(Número
3. Zenbakia - Martxoa 2000 Marzo)
Artxibo doc
NO A LA ABSTENCION
Nadie, en la dilatada historia de este país, había
preconizado la renuncia a defender los intereses del mismo en aquellas
acciones, cuestiones y disputas a los que fuera llamado o podría verse
implicado. Los vascos se implicaron en todas aquellas empresas, políticas
y hasta militares, en las que creyeron que estaban en juego sus instituciones
y su futuro. Hasta en los momentos más críticos del pasado siglo,
llama la atención la obstinación de las instituciones terrritoriales
vasco-navarras en nombrar comisionados ante las Cortes que nunca tendrían,
como recoge el autor Julián Egaña, "mayor placer que el de emplearse
con toda decisión y a costa de cualquier sacrificio en defensa del
país".
Así, los representantes de los territorios vascos en Cortes españolas
confluyen con las instituciones propias del país, con las Diputaciones,
en la defensa de la voluntad y los intereses del pueblo. Destacan
en esta tarea Pedro Egaña, Valentín Olano, Mateo Moraza, Arturo Campión,
Fidel Sagarminaga, y muchos otros. Posteriormente, el nacionalismo
vasco, desde su misma fundación, ha otorgado gran importancia a la
representación de la voluntad de los vascos en todos los foros, incluido
el Parlamento de Madrid. El propio Sabino Arana impulsa a primeros
de siglo la campaña de un vasquista, Jose Maria Urkijo, al que ofrece
el apoyo activo del incipiente aparato del recién creado Partido Nacionalista
Vasco. Las elecciones de 1918 son las que posibilitan la conformación
del primer grupo parlamentario, integrado por seis diputados y varios
senadores, consistente en las Cortes españolas. La primera intervención
del portavoz nacionalista vasco, Aranzadi, sirvió para manifestar
el interés del grupo vasco de conseguir ante la Cámara española el
eco necesario para que las reclamaciones de libertad de los vascos
fueran comprendidas solidariamente y fue suficiente para refutar las
imputaciones de separatismo que, también entonces, eran arrojadas
contra el nacionalismo vasco.
El nacionalismo siempre ha identificado su misión con la voluntad
popular de los vascos, su ejercicio, su representación y su defensa
en todos aquellos foros a los que fuera convocado. Si el pueblo vasco,
oportunamente convocado para ello, emite su palabra y adopta sus decisiones,
la evidencia exige que haya que defender aquella y éstas allá dónde
el mismo pueblo no pueda acudir más que como representado. Ningún
nacionalista puede eludir este compromiso. No se puede aducir como
coartada que las elecciones generales no son las nuestras, son extrañas
y nos han sido impuestas. No se puede excusar que no hemos participado,
como pueblo, en la construcción del Estado Español. Tampoco lo hemos
hecho en la constitución de la República Francesa. Ni en la creación
de la Unión Europea.
El ejemplo de la abstención nacionalista ante el referéndum de la
Constitución española no sirve. En un plebiscito la voz, la palabra,
la voluntad popular se ejerce de manera directa, sin mediación. La
misma abstención es en sí misma una forma de expresión. En unas elecciones
parlamentarias, que procuran representación para toda una legislatura,
en las que la voluntad popular se ejerce de manera indirecta a través
de la mediación de los representantes elegidos, renunciar a representar
una opción existente es impedir la participación popular en sus propias
asuntos, es defraudar el ejercicio de la democracia y sería irresponsable
sino mediara estrategia ninguna en ello.
Ante las elecciones generales del próximo 12 de marzo, EH ha llamado
a la abstención. Ha roto con su propia tradición. Pero, no lo ha hecho
por ingenuidad o incoherencia políticas. No lo ha hecho por nacionalismo.
EH ha decidido que es oportuno presentarse a las elecciones generales
francesas o europeas, pero no a las españolas. Sus alcaldes ya han
anunciado que no van a hacer más de lo que les corresponde para facilitar
la participación. Resulta paradójico escuchar a los valedores de la
llamada "democracia participativa" reconocer que no se van a esforzar
más de lo que la legalidad les exige para favorecer la participación,
para facilitar el ejercicio de la decisión popular. Todo ello, conociendo
el grado de persuasión que la llamada a de HB a la abstención va a
ejercer en ciudadanos que temen lo que les puede pasar de ser identificados.
A primera vista, parece un claro ejercicio de oportunismo político.
Por lo que puede parecer, la concurrencia a las elecciones está sujeta
a la valoración de camarillas políticas alejadas de lo que realmente
interesa a la sociedad vasca y ajenas a la realidad política que se
vive.
Sin embargo, la llamada del HB a la abstención se sostiene, precisamente,
en la coherencia de su propuesta de "proceso constituyente". En coherencia
con el giro que pretender dar a la realidad social que vivimos. La
abstención que se plantea es una abstención de "ofensiva política",
que valora la gran oportunidad que el contexto político que se vive
en la Euskalerria peninsular otorga a una iniciativa de desacato generalizado.
Es una abstención que anticipa un nuevo desgarro político en la sociedad.
Es una abstención que busca que el nacionalismo abandone su posición
política de respeto al marco jurídico-político para llevarlo por el
camino de la desobediencia respecto a la legalidad. Es una abstención
que promueve la desconexión con las instituciones del Estado y que,
para ello, no va a dudar en tensionar y poner en quiebra la convivencia
interna en el país. Es una abstención que, bajo la excusa de la construcción
nacional, preludia la destrucción de la integración social y política
duramente trabajada a través de años de entendimiento y cooperación.
La abstención que preconiza HB-EH busca, según sus recién aprobadas
ponencias, materializar una coyuntura de "desobediencia civil", sacando
del juego del sistema democrático al máximo de ciudadanos, fuerzas
políticas y sociales.
Estas nuevas ponencias de HB no preludian una evolución significativa.
A decir verdad, se encuadran en el mismo contexto de tensionamiento
y de confrontación que propugnó la estrategia de Oldartzen. El tensionamiento,
según se dice en ellas, hoy adquiere otras características y se extiende
de la calle, sin abandonarla, al ámbito de las dinámicas políticas
e institucionales. La desobediencia, el desacato, buscan -en la más
pura línea leninista- exasperar, agudizar las contradicciones con
lo establecido para destruirlo.
Un pacifista con experiencia contrastada, colaborador de "Gernika
Gogoratuz", el noruego Johan Galtung, ha alertado contra los planteamientos
de desobediencia. En su opinión, que yo comparto, no puede convertirse
en un estado permanente en la sociedad. Y añade, una sociedad también
puede desgarrarse por ello. No permitamos que esto ocurra en nuestro
país.
Joxan Rekondo
-Juntero de EA-