Artxibo rtf
(42 - 2007ko Uztaila)

Aunque el artículo que sigue es de septiembre del 2005, el autor cree que puede tener validez en el marco de una reflexión sobre el futuro del nacionalismo vasco, tras los resultados electorales del 27 de mayo, la crisis nacionalista en Gipuzkoa y las próximas elecciones internas en el PNV.

 

 

Joseba Kortadi

 

 

 

 

Cambio y continuidad en el nacionalismo ante un orden político complejo:

el ejemplo vasco del PNV.

 

El futuro del nacionalismo.

Constatada la presencia activa de los nacionalismos en la geopolítica de los dos últimos siglos pasados, la naturaleza de los mismos ha sido un recurrente objeto de estudio sobre todo a partir de la década de los sesenta del pasado siglo XX. Los intentos de los investigadores a la hora de someter, a través del estudio comparado, este fenómeno social a la pauta de una teoría general y establecer una tipología de nacionalismos no han tenido un éxito significativo. La gran versatilidad de los nacionalismos hace que la comprensión de estos sea dificultosa sin el examen de los casos concretos.

Además, la gran diversidad de paradigmas globales explicativos, con subparadigmas disímiles en su mismo seno, convierten el estudio comparado de los nacionalismos en una cuestión abierta. Desde los defensores de la continuidad natural de las naciones en la historia, pasando por los valedores de las diferentes teorías de la modernización hasta los estudiosos de los factores subjetivos, tanto étnicos como simbólicos, todos buscan recrear unos estándares identificativos globales del nacionalismo y definir la secuencia usual de su desarrollo.

Eric Hobsbawm afirmó que "ningún historiador serio de las naciones y el nacionalismo puede ser un nacionalista político comprometido". Acaso, podría tener razón si la intención del historiador fuera la de evitar someter al nacionalismo que profesa al escrutinio moral de la investigación histórica. Aunque, lo mismo se podría sospechar de aquellos historiadores asociados al antinacionalismo militante o a otras ideologías que han llevado, de manera concomitante a sus desvaríos dogmáticos, a la historia u otras disciplinas a una condición de vergonzante subordinación a las exigencias de los supremos guardianes de la doctrina, tal y como retrató con severa mordacidad Leszek Kolakovski.

Hobsbawm plantea su tesis delimitada por dos factores que cree van a determinar como se desenvuelve el futuro. El primero es ‘la historia de un mundo’ que, en el nivel de la estructura política, incluida la del estado nacional, es capaz de adaptarse, de retirarse y adecuarse ante una nueva reestructuración supranacional del globo. El segundo es el pronóstico de que las naciones y el nacionalismo interpretarán aquellos papeles subordinados que corresponden a quienes afrontan esa nueva situación desde parámetros de una rigidez inflexible, no dinámica.

Lo principal es que, si el nacionalismo fuese un artefacto elitista, que Hobsbawm postula como ‘construido desde arriba’, el movimiento de la historia podría sin duda dejarlo inservible. Pero, la realidad es que la conciencia nacional es un fenómeno que integra a las masas, un fenómeno muy difícil de eludir en términos de historia democrática. Y que no es la percepción de Hobsbawm la que tiene de sí mismo el nacionalismo sin Estado de Europa. Coincido con los que postulan que lo importante, lo diferencial del nacionalismo, lo movilizador, son los términos en los que estos definen el ‘para sí’ de sus proyectos concretos. Y, allí donde Hobsbawm anticipa el crepúsculo del nacionalismo, los nacionalismos concretos, al menos los de las pequeñas naciones, se preparan para un ciclo propicio en que, sin perder referencias, puedan abrirse a nuevas oportunidades. El nervio del nacionalismo se encuentra precisamente en su capacidad de mantener ese sentido de identidad en un mundo de grandes mudanzas sin capitular ante la agitación que le desafía.

En este marco, voy a analizar los postulados que el nacionalismo vasco del PNV ha proclamado el pasado día 31 de julio de 2005, día de San Ignacio de Loyola y 110 aniversario de la fundación del partido, y que han sido calificados como transcendentales o como un nuevo impulso en una línea de reinterpretación doctrinal de la fuerza más importante del movimiento nacionalista vasco.

Así, trataré de identificar el bagaje con el que el nacionalismo vasco afronta una era definida por importantes desafíos globales (medio ambiente, inmigración intercontinental, mundialización económica, la complejidad del nuevo orden político europeo,...), el proyecto de nación que postula, en qué términos actualiza el lenguaje y el simbolismo del movimiento, cómo la fuerza de la reinterpretación significa mantener una relación esencial de continuidad, actualizando la misión de sostener un proyecto de futuro que haga posible un destino nacional valioso.

Josu Jon Imaz pretende, al parecer, impulsar un tipo de construcción nacional que no sea sólo "obra de nacionalistas conscientes", que quiere actuar sobre los márgenes de la desarticulación (o al menos de la mutación) de la soberanía que provoca la complejidad del orden político en marcha y que procura fundamentar en la búsqueda de nuevas respuestas a problemas de nuevo cuño, abordando de manera pragmática, sin esquemas cerrados, un acuerdo amplio que ponga las bases de una nación plural.

La visión que Keating manifiesta ante la evolución de este tipo de nacionalismos me parece esclarecedora. El historiador escocés postula que estos nacionalismos minoritarios, informados internamente por la continua pugna entre las concepciones étnica y cívica, "son a la vez viejos y nuevos y demuestran cómo puede utilizarse el pasado a modo de instrumento para afrontar el futuro".

Una breve nota previa sobre el guión de Imaz.

El acceso de Josu Jon Imaz a la presidencia del EBB del PNV se ha inscrito en un proceso de pugna interna de gran intensidad. Más allá de la tectónica interna de poderes, en la lucha interna que enfrentó a Josu Jon Imaz y Joseba Egibar se dilucidaban importantes cuestiones de fondo.

Estas cuestiones, que no pueden entenderse al margen de los cambios que están operando en el terreno político y el económico, que alcanzan a lo global, a lo europeo, a lo estatal y a lo autonómico, presentan una especial naturaleza en el caso vasco debido a la persistencia de la violencia revolucionaria de ETA, factor que manifiesta su presencia en todos los ámbitos de relación social y política.

Sin pretender entrar en los entresijos del debate interno del PNV, que todavía sigue vigente, mi intención es únicamente examinar, sobre la base del sistema tipológico elaborado por Anthony D. Smith que presentaré en otro apartado, el documento de San Ignacio, entendiendo que es la declaración que revela, de una manera suficientemente elaborada, el nuevo carácter y la nueva dirección del nacionalismo vasco del PNV.

El texto, hecho público el 31 de julio de 2005, abunda en referencias al pasado y al futuro, evocando la coexistencia de los viejos caracteres fundacionales del nacionalismo junto con las nuevas claves. Ello no obsta para que el texto no quede cautivo del pasado que rememora y que se refiere, desde su mismo encabezamiento, a "la Euskadi del futuro". En efecto, el documento en cuestión es una buena prueba de que "la modernidad no significa que haya que borrar el pasado" y de que el recurso a la tradición es un principio legitimador que puede actualizarse y, de esta manera, "los nuevos elementos que conlleva la modernidad serán inexorablemente incorporados y mezclados con las formas de vida tradicional".

De hecho, Josu Jon Imaz se vincula a la tradición desde la lectura abierta e integradora del lendakari Agirre que apreció "la entraña y el fundamento" de las enseñanzas de Arana Goiri en el Gobierno Vasco "integrado por organizaciones de color político diferente, pero sujeto a una dirección única basada en el respeto de los valores humanos y en la autonomía política, programa general para todos los vascos". En el primer lendakari y su generación toma asiento "la modernización del discurso del PNV y el partido está bebiendo de aquellas fuentes". En ellos establece Imaz la conexión de la modernidad y el "proyecto vasco europeísta" de los que toma el testigo para la tarea de "seguir construyendo nación vasca para y del siglo XXI".

110 años después, la lectura de Imaz se inscribe, por tanto, en una relación de identificación con el pensamiento originario del nacionalismo vasco, que se compromete a asumir y reinterpretar con eficacia. Se inscribe asimismo en un contexto de nuevo impulso generacional que asume el legado de las anteriores generaciones (la fundante, con Sabino Arana Goiri; la del primer Gobierno, con Agirre, Ajuriagerra, Irujo, Landaburu, Rezola y otros; la del 77, con Arzalluz, Ardanza, Garaikoetxea, etc,...) en una visión dinámica, no sometida a esquemas cerrados, de adaptación y empuje generacional para afrontar los retos modernos,

"Hoy también tenemos que analizar bien el entorno y el mundo en el que vivimos. Ello nos exige a todos hacernos las preguntas adecuadas y buscar con sinceridad respuestas eficaces, respuestas que conlleven compromiso y esfuerzo para seguir impulsando, en primera línea, de verdad, sin aspavientos, sin complejos, sin reservas, la construcción de nuestra nación, de la nueva -y a la vez milenaria- Euskadi del siglo XXI. Un proyecto de nación para el siglo de los retos medioambientales, de los movimientos migratorios intercontinentales, del envejecimiento de la población, de la educación sin fronteras y sin límites, de la mundialización de las empresas, del trabajo en red, de la competencia directa entre personas que viven en la India, Europa, China y América ofertando su saber hacer y sus servicios a través de internet, de la desaparición de los Estados clásicos en Europa, de la definición de un nuevo equilibrio entre unidad y diversidad en una Europa políticamente unida, de la redefinición de las lenguas nacionales en el ámbito internacional plurilingüe..."

Este guión no es especialmente característico. Keating dice que "el nacionalismo en la era moderna apunta a un blanco móvil". Un poco al estilo de lo que la ‘reina roja’ revela a la sorprendida Alicia de Lewis Carroll que a pesar de su esfuerzo ve que no avanza: se trata de un mundo que exige correr todo cuanto uno pueda para poder permanecer en el mismo sitio.

El ‘sistema de creencias’ de A. D. Smith.

Antes he reseñado la versatilidad de los nacionalismos y la necesidad de recurrir a los casos concretos para informarse más certeramente acerca de su naturaleza. Pese a ello, me propongo examinar como encaja este nuevo discurso del PNV en uno de los paradigmas más sugerentes que he encontrado en las lecturas que del tema he realizado. Es el que defiende Anthony Smith, etnosimbolista confeso, que completa las que llama ‘regularidades de conducta’ en la acción y el comportamiento de los movimientos nacionalistas en un cuadro que nos llevaría a tipificar un ‘sistema de creencias’ común a todos ellos.

Smith sugiere un cuadro de tres tipos de elementos que configurarían el ‘sistema de creencias’ de los nacionalismos. En primer lugar, un conjunto de proposiciones básicas. En segundo lugar, algunos ideales fundamentales. En tercer lugar, una serie de conceptos relacionados entre sí que dan un significado concreto a las abstracciones nacionalistas.

No son muchas las proposiciones básicas del nacionalismo que Smith enumera, y se resumirían en las siguientes :

1) El mundo está dividido en naciones, cada una con sus características, historia y destino.

2) La nación es la única fuente de poder político.

3) La lealtad a la nación está por encima de cualquier otra lealtad.

4) Para ser libre, cada individuo ha de pertenecer a una nación.

5) Toda nación requiere autonomía y plena libertad para la propia expresión.

6) La paz y la justicia mundial requieren un mundo de naciones autónomas.

Este conjunto de proposiciones básicas conformarían la primera capa del suelo doctrinal de los nacionalismos. De esta capa nacen los llamados ideales fundamentales que vienen a ser, según Smith, los principios vertebradores de la ideología finalista del nacionalismo: autonomía nacional, unidad nacional e identidad nacional.

Al decir del investigador británico, la abstracción propia de estos tres principios impide que se proyecten, por sí mismos, sobre los programas concretos de tipo político y cultural. Para ello, necesitarían servirse de una serie de conceptos básicos que proporcionan criterios de acción y evaluación y vienen a conformar "la visión general del mundo de la ideología nacionalista y de los programas políticos derivados de ella". Estos conceptos básicos son: autenticidad, continuidad, dignidad, destino, adhesión y territorio patrio.

El sistema de Smith no evoca un perfil categórico. De hecho, el mismo nos apercibe que algunos nacionalistas no encajarían en el sistema que postula. Hay nacionalistas estatales, por poner un ejemplo, a los que poco les importa si el mundo se compone de naciones, cada una con su propia naturaleza, pasado y destino. La historia nos informa de casos relevantes en los que los puntos referentes al ‘mundo de naciones’, el requisito de ‘la autonomía y la plena libertad para la propia expresión’ de las naciones o la confianza de que ‘un mundo de naciones autónomas’ es condición de la paz y la justicia mundial no son asumidos, siempre en relación con otros nacionalismos, por movimientos nacionalistas.

El encaje del documento Imaz en el ‘sistema de creencias’ de Smith.

El legado del lendakari Agirre. He recordado la importancia del legado de Agirre en la visión del PNV actual. Considero fundamental y muy útil comenzar por valerme de aquel gran personaje para introducirme en el esquema de proposiciones básicas del autor británico. El lendakari Agirre es reconocido por la tradición nacionalista como un hombre excepcional, pragmático y clarividente a la par, político popular sin accesos de demagogia y gran estadista sin Estado. La marca de Agirre, que es indeleble en el nacionalismo vasco, era ‘el mundo de los pueblos libres’:

"En lo que todos están de acuerdo es en la necesidad de que los pueblos con voluntad nacional sean libres o puedan llegar a serlo, para que ejerciten el elemental derecho a la continuidad... Mientras todos los pueblos con voluntad definida y respondiendo, no al capricho sino a una efectiva variedad nacional, no tengan aquella libertad que garantice su subsistencia estará siempre amenazada la paz.... En primer lugar, porque seguirá perturbado en forma constante el orden natural y en segundo lugar porque este permanente estado de excitación dará pretexto a los eternos ambiciosos para aprovechar el descontento de los pueblos para sus fines de revancha."

En el texto, perteneciente a una conferencia pronunciada en Colombia en el año 1942, se identifica ‘pueblo’ con una idea subjetiva de ‘nación’, ya que son los ‘pueblos con voluntad nacional’ los habrían de ser libres, aunque en la medida en que la manifestación de esta voluntad habría de obedecer ‘no al capricho sino a una efectiva variedad nacional’ hay asimismo una apelación a una idea objetiva de ‘nación’. En el fondo, más adelante lo veremos, subyace una posición híbrida entre las visiones étnica y cívica, que Agirre critica en sus excesos.

El nacionalismo moderno de Agirre –fuente de la que bebe Imaz, según su propia confesión- encajaría, por tanto, en la mayoría de las proposiciones básicas del ‘sistema de creencias’ smithiano. Postula un mundo de pueblos libres ya que es lo que corresponde al ‘orden natural’ de las cosas (1ª proposición básica de Smith); que la libertad de aquellos sea determinada por su propia voluntad nacional (2ª proposición básica de Smith, matizada por la ausencia de la advertencia de que debe ser ésta la única determinación a tener en cuenta); que los pueblos con voluntad nacional sean libres es una necesidad (5ª proposición básica de Smith) y que la represión de esta libertad de los pueblos amenaza la paz mundial (6ª proposición de Smith).

Creo, sin embargo, que el lendakari Agirre no se avendría a postular ‘la lealtad a la nación por encima de cualquier lealtad’ (3ª proposición) y tampoco a sostener categóricamente que ‘para ser libre, cada individuo ha de pertenecer a una nación’ (4ª proposición). Su rechazo a que se dispusiera de la dignidad humana como si se tratará de un asunto privativo de los pueblos, le llevó a defender que ‘el hombre es un ser racional nacido para la libertad’:

"Sería ciertamente descorazonador que después de este sacrificio que la humanidad está realizando [la guerra mundial], se siguiera desconociendo que el hombre existe. Porque al hombre le sucede lo que al árbol del bosque, que no se le ve porque queda confundido en la agrupación... Y esto lo mismo en China que en Rusia y la India, lo mismo en Europa que en América, y los mismo en el inmenso Imperio Británico que en la pequeña Euzkadi, porque el hombre es una cosa que nada tiene que ver con la extensión del territorio de su patria".

Sobre estos fundamentos, Imaz ha insistido en que "un partido político que ha sobrevivido 110 años es porque ha sabido combinar el respeto a los principios con las estrategias necesarias a cada momento". El documento de San Ignacio insta a encontrar "las respuestas adecuadas para construir la nación vasca del siglo XXI en esta coyuntura histórica de encrucijada que vive Euskadi". Pero, ¿acaso la nación vasca del siglo XXI es tan diferente como para requerir respuestas diferentes?

Reinterpretar las proposiciones básicas de la nación vasca. El citado documento, que designa al presente como tiempo de reflexión y debate, propone asumir el pensamiento de Sabino Arana y el legado de las generaciones que les han precedido, pero cree también llegado el momento de reinterpretar ambos. La reinterpretación afecta directamente a un sentido de lo nacional en mudanza. El reto nacional "es permanente y dinámico, porque dinámicas son las naciones vivas como Euskadi".

Así, la correspondencia de los postulados de Agirre con las proposiciones básicas de Smith se ve modificada en virtud de esa vitalidad inmanente que acompaña a las naciones como Euskadi. Es cierto que el documento de San Ignacio encaja con la cosmovisión de ‘un mundo de naciones’ (proposición 1ª de Smith) ya que apela "a un mundo en el que buscan su reconocimiento y desarrollo naciones como Euskadi". Pero, se matiza que este reconocimiento y desarrollo viene enmarcado en "un mundo que apuesta por los grandes espacios abiertos", matización que cobrará importancia a medida que el documento vaya desgranando los valores implícitos de esa nación vasca que se quiere acordar más allá del ámbito de los nacionalistas vascos.

Por otro lado, no es la nación ‘la única fuente de poder político’ que sostiene la proposición básica 2ª de Smith. La evolución del orden político europeo hacia la supraestatalidad y hacia la descentralización ha provocado una transferencia de capacidad y de legitimidad hacia arriba y hacia abajo en la estructura política. Como dice Michael Walzer, la soberanía "garantiza que nadie del otro lado de la frontera puede interferir en lo que se hace a este lado". Sin frontera y en un régimen de dependencias entrecruzadas, carece de sentido defender la exclusividad del poder político para la nación. El documento que examinamos da cuenta de este hecho de una forma clara y concisa, a la vez que reclama su vínculo con la tradición pactista del partido:

"Frente a la opción dependencia/independencia, frente a una idea de estado-nación propia del siglo XIX, apostamos claramente por ser nación abierta al mundo en el siglo XXI, por la interdependencia en Europa, por la soberanía compartida con España, Francia y Europa. Sin someternos a nadie, sin imponer nada. De eso hablamos en realidad cuando reclamamos el derecho a decidir unido a la obligación de negociar. De eso hablamos cuando asumimos el binomio "no imponer-no impedir". De eso hablamos cuando apostamos por unas instituciones que sean garantía de construcción nacional y social. De eso hablamos también cuando reclamamos el Pacto con el Estado."

El juramento de Agirre a favor de la dignidad humana forma parte, en toda su radicalidad, del bagaje político del nacionalismo vasco actual. En primer lugar, decir que no hay nación sin "un acuerdo político amplio...que cimiente las bases de una nación vasca cohesionada" o "que respete lo que es hoy la sociedad vasca" y "que le permita ir construyendo su camino en base a la voluntad de sus ciudadanos y ciudadanas" es situar la nación en una perspectiva muy diferente, en lealtad precisamente a una sociedad vasca muy plural, en una concepción vinculada a la voluntad de cada uno de los ciudadanos o ciudadanas. Es decir, en una relación de lealtad invertida a la que sugiere la proposición 3ª de Smith: ‘la lealtad a la nación está por encima de cualquier otra lealtad’. No se conciben las naciones como objeto de lealtad, sino que "sólo tienen sentido si están al servicio de las personas".

El documento analizado expresa ampliamente los valores que esenciales a la nación que corresponde al siglo XXI. No es la pertenencia innata a una nación la que hace libre al individuo (Proposición 4ª de Smith). Aquí, Imaz toma pié en Agirre y llega bastante más lejos. La nación no es sino ni determinación, no es condición de naturalidad. La nación, en cierto modo, viene a mediar entre el conflicto que amenaza con alejar al individuo y la sociedad. Así, nación en esta época sería "la mejor forma de crear círculos de solidaridad", en una forma de "acción cívica colectiva" que permite superar los problemas de la moda de la individualización de las relaciones sociales y habilita para crear una red comunitaria de protección que suministre bienes sociales y cree oportunidades para los más necesitados. La nación vasca del futuro no será por tanto aquella que incluye o excluye a fortiori a nadie sino que será "aquella que atraiga por su identidad, sus oportunidades, su cohesión, su innovación, su preparación y su tolerancia".

Pero, la nación es un ámbito que en efecto requiere autonomía y plena libertad para la propia expresión, de acuerdo con los términos de la 5ª proposición de Smith. Según la proclama nacionalista del día de San Ignacio, la nación vasca no quiere someterse a nadie, aunque tampoco imponer nada: "de eso hablamos en realidad cuando reclamamos el derecho a decidir unido a la obligación de negociar". A ello iría unida la apuesta por unas instituciones propias, expresión y garantía de la construcción de la nación.

Que vivimos en un mundo en el que naciones como Euskadi buscan reconocimiento es un principio del nacionalismo vasco del que hemos dado cuenta al comienzo de este mismo apartado. No parece, sin embargo, que la actual posición del PNV ante la paz y la justicia en el mundo esté tan vinculada a la ineludibilidad de afrontar la cuestión de la libertad de la naciones en el mundo, a la manera en que lo concibe Anthony Smith en su 6ª proposición básica del ‘sistema de creencias’ característico de los nacionalismos. Más bien, los actuales líderes nacionalistas han hecho suyo un discurso pacifista sin prerrequisitos, cuidándose hasta en lo particular de separar la paz de las condiciones de autogobierno a las que podría aspirar la mayoría de la sociedad vasca. Así, "trabajar las bases de un acuerdo sobre la nación vasca y su desarrollo" y "alcanzar una sociedad en paz, que destierre definitivamente el fantasma de la violencia y de la intolerancia en nuestro Pueblo" son tareas a afrontar en un mismo tiempo, pero de naturaleza paralela, tal y como se describen en el texto que sometemos a análisis.

Como se puede comprobar, la reinterpretación nacionalista de Imaz no es fácilmente reducible al cuadro de proposiciones básicas de Smih. Faltaría por comprobar las correspondencias de sus ideales fundamentales y sus conceptos para completar la visión comparada con arreglo al ‘sistema de creencias’ que postulaba a título de teoría general el autor británico.

Los ideales fundamentales en el documento de San Ignacio.

Según Smith, las ideas de autonomía, unidad e identidad están presentes en todos los nacionalismos. El hecho diferencial entre ellos sería, en consecuencia, más de grado que de concepto.

El documento del PNV se estructura asimismo en torno a esas tres ideas. En materia de autonomía y unidad, la cuestión de la medida ha problematizado el debate interno nacionalista desde tiempos del primer estatuto de autonomía. Incluso hoy, la resolución del conflicto violento se plantea en algunos sectores dirigentes nacionalistas sobre la base del reconocimiento de una autonomía superior que reconozca el derecho de autodeterminación con la opción de conformar un Estado propio y la unidad territorial.

En materia de identidad, la referencia no es al carácter ni a la raza (más allá de las dispersas y controvertidas referencias de Xabier Arzalluz a la antropología y la hematología), sino a la lengua como seña de identidad indiscutida y a la cultura, que esencialmente retiene la memoria de un pasado colectivo, aunque se manifieste socialmente cada vez más como una cultura plural en un marco, como es el europeo, que favorece una determinada concomitancia de costumbres.

En este terreno es donde se desenvuelve el PNV que Josu Jon Imaz reinterpreta. En relación con la autonomía, frente a la búsqueda de un estatus político de no dependencia, plantea –en línea con los fundamentos del Plan Ibarretxe- la aceptación de un estatus de no dominación: "la interdependencia en Europa, por la soberanía compartida con España, Francia y Europa". Sin duda, la sociedad vasca demanda más autogobierno y respeto a sus decisiones. Pero, Imaz ha apostado por comprometerse "en la construcción del Estado si [éste] reconoce el hecho nacional [vasco]".

En referencia a la unidad, el documento sigue el rastro doctrinal de Agirre, que proclamaba la supremacía de la persona frente a la demarcación territorial. Ello no significa la renuncia a que la nación "englobe a todos los vascos, de Iparralde y de Hegoalde". Pero, se rechaza "la unidad territorial impuesta", a la que se contrapone un proyecto de nación que ejerza de polo de atracción para los ciudadanos concretos de la Comunidad Autónoma Vasca, Nafarroa e Iparralde. No se trata de que hacer de la Comunidad Autónoma Vasca el centro de poder que persigue la agregación de sus territorios irredentos. Se trata, en realidad, de un proyecto que busca la aceptación de los ciudadanos de tres territorios. Es decir, un proyecto nacional que atraiga voluntariamente a los habitantes de los tres ámbitos políticos de la Euskalerria histórica porque consiga ser "referencia democrática" y porque a la vez demuestra que es sugestivo "en lo social, en lo económico, en lo cultural y en lo político".

Sobre las condiciones en las que se desenvuelve la identidad, definidas sumariamente en este mismo apartado, el documento se sustenta en un punto de partida muy interesante: hay que acordar los términos de una nación abierta para "un país que no es únicamente nacionalista":

"Tenemos una visión para nuestra nación. Y una misión como Partido... Hoy esto, en el año 2005, significa captar toda la pluralidad de sentimientos, matices e identidades, en definitiva toda la fuerza que tiene la sociedad vasca, y obtener en base a ella un acuerdo político sólido, que cimiente nuestra nación para los próximos tiempos. Y que pueda expresar su voluntad ratificando un acuerdo político que cohesione nuestra nación, que nos fortalezca, que nos integre. Que convierta nuestra identidad cohesionada, solidaria y tolerante en atractiva para que las personas que hoy conforman la sociedad vasca se sientan orgullosas de ella. Y para que haya personas que quieran venir de otros lugares atraídas por compartir su vida, ilusiones y sueños con nosotros. Una nación abierta con una identidad atractiva para el siglo XXI. Este es nuestro sueño. Es nuestro horizonte."

Una nación que se concibe abierta al mundo "que apuesta por los grandes espacios abiertos" y abierta también "hacia el interior de Euskadi, abierta a todas las gestes que vivimos, que trabajamos, que gozamos y que sufrimos juntos". Una identidad reforzada por las cosas que se han hecho juntos. Una identidad que se ha forjado en torno al sufrimiento compartido provocado por la guerra, el exilio, la dictadura, el terrorismo o la extorsión. Pero, también con el bagaje de hombres y mujeres

"entregados a un proyecto educativo o formativo. A un proyecto empresarial. Construyendo universidad, ikastola, empresa, centro tecnológico, grupo de danzas, gau-eskola, poniendo en marcha un ayuntamiento u otra institución. Trabajando en el campo, en el mar o en una industria. Transmitiendo lengua, cultura y valores a hijos e hijas en el calor del hogar."

Sobre este sedimento, el documento repetido enumera los valores identitarios sobre los que esta nación vasca debería seguir construyéndose como "tarea colectiva": solidaridad, pluralidad, cohesión, progreso y conocimiento, diversidad lingüística, dinamismo social. Estos son los componentes de "una identidad atractiva y tolerante, que anime en nosotros el orgullo de pertenecer a una comunidad, y que atraiga a personas que quieren venir a compartir su futuro con nosotros, que van a enriquecer nuestra nación, van a aportarle su conocimiento y van a ser vascos del mañana".

En el fondo, permanece el depósito subjetivo de la identidad –el alma y el principio espiritual a los que apelaría Renan- de pertenecer a una sociedad que recuerda haber hecho grandes cosas juntos y que quiere seguir haciendo valer "la herencia que se ha recibido indivisa". Aunque, la identidad colectiva vasca deberá abrirse a las nuevas respuestas objetivas, a modo de valores, modos de vida y comportamientos, que la sociedad vasca vaya descubriendo ante los problemas que el presente y el futuro le vayan originando.

Los conceptos en el documento de Imaz.

Recordamos que Anthony Smith valora lo que llama conceptos básicos como si fueran un recurso que libera de la abstracción a los ideales de autonomía, unidad e identidad. El autor advierte, en este contexto, que no todos los nacionalismos recurren a todos los conceptos citados y que este hecho viene a ser decisivo para subrayar el carácter diferencial entre nacionalismos. Recuerdo que estos conceptos son: autenticidad, continuidad, dignidad, destino, adhesión y territorio patrio.

En el nacionalismo vasco, el concepto de autenticidad no adquiere un significado de búsqueda de las experiencias vitales del pasado en su propia originalidad ni siquiera es muestra de indigenismo. Acaso, en el documento se detectan diversas salpicaduras de autenticidad como cuando se apela a la condición de Euskadi como un pueblo "milenario", cuando se llama a construir una nación que responda "a nuestras señas de identidad" en la que podamos desarrollar un proyecto de vida en libertad que sea "nuestro" o un desarrollo y bienestar ‘nuestros’ también o cuando se evoca el acierto de Sabino Arana al "entender el sentimiento de un pueblo, el de una identidad que se perdía".

Ya he analizado en otros apartados el carácter de continuidad que Josu Jon Imaz enfatiza en todas sus intervenciones y que aparece muy claramente en el texto que estoy comentando y que curiosamente viene representada a la manera de una de las definiciones con la que Smith explica el concepto: "un movimiento gradual de cambio y transformación, o una acumulación de capas de estados pasados, como los estratos de una excavación arqueológica". Y es que Imaz lo plantea así, como una sucesión de capas generacionales, desde la generación de los fundadores, pasando por la generación de la República y la posguerra, la generación del 77, hasta la que prepara la Euskadi del siglo XXI en una tarea permanente ‘asumir y reinterpretar’ el pensamiento fundacional. En total, "son 110 años trabajando, luchando, con un afán y una ilusión: Euskadi, la nación vasca".

"Hoy somos más nación". El dinamismo y la grandeza de la tarea social emprendida por numerosos vascos en diferentes ámbitos es la expresión más esplendida de la dignidad nacional:

"Hoy somos más nación, estamos más cerca del objetivo establecido hace siglo y diez años. Y tenemos que agradecerlo a todos los hombres y mujeres que lo han hecho posible. Muchos, sufriendo lo indecible. Pasando guerra, fusilamientos, exilio, dictadura, terrorismo o extorsión. Otros muchos, de forma más cotidiana... Riendo, viviendo, transmitiendo ilusión. Sufriendo los avatares de la vida, llorando, levantando la cabeza y volviendo a andar".

"La historia exige y produce un destino, un destino nacional especial", en una idea de destino de "más carga emocional que ideas sobre el futuro". Es un destino que no deja margen a la elección. Imaz no comparte esta idea de destino que estaría predeterminada. El apela repetidamente a una tarea,

"una misión como Partido. Hoy, igual que hace 110 años, estamos fuertemente comprometidos con esta tarea histórica: que la sociedad vasca pueda expresar su voluntad y construirse en base a su personalidad, en base a sí misma".

Una misión en la que no hay destino históricamente determinado. El futuro de la sociedad depende de su propia autodeterminación. El nacionalismo vasco más bien ofrece un proyecto que debe implantarse en su contexto con acierto y eficacia. Conociendo bien "el entorno y el mundo en que vivimos". Formulando las preguntas adecuadas y buscando las soluciones eficaces a los problemas. La misión no dependería pues del destino, sino del acierto, la capacidad, el trabajo y la inteligencia a la hora de abordar estos problemas. Problemas que conoceremos interpretando "las aspiraciones de la sociedad vasca, sus deseos y-por qué no- sus sueños" y escuchando "atentamente a esa ciudadanía".

Imaz ofrece atractivo en lugar de adhesión. La nación que cree que hay que acordar no exige lealtad y adhesión sino que debe ser capaz de atraer a "personas que quieren venir a compartir su futuro con nosotros, que van a enriquecer nuestra nación, van a aportarle su conocimiento y van a ser vascos del mañana". La cuestión es que la nación ha de hacerse querer a través de convertir la identidad, la prosperidad, la cohesión social, las oportunidades que ofrece, la innovación, la preparación y la tolerancia en elementos atractivos para los que voluntaria, libre y conscientemente quieran integrarse en ella.

Finalmente, el vínculo con la tierra natal, la tierra de nuestros antepasados, el territorio patrio que en la muchos casos se presenta como la constante del relato nacional. Todos los demás conceptos comentados se representan en sí mismos en el espacio, el mismo espacio donde han ocurrido los acontecimientos que han moldeado nuestro particular carácter.

El nacionalismo vasco originario, sin embargo, no fue postulante del territorio patrio. De Agirre hemos resaltado antes la afirmación, en parte consecuente con ese pensamiento, de que ‘el hombre nada tiene que ver, incluso vale más, que la extensión del territorio de su patria’. Y los miembros de la generación nacionalista del 77 –los Garaikoetxea, Arzalluz, etc.,- enfocaron la cuestión territorial desde una perspectiva muy poco determinista, recurriendo en todos los territorios a la decisión de la ciudadanía para la conformación del suelo al que extendería su jurisdicción el pueblo vasco, en expresión de su nacionalidad. Nadie puede negar, en este sentido, el sentido cívico y democrático del tratamiento que el nacionalismo vasco ha dado modernamente a la cuestión territorial.

El documento de la ‘Euskadi del futuro’ solo apela al territorio patrio para rechazar la "unidad territorial impuesta". Apela, por lo tanto, a descartar la imposición de la unidad a las dos comunidades bajo jurisdicción estatal española y a los territorios bajo soberanía francesa.

Por su parte, la Europa comunitaria ha suprimido las fronteras entre Estados y facilita la conformación de redes y tejidos de relación entre ciudades, territorios y regiones en virtud de intereses comunes. Este desenlace ha relativizado, en cierto modo, la acritud de la cuestión territorial. Y, por eso, el documento omite la unidad política y propugna tejido social. Y, de esta manera, utiliza el verbo ‘tejer’ para concebir una solución constructiva y voluntaria a unas relaciones que, por otra parte, son naturales entre comunidades vecinas y que favorecen una concordancia cada vez mayor entre ellas en los aspectos social, cultural y económico:

"hoy, en 2005, nuestro dinamismo, trabajo y empuje puede conseguir que Iparralde y Hegoalde vayamos tejiendo economía, sociedad, cultura y formas de vida. En definitiva, creando una sociedad común entre todos los vascos".

Conclusiones.

Nadie duda del poder del nacionalismo en la historia más reciente. Hay algunos investigadores que han creído sin embargo que la fuerza del cosmopolitismo arrastraría al nacionalismo a su derrota definitiva. Eso, hoy por hoy, se ha demostrado imposible. El nacionalismo mantiene una gran capacidad para asumir las nuevas circunstancias que definen el contexto en el que se desenvuelve. Como dice Smith, "si existe algún fenómeno auténticamente global ése es el de la nación y el nacionalismo". Por eso, a resultas de esta capacidad de adaptación a las circunstancias, resulta muy difícil encerrar al nacionalismo en un cuadro tipológico que sirva de base para la elaboración de una teoría global.

He analizado la más reciente elaboración doctrinal que se ha dado en el seno del nacionalismo vasco. Y de esta declaración se pueden decir muchas cosas, la primera que ha creado un gran debate interno que ha afectado a las filas de PNV e incluso que ha tenido repercusiones importantes en EA, partido coaligado del anterior.

En todo caso, parece claro que hay una corriente dominante en el seno de este nacionalismo que apuesta por salirse de la disputa en torno a la independencia y a la soberanía entendidos en los términos clásicos. Se entiende que, aunque el progreso de la integración continental reduce expectativas para un escenario de ‘Europa de los pueblos’, crea también excelentes oportunidades para el desenvolvimiento de las minorías.

La cuestión que, al menos los nacionalismos minoritarios europeos, se plantean es qué hacer para colocarse en las mejores condiciones para ser políticamente relevantes en el nuevo orden europeo y mundial. Las bases sociales que sostienen estos nacionalismos no configuran sistemas sociales ‘entropífugos’ y en muchos casos son sociedades de más alto nivel de movilidad, desarrollo y bienestar que las de su alrededor.

Ese es el caso al menos de los nacionalismos vasco y catalán. Unos nacionalismos que recurren a los parámetros cívicos, aunque dentro de ellos convivan y pugnen elementos también étnicos. Es evidente que el nacionalismo de pureza cívica no existe. Basta con leer a Renan, a quien muchos autores proponen como paradigma del nacionalismo ciudadano para comprenderlo.

En todo caso, la enorme mutación de la sociedad en la era moderna ha afectado a la misma naturaleza de la comunidad que mantiene a los nacionalismos en estado de pujanza. La llamada de Imaz a ‘atender a la ciudadanía’ viene a reconocer la necesidad de seguir de cerca este cambio. Y, aunque la mundialización económica y cultural, no acaba con los sentimientos particulares e incluso los refuerce, no es lo mismo evidentemente vivir en una ciudadela que en un espacio abierto. La sociedad moderna "está abandonando los conceptos exclusivos de la identidad y pueden sostener identidades múltiples de manera simultánea". Ello no quiere decir que no haya entre todas ellas alguna "que goce de mayor crédito y tenga más influencia que otras". Pero, si significa que la idea de nación debe estar abierta a nuevos significados.

Esto es, a mi modo de ver, lo que Imaz y el PNV tratan de hacer en una apuesta no exenta de problemas internos, en los que no voy a entrar, y desafíos por supuesto que el proyecto debe resolver. Por ejemplo:

  1. Está por ver la capacidad que demuestra esta reinterpretación de la nación vasca abierta, que el PNV plantea como una cuestión a acordar, para ser atractiva para los sentidos de aquellos ciudadanos vascos que se reclaman de pertenencia española. Es decir, habría que ver si esta nación abierta es capaz de integrar una ciudadanía nacionalmente diversa. El éxito de la nación abierta que concibe Imaz estará más cerca si aquella es capaz de dar cabida a las múltiples identidades que reconoce en el país. Es decir, el nacionalismo puede ser incluso étnico a la vez que cívico, pero la nación no puede permitirse el lujo de serlo.
  2. Está por ver si este nuevo desarrollo de nación consigue el ropaje constitucional adecuado. La doctrina jurídica ha sido históricamente capaz de inventar todo tipo de artefactos normativos para vestir las soluciones que la política ha ido acordando. En todo caso, no estoy seguro de que la ‘soberanía compartida’ no sea un callejón sin salida.
  3. La historiografía actual critica varias cosas al nacionalismo vasco. Una de ellas es haberse fundado como ‘factor de división’. Esta es una acusación que se carga en el debe del nacionalismo sin que tenga el correspondiente endoso en otras fuerzas protagonistas de aquel contexto y es una etiqueta, además, insuficientemente demostrada, fruto de la inclinación conservadora del investigador histórico. Es como si fuera el nacionalismo el que fabricó la división social. En fin, la constante apelación de Imaz a la cohesión viene, en todo caso, a situar la posición nacionalista que representa en el otro extremo. En relación con el primero de mis comentarios de este último tramo del apartado, habría que saber si se va a articular la cohesión con mecanismos de reconocimiento de la diferencia que es, a la postre, lo importante de tal manera que se evite la caricatura de la cohesión, es decir la homogeneización.
  4. Otra crítica habitual es ‘la indefinición y la ambigüedad’ del PNV. Hay muchos que, en virtud de ello, han requerido al nacionalismo vasco un proyecto claro de futuro. Sin embargo, hoy en la política nadie lo tiene y es esa probablemente una de las causas de la estabilidad de las sociedades modernas. Mas que la estabilidad –que es un concepto de tono conservador- lo que hay que buscar es la integración de las sociedades y una de las mejores aportaciones a esta integración no son proyectos cerrados e inaccesibles a la transacción, sino precisamente la renuncia a dogmas, las estrategias flexibles. Cualquier proyecto político y el partido que lo presenta en una sociedad moderna precisa de capacidad de coalición. La piedra de toque de la reinterpretación del nacionalismo puede estar en esta capacidad de coalición que sí tuvo la generación de Agirre.

 

Donostia, septiembre 2005

 

Joseba Kortadi