Artxibo rtf
(36 - 2005ko Uzta
ila)

UNA LEGISLATURA INCIERTA

Se me ha pedido que escriba un artículo sobre el recientemente finalizado debate de investidura celebrado en el Parlamento y, para ser francos, tengo que subrayar que abordo la tarea con notable desgana porque, finalizado el trámite parlamentario, la principal conclusión que he obtenido, es que, en estos momentos, existe un peligroso alejamiento de los partidos políticos de la sociedad civil.

Uno tiene la sensación de que la mayoría los vascos han observado, con distancia y desidia, un escenario que parece perpetuamente destinado a una casta de políticos profesionales anclados en sus discursos, que han hecho de su vocación o interés, según los casos, oficio, que reproducen de manera reiterativa sus argumentos y que terminan por aburrirse hasta ellos mismos. Esto de la llamada "erótica del poder", la poltrona, en términos más castizos, debe ejercer un especial influjo en quienes, -sin despreciar a los que abordan la cosa pública desde una idea de servicio, los menos, para nuestra desgracia-, se dedican al noble ejercicio de la política. Alrededor de ellos se perpetúan, asimismo, otros subgrupos como: los cargos públicos, el personal laboral dependiente de las sociedades públicas controladas por los partidos, los que obtienen los favores de los que detentan el poder en cualquiera de las administraciones públicas, los comentaristas políticos, etc., que, difícilmente, pueden mantener una independencia de criterio, porque perciben los mensajes en círculos muy cerrados que se realimentan y, si llegan a conclusiones distintas de las líneas dominantes, no se atreven a hacerlas públicas, ante el temor de ver peligrar sus medios de subsistencia.

Desde la idealización del pasado y lo selectivo de toda memoria histórica, uno mira con nostalgia los tiempos de la elaboración, debate y aprobación del Estatuto de Gernika en los que había una ilusión e implicación colectivas en torno a un proyecto de Pais, hecha de menos la participación y discusión, muchas veces acalorada, en el seno de los partidos por los afiliados, la implicación de los grupos sociales, culturales, económicos, religiosos, ... y mira con tristeza como, poco a poco, van desapareciendo los que, sin pedir nada a cambio, ni siquiera el reconocimiento social, abordaron la participación pública con una vocación de servicio, en la esperanza de hacer una sociedad más libre, más democrática y más justa.

Se me ocurre que el principal ejercicio de reflexión que debiera de hacerse, a este respecto, por parte de las fuerzas políticas vascas, más allá de los dogmatismos a los que de manera recalcitrante permanecen aferradas, es cómo ilusionar, cómo hacer partícipe a la sociedad civil de un modelo democrático más abierto, más flexible, más tolerante, en el que los ciudadanos, lejos de convertirse en simples administrados que tratan de sacar su vida adelante como buenamente pueden desde un individualismo cada vez más feroz, se asoman a lo público y atienden con mayor interés e implicación, un debate político tan trascendental como el de investidura, en vez de considerar el Parlamento como un teatro, reservado a una casta que repite siempre el mismo guión, con el único objeto de mantener su puchero lleno y a buen recaudo, sabedor que la falta de espectadores no le va a privar de la taquilla. Y el temor que aflora ante reflexiones de esta naturaleza, probablemente injustas, es que desde modelos formalmente democráticos, estemos construyendo sociedades más acomodadas, aunque con importantes desequilibrios sociales, pero, materialmente, más autoritarias y menos libres. Aunque quizá también la reflexión debiera de abordarse desde otra perspectiva, la de considerar que nuestros políticos no son más que fiel reflejo de la sociedad en la que vivimos, de lo que somos y a lo que aspiramos, y que el problema tiene una raíz mucho más profunda, asentada en una paulatina pérdida de los valores sociales y culturales, relacionados con el trabajo por lo público y lo colectivo.

Pero dejando a un lado a ese uno, melancólico y pobremente filosófico, que se aprovecha de las licencias que permite el género, vayamos al nudo del reciente pleno.

A la hora de analizar, brevemente, con una pretensión de objetividad el debate, debe de partirse de cual es su objeto, que no es otro, que los candidatos a la presidencia procedan a la exposición de su programa de gobierno en orden a obtener la confianza parlamentaria, y las fuerzas políticas, las que los apoyan y las que no, expresen sus puntos de acuerdo o desacuerdo con la exposición realizada y, manifiesten aquellos aspectos concretos en los que hay confluencia, o no, con los programas expuestos. Lo que no puede ser, porque desnaturaliza por completo lo que es la esencia de la mecánica parlamentaria, es que haya portavoces, como el socialista, que una vez expuestos los programas, procedan a la lectura de un discurso que ya tenían preparado de antemano, con independencia de cual fuera el contenido de estos últimos.

En segundo lugar tampoco es el objeto del debate el llevar a la Cámara las posiciones dogmáticas que forman el sustrato ideológico básico de cada partido político. Esto está reservado para los Congresos de los partidos y forma parte de la arenga a los afiliados y simpatizantes en los mítines. Estos y aquellos tienen por objeto, aunque en distinta clave, el reforzamiento de sus principales señas de identidad, la definición y exposición de sus grandes líneas estratégicas. En este sentido, ya sabemos, que, para un nacionalista vasco, el reconocimiento de nuestro pueblo como sujeto político dotado de una voluntad propia y diferenciada de otros sujetos, formado por los siete territorios vascos, es un dogma no susceptible de ser objeto de discusión, como tampoco lo es para los partidos constitucionalistas el de la España indisoluble. Algunos ingenuos optimistas, -otros nos llaman blandos- tenemos la confianza de que, sin embargo, a pesar de los pesares, entre ambas posiciones dogmáticas pueden encontrarse elementos de entendimiento, como en su día lo fue el Estatuto de Gernika, en su redacción, que no en su aplicación. Lo hacemos si se quiere, si no ya desde la buena voluntad, desde la concepción maquiavélica de hacer de la necesidad virtud, en una sociedad como la vasca, dividida y fragmentada en cuanto a la percepción de su identidad nacional. Lo hacemos también desde la intuición que, en estos momentos, la percepción identitaria en clave de reivindicación política, no forma parte de las principales inquietudes de los vascos, fundamentalmente en sus generaciones más jóvenes, que viven su vasquidad con naturalidad, prioritariamente en los núcleos urbanos más poblados, sin convertirla en bandera de nadie ni contra nadie, salvo excepciones de todos conocidas que se sitúan en extremos ajenos al margen del mayoritario cauce popular.

De ahí que, en un debate de esta naturaleza, lo que mínimamente se puede reclamar de los partidos es que avancen más allá de su doctrinario ideológico y ofrezcan a los ciudadanos, no solo la reproducción de sus principios más básicos sino caminos para lograr un mínimo consenso político y un programa claro de gobierno. Desde esta perspectiva, algunas intervenciones de portavoces de los grupos parlamentarios, situadas en clave de pretenderse estandartes de las esencias patrias, fueron decepcionantes.

En tercer lugar, lo que choca al espíritu democrático es el mercadeo político, del que fueron claros exponentes EHAK y el Partido Popular. No resulta comprensible que un partido como el Popular que, en el ámbito de la administración del estado, mantiene una posición beligerante con el Partido Socialista, en cualquiera de las políticas que está desarrollando éste último, con posiciones ideológicas muy próximas a la extrema derecha, en lo que son las manifestaciones de sus principales portavoces, vote al candidato socialista. No resulta entendible que María San Gil que, en su intervención, acusó a los socialistas de no apostar por España ni por Euskadi, sino por un híbrido acomplejado por el PNV y que denunció la rendición del partido socialista y del gobierno español frente a ETA, es decir, que expuso diferencias insalvables en materia de desarrollo estatutario y en cuestiones de política antiterrorista, sin embargo preste sus quince escaños a Patxi López porque es el único voto que permite trabajar por el cambio político en Euskadi. Semejantes comportamientos políticos se sitúan en el ámbito de la radicalidad reaccionaria, en el terreno de la España uniforme, unitaria y autoritaria, muy lejos de talantes democráticos.

Lo del Partido Comunista de las Tierras Vascas recibe en términos coloquiales el nombre de compadreo, si bien tiene un sustrato mucho más profundo, en clave político-ideológica. En un sistema plurinominal, de listas cerradas con tres circunscripciones electorales, en el que los votantes no podemos seleccionar los candidatos, ni éstos últimos deben residenciar, personalmente, el mandato que reciben a los electores que los votaron, obedece a una lógica democrática el que las posiciones de los partidos políticos deban ser uniformes, en lo que son las principales manifestaciones de sus líneas ideológicas. El Partido Comunista parece fiel al principio de unidad en la lucha, y la diversidad y adaptación en sus formas de expresión. Un reflejo de este comportamiento fue el apoyo al Plan Ibarretxe con la división de su voto parlamentario realizada por Batasuna. Ahora, en este debate, después de acusar al PNV y al Gobierno Vasco de una actitud irresponsable en la pasada legislatura, de denunciar a Juan José Ibarretxe, por convocar anticipadamente unas elecciones que permitieran una mayoría absoluta sustentada en la exclusión de la izquierda abertzale del Parlamento, después de anunciar el carácter antidemocrático de las elecciones habidas, cuestionando de esta forma la legitimidad de sus propios asientos parlamentarios, no dudaron en dar dos de sus nueve votos al candidato del tripartito, tras acusarle de miserable por su actitud partidista. Estamos en el extremo contrario al del PP. Con ello han logrado dos objetivos: por un lado mostrar de manera plástica al tripartito que su gobierno está condicionado a su apoyo parlamentario, agudizando sus contradicciones y, por otro, arrinconar a Aralar, acreditando la irrelevancia de su representación parlamentaria.

El discurso del candidato socialista se limitó a constatar la higiene democrática de la alternancia en el poder y la pérdida del carácter plebiscitario sobre el plan Ibarretxe que ha atribuido a las pasadas elecciones

En línea con la reflexión que apuntaba líneas arriba, probablemente, cuando Patxi López hablaba de una regeneración y transparencia democráticas dirigida a superar la degradación institucional y la patrimonialización de las instituciones, seguramente, lo que estaba sosteniendo era la novación subjetiva en orden a estos objetivos, sobre todo si atendemos a las públicas irregularidades de gestión en los ayuntamientos socialistas de la margen izquierda de Bizkaia. Difícilmente puede hacerse creíble un candidato que se presente como aspirante a acabar con el frentismo y a liderar la Euskadi del pacto, cuando los mimbres que avalan su candidatura, tienen ese carácter frentista. Resulta harto complicado creer en la voluntad de desarrollar el autogobierno como objetivo de su candidatura, cuando los gobiernos socialistas se caracterizaron justamente por lo contrario y cuando, la actual administración del estado, no ha hecho ni un solo gesto político, más allá de palabras vacías de contenido, en orden a desbloquear el atenazamiento en que se encuentra nuestro desarrollo competencial. Resultó especialmente preocupante qué se escondía detrás de su planteamiento de sustituir los actuales modelos lingüísticos, por un solo modelo mixto flexible, en una situación, como la actual, en la que el euskera se encuentra todavía lejos de la normalización lingüística, a pesar de los avances logrados desde la aprobación del Estatuto.

Sin embargo, hay un punto donde, a mi juicio, pudiera ser posible avanzar en caminos de entendimiento, cual es el de iniciar el proceso de reforma del Estatuto, a partir de los mecanismos contemplados en el mismo. Los que tenemos una concepción nacional de Euskadi, debemos convencernos de que, en la actual coyuntura histórica, resulta imposible avanzar en el autogobierno si no conseguimos convencer a la mayoría sociológica española, lo que obliga a, sin renunciar a nuestros principios, moderar los objetivos y los planteamientos tácticos. El soberanismo en su concepción frentista, que fue con la que nació, allá por el siglo XVI, a lo único que nos conduce es la confrontación estéril y frustrante como se ha constatado en tiempos muy recientes.

Hay que reconocer que el escenario político con el que se encuentra el Lehendakari Ibarretxe, no es el más deseable para abordar una legislatura con una cierta tranquilidad, porque si no se gestiona bien a lo que puede conducir es a la ingobernabilidad del país y a la convocatoria anticipada de elecciones, y donde quien más tiene que perder es aquella fuerza política, en la que se agudicen con más intensidad sus contradicciones. Esto último resulta extremadamente fácil hacerlo con un partido que, desde el gobierno, tiene que moverse entre su sentido de responsabilidad para el desarrollo y la estabilidad política del país y sus convicciones más profundas, que le llevan, que nos llevan diría, a fuerza de ser sinceros, a una permanente insatisfacción en cuanto al nivel de autogobierno obtenido. Desde esta perspectiva los votos prestados del Partido Comunista de las tierras vascas no pueden ser más envenenados.

Hay que reconocer también la dificultad de encontrar un nuevo diseño estratégico que sustituya a un proyecto de estatuto que ha constituido la bandera de las dos últimas legislaturas.

 

La realidad parlamentaria del nacionalismo vasco es la que es. Los resultados electorales y la pérdida de votos habida son hechos indiscutibles que deben hacernos reflexionar, sobre la validez del diseño estratégico pergeñado. En esta situación de debilidad, el seguir aferrado a planteamientos maximalistas parece un gran error. No se puede conseguir un acuerdo integrador más amplio que el que logró el proyecto de estatuto ya olvidado, mediante la reproducción de los principales elementos de discordia contenidos en su preámbulo, como aspectos troncales del nuevo proceso negociador. Semejante tesis está condenada desde el principio al fracaso, porque sobre esos mimbres nunca se van a obtener acuerdos con las fuerzas de obediencia estatal. La única forma de recuperar los miles de votos perdidos, es liderando el proceso de reforma estatutaria a partir del procedimiento previsto en el artículo 46 del Estatuto, con la constitución de la correspondiente comisión en sede parlamentaria. Las contradicciones en materia de desarrollo del autogobierno no se dan en sede nacionalista, sino que lo hacen en sede constitucionalista, con incumplimientos flagrantes del Estatuto de Gernika. Un reciente ejemplo de esta falta de coherencia lo ha constituido la posición del partido socialista y del partido popular en relación con el tipo impositivo del impuesto de sociedades. De lo que se trata es de hacerlas visibles y, en su caso, agudizarlas, de manera que puedan ser percibidas por el conjunto de los ciudadanos vascos y que obliguen a acuerdos al gobierno de Madrid, derivados de la presión electoral. La única forma de llevar a la convergencia al socialismo vasco en un nuevo proyecto estatutario es haciendo que sus intereses no vayan en el mismo sentido que los del PSOE, lo que únicamente se conseguirá cuando vean amenazar su posición en la CAV, en las distintas administraciones públicas en las que participan o, cuando vean factible su participación en un gobierno vasco, al que saben que nunca llegarán por sí mismos si no es con acuerdos con EAJ-PNV-EA. Ni el socialismo vasco, como proyecto político, ni los populares creen en el autogobierno, ni siquiera cuando se negoció el actual Estatuto, que únicamente se aceptó por la extinta UCD y por el PSOE, en cuanto que se consideraba como un instrumento útil para acabar con ETA.

Resulta incomprensible que se haga causa política de la territorialidad, con la actual distribución del voto en Nafarroa e Iparralde. Mucho más preocupante que ese concepto abstracto es el retroceso del euskera en el Viejo Reino, como consecuencia de la posición beligerante, contra la lengua propia de los vascos, por el gobierno popular y, la lucha por su oficialidad, en la totalidad de su territorio y en Iparralde.

Planteamientos de mesas en Euskadi han habido muchos. Ahora se pretende la constitución de un grupo de trabajo, con el objeto de elaborar método, objetivos y contenido, para crear una mesa de diálogo que, a su vez, llegue a acuerdos en sede parlamentaria, incluyendo a Batasuna, que es una fuerza política en estos momentos ilegalizada. Complicamos innecesariamente los escenarios abocándolos al rechazo. El Partido socialista, a riesgo de parecer incoherente no puede negar la participación de EHAK en un proceso parlamentario de reforma del Estatuto, cuando no ha promovido su ilegalización y se ha manifestado contrario a la misma, sabedor que dicho planteamiento imposibilitaba la obtención de la mayoría absoluta por el tripartito. Sin embargo nunca va a aceptar sentarse en una mesa con Batasuna, porque incurriría en la misma incoherencia, fácilmente manipulable por el PP, cuando ha sido partidario de su ilegalización. Y, sin embargo, todos sabemos en este País, que unos y otros, EHAK y Batasuna, son los mismos. EHAK tiene dos alternativas: o bien, participar en ese proceso negociador tratando de sentar las bases de la mesa de partidos que recoja la propuesta de Anoeta o, situarse al margen de ese proceso, sin posibilidad de agudizar las contracciones del nacionalismo vasco, que es su único objetivo, en la línea estratégica de legitimación de ETA, de enfrentamiento con el estado y de destrucción del PNV como ya anunció la II Asamblea de la banda. Y el PP, partidario del inmovilismo, si no del retroceso estatutario, va a tratar, asimismo, de acentuar las contradicciones del socialismo vasco, tratando de presentar las legítimas aspiraciones al autogobierno vasco como privilegios en relación con otros territorios del estado. En definitiva hay que recuperar la centralidad, abandonando el voluntarismo. Se trata, de volver al pragmatismo y al posibilismo, en una legislatura marcada por el frágil juego de las mayorías en sede parlamentaria. El Parlamento es la sede donde está residenciada la voluntad popular de tres territorios vascos, por consiguiente, el lugar en la que debe iniciarse el procedimiento de reforma estatutario, constituyendo al efecto la correspondiente ponencia parlamentaria, que en un principio, debe trabajar con discreción y en la que la experiencia del proceso negociador catalán y los acuerdos obtenidos puede tener un cierto interés, en orden a sentar bases de discusión. Lo que no cabe es la posibilidad de lograr ningún tipo de acuerdo haciendo del dogma el núcleo del proceso negociador.

En este país tenemos una cierta tendencia a la ampulosidad en los términos y los objetivos. Hablamos de normalización y pacificación como los objetivos inmediatos a conseguir. La abstracción, con ser necesaria, suele ser muy poco recomendable en los procesos negociadores. En el caso de ambos conceptos probablemente la única conclusión a obtener es que deben caminar por vías distintas. La pacificación no puede convertirse en obstáculo para la normalización, de manera que la voluntad mayoritaria de un mayor autogobierno por los vascos, tenga que estar condicionada a la desaparición de ETA, tesis mantenida por socialistas y populares. Pero tampoco la normalización es condición para la pacificación, tesis mantenida por EHAK, cuando dio dos de sus votos en la sesión de investidura al candidato propuesto por la coalición PNV-EA en una nueva oportunidad "para acumular fuerzas a favor de la democracia y la paz". Si en algo coinciden la inmensa mayoría de los vascos es en la desaparición de ETA. Más allá, por tanto, de que normalización y pacificación son conceptos distintos, no condicionados mutuamente y que ninguno de los cuales puede operarse al margen de la voluntad de los vascos, sería deseable que todos, sin renunciar a nuestros objetivos, bajásemos al terreno de lo concreto, sin una reiteración de cuestiones "troncales", que planteadas en los términos abstractos en los que se formulan, nos llevan nuevamente al enfrentamiento estéril.

Kepa Bilbao Gaubeka

Deustu, 2005-06-26