ha de impulsar la recuperación del espíritu democrático y de integración de 1979. Hay que defender, como el mismo lehendakari defendió el pasado 19 de octubre, las instituciones construídas legítimamente por la voluntad mayoritaria de los vascos, hay que recuperar el pacto estatutario para su íntegro cumplimiento y hay que aceptar asimismo la voluntad de los vascos para actualizar o modificar nuestro autogobierno conforme a los procedimientos establecidos. Sin amilanarse ante amenazas como las de Arnaldo Otegi: “La apuesta paz por paz y Estatuto traerá 30 años más de guerra”. Ya lo dice la Declaración de Gernika, “constituye un acto de imposición antidemocrática intolerable que ETA condicione el cese de la violencia a la consecución de su proyecto, al margen de la voluntad mayoritaria de los ciudadanos y ciudadanas vascas".

Finalmente, creemos que “difundir y transmitir al mundo entero esta Declaración de Gernika” no es proyectar la misma a la sociedad vasca. Y que dicha Declaración de Gernika corre el riesgo de quedarse en un acto protocolario del lehendakari ante representantes de determinada parte de la sociedad civil sin que se consiga generar una verdadera movilización de los vascos a favor de los principios que la citada Declaración promueve. Echamos en falta una dinámica institucional inducida por el acto de Gernika, echamos en falta esa movilización y solidaridad activa diaria para con las víctimas de los liberticidas, echamos en falta un compromiso cotidiano en los barrios y en los pueblos a favor de la integración popular, la libertad y la seguridad, echamos en falta un liderazgo político que incentive la colaboración entre la Ertzaintza y los ciudadanos. Y en esta tarea quisiéramos aportar nuestro grano de arena.

La “nueva etapa” necesita un gran impulso popular. En los últimos meses, el lehendakari ha dado muestras de percibir los peligros de esta situación y de plantear a la sociedad un nuevo mensaje y una nueva política. Para que esta nueva política, que nos ilusiona que haga progresar a nuestro pueblo en un sentido democrático, tenga la mayor credibilidad, es necesario convocar nuevas elecciones. Las razones son evidentes: este Gobierno Vasco surgió en otro contexto social y político. No puede haber comienzo creíble de esa “nueva etapa” por la que ha apostado el lehendakari y nosotros con él sin que se cancele la vigente. Es conveniente someter al pueblo las nuevas orientaciones que se proponen. Es conveniente que se sometan los nuevos proyectos al refrendo popular para que el ejercicio democrático insufle de nuevo la ilusión perdida a nuestro pueblo. Es conveniente que se recurra de nuevo a la voluntad del pueblo para renovar un liderazgo hoy cuestionado. La claridad de ideas, la valentía y la honestidad son las mejores garantías para que el pueblo ratifique al lehendakari Ibarretxe como timonel de la política vasca. Mejor hoy que mañana.

No necesitamos “muros de contención”

En un editorial anterior, denunciábamos el juego político de PP-PSOE y UA que, por medio de iniciativas parlamentarias de todo tipo, pretende adulterar el contenido de los pactos subyacentes al Estatuto. En concreto, nos referíamos a la campaña del PP contra el sistema educativo, cuestionando los modelos en euskera –en especial el D- pese a sus referencias de calidad y pese al incremento imparable en la matriculación en dichos modelos en euskera tanto en la Comunidad Autónoma Vasca como en Navarra. Nos referíamos, asimismo, a la exigencia de implantación del perfil 0 en la Administración sin tener en cuenta que la ley –la Constitución y el Estatuto- otorgan en la Comunidad Autónoma Vasca la oficialidad al euskera y al castellano, lo que significa el derecho a conocerlo y a usarlo y que, de este último derecho, se deriva el deber de la Administración de atender en euskera a sus administrados. Si, contrariamente a la ley, se reconoce el derecho de algunos funcionarios a nos saber nada de euskera y, consecuentemente, a no usarlo en relación con los ciudadanos, lo coherente sería que pudiera haber funcionarios con derecho a no saber nada de castellano y, consecuentemente, con derecho a no usarlo en su relación con los ciudadanos. La igualdad en la oficialidad supone el mismo trato para los hablantes de los distintos idiomas oficiales.

Si el perfil 0 se impone, por presión de determinados funcionarios y de fuerzas políticas que subordinan derechos reconocidos por las Cartas Fundamentales a derechos subjetivos de índole laboral, se abre la vía para la creación de reservas o islotes lingüísticos, separados por verdaderos muros de contención culturales. Es la intención íntima de las propuestas del PP y Gasteiz. Y es también la intención de los convocantes de la manifestación de Bilbao del pasado 16 de diciembre. El manifiesto final de este acto público que reclamaba “Guk, geure eskola” no mentaba –con un evidente interés político- que el sistema educativo vasco se ha consolidado gracias, sobre todo, a la implantación del Estatuto de Gernika que ha dotado de capacidad normativa y financiera en la materia al Gobierno Vasco, no mentaba tampoco que es la política educativa del Gobierno Vasco –que ha hecho frente a propuestas sectarias del entorno del MLNV- la que ha posibilitado en grado de aceptación e integración popular con los modelos educativos en euskera. Y, finalmente, hacía un llamamiento a construir “muros de contención” para defender un sistema –ése que, al parecer, no tenía ni padre ni madre- que si se ha desarrollado de una manera integrada es, precisamente, por la ausencia de “muros de contención”. Si los euskaldunes hubiéramos optado por edificar un sistema educativo impermeable, defendido con diques, los modelos B y D serían claramente minoritarios en las preferencias de los ciudadanos vascos. Es lo que se ha pretendido hacer en Navarra con la zonificación, es lo que se pretende hacer con las propuestas de perfil 0, crear “muros de contención”. Da verdadera pena que los partidos nacionalistas no tengamos hoy margen de maniobra político para plantear estas cuestiones como es debido y que estemos aquí, como en otros ámbitos sectoriales, cautivos de las iniciativas de un MLNV pujante, ambicioso y con las ideas más claras que nosotros.

La cuestión reside, nuevamente, en que éste es el escenario que busca voluntariamente el MLNV. Así lo reconoce, implícitamente, el secretario general de EA, cuando reconoce que “la ausencia de HB del Parlamento... ha propiciado que prácticamente el 80% de las iniciativas de PP y PSE hayan ido dirigidas a hablar del euskara” y, en consecuencia, a destruir el consenso lingüístico tan duramente conseguido. La situación, en este terreno, roza lo hilarante: mientras los partidos españoles restringen los perfiles de nuestro idioma mediante el parlamento y organismos clónicos del MLNV, como EHE, protestan contra ello en la calle, la imposición de esas medidas se debe a que EH no participa en el Parlamento de Gasteiz y los partidos españoles aprovechan la coyuntura para imponer su mayoría. El MLNV facilita y promueve la política en contra de nuestro idioma y luego apela a esa política para plantear unidades de acción. Y los partidos nacionalistas caen una y otra vez en la trampa.

¿Quién gana en Batasuna?

Y, para que el que aún confía pierda de una vez la esperanza, el proceso Batasuna se muestra, en este contexto, como una validación de la ortodoxia de la nueva línea. Ha sido un proceso cerrado, controlado, milimetrado, con una venta al público aparentemente plural pero que a tenor de las escasas voces críticas que se han escapado, sigue la línea de “el que manda manda, y el que no manda no manda”. Las amenazas vertidas contra las pocas voces críticas lo corroboran. Es coherente con lo que ETA decía el pasado marzo al proclamar que “la costumbre de la organización es la de marcar las líneas generales, y las concreciones y detalles se las dejamos a los otros agentes”. Los otros “agentes” participan de un modo entusiasta en esa filosofía de marcaje totalitario y la centralidad de ETA queda resaltada –coherente con la filosofía marxista de que los niveles de implicación definen los niveles de mando- . Nos encontramos con el fenómeno repetido de una nueva etapa de ofensiva, con las propuestas sectoriales como nueva zanahoria de cara a una segunda tregua, dentro del contexto de un MLNV donde la renovación y rejuvenecimiento de ETA se proyecta sobre todo el movimiento: son los nuevos militantes surgidos de Haika y Jarrai quienes se montan en las estructuras con el ánimo de que la lucha, por muy brutal y destructiva que sea, quede bajo control, sin desmayo, sin un paso atrás, con la intención de reforzar el dominio totalitario que planea sobre nuestro pueblo. Lucha sin desmayo, lucha siempre, combate exasperado en todos los terrenos. Lete diría, “desapio arruntak ontzat emanikan indarra duten haiek asalda ditezen”.

Goiz-Argi