GOIZ ARGI
(Número 4. Zenbakia - Martxoa 2000 Marzo)

9.- Todos dicen querer la paz. La "paz-lo-antes-posible-a-cambio-de-lo-que-sea" es un deseo extendido. La pregunta es ¿cuál es el mejor plan para acceder a ella? Y también ¿garantizará ese mejor plan la mejor de las paces?

Es cierto que todos dicen querer la paz. Lo lamentable es que, bajo la aceptación de la necesidad de la paz –"Bakea behar dugu"- como la máxima prioridad del país, se encuentra el riesgo de que cada uno crea que es su particular concepción política de cómo se avanza hacia la paz la que debe imponerse. Entonces, lo que sucede es que la paz -que como hemos dicho antes, es un estado relativo- se convierte en un mero señuelo bajo el que se pretenden vender concepciones políticas legítimas, pero particulares.

Cuando la paz se identifica con una determinada concepción politico-democrática, que no carece de legitimidad para ser defendida en libertad y concurrencia frente a otras opciones, la paz se convierte en pasto de la voracidad de los esquemas de correlación de fuerzas. Es una dialéctica en la que unos ganan y otros pierden.Y se confunde con la paz lo que en el fondo es la base del comportamiento democrático, la disputa entre modelos y opciones diferentes de progreso democrático. Es la "prueba del nueve" de la relatividad de la idea política de la paz. A pesar de que haya quienes catequizan en torno a las exigencias doctrinales de la paz, las características de la "paz buena" y los "procesos de paz" a la moda que toca mimetizar.

Acaso, el mejor plan para acceder a la paz es que no haya plan. Con eso, no defiendo la "improvisación". Sólo defiendo la claridad de ideas. Y creo que, aunque no haya un plan motivado por la urgencia de la paz, ha de haber otros planes, estrategias, proyectos y previsiones que busquen ilusionar al país, ampliar sus ámbitos de libertad y procurar una mayor integración política y social. Planes y programas a los que, tras su implantación, siempre sigan otros. Antes, he sugerido que el ejercicio de la libertad y la democracia provee de instrumentos eficaces para que las sociedades encuentren armonía y cohesión y destierren la violencia de las relaciones sociales. Haya o no violencia, no hay, no puede haber mayor satisfacción o felicidad para un ciudadano, para un miembro de una comunidad política, que la de ejercer su libertad, que la de sentirse participante de las decisiones que afectan a su futuro individual y colectivo, la de saberse genuinamente representado por sus instituciones, la de confiar en que estas representan adecuadamente su voluntad.

Ese es el mejor de los planes, la confianza en la libertad, el ejercicio de la voluntad democrática, la participación y la honestidad en la representación de los intereses populares. Pero, eso se ha de hacer con violencia política y sin ella. Pero, ¡¡ojo!!, sin pensar en el beneficio que pueda crear en los ejecutores de la violencia. Sin incurrir en el error de prestar un servicio a ETA. Siempre, al contrario, profundizar obsesivamente en la libertad y la democracia al servicio de los intereses del pueblo expresados directamente o a través de las instituciones que él mismo ha legitimado mediante medios democráticos.

El interés del pueblo no significa hoy crear escenarios ilusorios que no tienen enganche en la sociedad. Revolucionar la política mediante pretensiones de ficción que crean desconfianza o escepticismo puede generar un estado de incomprensión, primero, insatisfacción, después, y fractura, más tarde. Sobre todo, cuando para justificar dicha aceleración, se dice que se trata de construir "pistas de aterrizaje" para la paz que resultan defraudadas inapelablemente. En fín, que "la paz-a-cambio-de-lo-que-sea" sólo se desea hasta que se conoce a cambio de lo que realmente es. Afortunadamente, voces representativas de la sociedad civil, como el Círculo de Empresarios Vascos, ya comienzan a advertir y plantear con mucha seriedad que hay que rechaza "esa entelequia que pretende intercambiar paz por democracia".

Por eso, cada vez más, el interés del pueblo no reside en ser mero espectador de políticas o apuestas de "rebotica" que no conoce, pero que sí padece. Si creemos que es necesario recuperar el mejor nivel de integración entre la política y la sociedad debemos recurrir a la movilización popular y ésta no se producirá o irá decayendo si no se apuesta por la transparencia de los procesos y decisiones políticas, por la información y por el debate abierto a la participación de todos y en todos aquellos foros en los que sea necesario. La técnica de "comunicación de riesgos" definida por la Universidad de Columbia como "intercambio de información, entre partes interesadas, sobre la naturaleza, magnitud y el control de un riesgo" ha demostrado que la participación pública es positiva en escenarios de riesgo. Aumenta la confianza de los ciudadanos, abre la posibilidad de que éstos expongan sus inquietudes sobre los riesgos, aumenta la confianza mutua para resolver malentendidos y, como consecuencia, cultiva un público informado que participa, que se interesa, que es razonable y colabora en la búsqueda de soluciones. Esto es, entre otras cosas, lo que necesitamos en este país.