Artxibo rtf
(42 - 2007ko Uztaila)

PANORAMA POSELECTORAL

Los resultados electorales de las elecciones municipales de mayo no son sorpresivos. Se fundan en una situación que viene larvada desde hace tiempo y que, finalmente, estalla y manifiesta. Me refiero fundamentalmente a la crisis del nacionalismo vasco, a su pugna interna, camuflada hasta hace unos años por el Plan de Gobierno, pero que en los dos últimos años ha alcanzado su punto culminante.

La crisis es doble: es una crisis política, de falta de una alternativa viable para el resto de la sociedad. Y es una crisis interna, basada en la perspectiva que debe de tener el nacionalismo vasco respecto a las propuestas y movimientos provenientes del MLNV. La iniciativa política que tuvo en sus manos el lehendakari Ibarretxe como fruto de las elecciones del 2001 se agotó por falta de acuerdo con el Gobierno español y por falta de apoyo electoral suficiente en las elecciones autonómicas de abril del 2005. El modelo tripartito (PNV-EA-IU) y el modelo de iniciativa unilateral toparon con su límite. Estas elecciones representan un paso más en ese sentido.

El congreso extraordinario de EA, en Bilbao, a principios de este año, señala uno de los jalones de tal crisis. La decisión tomada, de ir en solitario en las elecciones municipales de mayo, era considerada suicida para el partido por parte de cualquier observador de tendencias electorales. Por mucho que haya una negación por parte de los líderes de la actual ejecutiva de EA en el sentido de un acuerdo o un acercamiento respecto a la izquierda radical vasca, tal decisión (la negación de la coalición con el PNV) era una forma de favorecerla, como se ha demostrado más tarde. Y una forma, también, de hacer que EA perdiera peso electoral.

La crisis dentro del PNV también ha sido profunda. Desde la destitución extemporánea del antiguo Diputado General Gónzalez de Txabarri, pasando por la retirada del primer candidato de la línea de Joseba Egibar, Jon Jáuregui, y el caso de corrupción de hacienda de Irún, la crisis dentro del PNV ha creado un evidente malestar interno y externo.

La característica común de estos dos procesos es el impulso autodestructivo que los anima. Más allá de la incapacidad de los partidos nacionalistas de bregar con las diferencias internas de forma constructiva, el factor de acercamiento al MLNV, por parte de la ejecutiva nacional de EA y por parte del sector egibariano del PNV, actúa en la práctica como reflejo debilitador del nacionalismo, tanto en el campo de la línea política como en la de los resultados electorales.

A esta crisis del nacionalismo hay que añadir la estrategia de IU-EB en Euskadi. Tratando de competir con la izquierda radical vasca en el campo de los movimientos sociales (concretamente en el del movimiento en contra de la incineradora como en el de oposición al TAV), haciendo pesar tales planteamientos para, en un principio, negarse a entrar en la composición del gobierno foral guipúzcoano, IU ha querido hacerse notar apoyando a la candidata socialista para las Juntas Generales al alimón con el PP. Ha faltado muy poco para que IU-EB siguiera por esa senda y Manuel Buen fuera elegido Diputado General.

Es evidente, pues, la crisis del nacionalismo y la crisis del ejecutivo vasco. Crisis a la que se superpone la lucha de posiciones que mantienen el PSOE y el PP a nivel del estado español.

Si bien la declaración de fin de tregua por parte de ETA tras las elecciones municipales podía considerarse como un hecho anunciado, tiene la virtualidad de marcar un jalón análogo al de la ruptura de la tregua de 1999. Representa el momento en el que ETA y Batasuna dejan a sus socios de negociaciones y de arreglos tácticos en la cuneta, a los pies de los caballos de sus adversarios políticos. Pues una de las bazas más importantes de ETA es la del reflejo simbiótico, creado de forma dolorosa, a golpe de atentado, desde los inicios de la socialización del sufrimiento a mediados de los 90, en el PP y en parte de la opinión pública española. Esa relación simbiótica sirvió para que el PP (junto con el PSOE) planteara la ofensiva antinacionalista ante las elecciones del 2001 con una virulencia de la que, en parte, el PSOE va a ser víctima ahora. Es la gran baza política de ETA: condicionar los reflejos de los grandes partidos españoles a golpe de bomba.

Parece que la línea del PP va por el camino de defender unas determinadas esencias ideológicas, y, por ello, de no parar en medios ni en esfuerzos ni en entusiasmo en su defensa, más la conciencia de los dirigentes de este partido de que merced al atentado del 11m se les "robó" los resultados electorales y, por tanto, existe un programa (el del último Aznar) que no ha podido ponerse en práctica. Esta concepción (que es el reflejo invertido de tantos ideólogos de la derecha española provenientes de la extrema izquierda y que aplican así, a su nuevo hogar político, el paradigma de la "revolución pendiente") constituye una buena simbiosis con la acción político-militar del MLNV. Ya que es el polo de radicalización que la izquierda revolucionaria vasca necesita para seguir influyendo de una forma determinante ahora ya en el epicentro de la política española. La elección de los responsables de las instituciones navarras, tras las elecciones, dan muestra de la confusión y división que es capaz de crear el MLNV sin que ETA tenga que disparar un tiro.

Esta declaración de fin de tregua deja, además, al descubierto, la función que va a tener para la rama política del MLNV que con el nombre de ANV ocupa diversos cargos municipales, el poder conseguido en estas elecciones en una serie de sitios clave: la función de concentración de fuerzas y de utilización del ámbito institucional como ariete en contra de determinadas políticas públicas, ya sean la puesta en marcha de la incineradora o la construcción del TAV, ya sea atizar las contradicciones entre y dentro de los partidos políticos. Que la crisis vasca se visualice de forma más clara en Guipúzcoa (donde ANV cuenta con sus mejores bazas) significa que este territorio puede ser el talón de Aquiles del funcionamiento institucional de la CAV.

No es de extrañar la alegría de los dirigentes del MLNV. La ilegalización les ha servido para aventar un sentimiento de agravio que en los prolegómenos de la ruptura formal de la tregua por parte de ETA ha movido, a su favor, los ánimos de un cierto electorado. Y los resultados electorales de ANV se ven realzados por ser posteriores a la muerte de dos personas en el atentado de ETA en Barajas. Si bien siguen sufriendo parcialmente los efectos de la ilegalización, el guirigay político compensa sobradamente ese inconveniente.

Los reflejos cainitas de los partidos políticos vascos, nacionalistas o estatalistas, son un caldo de cultivo perfecto para la desilusión que recorre a gran parte de la ciudadanía vasca. Es de esa desilusión de la que se nutre la ilusión revolucionaria del MLNV. La desmovilización y desmotivación en el enemigo realzan la pujanza de la fuerza social de la izquierda radical, que no es coyuntural y que se basa en una perspectiva más amplia de la política, tanto en el sentido de plantear la lucha a largo plazo como en la de otorgar a la acción armada de ETA un valor per se.

El gran inconveniente del MLNV es aquel que señalan de una forma denodada sus medios de comunicación, sus voceros y sobre todo ETA: la evolución del PNV, de la mano de Josu Jon Imaz, hacia un reconocimiento de su propia autosuficiencia política y hacia una contemplación no inmediatista de la resolución tanto del problema de la violencia como de la cuestión política vasca general.

Imanol Lizarralde