Artxibo rtf
(37 - 2005ko Abendua)

 

Sujetos Políticos de Euskalerria

 Advertencia preliminar

 Este trabajo se realizó ya hace algún tiempo y consiste, fundamentalmente, en la recensión de una serie de libros que tocan de forma general, o en algunas de sus derivaciones, el tema vasco, referido a lo político, lo histórico y lo social. Es un trabajo que se hizo en colaboración, pese a que ahora mismo venga con una única firma. El plural mayestático que utilizo responde a esa colaboración. En este sentido, tengo que mencionar a Pako Garmendia, Igor Goitia y Luis Frías Goldaraz por la ayuda y aliento que dieron a este pequeño trabajo. Sin ellos nunca se hubiera realizado.

 El trabajo consta de dos partes: un comentario general de los libros recensionados y, a continuación, la recensión de los libros, divididos en subtemas, que responden a los diversos sujetos. Algunas alusiones traslucen que, pese a no haber pasado mucho tiempo, las circunstancias políticas e históricas son ahora diferentes. Pese a todo, queda aquí el esfuerzo de abarcar los aspectos variados, localizados como sujetos políticos, de la realidad de nuestro pueblo.

 

Delimitación del tema

 Dado que nos encontramos ante trabajos de diversa naturaleza y de géneros diferentes trataremos de encontrar una hilazón común a tanta heterogeneidad. No resulta difícil ya que el tema político vasco es una realidad presente y actuante, en la cual toman parte y convergen, a la vez, cuestiones historiográficas, de derecho positivo y políticas recurrentes.

 Esa trama común, al hilo de la urgencia política que se vive por la realidad conflictiva que padecemos los vascos, podría cifrarse en una preocupación universal, en estos trabajos, por lo que podría ser la construcción del futuro. Un futuro delimitado por una situación histórica que acumula múltiples problemáticas, la persistencia del problema de la violencia política y los disensos acerca de la naturaleza de lo vasco. Más que nunca, la construcción del pasado se nos aparece como una construcción del futuro.

 Y es que este interés por el futuro no es un interés académico abstracto, sino un interés vivido en la situación presente. Los diferentes autores representan, en este sentido, el índice de las preocupaciones individuales condicionadas por los niveles de adscripción identitaria o política de cada uno de ellos.

 El gran tema que subyace, como bajo continuo, en los diferentes relatos y manifestaciones, es el de la cuestión de concretar cuales son los o cuales tienen que ser los diferentes sujetos políticos de decisión en el País Vasco. Estos sujetos no tienen porque limitarse a ser sujetos nacionales: también hay sujetos políticos determinados, agentes sociales, etc, que cumplen su papel en el conjunto.

 Nuestra intención es delimitar, en cada caso, el nivel de construcción inmanente de cada actor (si ese actor es contemplado desde su interior, desde su propia intencionalidad y sentido) o si este se encuentra al albur de imputaciones exteriores. Queremos delimitar las diferentes medidas de una u otra cosa.

 También se trata de ver los niveles de legitimidad o ilegitimidad que se adscriben a cada sujeto. Está claro que esto se encuentra en función de la opción particular de cada autor en tanto la elección de cual tiene que ser la alternativa de futuro. Las situaciones como la nuestra parecen exigir este tipo de pronunciamiento en tanto que las reflexiones políticas, históricas y sociológicas modifican la realidad, la percepción de la realidad, y, por tanto, son también actores individuales que se añaden a los colectivos o derivan de ellos.

Diferentes actores y sujetos políticosociale

 Los sujetos y los actores son tan múltiples como compleja y enrevesada es la situación en el País Vasco. Y esta complejidad posee además carácter retroactivo en tanto que se proyecta sobre el pasado. Un presente conflictivo y turbio como fruto de un pasado que se nos viste con esas galas. Y habiendo un sujeto general colectivo, como es el País Vasco, existen múltiples sujetos que lo conforman y que expresan diversos aspectos de su naturaleza. La prolongación de un conflicto armado y de una situación histórica sometida a los vaivenes de las disputas historiográficas, hace que estos actores colectivos se entrecrucen y relacionen entre ellos mismos.  

 Tenemos por un lado al PNV o al sujeto del nacionalismo, que es tratado por autores muy diferentes desde muy diferentes perspectivas. Carlos Garaikoetxea trata el tema desde su ejecutoria política particular; Antonio Elorza escribe acerca de las ideologías del nacionalismo vasco en sus raíces históricas, su etapa de surgimiento y sus proyecciones actuales. Está también el trabajo de Josemari Lorenzo Espinosa, tratando al PNV desde la política actual del MLNV. Son tres puntos de vista muy diferentes y que proyectan una imagen poliédrica, ya que representan intereses y posicionamientos diversos y contrapuestos: Garaikoetxea es un político nacionalista, Antonio Elorza un historiador constitucionalista y Lorenzo Espinosa, también historiador, representa la visión del MLNV de lo que es el nacionalismo.

 El sujeto de ETA y del MLNV quizá sea el eje de la mayoría de las reflexiones, en tanto que la discusión política e histórica se refiere a nuestra actual situación de violencia, en la que ETA y sus construcciones políticas y sociales constituyen actores principales. Izaskun Sáez de la Fuente trata el conjunto del MLNV desde la perspectiva de la transferencia de religiosidad o de la secularización. Siguiendo la idea de Antonio Elorza, para esta socióloga el nacionalismo es una religión política que alcanza su culminación con el MLNV. También tiene esta perspectiva Juan Aranzadi, aunque la amplíe a una visión generalizada de las formas de secularización que entrañan en ellas mismas el germen de las actuales ideologías políticas y, sobre todo, de la ideología democrática occidental. Ignacio Sánchez-Cuenca trata el tema de la evolución estratégica de ETA, de la adaptación de ETA a las circunstancias cambiantes y de los modelos de su racionalidad política para plantear cada adaptación. Fernando Reinares toca el tema de la opinión de los militantes de ETA, de la perspectiva individual desde la cual los ex militantes de ETA contemplan su anterior militancia. Mario Onaindia nos habla de su recorrido por la organización ETA, desde la conclusión de la V Asamblea hasta el comienzo de la transición democrática. Florencio Domínguez se centra en la cotidianeidad de ETA como organización, la vida de sus militantes en el interior de la organización y la consideración de esta respecto a estos. Los ángulos de visión son muy diferentes y con la parcial excepción del político Mario Onaindia (que hace un ejercicio de adaptación a la perspectiva que tenía cuando participaba en ETA), y del historiador Ignacio Sánchez-Cuenca (que mezcla la reflexión política con el análisis histórico) los autores, que son académicos, (Izaskun Sáez de la Fuente y Fernando Reinares son sociólogos, Juan Aranzadi es filósofo) analizan el tema desde los presupuestos fijados por sus respectivas disciplinas.

 Otro actor importante, citado incluso en los libros en los que no es tema central, es el de los medios de comunicación. Petxo Idoiaga se ocupa del tratamiento que otorgan los medios de comunicación al tema vasco desde 1987 hasta septiembre de 1998, el momento en que ETA proclama la tregua. El sociólogo José Ignacio Ruiz de Olabuenaga trata la función de los medios de comunicación durante la tregua de ETA. Estos actores son juzgados, en ambos casos, desde la perspectiva del papel que han jugado en el concierto político y en la creación de acontecimientos. Es de reseñar que, pese a que ambos plantean perspectivas ideológicas bastante interesadas (desde los aledaños del MLNV el primero, el segundo desde la órbita del nacionalismo clásico) otros autores, como Antoni Batista y Ramón Zallo advierten de la importancia negativa que han jugado en este periodo los medios de comunicación, no solamente desde la perspectiva política que defendían sino de las vulneraciones de todos los códigos deontológicos que han tenido que transgredir para ello.

 Euskadi como sujeto general también tiene su tratamiento en tres libros bastante diferentes. Ramón Zallo aborda el tema desde la perspectiva de la resolución política de lo que se ha venido a llamar “el conflicto vasco” en clave de creación de una mayoría autodeterminista, que vaya planteando un nuevo proceso político independiente de la resolución directa del problema de la violencia. Luis Sanzo analiza las posiciones acerca del problema de la autodeterminación, las posibles soluciones legales, las perspectivas que otorga el derecho internacional, los planteamientos de los partidos nacionalistas y el MLNV, el encaje en el actual ordenamiento jurídico, etc. Antoni Batista reflexiona sobre la Euskadi posterior a las elecciones del 13 de mayo del 2001 y trata de exponer un estado de la cuestión del ámbito de la política junto con una serie de impresiones y recomendaciones. La primer obra está escrita por un polítologo y profesor de la UPV, la segunda por un especialista en derecho (y articulista de El Pais)  y la tercera por un periodista del periódico catalán La Vanguardia. Estas tres heteróclitas aportaciones se elaboran desde una cierta simpatía hacia el nacionalismo vasco, aunque ninguno de los autores pertenezca a el.

 Tenemos también a Navarra como sujeto particular y relacionado con la Comunidad Autónoma Vasca, que es tratado por los sociólogos Amando e Iñaki de Miguel.

 Finalmente, nos quedan cuatro sujetos heterogéneos pero decisivos dentro de nuestro tema. El periodista José María Calleja trata una vez más acerca del sujeto de las víctimas de la violencia de ETA, colectivo cada vez más numeroso y que reclama para sí un tratamiento diferenciado. Su problemática es particular y exige a la vez la responsabilización de toda la sociedad y de los agentes políticos que la rigen. Este colectivo representa uno de los índices de las secuelas que la violencia va dejando año tras año en nuestra sociedad. El irlandés Paddy Woodworth se ocupa del sujeto de las tramas policiales y parapoliciales vinculadas a la violencia del Estado desde el franquismo hasta el acabamiento de la guerra sucia bien avanzada la transición. La prolongación de las secuelas del franquismo, en tanto a régimen violador de los derechos humanos, dentro del actual régimen, son un hecho meridianamente probado y que en el libro de Woodworth adquiere tintes dramáticos. Una nueva generación de jóvenes se vinculan al ámbito de la cultura de la violencia del MLNV gracias a la impresión dejada por la guerra sucia en pleno régimen democrático. El sindicalista vinculado al sindicato ELA José Miguel Unanue nos ofrece un relato de las relaciones laborales en el País Vasco a partir de la transición. Las vicisitudes del sindicalismo y de la clase trabajadora vasca en el contexto del problema político e histórico general es tratado casi por primera vez. Finalmente, el obispo emérito de San Sebastián, José María Setién, nos ofrece la mirada de la ética sobre la política vasca y, de paso, representa la opinión y la posición de un sujeto de la importancia de la Iglesia vasca respecto a esa política.

 El nacionalismo, el MLNV, los medios de comunicación, Euskadi en general, Navarra, las víctimas de ETA, el GAL, la clase trabajadora, la Iglesia y la ética; todos son sujetos heterogéneos pero referidos a un espacio y a una problemática común. Expresan los muchos compartimentos existentes dentro de este tema.

Legitimación-deslegitimación, construcción inmanente-no inmanente

 Una vez localizados los sujetos o actores que toma cada autor como tema, pasamos a plantear la siguiente cuestión: el valor que otorgan estos autores a cada sujeto, en el doble sentido de su valoración positiva o negativa, de legitimación o deslegitimación del mismo sujeto, o de la perspectiva utilizada para definir cada sujeto, si parte de la intencionalidad de este o se analiza desde el exterior.

Carlos Garaikoetxea analiza al nacionalismo como parte de su propia vida y ejecutoria política. Haber sido presidente del PNV, de EA y lehendakari del Gobierno Vasco en una etapa crucial para la historia de nuestro país no es un bagaje desdeñable, en un contexto, además, donde los políticos nacionalistas muestran muy poco interés en escribir acerca de los acontecimientos que protagonizaron. Su libro constituye la originalidad que tenía que ser normalidad, la de una interpretación fijada de la historia del nacionalismo en el periodo de transición democrática desde la perspectiva nacionalista. Para Garaikoetxea la ejecutoria del nacionalismo, en una época decididamente tormentosa, redundó en la creación de un autogobierno, en la reactivación económica de Euskadi tras la brutal crisis industrial de comienzos de los 80 y significó también la primera reacción cívica en contra de la violencia de ETA. Como se ve, Garaikoetxea considera al nacionalismo como un factor muy positivo para Euskadi.

Antonio Elorza, plantea al nacionalismo y a las ideas y grupos políticos o sociales que lo sostuvieron dentro del contexto del Estado español, del proceso de modernización de este. Los intereses de una determinada clase dominante de ámbito local crea toda una mitología sobre un ente nacional imaginario. Ello da como fruto a una religión política, que es la que crea Sabino Arana, y que se basa en la repulsión de lo español y la violencia. ETA sería la culminación de este proceso. Para Elorza el nacionalismo está genéticamente condicionado a plantear la violencia y la exclusión étnica, por tanto toda forma democrática del nacionalismo sería accidental.

Elorza entiende que es la historia del País Vasco se encuentra dentro de la historia del Estado español (en tanto a formación de dicho Estado español) y que, por tanto, la reivindicación nacionalista vasca no constituiría otra cosa que la superchería política de una elite local que pone trabas a un determinado proceso de racionalización estatal planteando su propio espacio de poder. La valoración de Elorza sobre el sujeto del nacionalismo es muy negativa, ya que lo hace responsable de la enajenación política de Euskadi y de la violencia. Pero su análisis, en lo que se refiere a la definición de la problemática actual, es externo, no toca la historia de ETA y del MLNV y plantea una hipótesis sobre el presente en base a toda la historia de las provincias vascas anterior al surgimiento de ETA. Su historia se para, realmente, en 1936, pero sus conclusiones quieren servir para definir toda la historia presente y para calificar, negativamente, al presente nacionalismo.

El de Josemari Lorenzo Espinosa es un trabajo de carácter más explicitamente político. Su perspectiva es bien sencilla: mirar la historia y las declaraciones del nacionalismo en el periodo de la transición postfranquista, a la luz de la presencia del pensamiento de Sabino Arana. El objetivo político de este texto es demostrar que los actuales líderes del nacionalismo y los actuales partidos PNV y EA han renegado del objetivo de la independencia y que lo único que buscan es un lugar cómodo y beneficioso a la sombra del paraguas estatal español. El sujeto del nacionalismo es valorado muy negativamente, por considerar que participa del ser “estatal” español: “La complicidad del PNV en la construcción de España podrá ser justificada o discutida, pero jamás negada. De todos modos, no se trataba más que de continuar la política de Aguirre, ni siquiera interrumpida por el 18 de julio franquista”. Como se ve, esta teoría choca frontalmente con la de Antonio Elorza, aunque, al contrario que esta, tenga como base declaraciones y documentos de los partidos y los líderes nacionalistas durante la transición política.

 Y surge la pregunta: ¿por qué se da esta preocupación por la actualidad de Sabino Arana por parte de un historiador de los aledaños del MLNV? El libro de Lorenzo Espinosa responde claramente a una coyuntura política concreta (la realidad de la Euskadi tras las elecciones del 13 de Mayo del 2001) y su valoración, negativa, del sujeto del nacionalismo se debe a un objetivo complementario de valoración positiva de otro sujeto, el MLNV, que, dado la ausencia de otras referencias, quedaría como el único representante genuino del nacionalismo sabiniano. El retroceso electoral de Batasuna marca una necesidad insoslayable de plantear una lucha ideológica contra al alternativa nacionalista vencedera en esas elecciones. El mensaje de Lorenzo Espinosa es el siguiente: “Sin el PNV es difícil que podamos ser independientes. Con él, es imposible”. Esta frase recuerda a la que uno de los creadores de ETA, Julen Madariaga, solía repetir según Txillardegi: “La liberación de Euskadi pasa por la destrucción del PNV”. En este caso, la destrucción del proyecto político del PNV y el apropiamiento de sus bases sociales y de sus referencias ideológicas, que es representativo de la historia de ETA, alcanza una formulación puesta al día gracias a este libro.

 En lo referente al actor-sujeto MLNV, Izaskun Sáez de la Fuente y Juan Aranzadi plantean un enlace de esta realidad con la historia del nacionalismo y su influencia en Euskadi. Para ambos autores, la valoración del sujeto del MLNV es francamente negativa. La socióloga bilbaína opina que el MLNV crea un modelo de comunidad cerrada, donde la violencia es un instrumento ritual de cohesión social, una forma desplazada de religiosidad devenida en religión política. Aranzadi piensa que la violencia de ETA es expresión localizada de la ideología democrática occidental, de la lógica cristiana martirial que exige víctimas y que se traduce en esa ideología democrática justiciera.

 Izaskun Sáez plantea, de una forma poco integrada, una doble perspectiva. Hace un análisis inmanente del sujeto MLNV, haciendo uso de su documentación interna más moderna, pero también parte de una hipótesis y de un contexto que no se corresponde con la naturaleza estricta del movimiento, ya que el tránsito de una comunidad religiosa a una comunidad política, que rastrea en el MLNV, plantea cambios cualitativos que muestran los límites del concepto de la secularización aplicado a este sujeto. La propia voluntad política del MLNV queda en un lugar secundario. Lo que constituye un error, al tratar de un sujeto político-militar, donde la dimensión estratégica marca su dinámica. Lo mismo pasa con Aranzadi: la transición del pensamiento religioso al político constituye un tema tan amplio y tan omniabarcante que puede servir para explicar cualquier cosa. Aranzadi, además, plantea un análisis fundamentalmente externo, basado en inferencias, donde la teorización propia del MLNV brilla por su ausencia.

 El libro de Mario Onaindia, en este sentido, es más clarificador. La valoración que hace de la ETA es francamente positiva. Para Onaindia ETA representa, junto con otras realidades políticas y sociales, una nueva forma de antifranquismo, que radicaliza las protestas cuasi testimoniales de los partidos vascos históricos, como el PSOE y el PNV, y va apropiándose de sus bases sociales. Ve el espíritu de ETA paralelo al de otras nuevas organizaciones, como CCOO, que marcan una nueva forma de hacer la oposición desde el interior. Onaindia contempla, también, a ETA como fruto de la gran efervescencia política de los 60, heredera del espíritu guevarista, inmersa en la idea de la revolución mundial que en aquellos tiempos estallaba en tantas partes del mundo. Y concluye: “Por lo tanto, cuanto más solos nos encontráramos, incluso cuanto mayor fuera el rechazo de los sectores burgueses ante nuestra voluntad de lucha, mayor era la evidencia de que íbamos por el buen camino... De esta manera nos convertíamos en la más absoluta negación del sistema, y el resto de las fuerzas políticas o sociales solo podían salirse de la lógica absorbente del sistema en la medida en que colaboraban con nosotros”.

 Para Onaindia ETA surge como ruptura con el nacionalismo del PNV tanto en el terreno de la ideología (muestra a las claras el silencio de los primeros activistas de ETA respecto a Sabino Arana, su propio desprecio personal hacia el y su adhesión a una ideología marxista-leninista) como en el de la organización (pues pertenece al carro de nuevas organizaciones revolucionarias antifranquistas surgidas al calor de la expansión de las nuevas formas de acción revolucionarias derivadas del mayo del 68). Si bien Onaindia omite explicitar algunas cuestiones (el propio papel de ETA de creación de nuevas formas de organización política no armada) plantea una buena explicación inmanente al propio sujeto utilizando su propia autobiografía. La secularización y la raíz religiosa de ETA son dos temas, por ejemplo, a pesar de que fue novicio, que no aparecen por ninguna parte.

 El sujeto de los medios de comunicación es valorado negativamente por parte de Petxo Idoiaga y José Ignacio Ruiz de Olabuenaga. Para Idoiaga constituyen un instrumento de confrontación política: “los medios de comunicación, la mayoría de ellos, sostienen la postura de la división sectaria a la hora de definir y proyectar el conflicto, al componer los discursos y argumentos ante el conflicto. El fondo de su información no es sostener la pluralidad, sino imponer una serie de tesis por encima de otras, y es el antinacionalismo el contenido de esas tesis”.

 Cuando Euskadi se convierte en sujeto sociopolítico, y la perspectiva se amplia hacia una vía concreta de resolución del problema de la violencia y del conflicto político, la valoración tanto de Ramón Zallo como Antoni Batista es francamente positiva. Así como Zallo considera que la transversalidad de las alianzas políticas entre nacionalistas y constitucionalistas se debería de dar desde la aceptación de estos últimos de algún tipo de derecho de autodeterminación, Batista entiende la transversalidad como una necesidad de tipo social, que afecta a la convivencia y a la necesaria estabilidad de una sociedad sometida a los embates de las tormentas políticas. El estudio jurídico de Luis Sanzo, sin embargo, no es tan optimista, y plantea los problemas jurídicos y políticos para llegar a un acuerdo que conjure el riesgo de la fractura social en Euskadi. Luis Sanzo apuesta por el consenso político de los partidos democráticos como solución al problema y por la voluntad política prioritaria para conseguirlo.

 Finalmente, el sujeto de las víctimas de ETA es valorado positivamente por parte de José María Calleja, desde su adscripción personal temprana al mismo. Por tanto, Calleja trata el tema desde su doble condición de periodista y víctima. Considera a las víctimas, y también a sus colectivos, como Basta Ya, como uno de los pocos rasgos de dignidad que le quedan a una sociedad vasca que el no duda en calificar del “enferma”. Mientras tanto, Paddy Woodworth interpreta a el GAL como una enfermedad de la democracia española que, pese a los avances dados, todavía no está completamente curada, en tanto la necesidad de admisión por parte del Estado de las responsabilidades en este tipo de guerra sucia y en tanto no llegar hasta el fondo de esas responsabilidades.

¿Qué futuro construir?

 Como podemos ver, los sujetos-actores así como los autores de sus semblanzas son múltiples y representan la complejidad del problema vasco, lleno de interpretaciones no sólo contradictorias sino absolutamente ajenas entre ellas. El objetivo de construir un futuro, referido a cada uno de los sujetos-actores, es evidente. Garaikoetxea apuesta por una construcción de la nación desde el proceso abierto en 1979 con el Estatuto de Gernika, hacia nuevas cotas de autogobierno. Elorza da su voto por una admisión por la Estatalidad española, en tanto proceso inevitable y deseable, donde las reivindicaciones nacionalistas vascas no pueden tener cabida, al ser incompatibles con la democracia. Zallo plantea la creación de una mayoría autodeterminista que prescinda de la violencia de ETA e integre a Batasuna. Sanzo apuesta por un nuevo pacto político donde participen la mayoría o la totalidad de las fuerzas políticas vascas.

 Se podrían inferir otros tantos futuros en función de los libros que hemos comentado. Pero nuestro análisis para aquí, con la intención de haber dado cuenta cumplida de la variedad y la complejidad que siempre acarrea un problema sangrante como es el que aqueja a nuestro pueblo, con la violencia y el escenario de división política.

  

Recensiones

Sobre las víctimas

 CALLEJA, JOSÉ MARÍA, ¡Arriba Euskadi! La vida diaria en el País Vasco, Madrid, Espasa, 2001, 410 págs. ISBN: 84-239-5694-6.

 No es el primer libro que el periodista José María Calleja dedica a este tema: el de la cotidianeidad de las personas que viven en Euskadi amenazadas por ETA o por sus organismos de coacción. Al igual que los otros anteriores, no constituye una simple crónica personal; es también un alegato político en contra del nacionalismo que incluye a múltiples estamentos de la sociedad vasca dentro del ámbito de la connivencia o, al menos, de la inactividad frente a lo que es la violencia política de la organización armada. Refiriéndose a la Universidad, habla de “los estudiantes que votan al PP y al PSOE pero que, salvo excepciones, apenas se mueven, apenas hacen cosas que tiren de los demás, apenas defienden públicamente, de forma activa, las ideas en que creen” (p. 72). Refiriéndose a la burguesía de Neguri, votante del PP, habla de que “esa porción del poder económico vasco ha sido esencialmente cobarde, muy cobarde” (p. 150). Y sobre la juventud vasca, cita a Edurne Uriarte: “Esta es una generación muerta para la libertad. Los jóvenes vascos están perdidos para la lucha por la libertad en el País Vasco porque están muy confusos y porque están muertos de miedo” (p. 72). Y es que Calleja es de los que no dudan en calificar a la sociedad vasca como “enferma”.

 Este libro, que está escrito tras las elecciones del 13 de mayo del 2001, refleja, en parte, la amargura de la permanencia en el poder de los nacionalistas. Lo que pasa es que, tras las descalificaciones de amplios sectores sociales reseñadas más arriba, la denuncia al nacionalismo se extiende hasta todo el ámbito de Euskadi: “Ser nacionalista en el País Vasco es un buen negocio. Un buen negocio económico y un buen negocio político. Ser nacionalista resulta rentable. Rentable políticamente y rentable económicamente” y concluye: “El gasto público del País Vasco por habitantes es el más alto de España y supone un veinte por ciento más que en Cataluña, un cuarenta por ciento más que en Andalucía y un cien por cien más que en Galicia. El autogobierno es, sobre todo, un suculento negocio para el País Vasco; supone una ventaja económica específica, de la que no gozan el resto de las comunidades autónomas españolas, excepto Navarra; un sistema que pone en ventaja económica al País Vasco respecto del resto de España” (p. 143). La amalgama entre consideraciones políticas de esta laya y la crónica de las víctimas (entre los que se cuentan no pocos nacionalistas, como el propio Calleja señala) resulta contraproducente, pues el objetivo político legítimo del periodista, que es el de dar aliento a los constitucionalistas en su lucha contra el nacionalismo, mella el terrible relato de la autenticidad del sufrimiento de las personas.

 El libro de Calleja se ve recorrido por este componente sectario que, aún y todo, no consigue desvirtuar las verdades que reflejan su atormentada prosa: “No hay un solo sector de la sociedad vasca que no tenga una organización dependiente de ETA metida en su seno (p. 116). O cuando habla, en el caso de la viuda del Guardia Municipal de San Sebastián asesinado por ETA, Alfonso Morcillo, de la soledad de las víctimas, de la incluso exclusión y señalamiento de estas en los ámbitos donde el MLNV conserva su influencia. La instantánea de María San Gil contemplando en un bar, cara a cara, como el concejal del PP Gregorio Ordóñez es tiroteado, o la constancia de que Ernest Lluch fue arrastrado por el garaje de su casa hasta el lugar donde le dispararon y donde se desangró por espacio de dos horas, son estampas que no deben faltar en ninguna historia de nuestro pueblo: el horror de la violencia en las personas que la padecieron y en las personas que tuvieron que acarrear su influencia son un capítulo que necesita de una escritura permanente, si no queremos caer en la caricatura de sociedad que pinta Calleja: una sociedad anestesiada ante el dolor ajeno y cercano, paralizada por el miedo, donde nacionalistas y no nacionalistas pagan el peaje necesario con tal de no ser los próximos objetivos del MLNV. 

 Esta es una imagen falsa, distorsionada y peligrosa de nuestra sociedad, pues reduce la reacción en contra de ETA al grupo de allegados del periodista. Pero es también una imagen posible y futurible, ante la cual es necesario ponerse en guardia.

  

SAVATER, FERNANDO, Perdonen las molestias. Crónica de una batalla sin armas contra las armas, Madrid, El País, 2001, 326 págs. ISBN: 84-03-09232-6.

 El libro de Fernando Savater no es en exclusiva un libro personal sino que incluye la actividad del conocido filósofo dentro del organismo Basta Ya. Desde sus primeras páginas reconoce Savater el objetivo político y “profiláctico” del libro, que es el de “defenderse” del nacionalismo. En realidad, nos encontramos ante un amasijo de textos de diferente naturaleza, la mayoría de ellos artículos periodísticos publicados anteriormente, pero también textos en representación de Basta Ya, como el manifiesto de la primera manifestación del colectivo en San Sebastián y su alocución en el Parlamento de Estrasburgo. Escritos voluntariamente circunstanciales entre los cuales los elementos de reflexión o de observación de un cierto valor permanente resultan muy escasos.

 Y es que el cansancio que reconoce nuestro filósofo sobre el tema vasco, y el impulso puramente moral o ético que dice le empuja a escribir sobre el mismo, se refleja de forma negativa. Para Savater el gran problema del País Vasco es “si Ibarretxe seguirá intentando apoyarse más o menos disimuladamente en el independentismo radical minoritario, cuyo peso efectivo en la sociedad proviene de la violencia asesina de ETA y sus servicios auxiliares, o buscará el acuerdo estabilizador con los partidos no nacionalistas que suman mayor cantidad de sufragios y cuyo único defecto es no contar con el beneplácito de los delirios terroristas. Ése es el verdadero problema político actual, no el de 1839 sino de hoy mismo. Y a fe mía que es un gran problema político...” (p. 230). Es esta recurrencia sobre el nacionalismo gobernante en las instituciones vascas la que hace que el libro de Savater pierda el rigor de una contestación exclusivamente cívica. Por tanto, no nos encontramos sólo ni principalmente ante “una batalla sin armas contra las armas”, sino ante una batalla política en contra del nacionalismo que no utiliza las armas.

 Este es el peor defecto del libro: no se dirige principalmente en contra de ETA sino en contra de una imagen totalizadora del nacionalismo, donde la organización armada también se engloba pero donde el protagonista principal es el nacionalismo gobernante. Nuevamente, la alargada sombra del 13 de mayo, la ocasión perdida del constitucionalismo, brilla como una opción repetible: la solución vendrá, parece decirnos Savater, de la derrota política del nacionalismo. Es más: la propia legitimidad moral de las víctimas, contrariamente a la separación que establece el autor entre ética y política (p. 86), debe tener una traducción política, que es esa derrota: “Dado que las víctimas del terrorismo han sido en número mayoritariamente abrumador no nacionalistas, el camino lógico que aleje de la violencia debe ser el que hace concesiones al no nacionalismo y no al revés” (p. 106).

 Las consideraciones políticas y filosóficas de Savater pertenecen al bagaje de su pensamiento expresado en otros tantos de sus libros. Para el autor, es necesaria una reconversión democrática del nacionalismo (“el nacionalismo vasco no lo será –democrático- hasta abandonar el mito del pueblo oprimido y distinguir claramente entre derechos irrenunciables y proyectos políticos” p. 88), aunque, más adelante, considere tal posibilidad como algo muy remoto, dado su carácter intrínsecamente  regresivo (la España de los nacionalismos no es un perfeccionamiento pluralista de la España de las autonomías sino el regreso invertido a la homogeneización franquista pero a escala regional: el “una, grande y libre” en calderilla” p. 201).

 Y es que el definitivo defecto de este libro de batalla consiste en el desajuste entre la talla filosófica de Savater, su nivel intelectual indudable, y su reflejo paupérrimo en la circunstancialidad de sus glosas acerca de la situación del País Vasco y del nacionalismo. Las complejidades, los matices, de la situación sólo se traslucen en momentos muy puntuales, en los que, por ejemplo, Savater contempla la connivencia o comprensión de cierta izquierda o de personalidades progresistas como Darío Fo con la violencia de ETA (p. 37). Pero estas evidencias no son suficientes como para relativizar su tópica retahíla acerca de etnicismos, sociedades cerradas y sacralizaciones ancestrales.

  

Sobre ETA y el MLNV

SÁEZ DE LA FUENTE ALDAMA, IZASKUN, El Movimiento de Liberación Nacional Vasco, una religión de sustitución, Bilbao: Desclée De Brouwer-Instituto Diocesano de Teología y Pastoral de Bilbao, 2002, 312 págs. ISBN 84-330-1664-4.

El libro de la socióloga Izaskun Sáez de la Fuente constituye un trabajo a caballo entre la investigación sociológica, el análisis histórico y la proyección de la imagen del MLNV en función de una hipótesis reflejada en el prólogo: “el que la izquierda abertzale haya funcionado desde su nacimiento, como una comunidad creyente con su propia doctrina, su sistema de valores y referentes de legitimación y sus mecanismos de socialización y de reproducción intergeneracional” (p. 29). A pesar de su parte histórica y a pesar de que no desdeña los aspectos políticos y estratégicos del movimiento, la autora se centra principalmente en el universo simbólico que acompaña al MLNV ya que, según ella, es la fuente de su convicción última. Las referencias simbólicas, los rituales, la transferencia de sentimientos de una época y de una organización a otra, la nueva cotidianeidad, la sustitución de valores: estos son los temas comunes que encuentran en el trabajo de la socióloga bilbaína una nueva formulación.

 El libro consta de dos partes bien diferenciadas. En la primera parte se plantea un ver general y metodológico del problema en función de dos temas: la formulación del nacionalismo en las sociedades modernas y las vicisitudes de la transferencia y transformación de lo religioso con el surgimiento de este fenómeno. Esta parte, como dice la autora, “culmina con una conceptualización de la nación en términos de identidad y de poder, sitúa el factor identitario su potencial transcendente y clasifica los nacionalismos según el criterio de la relación existente entre religión nacional y religión sobrenatural para encuadrar en modelo de la IA (izquierda abertzale)” (p. 29). Se trata de comprobar como los aspectos que antes eran monopolio de la religión o de la Iglesia (el carisma, el ritual, el dogma, la calificación de hereje, la definición de pureza, la doctrina moral o código de normas) son aprehendidos por las realidades políticas surgidas de los nacionalismos, que son considerados por ella como “el rostro moderno de la religión”. “La idea de comunidad religiosa se transforma en comunidad nacional” (p. 61). La autora describe un marco conceptual basado en las aportaciones de la sociología weberiana y durkheimniana, dándoles valor universal.

 La parte, a mí entender, más valiosa del libro, es aquella que se dedica a analizar la evolución del MLNV respecto al nacionalismo histórico (PNV o EA) en términos de cuestionarios sociológicos. En esta parte, la autora analiza tres aspectos: la vinculación con la religión cristiana o católica y/o sus valores religiosos; la perspectiva de izquierda/derecha, revolución o no, uso o no de la violencia y de formas ilegales de actuación; y, finalmente, los niveles de adscripción o identificación respecto a lo vasco y a sus rasgos culturales (euskara) o políticos (autodeterminación, estatuto). La socióloga muestra de forma palpable la línea de separación entre las bases sociales del MLNV y del nacionalismo histórico en la mayor parte de las cuestiones. Es decir: que “la comunidad creyente” que ella dice formar el MLNV se encuentra, a nivel social y político, en ruptura y separación respecto al nacionalismo histórico.

 El aspecto más flojo del trabajo de Sáez de la Fuente lo constituye su intento de compatibilización entre esa hipótesis, la de el MLNV como comunidad de creyentes, y la estrategia y la ideología marxista-leninista que posibilita la creación de un movimiento como el que nos ocupa. Por ejemplo, cuando la autora afirma que la autodisolución de HASI, partido de KAS, en 1992, “tiene lugar en el momento en que se erosionan gravemente los principios marxistas que habían inspirado, en un sentido amplio, su creación e inserción dentro del movimiento”. Y para demostrarlo nos trae esta cita: “[el marxismo], plenamente vigente para ayudarnos a comprender la naturaleza de las diferentes contradicciones que recorren a nuestro pueblo, precisa no ser interpretado en clave lineal (...) y estar abierto a innovaciones de muy diversa índole (...) la eliminación de etiquetas, adjetivos y calificativos (...) son ejemplos significativos de este enriquecimiento teórico”. La socióloga vizcaína interpreta la remodelación y readecuación del marxismo a un mundo post-socialismo real como una dejación de principios, en contradicción flagrante con su propia cita. No es este el único ejemplo de contradicción. El MLNV queda, así, planteando desde un modelo estático, que entra en contradicción con la dinámica de constante adaptación y remodelación que le ha caracterizado desde su nacimiento.

  

SÁNCHEZ-CUENCA, IGNACIO, ETA contra el Estado. Las estrategias del terrorismo, Barcelona: Criterios-Tusquets, 2001, 269 págs. ISBN 84-8310-783-X.

 Esta obra pertenece a un género que, a principios de la transición o a fines del franquismo, tenía gran aceptación y que luego la ha ido perdiendo: el análisis estratégico de ETA. Los trabajos que en aquella época tocaban ese tema eran de carácter político, referidos al periodo de efervescencia que acarreaba la transición. El de Sánchez-Cuenca investiga la estrategia de ETA, añadiendo su propia perspectiva política. Se trata de un trabajo a caballo entre este género y el análisis histórico, habida cuenta que el autor es historiador académico.

 Dos son, a nuestro entender, las aportaciones más relevantes del trabajo; la primera, el esfuerzo de racionalizar desde una perspectiva de estrategia la violencia de ETA; ello lleva al autor a desechar gran parte de las teorías que se han elaborado acerca de la organización armada en tanto declarar que el fin político de la organización no es el prioritario; su crítica a estas teorías resulta muy positiva, al localizar el elemento de estrategia política que se estaba arrumbando en función de ideas sobre ETA que rozan lo descabellado. Segundo, la metodología que usa para dar convicción a la admisión de esta racionalidad, la teoría de juegos, permite plantear esa hipótesis desde los parámetros de un modelo de objetividad, que sirve para la guerra, para el comercio y para el juego, y comprobar hasta que punto una evolución supeditada a los vaivenes de  los tiempos y a los matices de las situaciones particulares puede encuadrarse dentro de esa teoría objetiva.

 El libro consta de numerosos diagramas, esquemas y periodizaciones mediante los cuales pretende abstraer de lo concreto una esencia continua y verificable de un camino proseguido. En el apéndice B del libro se recoge el modelo formal de guerra de desgaste según Fudenberg y Tirole (p. 258-9). Se trata así de plantear diferentes modelos de estrategias, con sus graduaciones y estadios intermedios, y hacerlos moverse en una combinatoria que de un resultado plausible.

 La teoría de Sánchez-Cuenca se basa en el seguimiento de la estrategia de “guerra prolongada y de desgaste” de ETA a lo largo de su historia: “ETA no busca la negociación con el Estado, sino que el Estado desista. El asunto de la negociación es totalmente secundario y no refleja la lógica que subyace en la guerra de desgaste que enfrente a ETA con el Estado” (p. 108). Esta estrategia continuada a llevado a que “cada nueva etapa ha marcado un retroceso en las expectativas y aspiraciones de la organización terrorista” (p. 49).

 Si bien este libro posee aspectos muy positivos (sobre todo poner en el centro de la cuestión la racionalidad de la estrategia política de ETA) también tiene lagunas evidentes. El autor analiza a ETA desgajado del conjunto del MLNV. Por tanto, al tratar de calibrar el efecto de su estrategia pierde la perspectiva de la acción política que llevan los organismos políticos y sociales del movimiento y que va a la par de la acción militar, y política, de la organización armada. La teoría de los juegos, si bien tiene la virtud de plantear un juego de fuerzas, no se corresponde con la teorización estratégica inmanente a ETA, cuya alusión a la “guerra prolongada y de desgaste” es derivación de la metodología de la “guerra popular” aceptada y llevada por la organización armada desde su V Asamblea y que a su vez se deriva de las teorizaciones político-militares de Mao Zedong. Su análisis del proceso de Lizarra también es erróneo. Mientras ve una incoherencia entre la etapa marcada por la ponencia Oldartzen (1993) y el proceso de Lizarra (1998) la propia ETA ve una continuidad entre ambas. ETA ve la tregua como un medio de concreción de su Alternativa Democrática, mediante iniciativas parainstitucionales como Udalbiltza y mediante acciones de movilización en la base con PNV y EA, al contrario de lo que dice nuestro autor. Sánchez-Cuenca piensa que si el PNV y EA hubieran aceptado la propuesta de ETA de agosto de 1999, la tregua se hubiera prolongado. Lo que pasa es que no tiene en cuenta la propia naturaleza de la propuesta, que, desde sus coordenadas de maximalismo aparentemente nacionalista (el inicio de un proceso constituyente para los 6 herrialdes de Euskalerria) estaba hecha para ser rechazada y para justificar un retorno a la lucha armada.

 Todo ello hace que Sánchez-Cuenca agote su análisis precisamente en el momento en que ETA rompe la tregua e reinicia su andadura. “Por primera vez en su larga historia, ni ella misma sabe muy bien qué pretende conseguir con sus crímenes. En principio, esto es un síntoma de una pronta desaparición. No obstante, sería demasiado arriesgado asegurar que el fin de ETA se producirá en breve”. El autor proyecta su perplejidad ante el nuevo escenario más que reproduce la estrategia de ETA. En definitiva, la impotencia de su propia hipótesis para adaptarse a la realidad que pretende describir.

  

DOMÍNGUEZ, FLORENCIO, Dentro de ETA, la vida diaria de los terroristas, Madrid, Aguilar, 2002, 305 págs. ISBN 84-03-09276-B.

 Este libro constituye una crónica de las diversas historias de las personas que forman parte de la organización ETA en la actualidad. Es un relato general de diferentes relatos personales. El autor ya escribió otros dos libros de diferente carácter aunque referidos al tema: ETA: estrategias organizativas y actuaciones, 1978-1992, y De la negociación a la tegua, ¿el final de ETA?. El primero de ellos constituye un sumario de la historia de la organización y el segundo su corolario en forma de hipótesis política.

 El libro no tiene bibliografía ni recuento de fuentes, aunque en la contraportada se nos habla de que “penetra en el interior de la organización terrorista a través de documentos de los propios etarras –informes secretos de la organización, cartas intercambiadas entre activistas, diarios personales... muchos de ellos inéditos, redactados con un alto grado de sinceridad y espontaneidad”. En efecto: desde el ordenador incautado a José Luis Alvárez Santacristina, Txelis, Jefe Político de ETA en 1992 –que poseía más de 40.000 folios- hasta el diario de la militante de ETA Begoña Sánchez del Arco –fragmentos de los cuales ya había aparecido en la prensa- donde cuenta la vida de los militantes “quemados” de la organización, todo tipo de documentación interna y personal es utilizada. Dice el autor: “La columna vertebral  de ETA no son las armas ni el ardor guerrero, sino el papel (p. 217). Y es que ETA constituye principalmente un ente burocrático, un gestor de una determinada actividad, en este caso la lucha armada, para la cual la comunicación interna y externa posee un extraordinario valor. No olvidemos tampoco la vocación de “administración paralela” que posee ETA. El ordenador incautado a Txelis, “contenía una parte considerable de archivos de contenido político, listados de empresarios sometidos a extorsión, correspondencia interna de la banda terrorista, material propagandístico, listados de atentados, cartas personales, etc (p. 226).

 Además de los diarios y de textos políticos e ideológicos, caben destacar los intercambios de cartas de diversos militantes con la cúpula de la organización (en el caso de Urrusolo Sistiaga, en el caso de Carmen Guisasola) donde mejor podemos medir el pulso humano que recorre las comunicaciones internas –con su exigencia implacable de crítica y autocrítica- y los textos alucinantes donde el militante de turno, enloquecido por la presión de la vida en la clandestinidad, da cuenta de su paranoia. De todas maneras, el uso de tal corpus bibliográfico resulta bastante limitado y, sobre todo, centrado en el tema del libro: la vida cotidiana del militante de ETA.

 Este libro posee la visión más reciente que tenga noticia de la vida interna de la organización, de sus personas relevantes y de su dinámica. Decir que nos pone al día sería exagerar, ya que cabe decir que se nos narra la penúltima hora de la organización. La entrada de la nueva militancia de la kale borroka, la reorganización de ETA durante la tregua y los nuevos usos para la etapa de ruptura de la tregua, no tienen apenas cabida en el libro. Pero hay una serie de cuestiones que poseen valor permanente: el papel de la cúpula, las formas de organización derivadas de los partidos comunistas clásicos (la cooptación, la crítica y la autocrítica...), los contactos internacionales (que dejan en mal lugar la teoría del nazismo de ETA), etc.

 La visión de la cotidianeidad de la organización armada está contrastada con una numerosa e inédita documentación que capta a la perfección el pulso de las relaciones personales dentro de la misma. Es coherente, también, con otros testimonios, como el de Soares Gamboa, y la imagen que se deriva de ello es muy poco atractiva: una organización con doble rasero para los militantes de base y los de la cúpula, con un uso de la disuasión interna permanente, con una preocupación por su base militante, ya en la cárcel ya fuera del circuito del activismo, muy precaria. Y, además, resulta que no existe épica alguna, ya que ETA es una máquina burocrática, una red de mensajes, un cruce de instrucciones y de documentos, con todas las lacras de administraciones llevadas en condiciones de clandestinidad.

 Dos son, a nuestro entender, los puntos críticos más evidentes: 1) Plantear a ETA fuera del MLNV, del círculo de adherentes que se vislumbra, pero no se ve, de solidarios, madrassas, gaztetxes, y grupos de Jarrai de donde sale la militancia y los grupos de apoyo; en fin, el cosmos social del que deriva ETA y su ajuste con la estrategia y la militancia general del MLNV. 2) Plantear a ETA como a una organización chapucera. ¿cómo es posible que haya sobrevivido tanto e influya tanto en la sociedad vasca y en la política española si es así? Lo que habrá que ver es como es posible que una organización tan sujeta a los fallos y a las caídas pueda seguir manteniéndose. Y está claro que si no es por la existencia general del MLNV y por la estrategia que plantean no sería así.

 Florencio Domínguez subestima el carácter ideológico y estratégico de la organización, sin el cual la pura descripción de su funcionamiento puede reducirse a una visión de anecdotario. ETA tiene en su haber el éxito de continuar llevando su lucha armada durante unas cuantas décadas y, además, de tener al lado todo un conjunto de organismos políticos y sociales que hacen de apoyo logístico, político y moral. Omitir toda esta realidad deja coja la visión, por otro lado útil y remarcable, que aporta este libro.

 

 ONAINDIA, MARIO, Memorias (1948-1977), Madrid, Espasa, 2001, 636 págs. ISBN: 84-2939-5461-7.

 Estas memorias de Mario Onaindia constituyen un ejercicio peculiar. Nada más largo que el viaje ideológico que le lleva desde la cúpula de ETA y desde uno de los partidos derivados de la misma a la dirección del PSOE. Onaindia, sin embargo, razona en estas memorias como si lo hiciera desde la estricta contemporaneidad de lo que va narrando. Es un testimonio interesante, pues contrasta de forma viva con los análisis de muchos de los académicos que tratan el tema.

 En primer lugar tenemos a un Onaindia que en su casa nunca había oído hablar de Sabino Arana, pese a tratarse de una familia nacionalista (p. 180). La referencia nacionalista era José Antonio Agirre, el lehendakari en el exilio, el lehendakari que lideró al Gobierno Vasco durante la Guerra Civil. Su actividad en el campo de la agitación nacionalista (perteneció a Euzko Gaztedi, organización juvenil del PNV) y el sindical, le lleva a cuestionar las dos referencias históricas de la política antifranquista, al PNV y al PSOE, por considerar que mantenían una mera política testimonial de ver morirse al régimen. El joven Onaindia queda prendado por los nuevos sujetos surgidos en el interior de Euskadi, CCOO y ETA, que son más combativos, y que, sobre todo el segundo, contemplan una estrategia de destrucción del propio régimen: “Aquella gente de ETA andaba buscando otra Euskadi y, encima, se estaba jugando el pellejo en esta tarea porque a la vez habían encontrado la respuesta a la cuestión fundamental: como combatir al franquismo durante todos los días de nuestra vida... Cualquiera que intentara vender la expectativa de que el régimen pudiera evolucionar de una manera tranquila a la democracia no solo era un estúpido, sino que se convertía en cómplice de la dictadura franquista” (p. 229-30). En toda esta reflexión coincide con otras análogas contemporáneas expresadas por José Antonio Etxebarrieta y otros líderes de la organización. ETA surge como un modo específico de acción en contra del régimen de Franco, un modo que busca un vuelco revolucionario en la situación y que se aleja de los partidos históricos por esa misma determinación. Y se acerca a las nuevas formas de acción antifranquista, como la que llevaban las recién nacidas CCOO, con las que ETA pactó una colaboración en el terreno sindical (p. 250).

 Tal determinación tiene su referencia internacional en las luchas revolucionarias que iban extendiéndose a lo largo de la década de los 60. Para Mario Onaindia, así como para ETA, el Che Guevara fue esa referencia, ese ejemplo humano que había que seguir: la demostración de que la revolución no era un ente previsible sino fruto del sacrificio de las personas por esa idea en cualquier parte del mundo en que se encontraran (p. 252-6). A todo esto, cuando Mario Onaindia entra en ETA el nombre de Sabino Arana ni se menciona y se plantea claramente su naturaleza marxista-leninista con motivo a su V Asamblea (p. 248-9). Y es que en toda la reflexión de Onaindia oímos vibrar el antiguo concepto marxista de la primacía de la práctica, la práctica como determinación de destruir lo estatuido. El voluntarismo de ETA, razona Onaindia, era lo más revolucionario en un mundo donde las determinaciones estaban castradas: “las revoluciones siempre habían estallado como excepciones y no como la regla” (p. 321). Hablamos del periodo de estabilización del franquismo, su calma chicha, el momento que media entre el fin de la represión de la postguerra y de la etapa ideológica del régimen y los fulgores del final del franquismo, cuando este puso en marcha toda su maquinaria represiva merced a la agitación política en la que ETA tendría un papel primordial. Escuchémosle: “Nuestro sacrificio, nuestra propia muerte era la razón última que legitimaba y justificaba nuestra postura. Podíamos pedir e incluso exigir sacrificios a la gente porque nosotros éramos los primeros en sacrificarnos. Y nuestro sacrificio llegaba al máximo al que puede llegar un revolucionario. En un doble sentido, en primer lugar, porque estábamos dispuestos a entregar nuestra vida. Y en segundo lugar, porque nos entregábamos por algo que para un revolucionario podría ser más valioso incluso que la vida pero que a nosotros, en cuanto rebeldes, nos mostrábamos dispuestos a entregar en aras de la libertad del pueblo: nos inmolábamos para que el propio pueblo despertara y tomara en sus manos sus destinos, los cuales nosotros no nos atrevíamos a cerrar, ni siquiera a determinar (...) El propio término “terrorista” no sonaba mal a nuestros oídos... Al contrario, para mí, al menos, tenía una connotación precisa: la proveniente de los grupos rusos que con su sacrificio prepararon el camino y las condiciones sociales para que surgieran los bolcheviques”.(p. 252-6).

 Onaindia comenta también la admiración que sintió, con algunos compañeros de ETA, en la contemplación del filme del Doctor Zhivago, por la figura arquetípica del revolucionario comunista, Strélnikov, aquel que, en la novela de Boris Pasternak, llega a decir algo tan parecido a lo de Onaindia: “Hemos tomado la vida como una campaña militar, hemos removido montañas por aquellos a los cuales amamos. Y, aunque sólo les hayamos aportado infortunios, no les hemos inferido ninguna ofensa porque, si son mártires, nosotros lo somos más que ellos.”.

 Los esfuerzos de la organización armada se encauzaron por dos caminos: crear organizaciones civiles y políticas más allá de la lucha militar y en complementariedad con esta y provocar, con las acciones armadas, las respuestas represivas del régimen, de tal manera que tras cada oleada represiva afluían los militantes a ETA. El Juicio de Burgos fue la culminación de este proceso. Nos enteramos, también, que la campaña por el Frente Abertzale lanzada por ETA en 1970 “no tenía más finalidad (...) que generar un ambiente político propicio para facilitar la fusión de ETA y de las juventudes del PNV sobre la base de la V Asamblea(p. 452). Es decir: el PNV (y también los seminarios, los grupos parroquiales, las escuelas sociales, etc) constituían auténticos “grupos cebadores”, organizaciones de las que se recababa militantes, que engrosaron no sólo a ETA, sino a la miríada de grupúsculos revolucionarios surgidos a fines del franquismo, como por ejemplo la ORT (p. 394).

 ETA, pues, no era una organización sabiniana o aberriana o una especie de grupo religioso laico sino una organización revolucionaria con todas las de la ley que pretendía acometer la gigantesca labor de la Revolución Mundial en este rincón del planeta. Sus militantes eran el trasunto del nuevo hombre, que sacrificaba y se sacrificaba en aras a una nueva sociedad. Nueva sociedad que, evidentemente, nada tenía que ver con la “democracia burguesa” surgida tras el franquismo. Pero en ese mismo momento termina Onaindia su crónica. Y ETA, pese a esa democracia burguesa, ha seguido matando.

  

 ARANZADI, JUAN, El escudo de Arquíloco: sobre mesías, mártires y terroristas, Madrid: Vísor, 2001.2 vols.

 Esta obra de Juan Aranzadi es grande, tanto en tamaño físico (más de mil páginas), como en la ambición que la anima (ni más ni menos desentrañar el origen sacral de la violencia en las sociedades democráticas occidentales). Es un libro con diferentes niveles biográficos, históricos, antropológicos y filosóficos. Su obra anterior, “El milenarismo vasco”, participaba también de ese carácter híbrido. Uno de los temas fundamentales del presente es el de la relación de ETA con la historia vasca y el origen de su violencia: “el papel determinante que juegan la “martirio-lógica” cristiana, la Iglesia Católica, la familia tradicional vasca, la mitología fuerista y la Antropología Vasca en la génesis y legitimación del racismo abertzale y del terrorismo etarra” (Vol. 2, p. 14). No resulta una tesis novedosa: Antonio Elorza plantea una secuencia histórica y temática de parecida extensión. Pero Aranzadi proyecta su teoría a una escala casi inabarcable; el fundamentalismo cristiano americano, el semitismo sionista, el antisemitismo sionista, el antisionismo semitista, Moses Hess y su mesianismo comunista, el milenarismo vasco, todos poseen la raíz común del milenarismo utópico, que trata de imponer al mundo su sueño de renovación total y que por ello propugna una suerte de violencia sacral: “el Mito de la Revolución como secularización del Mito del Milenio y, más en general, las raíces religiosas (cristianas) de la Modernidad(p. 95). Llegados a este punto no podemos seguir al autor y nos limitamos a plantear una serie de observaciones acerca del tema vasco y de la naturaleza de ETA y del MLNV.

 Para Aranzadi ETA es fruto del proceso de secularización que se dio en Euskadi y en España durante los años 60: “es el profundo proceso de secularización “protestante” y milenarista que en los sesenta y setenta se produce en amplios sectores de la Iglesia española y vasca y que permite ver un elevado grado de continuidad entre el cristianismo post-conciliar y las organizaciones revolucionarias que surgen o se renuevan en esa época” (p. 73). Como se ve, enmarca a ETA en la efervescencia de los grupos revolucionarios surgidos durante aquellos años y no sólo en Euskadi, sino en todo el Estado español. Lo que pasa es que en Euskadi, la existencia de una comunidad nacionalista reprimida políticamente por el franquismo y la pervivencia de una mitología foral y una ideología de la pureza racial impulsan la tal secularización por el camino de la violencia, que es contemplada por nuestro autor como pura confirmación, autoafirmación, de realidad de tal comunidad nacionalista (p. 516): “La violencia constituye el acta de nacimiento de ETA y su uso exclusivo y permanente mecanismo de auto-afirmación. ETA no es una organización política que practica la violencia sino un grupo armado que racionaliza políticamente sus acciones violentas” (p. 523). La violencia de ETA es “testimonial, expresiva, identitaria, suicida incluso, que no tiene más finalidad objetiva que la propia perduración de la organización y de su lucha armada como encarnación paradigmática de la Patria y como llama sagrada en que perdura la promesa de su independencia futura” (p. 643). Si bien Aranzadi admite también la existencia de un cálculo político-estratégico dentro de la planificación de la violencia es aquel ingrediente, el simbólico-ritual, el más importante.

 Esas dos perspectivas (la que afirma la violencia como puro alegato metafísico, como confirmación subjetiva de la realidad, como creadora de comunidad y de los mártires, y la que la plantea como fruto de una estrategia con fines políticos más o menos conseguibles) resultan, en la práctica, inconciliables. Afirma Sánchez-Cuenca: “...la propia supervivencia de la organización no puede transformarse en el fin principal. En este caso, la supervivencia es un subproducto, ya que si se persigue deliberadamente deja de ser factible”. Y también afirma:ETA sólo puede reproducirse si conserva la esperanza de ganar su peculiar batalla política”. Y es que ETA no es un actor único: también tenemos a los restantes organismos del MLNV que no se pueden mantener en pie por la simple constancia de una autoafirmación sino, como bien señala Sánchez-Cuenca, por la confianza en una victoria política. Aranzadi reconoce que, más allá de 1972, su conocimiento de es ETA de segunda mano (p. 92) y que sus certidumbres ya no son tan ciertas.

 El libro de Aranzadi resulta más valioso cuanto más circunstancial, cuanto más alejado de sus tesis centrales. El aspecto autobiográfico no es nada desdeñable. Relativizando la propia naturaleza impositiva de ETA, Aranzadi afirma la naturaleza no democrática de la mayoría de la oposición al franquismo y de los cuadros intelectuales que se derivaron del mismo, entre los cuales, en un jocoso ajuste de cuentas, incluye a personalidades como Savater, Félix de Azúa, y a el mismo como profesores de Zorroaga a principios de los 80 (“en general, la atmósfera intelectual que en Zorroaga predominaba –herencia en gran medida del Vicennes post-sesentayochista- era más un caldo de cultivo de cualquier “radicalismo subversivo y transgresor”, incluido el abertzale, que una “comunidad de diálogo” promotora de valores democráticos” p. 124). También da cuenta de un dato tan convencional y olvidado como la admiración que sentía la mayor parte de la izquierda antifranquista hacia ETA y sus acciones (p. 85) y la admisión de que las razones en contra de ETA no eran morales, ya que la legitimidad al recurso a la violencia revolucionaria se encontraba universalmente extendida (p. 83).

 Respecto a la propia organización Aranzadi recoge bien el hecho de que ETA provoca deliberadamente, mediante su violencia, la represión franquista en el momento de la estabilización económica y política de este. Sus testimonios de primera mano acerca de la organización armada coinciden con el relato de Onaindia: la ETA que yo conocí (las ETAs que yo conocí) entre 1968 y 1972 despedía un inequívoco tufo cristiano-milenarista y estaba más obsesionada por los revolucionarios cantos de sirena de Fanon, Guevara, Mao, Lenin y Troski que por las patrióticas voces ancestrales de Chao o Sabino Arana, e incluso de Krutwig o Txillardegui (p. 91). Y finalmente: “en 1968 el etarra que me contactó en Salamanca deseoso de ganar respetabilidad ante la “izquierda española”, juraba y perjuraba que muy pronto iba ETA a declararse marxista-leninista y que el nacionalismo era sólo un medio de atraer a las masas vascas a la Revolución Internacional(p. 75).

  

REINARES, FERNADO, Patriotas de la muerte, quiénes han militado en ETA y por qué, Madrid, Taurus, 2001, 207 págs. ISBN 84-306-0350-6

 El trabajo del sociólogo Fernando Reinares constituye uno de esos libros académicos que periódicamente ponen al día el testimonio de los que fueron antiguos militantes de ETA. Su ámbito de recolecta de datos resulta impresionante: “se trata de una muestra que incluye a cerca de la mitad del total de los militantes etarras reclutados entre el inicio de los setenta y el final de los noventa” (p. 15). Para Fernando Reinares, antes de comenzar con la exposición de testimonios, resulta claro y nítido la inclusión de la ideología de ETA dentro de las “ideas esenciales de un nacionalismo étnico y excluyente, combinadas en ocasiones con conceptos rudimentarios del marxismo(p. 13), o de “los designios de un nacionalismo étnico y excluyente, de pasamontañas y txapela(p. 16). Como más adelante veremos, los problemas de casar dos coordenadas ideológicas aparentemente antagónicas como son ese “nacionalismo étnico excluyente” y los “conceptos rudimentarios del marxismo” se muestran de forma clara en las propias declaraciones de los militantes de ETA a los que entrevista.

 Por lo demás, la sistemática que plantea Reinares parece bastante tópica. Oscila entre las imputaciones de “machismo” y de “juvenismo” –en tanto al trato de inferioridad que se les reserva a las mujeres en ETA, en tanto a la pulsión adolescente, derivada de la socialización peculiar del joven que impulsa a la vida en clandestinidad- y la exploración y actualización de ideas tradicionales sobre la organización, como son la influencia de las ikastolas (p. 67) o la influencia del clero (p. 65), aunque las primera no se vea contratada por ningún dato, ni siquiera alguna prueba verbal de sus testimoniantes, y la segunda se vea avalada por el testimonio probatorio de un viejo militante de los años setenta, que afirma que “incluso se guardaban cosas en algunas iglesias”. También contrapone el hecho de que la mayor parte de los militantes abandonan la profesión de fe religiosa una vez alcanzan su militancia (p. 62). El “racismo” de los militantes de ETA, basado, según el autor, en la “exaltación genética y cultural de las pretendidas diferencias entre vascos y españoles” no tiene otra base que la propia extrañeza del autor de que puedan existir esas “pretendidas” diferencias y los juicios de valor de esos militantes que afirman que “somos totalmente distintos” (p. 164).

 Trata, además, de forma superficial, el tema de las relaciones internacionales de ETA, la relación de algunos militantes con el narcotráfico, la influencia de la acción policial y, en especial, de la tortura, de cara al reclutamiento de los militantes, los sentimientos que impulsan a matar, etc. Incluso en un texto tan convencional, gracias al trabajo de campo de esos testimonios, somos capaces de llegar al dato agudo y expresivo, como es el de las despersonalización de las víctimas que iban a convertirse en objetivo, con el ejemplo de un militante de ETA que secuestró y convivió amigablemente con un empresario al que posteriormente mató: “pues éste era un gran empresario y en su taller estaban en huelga y tal; y entonces.. pues justificas perfectamente. Y no eres capaz de ver... Yo creo que no eres capaz de ver la persona ¿no? Y si no la ves, no sufres, claro” (p. 99). Ejemplo perfecto de cómo por medios ideológicos se puede cauterizarse la sensibilidad humana ante la comisión de un asesinato.

 En el tema ideológico Reinares muestra los testimonios por los cuales estos militantes consideran útil la violencia, como en el caso de la paralización de la central nuclear de Lemoniz (p. 93), o en el de las negociaciones laborales. También se nos da noticia de que es a las puertas y entrando en la transición democrática cuando las diversas ramas de ETA alcanzan su máxima popularidad y “en torno a 1978 cuando se registra el mayor número de ingresos” (p. 105).

 En el tema de la relación entre el marxismo rudimentario y el nacionalismo étnico Reinares se encuentra en la constante obligación de contradecir o relativizar los testimonios de sus informantes, que dejan bien claro que sus textos de formación política son marxistas (p. 75, 81-2) y que, en algunos casos, su idea principal es el marxismo y no el nacionalismo (p. 170). Refiriéndose a ejemplos recientes, algunos informantes llegan a destacar “la tendencia a implicarse en actividades de violencia antisistema, consideradas delictivas incluso, como forma de expresar un desconcierto que, por cierto, ni siquiera procedería de eventuales agravios padecidos como nacionalistas vascos” (p. 47). Y repite, dentro del ámbito juvenil del MLNV y, concretamente, en el de kale borroka, la existencia de “una verdadera contracultura de valores antisistema y totalitarios” (p. 84). La imagen simplista de un “nacionalismo étnico, excluyente y con txapela” queda así seriamente contradicha.

 El libro de Reinares aporta algunos testimonios valiosos, aunque no plantee una división nítida entre las tres etapas históricas que definen los diferentes tipos de militancia de ETA, a saber, los sesenta y los setenta, los comienzos y mediados de los 80 y los finales de los 90. Militancias diversas, adscritas a problemáticas políticas coyunturales diferentes, y cuya diferenciación nos hubiese dado una imagen más dinámica y real de la organización, que en este trabajo, por la perspectiva del autor, aparece demasiado anclada en sus rasgos más convencionalmente tópicos “de pasamontañas y de txapela”.

  

Sobre los medios de comunicación

 RUIZ OLABUENAGA, JOSÉ IGNACIO, Opinión sin tregua. Visos y denuestos del nacionalismo vasco 1998-1999, Bilbao, Fundación Sabino Arana. 144 págs. ISBN: 84-88379-49-8.

 Como suele ocurrir con el nuevo conocimiento científico, en el que muchos de los nuevos logros suelen venir determinados por unos intereses concretos, el análisis que en este país se suele hacer del conflicto que vivimos suele estar determinado por el interés de cada facción. Aunque, esto es achacable tanto al nacionalismo clásico como al, recientemente denominado,” constitucionalismo”, es este último el que con mas magnitud ha caído en la contradicción de defender un único “estatus”  político posible con el pretexto de  ser la única defensa que queda ante el nacionalismo: un sistema que, supuestamente, solo acepta aquello que pertenece a su mundo y aniquila todo lo demás.

 En este libro, José Ignacio Ruiz Olabuenaga recoge en forma de denuncia algunos de los ejemplos más significativos de cómo el bando no nacionalista, ante las expectativas de solución que abría la tregua, aún sin verdadera intención por parte de ETA, satanizó al nacionalismo. El autor analiza algunos ejemplos significativos de cómo teóricos y creadores de opinión, con un discurso carente de análisis y con clara intención de negar al adversario, han contribuido a crear este estado de enfrentamiento total que conocemos en la actualidad. En este libro el autor se vale, principalmente, de dos conceptos para analizar la forma con que el “antinacionalismo”, que, muchas veces es “nacionalismo español” ha vilipendiado al nacionalismo vasco: el “viso” y el “denuesto”. El viso, aplicado a este campo, viene a ser algo así como la resultante de un análisis superficial, caricaturizado y de nivel pre-racional orientado a persuadir a los demás. El denuesto la aplicación de lo anterior desde la condena emocional y sin ningún juicio crítico.

 Lo que el autor pretende con este trabajo es dar cuenta de las principales críticas recibidas por el nacionalismo, durante el periodo de tregua de ETA, siempre bajo la impronta del “viso” y mediante el “denuesto”. Pretende ilustrar como los principales comentaristas políticos de los medios escritos de mayor relevancia, - con la sorprendente omisión por parte del autor de los comentaristas de “ El Diario Vasco”-, han tratado al nacionalismo como una ideología peligrosa que hay que eliminar. También da ejemplos de discurso basado en la falta de rigor y criterio en los nacionalistas, aunque el autor considera que no puede haber comparación posible.

 La crítica el estos comentaristas lanzan contra los nacionalistas se articula sobre estas acusaciones de, irracionalidad, violencia, racismo, tribalismo, incongruencia, utopía peligrosa, que en su mayoría comparten casi todos estos periodistas. Pensadores de la indudable talla de Gabriel Albiac o Fernando Savater quieren partir de la hipótesis innegable de que cualquier nacionalismo vasco es irracional, necio e intelectualmente ruin. Además, es algo que la propia evolución obliga a eliminar. Otros comentaristas de menor talla intelectual como J.María Portillo, José María Calleja, Santos Julia, Patxo Unzueta, Javier