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(40 - 2006ko Abendua)

COALICIÓN NACIONALISTA Y CRISIS DEL NACIONALISMO

 

Cada cita electoral trae esta cuestión como una de las cuestiones todavía no resueltas. La decisión por los pelos de la ejecutiva de EA, el pasado junio, negando la posibilidad de una coalición para las próximas elecciones municipales y forales, marca la última modalidad de la citada irresolución. Y me remito a la primera frase: cada elección trae la coalición como problema. ¿Cuál puede ser la razón? ¿Por qué Eusko Alkartasuna no resuelve de una vez este asunto?

 

Más allá de las explicaciones de los líderes de los diferentes sectores de EA, el problema de la coalición (y del debate y lucha interna que presupone, como los últimos hechos, como la reunida de firmas para forzar un congreso del partido, lo confirman) es un problema más dentro del conjunto del nacionalismo. Es un problema de definición ideológica y política que afecta también al PNV. Ya que tanto EA como PNV comparten una estricta división interna, que se traduce en la existencia de sectores “oficialista” y “crítico”. Dentro de este problema de definición entra, por supuesto, la cuestión de la política de alianzas. Y la cuestión de cómo se posiciona cada uno de los sectores dentro de la lucha interna del partido.

 

Dentro de EA, tras el fracaso relativo del Plan Ibarretxe, la actual dirección ha tratado de considerar el “proceso de paz” como una oportunidad de cumplimiento de algunos de sus sueños. El más importante de ellos, repetido hasta la náusea por dirigentes como Unai Ziarreta o Martín Aranburu, es el de que EA forme parte de la “izquierda abertzale”, e incluso el histórico Rafael Larreina no tenía empacho en señalar que EA tenía que liderar “la izquierda abertzale”. Es por ello que este grupo no ha tenido miedo a plantar cara a la propia presidente del partido Begoña Errasti, la cual, pese a compartir algunos de sus planteamientos, no podía menos que ver (con encuestas encargadas en la mano) que la presentación de EA en solitario podía ser ruinosa y calamitosa. El impulso dado por el ex lehendakari Carlos Garaikoetxea, que se ha mojado como nunca en esta disputa movilizando a sus fieles para que saboteen la posibilidad de coalición, y la euforia de los partidarios del acercamiento con Batasuna (que ven a este partido como socio providencial, como próximo referente político), se combinan en el esfuerzo común de impedir, como sea, la coalición con el PNV para las próximas elecciones municipales y forales.

 

También entrarían aquí consideraciones referentes a la división del propio partido y a las maniobras debidas a la lucha interna. Por parte del sector oficial hay la postura de prever un posible desastre electoral de ir EA en solitario; pero este se vería compensado por la pérdida de poder por parte del sector crítico (cuya mayor representación se da a nivel de representantes municipales) y, por tanto, podría ser una victoria política (de cara a la disputa interna) que, reforzando una camarilla ad hoc,  podía marcar nuevos pasos de acercamiento a Batasuna y a su conglomerado.

 

Sólo desde este viraje radical, para el que la afiliación de EA no se encuentra todavía ideológicamente preparada, puede entenderse que unos líderes tomen decisiones que no se pueden comprender desde la perspectiva de mantener la cohesión del proyecto de EA y su futuro como opción política.

 

Lo irónico de la cuestión es que en el PNV está pasando lo mismo. El último episodio de la disputa interna lo ha marcado la no continuación del actual diputado general, Gonzalez de Txabarri, en su puesto y su sustitución por uno de los hombres de confianza de Joseba Egibar. Tanto Joseba Egibar como el ex presidente del partido, Xabier Arzallus, no dejan de repetir que apuestan por una alianza con Batasuna. Y lo hacen sabiendo que el partido de Arnaldo Otegi deja bien claro que no pactará ni hará alianzas con el PNV, ya que su relación con el PSOE es la que está dando frutos. Más allá de la propia dinámica de la lucha interna del PNV, en la cual expulsiones y destituciones van marcando la pauta, Egibar está lanzando claros mensajes de acercamiento a Batasuna. Y la conquista del poder foral en Guipúzcoa es el caramelo con el cual pretende camelar a este partido, dando a entender que su sector tiene un peso dentro del PNV y un pedazo de poder mediante el cual llegar a ser atractivo para que Batasuna reconsidere un pacto.

 

Nos vemos, pues, ante el sector oficialista de EA y el sector crítico del PNV que coinciden en su irresistible atracción por Batasuna y por los fastos y bengalas del denominado Proceso de Paz. Resulta evidente la existencia de una combinación interpartita de los responsables del fiasco de Lizarra-Garazi (Joseba Egibar, Larreina, Arzallus, Garaikoetxea,etc) y, por tanto, ante un problema común por parte de los dos partidos del nacionalismo vasco: el problema de la falta de reflexión acerca de las consecuencias políticas e ideológicas de Lizarra-Garazi. En 1999, el nacionalismo rompe con Batasuna pero no inicia ninguna reflexión sobre los responsables de esa operación (que habían proclamado que aquella iba a ser la legislatura de la paz) y sobre la línea de acción común con el MLNV, que había llevado al nacionalismo al borde del desastre.

 

Los mismos que hicieron la apuesta de Lizarra-Garazi, aquellos que protagonizaron algunas de las páginas más bochornosas de la historia del nacionalismo vasco, son los que, desde el PNV o desde EA, pretenden volver a echarse en brazos de Batasuna. Con el agravante del tutelaje de antiguos líderes del nacionalismo vasco que no encuentran todavía la hora de la jubilación. Lo peor de todo es que esa apuesta se hace en contra de los intereses del nacionalismo y de los respectivos partidos.

 

Este es un movimiento que pretende truncar la evolución positiva del nacionalismo vasco. La victoria electoral del 2001 había quebrado su línea electoralmente descendente y permitió que, por primera vez en mucho tiempo, el nacionalismo recuperase la iniciativa política mediante la propuesta del Plan Ibarretxe. La derrota electoral relativa de esta propuesta (que obligó al PSOE, ya en conversaciones con Batasuna, a legalizar de alguna forma a esta opción para que el plan no saliese adelante) ha desatado las contradicciones que, tras el fracaso de Lizarra-Garazi y el huracán mediático desencadenado posteriormente, permanecían latentes.

 

No es malo que, tras tanto tiempo, las posturas dentro del nacionalismo aparezcan con cierta nitidez. Y hombres como Josu Jon Imaz e Iñigo Urkullu, en el PNV, o Iñaki Galdos, en EA, marcan el perfil de la evolución de un nacionalismo paradójicamente más acorde con sus propias raíces (que niegan tanto los oficialistas de EA como los críticos del PNV) y con el sentir de los nuevos tiempos. El gran problema del nacionalismo vasco consiste en recuperar y actualizar sus referencias propias y, por tanto, apartarse del falso maximalismo abertzale de Batasuna, que responde a un modelo de construcción política que nada tiene que ver con el nacionalismo. La crisis del nacionalismo demuestra, además, que la tendencia hacia Batasuna es, tanto en el caso de EA como del PNV, divisiva, perjudicial para el propio proyecto nacionalista y para sus intereses sociales y electorales. Es por ello por lo que la coalición EA-PNV, más allá de la mera conveniencia electoral, representa la posibilidad de un nacionalismo definitivamente curado de tentaciones autodestructivas disfrazadas de mesianismo radical.

 

XABIER IPARRAGIRRE