Artxibo rtf
(37 - 2005ko Abendua)

 

Sujetos Políticos de Euskalerria

 Advertencia preliminar

 Este trabajo se realizó ya hace algún tiempo y consiste, fundamentalmente, en la recensión de una serie de libros que tocan de forma general, o en algunas de sus derivaciones, el tema vasco, referido a lo político, lo histórico y lo social. Es un trabajo que se hizo en colaboración, pese a que ahora mismo venga con una única firma. El plural mayestático que utilizo responde a esa colaboración. En este sentido, tengo que mencionar a Pako Garmendia, Igor Goitia y Luis Frías Goldaraz por la ayuda y aliento que dieron a este pequeño trabajo. Sin ellos nunca se hubiera realizado.

 El trabajo consta de dos partes: un comentario general de los libros recensionados y, a continuación, la recensión de los libros, divididos en subtemas, que responden a los diversos sujetos. Algunas alusiones traslucen que, pese a no haber pasado mucho tiempo, las circunstancias políticas e históricas son ahora diferentes. Pese a todo, queda aquí el esfuerzo de abarcar los aspectos variados, localizados como sujetos políticos, de la realidad de nuestro pueblo.

 

Delimitación del tema

 Dado que nos encontramos ante trabajos de diversa naturaleza y de géneros diferentes trataremos de encontrar una hilazón común a tanta heterogeneidad. No resulta difícil ya que el tema político vasco es una realidad presente y actuante, en la cual toman parte y convergen, a la vez, cuestiones historiográficas, de derecho positivo y políticas recurrentes.

 Esa trama común, al hilo de la urgencia política que se vive por la realidad conflictiva que padecemos los vascos, podría cifrarse en una preocupación universal, en estos trabajos, por lo que podría ser la construcción del futuro. Un futuro delimitado por una situación histórica que acumula múltiples problemáticas, la persistencia del problema de la violencia política y los disensos acerca de la naturaleza de lo vasco. Más que nunca, la construcción del pasado se nos aparece como una construcción del futuro.

 Y es que este interés por el futuro no es un interés académico abstracto, sino un interés vivido en la situación presente. Los diferentes autores representan, en este sentido, el índice de las preocupaciones individuales condicionadas por los niveles de adscripción identitaria o política de cada uno de ellos.

 El gran tema que subyace, como bajo continuo, en los diferentes relatos y manifestaciones, es el de la cuestión de concretar cuales son los o cuales tienen que ser los diferentes sujetos políticos de decisión en el País Vasco. Estos sujetos no tienen porque limitarse a ser sujetos nacionales: también hay sujetos políticos determinados, agentes sociales, etc, que cumplen su papel en el conjunto.

 Nuestra intención es delimitar, en cada caso, el nivel de construcción inmanente de cada actor (si ese actor es contemplado desde su interior, desde su propia intencionalidad y sentido) o si este se encuentra al albur de imputaciones exteriores. Queremos delimitar las diferentes medidas de una u otra cosa.

 También se trata de ver los niveles de legitimidad o ilegitimidad que se adscriben a cada sujeto. Está claro que esto se encuentra en función de la opción particular de cada autor en tanto la elección de cual tiene que ser la alternativa de futuro. Las situaciones como la nuestra parecen exigir este tipo de pronunciamiento en tanto que las reflexiones políticas, históricas y sociológicas modifican la realidad, la percepción de la realidad, y, por tanto, son también actores individuales que se añaden a los colectivos o derivan de ellos.

Diferentes actores y sujetos políticosociale

 Los sujetos y los actores son tan múltiples como compleja y enrevesada es la situación en el País Vasco. Y esta complejidad posee además carácter retroactivo en tanto que se proyecta sobre el pasado. Un presente conflictivo y turbio como fruto de un pasado que se nos viste con esas galas. Y habiendo un sujeto general colectivo, como es el País Vasco, existen múltiples sujetos que lo conforman y que expresan diversos aspectos de su naturaleza. La prolongación de un conflicto armado y de una situación histórica sometida a los vaivenes de las disputas historiográficas, hace que estos actores colectivos se entrecrucen y relacionen entre ellos mismos.  

 Tenemos por un lado al PNV o al sujeto del nacionalismo, que es tratado por autores muy diferentes desde muy diferentes perspectivas. Carlos Garaikoetxea trata el tema desde su ejecutoria política particular; Antonio Elorza escribe acerca de las ideologías del nacionalismo vasco en sus raíces históricas, su etapa de surgimiento y sus proyecciones actuales. Está también el trabajo de Josemari Lorenzo Espinosa, tratando al PNV desde la política actual del MLNV. Son tres puntos de vista muy diferentes y que proyectan una imagen poliédrica, ya que representan intereses y posicionamientos diversos y contrapuestos: Garaikoetxea es un político nacionalista, Antonio Elorza un historiador constitucionalista y Lorenzo Espinosa, también historiador, representa la visión del MLNV de lo que es el nacionalismo.

 El sujeto de ETA y del MLNV quizá sea el eje de la mayoría de las reflexiones, en tanto que la discusión política e histórica se refiere a nuestra actual situación de violencia, en la que ETA y sus construcciones políticas y sociales constituyen actores principales. Izaskun Sáez de la Fuente trata el conjunto del MLNV desde la perspectiva de la transferencia de religiosidad o de la secularización. Siguiendo la idea de Antonio Elorza, para esta socióloga el nacionalismo es una religión política que alcanza su culminación con el MLNV. También tiene esta perspectiva Juan Aranzadi, aunque la amplíe a una visión generalizada de las formas de secularización que entrañan en ellas mismas el germen de las actuales ideologías políticas y, sobre todo, de la ideología democrática occidental. Ignacio Sánchez-Cuenca trata el tema de la evolución estratégica de ETA, de la adaptación de ETA a las circunstancias cambiantes y de los modelos de su racionalidad política para plantear cada adaptación. Fernando Reinares toca el tema de la opinión de los militantes de ETA, de la perspectiva individual desde la cual los ex militantes de ETA contemplan su anterior militancia. Mario Onaindia nos habla de su recorrido por la organización ETA, desde la conclusión de la V Asamblea hasta el comienzo de la transición democrática. Florencio Domínguez se centra en la cotidianeidad de ETA como organización, la vida de sus militantes en el interior de la organización y la consideración de esta respecto a estos. Los ángulos de visión son muy diferentes y con la parcial excepción del político Mario Onaindia (que hace un ejercicio de adaptación a la perspectiva que tenía cuando participaba en ETA), y del historiador Ignacio Sánchez-Cuenca (que mezcla la reflexión política con el análisis histórico) los autores, que son académicos, (Izaskun Sáez de la Fuente y Fernando Reinares son sociólogos, Juan Aranzadi es filósofo) analizan el tema desde los presupuestos fijados por sus respectivas disciplinas.

 Otro actor importante, citado incluso en los libros en los que no es tema central, es el de los medios de comunicación. Petxo Idoiaga se ocupa del tratamiento que otorgan los medios de comunicación al tema vasco desde 1987 hasta septiembre de 1998, el momento en que ETA proclama la tregua. El sociólogo José Ignacio Ruiz de Olabuenaga trata la función de los medios de comunicación durante la tregua de ETA. Estos actores son juzgados, en ambos casos, desde la perspectiva del papel que han jugado en el concierto político y en la creación de acontecimientos. Es de reseñar que, pese a que ambos plantean perspectivas ideológicas bastante interesadas (desde los aledaños del MLNV el primero, el segundo desde la órbita del nacionalismo clásico) otros autores, como Antoni Batista y Ramón Zallo advierten de la importancia negativa que han jugado en este periodo los medios de comunicación, no solamente desde la perspectiva política que defendían sino de las vulneraciones de todos los códigos deontológicos que han tenido que transgredir para ello.

 Euskadi como sujeto general también tiene su tratamiento en tres libros bastante diferentes. Ramón Zallo aborda el tema desde la perspectiva de la resolución política de lo que se ha venido a llamar “el conflicto vasco” en clave de creación de una mayoría autodeterminista, que vaya planteando un nuevo proceso político independiente de la resolución directa del problema de la violencia. Luis Sanzo analiza las posiciones acerca del problema de la autodeterminación, las posibles soluciones legales, las perspectivas que otorga el derecho internacional, los planteamientos de los partidos nacionalistas y el MLNV, el encaje en el actual ordenamiento jurídico, etc. Antoni Batista reflexiona sobre la Euskadi posterior a las elecciones del 13 de mayo del 2001 y trata de exponer un estado de la cuestión del ámbito de la política junto con una serie de impresiones y recomendaciones. La primer obra está escrita por un polítologo y profesor de la UPV, la segunda por un especialista en derecho (y articulista de El Pais)  y la tercera por un periodista del periódico catalán La Vanguardia. Estas tres heteróclitas aportaciones se elaboran desde una cierta simpatía hacia el nacionalismo vasco, aunque ninguno de los autores pertenezca a el.

 Tenemos también a Navarra como sujeto particular y relacionado con la Comunidad Autónoma Vasca, que es tratado por los sociólogos Amando e Iñaki de Miguel.

 Finalmente, nos quedan cuatro sujetos heterogéneos pero decisivos dentro de nuestro tema. El periodista José María Calleja trata una vez más acerca del sujeto de las víctimas de la violencia de ETA, colectivo cada vez más numeroso y que reclama para sí un tratamiento diferenciado. Su problemática es particular y exige a la vez la responsabilización de toda la sociedad y de los agentes políticos que la rigen. Este colectivo representa uno de los índices de las secuelas que la violencia va dejando año tras año en nuestra sociedad. El irlandés Paddy Woodworth se ocupa del sujeto de las tramas policiales y parapoliciales vinculadas a la violencia del Estado desde el franquismo hasta el acabamiento de la guerra sucia bien avanzada la transición. La prolongación de las secuelas del franquismo, en tanto a régimen violador de los derechos humanos, dentro del actual régimen, son un hecho meridianamente probado y que en el libro de Woodworth adquiere tintes dramáticos. Una nueva generación de jóvenes se vinculan al ámbito de la cultura de la violencia del MLNV gracias a la impresión dejada por la guerra sucia en pleno régimen democrático. El sindicalista vinculado al sindicato ELA José Miguel Unanue nos ofrece un relato de las relaciones laborales en el País Vasco a partir de la transición. Las vicisitudes del sindicalismo y de la clase trabajadora vasca en el contexto del problema político e histórico general es tratado casi por primera vez. Finalmente, el obispo emérito de San Sebastián, José María Setién, nos ofrece la mirada de la ética sobre la política vasca y, de paso, representa la opinión y la posición de un sujeto de la importancia de la Iglesia vasca respecto a esa política.

 El nacionalismo, el MLNV, los medios de comunicación, Euskadi en general, Navarra, las víctimas de ETA, el GAL, la clase trabajadora, la Iglesia y la ética; todos son sujetos heterogéneos pero referidos a un espacio y a una problemática común. Expresan los muchos compartimentos existentes dentro de este tema.

Legitimación-deslegitimación, construcción inmanente-no inmanente

 Una vez localizados los sujetos o actores que toma cada autor como tema, pasamos a plantear la siguiente cuestión: el valor que otorgan estos autores a cada sujeto, en el doble sentido de su valoración positiva o negativa, de legitimación o deslegitimación del mismo sujeto, o de la perspectiva utilizada para definir cada sujeto, si parte de la intencionalidad de este o se analiza desde el exterior.

Carlos Garaikoetxea analiza al nacionalismo como parte de su propia vida y ejecutoria política. Haber sido presidente del PNV, de EA y lehendakari del Gobierno Vasco en una etapa crucial para la historia de nuestro país no es un bagaje desdeñable, en un contexto, además, donde los políticos nacionalistas muestran muy poco interés en escribir acerca de los acontecimientos que protagonizaron. Su libro constituye la originalidad que tenía que ser normalidad, la de una interpretación fijada de la historia del nacionalismo en el periodo de transición democrática desde la perspectiva nacionalista. Para Garaikoetxea la ejecutoria del nacionalismo, en una época decididamente tormentosa, redundó en la creación de un autogobierno, en la reactivación económica de Euskadi tras la brutal crisis industrial de comienzos de los 80 y significó también la primera reacción cívica en contra de la violencia de ETA. Como se ve, Garaikoetxea considera al nacionalismo como un factor muy positivo para Euskadi.

Antonio Elorza, plantea al nacionalismo y a las ideas y grupos políticos o sociales que lo sostuvieron dentro del contexto del Estado español, del proceso de modernización de este. Los intereses de una determinada clase dominante de ámbito local crea toda una mitología sobre un ente nacional imaginario. Ello da como fruto a una religión política, que es la que crea Sabino Arana, y que se basa en la repulsión de lo español y la violencia. ETA sería la culminación de este proceso. Para Elorza el nacionalismo está genéticamente condicionado a plantear la violencia y la exclusión étnica, por tanto toda forma democrática del nacionalismo sería accidental.

Elorza entiende que es la historia del País Vasco se encuentra dentro de la historia del Estado español (en tanto a formación de dicho Estado español) y que, por tanto, la reivindicación nacionalista vasca no constituiría otra cosa que la superchería política de una elite local que pone trabas a un determinado proceso de racionalización estatal planteando su propio espacio de poder. La valoración de Elorza sobre el sujeto del nacionalismo es muy negativa, ya que lo hace responsable de la enajenación política de Euskadi y de la violencia. Pero su análisis, en lo que se refiere a la definición de la problemática actual, es externo, no toca la historia de ETA y del MLNV y plantea una hipótesis sobre el presente en base a toda la historia de las provincias vascas anterior al surgimiento de ETA. Su historia se para, realmente, en 1936, pero sus conclusiones quieren servir para definir toda la historia presente y para calificar, negativamente, al presente nacionalismo.

El de Josemari Lorenzo Espinosa es un trabajo de carácter más explicitamente político. Su perspectiva es bien sencilla: mirar la historia y las declaraciones del nacionalismo en el periodo de la transición postfranquista, a la luz de la presencia del pensamiento de Sabino Arana. El objetivo político de este texto es demostrar que los actuales líderes del nacionalismo y los actuales partidos PNV y EA han renegado del objetivo de la independencia y que lo único que buscan es un lugar cómodo y beneficioso a la sombra del paraguas estatal español. El sujeto del nacionalismo es valorado muy negativamente, por considerar que participa del ser “estatal” español: “La complicidad del PNV en la construcción de España podrá ser justificada o discutida, pero jamás negada. De todos modos, no se trataba más que de continuar la política de Aguirre, ni siquiera interrumpida por el 18 de julio franquista”. Como se ve, esta teoría choca frontalmente con la de Antonio Elorza, aunque, al contrario que esta, tenga como base declaraciones y documentos de los partidos y los líderes nacionalistas durante la transición política.

 Y surge la pregunta: ¿por qué se da esta preocupación por la actualidad de Sabino Arana por parte de un historiador de los aledaños del MLNV? El libro de Lorenzo Espinosa responde claramente a una coyuntura política concreta (la realidad de la Euskadi tras las elecciones del 13 de Mayo del 2001) y su valoración, negativa, del sujeto del nacionalismo se debe a un objetivo complementario de valoración positiva de otro sujeto, el MLNV, que, dado la ausencia de otras referencias, quedaría como el único representante genuino del nacionalismo sabiniano. El retroceso electoral de Batasuna marca una necesidad insoslayable de plantear una lucha ideológica contra al alternativa nacionalista vencedera en esas elecciones. El mensaje de Lorenzo Espinosa es el siguiente: “Sin el PNV es difícil que podamos ser independientes. Con él, es imposible”. Esta frase recuerda a la que uno de los creadores de ETA, Julen Madariaga, solía repetir según Txillardegi: “La liberación de Euskadi pasa por la destrucción del PNV”. En este caso, la destrucción del proyecto político del PNV y el apropiamiento de sus bases sociales y de sus referencias ideológicas, que es representativo de la historia de ETA, alcanza una formulación puesta al día gracias a este libro.

 En lo referente al actor-sujeto MLNV, Izaskun Sáez de la Fuente y Juan Aranzadi plantean un enlace de esta realidad con la historia del nacionalismo y su influencia en Euskadi. Para ambos autores, la valoración del sujeto del MLNV es francamente negativa. La socióloga bilbaína opina que el MLNV crea un modelo de comunidad cerrada, donde la violencia es un instrumento ritual de cohesión social, una forma desplazada de religiosidad devenida en religión política. Aranzadi piensa que la violencia de ETA es expresión localizada de la ideología democrática occidental, de la lógica cristiana martirial que exige víctimas y que se traduce en esa ideología democrática justiciera.

 Izaskun Sáez plantea, de una forma poco integrada, una doble perspectiva. Hace un análisis inmanente del sujeto MLNV, haciendo uso de su documentación interna más moderna, pero también parte de una hipótesis y de un contexto que no se corresponde con la naturaleza estricta del movimiento, ya que el tránsito de una comunidad religiosa a una comunidad política, que rastrea en el MLNV, plantea cambios cualitativos que muestran los límites del concepto de la secularización aplicado a este sujeto. La propia voluntad política del MLNV queda en un lugar secundario. Lo que constituye un error, al tratar de un sujeto político-militar, donde la dimensión estratégica marca su dinámica. Lo mismo pasa con Aranzadi: la transición del pensamiento religioso al político constituye un tema tan amplio y tan omniabarcante que puede servir para explicar cualquier cosa. Aranzadi, además, plantea un análisis fundamentalmente externo, basado en inferencias, donde la teorización propia del MLNV brilla por su ausencia.

 El libro de Mario Onaindia, en este sentido, es más clarificador. La valoración que hace de la ETA es francamente positiva. Para Onaindia ETA representa, junto con otras realidades políticas y sociales, una nueva forma de antifranquismo, que radicaliza las protestas cuasi testimoniales de los partidos vascos históricos, como el PSOE y el PNV, y va apropiándose de sus bases sociales. Ve el espíritu de ETA paralelo al de otras nuevas organizaciones, como CCOO, que marcan una nueva forma de hacer la oposición desde el interior. Onaindia contempla, también, a ETA como fruto de la gran efervescencia política de los 60, heredera del espíritu guevarista, inmersa en la idea de la revolución mundial que en aquellos tiempos estallaba en tantas partes del mundo. Y concluye: “Por lo tanto, cuanto más solos nos encontráramos, incluso cuanto mayor fuera el rechazo de los sectores burgueses ante nuestra voluntad de lucha, mayor era la evidencia de que íbamos por el buen camino... De esta manera nos convertíamos en la más absoluta negación del sistema, y el resto de las fuerzas políticas o sociales solo podían salirse de la lógica absorbente del sistema en la medida en que colaboraban con nosotros”.

 Para Onaindia ETA surge como ruptura con el nacionalismo del PNV tanto en el terreno de la ideología (muestra a las claras el silencio de los primeros activistas de ETA respecto a Sabino Arana, su propio desprecio personal hacia el y su adhesión a una ideología marxista-leninista) como en el de la organización (pues pertenece al carro de nuevas organizaciones revolucionarias antifranquistas surgidas al calor de la expansión de las nuevas formas de acción revolucionarias derivadas del mayo del 68). Si bien Onaindia omite explicitar algunas cuestiones (el propio papel de ETA de creación de nuevas formas de organización política no armada) plantea una buena explicación inmanente al propio sujeto utilizando su propia autobiografía. La secularización y la raíz religiosa de ETA son dos temas, por ejemplo, a pesar de que fue novicio, que no aparecen por ninguna parte.

 El sujeto de los medios de comunicación es valorado negativamente por parte de Petxo Idoiaga y José Ignacio Ruiz de Olabuenaga. Para Idoiaga constituyen un instrumento de confrontación política: “los medios de comunicación, la mayoría de ellos, sostienen la postura de la división sectaria a la hora de definir y proyectar el conflicto, al componer los discursos y argumentos ante el conflicto. El fondo de su información no es sostener la pluralidad, sino imponer una serie de tesis por encima de otras, y es el antinacionalismo el contenido de esas tesis”.

 Cuando Euskadi se convierte en sujeto sociopolítico, y la perspectiva se amplia hacia una vía concreta de resolución del problema de la violencia y del conflicto político, la valoración tanto de Ramón Zallo como Antoni Batista es francamente positiva. Así como Zallo considera que la transversalidad de las alianzas políticas entre nacionalistas y constitucionalistas se debería de dar desde la aceptación de estos últimos de algún tipo de derecho de autodeterminación, Batista entiende la transversalidad como una necesidad de tipo social, que afecta a la convivencia y a la necesaria estabilidad de una sociedad sometida a los embates de las tormentas políticas. El estudio jurídico de Luis Sanzo, sin embargo, no es tan optimista, y plantea los problemas jurídicos y políticos para llegar a un acuerdo que conjure el riesgo de la fractura social en Euskadi. Luis Sanzo apuesta por el consenso político de los partidos democráticos como solución al problema y por la voluntad política prioritaria para conseguirlo.

 Finalmente, el sujeto de las víctimas de ETA es valorado positivamente por parte de José María Calleja, desde su adscripción personal temprana al mismo. Por tanto, Calleja trata el tema desde su doble condición de periodista y víctima. Considera a las víctimas, y también a sus colectivos, como Basta Ya, como uno de los pocos rasgos de dignidad que le quedan a una sociedad vasca que el no duda en calificar del “enferma”. Mientras tanto, Paddy Woodworth interpreta a el GAL como una enfermedad de la democracia española que, pese a los avances dados, todavía no está completamente curada, en tanto la necesidad de admisión por parte del Estado de las responsabilidades en este tipo de guerra sucia y en tanto no llegar hasta el fondo de esas responsabilidades.

¿Qué futuro construir?

 Como podemos ver, los sujetos-actores así como los autores de sus semblanzas son múltiples y representan la complejidad del problema vasco, lleno de interpretaciones no sólo contradictorias sino absolutamente ajenas entre ellas. El objetivo de construir un futuro, referido a cada uno de los sujetos-actores, es evidente. Garaikoetxea apuesta por una construcción de la nación desde el proceso abierto en 1979 con el Estatuto de Gernika, hacia nuevas cotas de autogobierno. Elorza da su voto por una admisión por la Estatalidad española, en tanto proceso inevitable y deseable, donde las reivindicaciones nacionalistas vascas no pueden tener cabida, al ser incompatibles con la democracia. Zallo plantea la creación de una mayoría autodeterminista que prescinda de la violencia de ETA e integre a Batasuna. Sanzo apuesta por un nuevo pacto político donde participen la mayoría o la totalidad de las fuerzas políticas vascas.

 Se podrían inferir otros tantos futuros en función de los libros que hemos comentado. Pero nuestro análisis para aquí, con la intención de haber dado cuenta cumplida de la variedad y la complejidad que siempre acarrea un problema sangrante como es el que aqueja a nuestro pueblo, con la violencia y el escenario de división política.

  

Recensiones

Sobre las víctimas

 CALLEJA, JOSÉ MARÍA, ¡Arriba Euskadi! La vida diaria en el País Vasco, Madrid, Espasa, 2001, 410 págs. ISBN: 84-239-5694-6.

 No es el primer libro que el periodista José María Calleja dedica a este tema: el de la cotidianeidad de las personas que viven en Euskadi amenazadas por ETA o por sus organismos de coacción. Al igual que los otros anteriores, no constituye una simple crónica personal; es también un alegato político en contra del nacionalismo que incluye a múltiples estamentos de la sociedad vasca dentro del ámbito de la connivencia o, al menos, de la inactividad frente a lo que es la violencia política de la organización armada. Refiriéndose a la Universidad, habla de “los estudiantes que votan al PP y al PSOE pero que, salvo excepciones, apenas se mueven, apenas hacen cosas que tiren de los demás, apenas defienden públicamente, de forma activa, las ideas en que creen” (p. 72). Refiriéndose a la burguesía de Neguri, votante del PP, habla de que “esa porción del poder económico vasco ha sido esencialmente cobarde, muy cobarde” (p. 150). Y sobre la juventud vasca, cita a Edurne Uriarte: “Esta es una generación muerta para la libertad. Los jóvenes vascos están perdidos para la lucha por la libertad en el País Vasco porque están muy confusos y porque están muertos de miedo” (p. 72). Y es que Calleja es de los que no dudan en calificar a la sociedad vasca como “enferma”.

 Este libro, que está escrito tras las elecciones del 13 de mayo del 2001, refleja, en parte, la amargura de la permanencia en el poder de los nacionalistas. Lo que pasa es que, tras las descalificaciones de amplios sectores sociales reseñadas más arriba, la denuncia al nacionalismo se extiende hasta todo el ámbito de Euskadi: “Ser nacionalista en el País Vasco es un buen negocio. Un buen negocio económico y un buen negocio político. Ser nacionalista resulta rentable. Rentable políticamente y rentable económicamente” y concluye: “El gasto público del País Vasco por habitantes es el más alto de España y supone un veinte por ciento más que en Cataluña, un cuarenta por ciento más que en Andalucía y un cien por cien más que en Galicia. El autogobierno es, sobre todo, un suculento negocio para el País Vasco; supone una ventaja económica específica, de la que no gozan el resto de las comunidades autónomas españolas, excepto Navarra; un sistema que pone en ventaja económica al País Vasco respecto del resto de España” (p. 143). La amalgama entre consideraciones políticas de esta laya y la crónica de las víctimas (entre los que se cuentan no pocos nacionalistas, como el propio Calleja señala) resulta contraproducente, pues el objetivo político legítimo del periodista, que es el de dar aliento a los constitucionalistas en su lucha contra el nacionalismo, mella el terrible relato de la autenticidad del sufrimiento de las personas.

 El libro de Calleja se ve recorrido por este componente sectario que, aún y todo, no consigue desvirtuar las verdades que reflejan su atormentada prosa: “No hay un solo sector de la sociedad vasca que no tenga una organización dependiente de ETA metida en su seno (p. 116). O cuando habla, en el caso de la viuda del Guardia Municipal de San Sebastián asesinado por ETA, Alfonso Morcillo, de la soledad de las víctimas, de la incluso exclusión y señalamiento de estas en los ámbitos donde el MLNV conserva su influencia. La instantánea de María San Gil contemplando en un bar, cara a cara, como el concejal del PP Gregorio Ordóñez es tiroteado, o la constancia de que Ernest Lluch fue arrastrado por el garaje de su casa hasta el lugar donde le dispararon y donde se desangró por espacio de dos horas, son estampas que no deben faltar en ninguna historia de nuestro pueblo: el horror de la violencia en las personas que la padecieron y en las personas que tuvieron que acarrear su influencia son un capítulo que necesita de una escritura permanente, si no queremos caer en la caricatura de sociedad que pinta Calleja: una sociedad anestesiada ante el dolor ajeno y cercano, paralizada por el miedo, donde nacionalistas y no nacionalistas pagan el peaje necesario con tal de no ser los próximos objetivos del MLNV. 

 Esta es una imagen falsa, distorsionada y peligrosa de nuestra sociedad, pues reduce la reacción en contra de ETA al grupo de allegados del periodista. Pero es también una imagen posible y futurible, ante la cual es necesario ponerse en guardia.

  

SAVATER, FERNANDO, Perdonen las molestias. Crónica de una batalla sin armas contra las armas, Madrid, El País, 2001, 326 págs. ISBN: 84-03-09232-6.

 El libro de Fernando Savater no es en exclusiva un libro personal sino que incluye la actividad del conocido filósofo dentro del organismo Basta Ya. Desde sus primeras páginas reconoce Savater el objetivo político y “profiláctico” del libro, que es el de “defenderse” del nacionalismo. En realidad, nos encontramos ante un amasijo de textos de diferente naturaleza, la mayoría de ellos artículos periodísticos publicados anteriormente, pero también textos en representación de Basta Ya, como el manifiesto de la primera manifestación del colectivo en San Sebastián y su alocución en el Parlamento de Estrasburgo. Escritos voluntariamente circunstanciales entre los cuales los elementos de reflexión o de observación de un cierto valor permanente resultan muy escasos.

 Y es que el cansancio que reconoce nuestro filósofo sobre el tema vasco, y el impulso puramente moral o ético que dice le empuja a escribir sobre el mismo, se refleja de forma negativa. Para Savater el gran problema del País Vasco es “si Ibarretxe seguirá intentando apoyarse más o menos disimuladamente en el independentismo radical minoritario, cuyo peso efectivo en la sociedad proviene de la violencia asesina de ETA y sus servicios auxiliares, o buscará el acuerdo estabilizador con los partidos no nacionalistas que suman mayor cantidad de sufragios y cuyo único defecto es no contar con el beneplácito de los delirios terroristas. Ése es el verdadero problema político actual, no el de 1839 sino de hoy mismo. Y a fe mía que es un gran problema político...” (p. 230). Es esta recurrencia sobre el nacionalismo gobernante en las instituciones vascas la que hace que el libro de Savater pierda el rigor de una contestación exclusivamente cívica. Por tanto, no nos encontramos sólo ni principalmente ante “una batalla sin armas contra las armas”, sino ante una batalla política en contra del nacionalismo que no utiliza las armas.

 Este es el peor defecto del libro: no se dirige principalmente en contra de ETA sino en contra de una imagen totalizadora del nacionalismo, donde la organización armada también se engloba pero donde el protagonista principal es el nacionalismo gobernante. Nuevamente, la alargada sombra del 13 de mayo, la ocasión perdida del constitucionalismo, brilla como una opción repetible: la solución vendrá, parece decirnos Savater, de la derrota política del nacionalismo. Es más: la propia legitimidad moral de las víctimas, contrariamente a la separación que establece el autor entre ética y política (p. 86), debe tener una traducción política, que es esa derrota: “Dado que las víctimas del terrorismo han sido en número mayoritariamente abrumador no nacionalistas, el camino lógico que aleje de la violencia debe ser el que hace concesiones al no nacionalismo y no al revés” (p. 106).

 Las consideraciones políticas y filosóficas de Savater pertenecen al bagaje de su pensamiento expresado en otros tantos de sus libros. Para el autor, es necesaria una reconversión democrática del nacionalismo (“el nacionalismo vasco no lo será –democrático- hasta abandonar el mito del pueblo oprimido y distinguir claramente entre derechos irrenunciables y proyectos políticos” p. 88), aunque, más adelante, considere tal posibilidad como algo muy remoto, dado su carácter intrínsecamente  regresivo (la España de los nacionalismos no es un perfeccionamiento pluralista de la España de las autonomías sino el regreso invertido a la homogeneización franquista pero a escala regional: el “una, grande y libre” en calderilla” p. 201).

 Y es que el definitivo defecto de este libro de batalla consiste en el desajuste entre la talla filosófica de Savater, su nivel intelectual indudable, y su reflejo paupérrimo en la circunstancialidad de sus glosas acerca de la situación del País Vasco y del nacionalismo. Las complejidades, los matices, de la situación sólo se traslucen en momentos muy puntuales, en los que, por ejemplo, Savater contempla la connivencia o comprensión de cierta izquierda o de personalidades progresistas como Darío Fo con la violencia de ETA (p. 37). Pero estas evidencias no son suficientes como para relativizar su tópica retahíla acerca de etnicismos, sociedades cerradas y sacralizaciones ancestrales.

  

Sobre ETA y el MLNV

SÁEZ DE LA FUENTE ALDAMA, IZASKUN, El Movimiento de Liberación Nacional Vasco, una religión de sustitución, Bilbao: Desclée De Brouwer-Instituto Diocesano de Teología y Pastoral de Bilbao, 2002, 312 págs. ISBN 84-330-1664-4.

El libro de la socióloga Izaskun Sáez de la Fuente constituye un trabajo a caballo entre la investigación sociológica, el análisis histórico y la proyección de la imagen del MLNV en función de una hipótesis reflejada en el prólogo: “el que la izquierda abertzale haya funcionado desde su nacimiento, como una comunidad creyente con su propia doctrina, su sistema de valores y referentes de legitimación y sus mecanismos de socialización y de reproducción intergeneracional” (p. 29). A pesar de su parte histórica y a pesar de que no desdeña los aspectos políticos y estratégicos del movimiento, la autora se centra principalmente en el universo simbólico que acompaña al MLNV ya que, según ella, es la fuente de su convicción última. Las referencias simbólicas, los rituales, la transferencia de sentimientos de una época y de una organización a otra, la nueva cotidianeidad, la sustitución de valores: estos son los temas comunes que encuentran en el trabajo de la socióloga bilbaína una nueva formulación.

 El libro consta de dos partes bien diferenciadas. En la primera parte se plantea un ver general y metodológico del problema en función de dos temas: la formulación del nacionalismo en las sociedades modernas y las vicisitudes de la transferencia y transformación de lo religioso con el surgimiento de este fenómeno. Esta parte, como dice la autora, “culmina con una conceptualización de la nación en términos de identidad y de poder, sitúa el factor identitario su potencial transcendente y clasifica los nacionalismos según el criterio de la relación existente entre religión nacional y religión sobrenatural para encuadrar en modelo de la IA (izquierda abertzale)” (p. 29). Se trata de comprobar como los aspectos que antes eran monopolio de la religión o de la Iglesia (el carisma, el ritual, el dogma, la calificación de hereje, la definición de pureza, la doctrina moral o código de normas) son aprehendidos por las realidades políticas surgidas de los nacionalismos, que son considerados por ella como “el rostro moderno de la religión”. “La idea de comunidad religiosa se transforma en comunidad nacional” (p. 61). La autora describe un marco conceptual basado en las aportaciones de la sociología weberiana y durkheimniana, dándoles valor universal.

 La parte, a mí entender, más valiosa del libro, es aquella que se dedica a analizar la evolución del MLNV respecto al nacionalismo histórico (PNV o EA) en términos de cuestionarios sociológicos. En esta parte, la autora analiza tres aspectos: la vinculación con la religión cristiana o católica y/o sus valores religiosos; la perspectiva de izquierda/derecha, revolución o no, uso o no de la violencia y de formas ilegales de actuación; y, finalmente, los niveles de adscripción o identificación respecto a lo vasco y a sus rasgos culturales (euskara) o políticos (autodeterminación, estatuto). La socióloga muestra de forma palpable la línea de separación entre las bases sociales del MLNV y del nacionalismo histórico en la mayor parte de las cuestiones. Es decir: que “la comunidad creyente” que ella dice formar el MLNV se encuentra, a nivel social y político, en ruptura y separación respecto al nacionalismo histórico.

 El aspecto más flojo del trabajo de Sáez de la Fuente lo constituye su intento de compatibilización entre esa hipótesis, la de el MLNV como comunidad de creyentes, y la estrategia y la ideología marxista-leninista que posibilita la creación de un movimiento como el que nos ocupa. Por ejemplo, cuando la autora afirma que la autodisolución de HASI, partido de KAS, en 1992, “tiene lugar en el momento en que se erosionan gravemente los principios marxistas que habían inspirado, en un sentido amplio, su creación e inserción dentro del movimiento”. Y para demostrarlo nos trae esta cita: “[el marxismo], plenamente vigente para ayudarnos a comprender la naturaleza de las diferentes contradicciones que recorren a nuestro pueblo, precisa no ser interpretado en clave lineal (...) y estar abierto a innovaciones de muy diversa índole (...) la eliminación de etiquetas, adjetivos y calificativos (...) son ejemplos significativos de este enriquecimiento teórico”. La socióloga vizcaína interpreta la remodelación y readecuación del marxismo a un mundo post-socialismo real como una dejación de principios, en contradicción flagrante con su propia cita. No es este el único ejemplo de contradicción. El MLNV queda, así, planteando desde un modelo estático, que entra en contradicción con la dinámica de constante adaptación y remodelación que le ha caracterizado desde su nacimiento.

  

SÁNCHEZ-CUENCA, IGNACIO, ETA contra el Estado. Las estrategias del terrorismo, Barcelona: Criterios-Tusquets, 2001, 269 págs. ISBN 84-8310-783-X.

 Esta obra pertenece a un género que, a principios de la transición o a fines del franquismo, tenía gran aceptación y que luego la ha ido perdiendo: el análisis estratégico de ETA. Los trabajos que en aquella época tocaban ese tema eran de carácter político, referidos al periodo de efervescencia que acarreaba la transición. El de Sánchez-Cuenca investiga la estrategia de ETA, añadiendo su propia perspectiva política. Se trata de un trabajo a caballo entre este género y el análisis histórico, habida cuenta que el autor es historiador académico.

 Dos son, a nuestro entender, las aportaciones más relevantes del trabajo; la primera, el esfuerzo de racionalizar desde una perspectiva de estrategia la violencia de ETA; ello lleva al autor a desechar gran parte de las teorías que se han elaborado acerca de la organización armada en tanto declarar que el fin político de la organización no es el prioritario; su crítica a estas teorías resulta muy positiva, al localizar el elemento de estrategia política que se estaba arrumbando en función de ideas sobre ETA que rozan lo descabellado. Segundo, la metodología que usa para dar convicción a la admisión de esta racionalidad, la teoría de juegos, permite plantear esa hipótesis desde los parámetros de un modelo de objetividad, que sirve para la guerra, para el comercio y para el juego, y comprobar hasta que punto una evolución supeditada a los vaivenes de  los tiempos y a los matices de las situaciones particulares puede encuadrarse dentro de esa teoría objetiva.

 El libro consta de numerosos diagramas, esquemas y periodizaciones mediante los cuales pretende abstraer de lo concreto una esencia continua y verificable de un camino proseguido. En el apéndice B del libro se recoge el modelo formal de guerra de desgaste según Fudenberg y Tirole (p. 258-9). Se trata así de plantear diferentes modelos de estrategias, con sus graduaciones y estadios intermedios, y hacerlos moverse en una combinatoria que de un resultado plausible.

 La teoría de Sánchez-Cuenca se basa en el seguimiento de la estrategia de “guerra prolongada y de desgaste” de ETA a lo largo de su historia: “ETA no busca la negociación con el Estado, sino que el Estado desista. El asunto de la negociación es totalmente secundario y no refleja la lógica que subyace en la guerra de desgaste que enfrente a ETA con el Estado” (p. 108). Esta estrategia continuada a llevado a que “cada nueva etapa ha marcado un retroceso en las expectativas y aspiraciones de la organización terrorista” (p. 49).

 Si bien este libro posee aspectos muy positivos (sobre todo poner en el centro de la cuestión la racionalidad de la estrategia política de ETA) también tiene lagunas evidentes. El autor analiza a ETA desgajado del conjunto del MLNV. Por tanto, al tratar de calibrar el efecto de su estrategia pierde la perspectiva de la acción política que llevan los organismos políticos y sociales del movimiento y que va a la par de la acción militar, y política, de la organización armada. La teoría de los juegos, si bien tiene la virtud de plantear un juego de fuerzas, no se corresponde con la teorización estratégica inmanente a ETA, cuya alusión a la “guerra prolongada y de desgaste” es derivación de la metodología de la “guerra popular” aceptada y llevada por la organización armada desde su V Asamblea y que a su vez se deriva de las teorizaciones político-militares de Mao Zedong. Su análisis del proceso de Lizarra también es erróneo. Mientras ve una incoherencia entre la etapa marcada por la ponencia Oldartzen (1993) y el proceso de Lizarra (1998) la propia ETA ve una continuidad entre ambas. ETA ve la tregua como un medio de concreción de su Alternativa Democrática, mediante iniciativas parainstitucionales como Udalbiltza y mediante acciones de movilización en la base con PNV y EA, al contrario de lo que dice nuestro autor. Sánchez-Cuenca piensa que si el PNV y EA hubieran aceptado la propuesta de ETA de agosto de 1999, la tregua se hubiera prolongado. Lo que pasa es que no tiene en cuenta la propia naturaleza de la propuesta, que, desde sus coordenadas de maximalismo aparentemente nacionalista (el inicio de un proceso constituyente para los 6 herrialdes de Euskalerria) estaba hecha para ser rechazada y para justificar un retorno a la lucha armada.

 Todo ello hace que Sánchez-Cuenca agote su análisis precisamente en el momento en que ETA rompe la tregua e reinicia su andadura. “Por primera vez en su larga historia, ni ella misma sabe muy bien qué pretende conseguir con sus crímenes. En principio, esto es un síntoma de una pronta desaparición. No obstante, sería demasiado arriesgado asegurar que el fin de ETA se producirá en breve”. El autor proyecta su perplejidad ante el nuevo escenario más que reproduce la estrategia de ETA. En definitiva, la impotencia de su propia hipótesis para adaptarse a la realidad que pretende describir.

  

DOMÍNGUEZ, FLORENCIO, Dentro de ETA, la vida diaria de los terroristas, Madrid, Aguilar, 2002, 305 págs. ISBN 84-03-09276-B.

 Este libro constituye una crónica de las diversas historias de las personas que forman parte de la organización ETA en la actualidad. Es un relato general de diferentes relatos personales. El autor ya escribió otros dos libros de diferente carácter aunque referidos al tema: ETA: estrategias organizativas y actuaciones, 1978-1992, y De la negociación a la tegua, ¿el final de ETA?. El primero de ellos constituye un sumario de la historia de la organización y el segundo su corolario en forma de hipótesis política.

 El libro no tiene bibliografía ni recuento de fuentes, aunque en la contraportada se nos habla de que “penetra en el interior de la organización terrorista a través de documentos de los propios etarras –informes secretos de la organización, cartas intercambiadas entre activistas, diarios personales... muchos de ellos inéditos, redactados con un alto grado de sinceridad y espontaneidad”. En efecto: desde el ordenador incautado a José Luis Alvárez Santacristina, Txelis, Jefe Político de ETA en 1992 –que poseía más de 40.000 folios- hasta el diario de la militante de ETA Begoña Sánchez del Arco –fragmentos de los cuales ya había aparecido en la prensa- donde cuenta la vida de los militantes “quemados” de la organización, todo tipo de documentación interna y personal es utilizada. Dice el autor: “La columna vertebral  de ETA no son las armas ni el ardor guerrero, sino el papel (p. 217). Y es que ETA constituye principalmente un ente burocrático, un gestor de una determinada actividad, en este caso la lucha armada, para la cual la comunicación interna y externa posee un extraordinario valor. No olvidemos tampoco la vocación de “administración paralela” que posee ETA. El ordenador incautado a Txelis, “contenía una parte considerable de archivos de contenido político, listados de empresarios sometidos a extorsión, correspondencia interna de la banda terrorista, material propagandístico, listados de atentados, cartas personales, etc (p. 226).

 Además de los diarios y de textos políticos e ideológicos, caben destacar los intercambios de cartas de diversos militantes con la cúpula de la organización (en el caso de Urrusolo Sistiaga, en el caso de Carmen Guisasola) donde mejor podemos medir el pulso humano que recorre las comunicaciones internas –con su exigencia implacable de crítica y autocrítica- y los textos alucinantes donde el militante de turno, enloquecido por la presión de la vida en la clandestinidad, da cuenta de su paranoia. De todas maneras, el uso de tal corpus bibliográfico resulta bastante limitado y, sobre todo, centrado en el tema del libro: la vida cotidiana del militante de ETA.

 Este libro posee la visión más reciente que tenga noticia de la vida interna de la organización, de sus personas relevantes y de su dinámica. Decir que nos pone al día sería exagerar, ya que cabe decir que se nos narra la penúltima hora de la organización. La entrada de la nueva militancia de la kale borroka, la reorganización de ETA durante la tregua y los nuevos usos para la etapa de ruptura de la tregua, no tienen apenas cabida en el libro. Pero hay una serie de cuestiones que poseen valor permanente: el papel de la cúpula, las formas de organización derivadas de los partidos comunistas clásicos (la cooptación, la crítica y la autocrítica...), los contactos internacionales (que dejan en mal lugar la teoría del nazismo de ETA), etc.

 La visión de la cotidianeidad de la organización armada está contrastada con una numerosa e inédita documentación que capta a la perfección el pulso de las relaciones personales dentro de la misma. Es coherente, también, con otros testimonios, como el de Soares Gamboa, y la imagen que se deriva de ello es muy poco atractiva: una organización con doble rasero para los militantes de base y los de la cúpula, con un uso de la disuasión interna permanente, con una preocupación por su base militante, ya en la cárcel ya fuera del circuito del activismo, muy precaria. Y, además, resulta que no existe épica alguna, ya que ETA es una máquina burocrática, una red de mensajes, un cruce de instrucciones y de documentos, con todas las lacras de administraciones llevadas en condiciones de clandestinidad.

 Dos son, a nuestro entender, los puntos críticos más evidentes: 1) Plantear a ETA fuera del MLNV, del círculo de adherentes que se vislumbra, pero no se ve, de solidarios, madrassas, gaztetxes, y grupos de Jarrai de donde sale la militancia y los grupos de apoyo; en fin, el cosmos social del que deriva ETA y su ajuste con la estrategia y la militancia general del MLNV. 2) Plantear a ETA como a una organización chapucera. ¿cómo es posible que haya sobrevivido tanto e influya tanto en la sociedad vasca y en la política española si es así? Lo que habrá que ver es como es posible que una organización tan sujeta a los fallos y a las caídas pueda seguir manteniéndose. Y está claro que si no es por la existencia general del MLNV y por la estrategia que plantean no sería así.

 Florencio Domínguez subestima el carácter ideológico y estratégico de la organización, sin el cual la pura descripción de su funcionamiento puede reducirse a una visión de anecdotario. ETA tiene en su haber el éxito de continuar llevando su lucha armada durante unas cuantas décadas y, además, de tener al lado todo un conjunto de organismos políticos y sociales que hacen de apoyo logístico, político y moral. Omitir toda esta realidad deja coja la visión, por otro lado útil y remarcable, que aporta este libro.

 

 ONAINDIA, MARIO, Memorias (1948-1977), Madrid, Espasa, 2001, 636 págs. ISBN: 84-2939-5461-7.

 Estas memorias de Mario Onaindia constituyen un ejercicio peculiar. Nada más largo que el viaje ideológico que le lleva desde la cúpula de ETA y desde uno de los partidos derivados de la misma a la dirección del PSOE. Onaindia, sin embargo, razona en estas memorias como si lo hiciera desde la estricta contemporaneidad de lo que va narrando. Es un testimonio interesante, pues contrasta de forma viva con los análisis de muchos de los académicos que tratan el tema.

 En primer lugar tenemos a un Onaindia que en su casa nunca había oído hablar de Sabino Arana, pese a tratarse de una familia nacionalista (p. 180). La referencia nacionalista era José Antonio Agirre, el lehendakari en el exilio, el lehendakari que lideró al Gobierno Vasco durante la Guerra Civil. Su actividad en el campo de la agitación nacionalista (perteneció a Euzko Gaztedi, organización juvenil del PNV) y el sindical, le lleva a cuestionar las dos referencias históricas de la política antifranquista, al PNV y al PSOE, por considerar que mantenían una mera política testimonial de ver morirse al régimen. El joven Onaindia queda prendado por los nuevos sujetos surgidos en el interior de Euskadi, CCOO y ETA, que son más combativos, y que, sobre todo el segundo, contemplan una estrategia de destrucción del propio régimen: “Aquella gente de ETA andaba buscando otra Euskadi y, encima, se estaba jugando el pellejo en esta tarea porque a la vez habían encontrado la respuesta a la cuestión fundamental: como combatir al franquismo durante todos los días de nuestra vida... Cualquiera que intentara vender la expectativa de que el régimen pudiera evolucionar de una manera tranquila a la democracia no solo era un estúpido, sino que se convertía en cómplice de la dictadura franquista” (p. 229-30). En toda esta reflexión coincide con otras análogas contemporáneas expresadas por José Antonio Etxebarrieta y otros líderes de la organización. ETA surge como un modo específico de acción en contra del régimen de Franco, un modo que busca un vuelco revolucionario en la situación y que se aleja de los partidos históricos por esa misma determinación. Y se acerca a las nuevas formas de acción antifranquista, como la que llevaban las recién nacidas CCOO, con las que ETA pactó una colaboración en el terreno sindical (p. 250).

 Tal determinación tiene su referencia internacional en las luchas revolucionarias que iban extendiéndose a lo largo de la década de los 60. Para Mario Onaindia, así como para ETA, el Che Guevara fue esa referencia, ese ejemplo humano que había que seguir: la demostración de que la revolución no era un ente previsible sino fruto del sacrificio de las personas por esa idea en cualquier parte del mundo en que se encontraran (p. 252-6). A todo esto, cuando Mario Onaindia entra en ETA el nombre de Sabino Arana ni se menciona y se plantea claramente su naturaleza marxista-leninista con motivo a su V Asamblea (p. 248-9). Y es que en toda la reflexión de Onaindia oímos vibrar el antiguo concepto marxista de la primacía de la práctica, la práctica como determinación de destruir lo estatuido. El voluntarismo de ETA, razona Onaindia, era lo más revolucionario en un mundo donde las determinaciones estaban castradas: “las revoluciones siempre habían estallado como excepciones y no como la regla” (p. 321). Hablamos del periodo de estabilización del franquismo, su calma chicha, el momento que media entre el fin de la represión de la postguerra y de la etapa ideológica del régimen y los fulgores del final del franquismo, cuando este puso en marcha toda su maquinaria represiva merced a la agitación política en la que ETA tendría un papel primordial. Escuchémosle: “Nuestro sacrificio, nuestra propia muerte era la razón última que legitimaba y justificaba nuestra postura. Podíamos pedir e incluso exigir sacrificios a la gente porque nosotros éramos los primeros en sacrificarnos. Y nuestro sacrificio llegaba al máximo al que puede llegar un revolucionario. En un doble sentido, en primer lugar, porque estábamos dispuestos a entregar nuestra vida. Y en segundo lugar, porque nos entregábamos por algo que para un revolucionario podría ser más valioso incluso que la vida pero que a nosotros, en cuanto rebeldes, nos mostrábamos dispuestos a entregar en aras de la libertad del pueblo: nos inmolábamos para que el propio pueblo despertara y tomara en sus manos sus destinos, los cuales nosotros no nos atrevíamos a cerrar, ni siquiera a determinar (...) El propio término “terrorista” no sonaba mal a nuestros oídos... Al contrario, para mí, al menos, tenía una connotación precisa: la proveniente de los grupos rusos que con su sacrificio prepararon el camino y las condiciones sociales para que surgieran los bolcheviques”.(p. 252-6).

 Onaindia comenta también la admiración que sintió, con algunos compañeros de ETA, en la contemplación del filme del Doctor Zhivago, por la figura arquetípica del revolucionario comunista, Strélnikov, aquel que, en la novela de Boris Pasternak, llega a decir algo tan parecido a lo de Onaindia: “Hemos tomado la vida como una campaña militar, hemos removido montañas por aquellos a los cuales amamos. Y, aunque sólo les hayamos aportado infortunios, no les hemos inferido ninguna ofensa porque, si son mártires, nosotros lo somos más que ellos.”.

 Los esfuerzos de la organización armada se encauzaron por dos caminos: crear organizaciones civiles y políticas más allá de la lucha militar y en complementariedad con esta y provocar, con las acciones armadas, las respuestas represivas del régimen, de tal manera que tras cada oleada represiva afluían los militantes a ETA. El Juicio de Burgos fue la culminación de este proceso. Nos enteramos, también, que la campaña por el Frente Abertzale lanzada por ETA en 1970 “no tenía más finalidad (...) que generar un ambiente político propicio para facilitar la fusión de ETA y de las juventudes del PNV sobre la base de la V Asamblea(p. 452). Es decir: el PNV (y también los seminarios, los grupos parroquiales, las escuelas sociales, etc) constituían auténticos “grupos cebadores”, organizaciones de las que se recababa militantes, que engrosaron no sólo a ETA, sino a la miríada de grupúsculos revolucionarios surgidos a fines del franquismo, como por ejemplo la ORT (p. 394).

 ETA, pues, no era una organización sabiniana o aberriana o una especie de grupo religioso laico sino una organización revolucionaria con todas las de la ley que pretendía acometer la gigantesca labor de la Revolución Mundial en este rincón del planeta. Sus militantes eran el trasunto del nuevo hombre, que sacrificaba y se sacrificaba en aras a una nueva sociedad. Nueva sociedad que, evidentemente, nada tenía que ver con la “democracia burguesa” surgida tras el franquismo. Pero en ese mismo momento termina Onaindia su crónica. Y ETA, pese a esa democracia burguesa, ha seguido matando.

  

 ARANZADI, JUAN, El escudo de Arquíloco: sobre mesías, mártires y terroristas, Madrid: Vísor, 2001.2 vols.

 Esta obra de Juan Aranzadi es grande, tanto en tamaño físico (más de mil páginas), como en la ambición que la anima (ni más ni menos desentrañar el origen sacral de la violencia en las sociedades democráticas occidentales). Es un libro con diferentes niveles biográficos, históricos, antropológicos y filosóficos. Su obra anterior, “El milenarismo vasco”, participaba también de ese carácter híbrido. Uno de los temas fundamentales del presente es el de la relación de ETA con la historia vasca y el origen de su violencia: “el papel determinante que juegan la “martirio-lógica” cristiana, la Iglesia Católica, la familia tradicional vasca, la mitología fuerista y la Antropología Vasca en la génesis y legitimación del racismo abertzale y del terrorismo etarra” (Vol. 2, p. 14). No resulta una tesis novedosa: Antonio Elorza plantea una secuencia histórica y temática de parecida extensión. Pero Aranzadi proyecta su teoría a una escala casi inabarcable; el fundamentalismo cristiano americano, el semitismo sionista, el antisemitismo sionista, el antisionismo semitista, Moses Hess y su mesianismo comunista, el milenarismo vasco, todos poseen la raíz común del milenarismo utópico, que trata de imponer al mundo su sueño de renovación total y que por ello propugna una suerte de violencia sacral: “el Mito de la Revolución como secularización del Mito del Milenio y, más en general, las raíces religiosas (cristianas) de la Modernidad(p. 95). Llegados a este punto no podemos seguir al autor y nos limitamos a plantear una serie de observaciones acerca del tema vasco y de la naturaleza de ETA y del MLNV.

 Para Aranzadi ETA es fruto del proceso de secularización que se dio en Euskadi y en España durante los años 60: “es el profundo proceso de secularización “protestante” y milenarista que en los sesenta y setenta se produce en amplios sectores de la Iglesia española y vasca y que permite ver un elevado grado de continuidad entre el cristianismo post-conciliar y las organizaciones revolucionarias que surgen o se renuevan en esa época” (p. 73). Como se ve, enmarca a ETA en la efervescencia de los grupos revolucionarios surgidos durante aquellos años y no sólo en Euskadi, sino en todo el Estado español. Lo que pasa es que en Euskadi, la existencia de una comunidad nacionalista reprimida políticamente por el franquismo y la pervivencia de una mitología foral y una ideología de la pureza racial impulsan la tal secularización por el camino de la violencia, que es contemplada por nuestro autor como pura confirmación, autoafirmación, de realidad de tal comunidad nacionalista (p. 516): “La violencia constituye el acta de nacimiento de ETA y su uso exclusivo y permanente mecanismo de auto-afirmación. ETA no es una organización política que practica la violencia sino un grupo armado que racionaliza políticamente sus acciones violentas” (p. 523). La violencia de ETA es “testimonial, expresiva, identitaria, suicida incluso, que no tiene más finalidad objetiva que la propia perduración de la organización y de su lucha armada como encarnación paradigmática de la Patria y como llama sagrada en que perdura la promesa de su independencia futura” (p. 643). Si bien Aranzadi admite también la existencia de un cálculo político-estratégico dentro de la planificación de la violencia es aquel ingrediente, el simbólico-ritual, el más importante.

 Esas dos perspectivas (la que afirma la violencia como puro alegato metafísico, como confirmación subjetiva de la realidad, como creadora de comunidad y de los mártires, y la que la plantea como fruto de una estrategia con fines políticos más o menos conseguibles) resultan, en la práctica, inconciliables. Afirma Sánchez-Cuenca: “...la propia supervivencia de la organización no puede transformarse en el fin principal. En este caso, la supervivencia es un subproducto, ya que si se persigue deliberadamente deja de ser factible”. Y también afirma:ETA sólo puede reproducirse si conserva la esperanza de ganar su peculiar batalla política”. Y es que ETA no es un actor único: también tenemos a los restantes organismos del MLNV que no se pueden mantener en pie por la simple constancia de una autoafirmación sino, como bien señala Sánchez-Cuenca, por la confianza en una victoria política. Aranzadi reconoce que, más allá de 1972, su conocimiento de es ETA de segunda mano (p. 92) y que sus certidumbres ya no son tan ciertas.

 El libro de Aranzadi resulta más valioso cuanto más circunstancial, cuanto más alejado de sus tesis centrales. El aspecto autobiográfico no es nada desdeñable. Relativizando la propia naturaleza impositiva de ETA, Aranzadi afirma la naturaleza no democrática de la mayoría de la oposición al franquismo y de los cuadros intelectuales que se derivaron del mismo, entre los cuales, en un jocoso ajuste de cuentas, incluye a personalidades como Savater, Félix de Azúa, y a el mismo como profesores de Zorroaga a principios de los 80 (“en general, la atmósfera intelectual que en Zorroaga predominaba –herencia en gran medida del Vicennes post-sesentayochista- era más un caldo de cultivo de cualquier “radicalismo subversivo y transgresor”, incluido el abertzale, que una “comunidad de diálogo” promotora de valores democráticos” p. 124). También da cuenta de un dato tan convencional y olvidado como la admiración que sentía la mayor parte de la izquierda antifranquista hacia ETA y sus acciones (p. 85) y la admisión de que las razones en contra de ETA no eran morales, ya que la legitimidad al recurso a la violencia revolucionaria se encontraba universalmente extendida (p. 83).

 Respecto a la propia organización Aranzadi recoge bien el hecho de que ETA provoca deliberadamente, mediante su violencia, la represión franquista en el momento de la estabilización económica y política de este. Sus testimonios de primera mano acerca de la organización armada coinciden con el relato de Onaindia: la ETA que yo conocí (las ETAs que yo conocí) entre 1968 y 1972 despedía un inequívoco tufo cristiano-milenarista y estaba más obsesionada por los revolucionarios cantos de sirena de Fanon, Guevara, Mao, Lenin y Troski que por las patrióticas voces ancestrales de Chao o Sabino Arana, e incluso de Krutwig o Txillardegui (p. 91). Y finalmente: “en 1968 el etarra que me contactó en Salamanca deseoso de ganar respetabilidad ante la “izquierda española”, juraba y perjuraba que muy pronto iba ETA a declararse marxista-leninista y que el nacionalismo era sólo un medio de atraer a las masas vascas a la Revolución Internacional(p. 75).

  

REINARES, FERNADO, Patriotas de la muerte, quiénes han militado en ETA y por qué, Madrid, Taurus, 2001, 207 págs. ISBN 84-306-0350-6

 El trabajo del sociólogo Fernando Reinares constituye uno de esos libros académicos que periódicamente ponen al día el testimonio de los que fueron antiguos militantes de ETA. Su ámbito de recolecta de datos resulta impresionante: “se trata de una muestra que incluye a cerca de la mitad del total de los militantes etarras reclutados entre el inicio de los setenta y el final de los noventa” (p. 15). Para Fernando Reinares, antes de comenzar con la exposición de testimonios, resulta claro y nítido la inclusión de la ideología de ETA dentro de las “ideas esenciales de un nacionalismo étnico y excluyente, combinadas en ocasiones con conceptos rudimentarios del marxismo(p. 13), o de “los designios de un nacionalismo étnico y excluyente, de pasamontañas y txapela(p. 16). Como más adelante veremos, los problemas de casar dos coordenadas ideológicas aparentemente antagónicas como son ese “nacionalismo étnico excluyente” y los “conceptos rudimentarios del marxismo” se muestran de forma clara en las propias declaraciones de los militantes de ETA a los que entrevista.

 Por lo demás, la sistemática que plantea Reinares parece bastante tópica. Oscila entre las imputaciones de “machismo” y de “juvenismo” –en tanto al trato de inferioridad que se les reserva a las mujeres en ETA, en tanto a la pulsión adolescente, derivada de la socialización peculiar del joven que impulsa a la vida en clandestinidad- y la exploración y actualización de ideas tradicionales sobre la organización, como son la influencia de las ikastolas (p. 67) o la influencia del clero (p. 65), aunque las primera no se vea contratada por ningún dato, ni siquiera alguna prueba verbal de sus testimoniantes, y la segunda se vea avalada por el testimonio probatorio de un viejo militante de los años setenta, que afirma que “incluso se guardaban cosas en algunas iglesias”. También contrapone el hecho de que la mayor parte de los militantes abandonan la profesión de fe religiosa una vez alcanzan su militancia (p. 62). El “racismo” de los militantes de ETA, basado, según el autor, en la “exaltación genética y cultural de las pretendidas diferencias entre vascos y españoles” no tiene otra base que la propia extrañeza del autor de que puedan existir esas “pretendidas” diferencias y los juicios de valor de esos militantes que afirman que “somos totalmente distintos” (p. 164).

 Trata, además, de forma superficial, el tema de las relaciones internacionales de ETA, la relación de algunos militantes con el narcotráfico, la influencia de la acción policial y, en especial, de la tortura, de cara al reclutamiento de los militantes, los sentimientos que impulsan a matar, etc. Incluso en un texto tan convencional, gracias al trabajo de campo de esos testimonios, somos capaces de llegar al dato agudo y expresivo, como es el de las despersonalización de las víctimas que iban a convertirse en objetivo, con el ejemplo de un militante de ETA que secuestró y convivió amigablemente con un empresario al que posteriormente mató: “pues éste era un gran empresario y en su taller estaban en huelga y tal; y entonces.. pues justificas perfectamente. Y no eres capaz de ver... Yo creo que no eres capaz de ver la persona ¿no? Y si no la ves, no sufres, claro” (p. 99). Ejemplo perfecto de cómo por medios ideológicos se puede cauterizarse la sensibilidad humana ante la comisión de un asesinato.

 En el tema ideológico Reinares muestra los testimonios por los cuales estos militantes consideran útil la violencia, como en el caso de la paralización de la central nuclear de Lemoniz (p. 93), o en el de las negociaciones laborales. También se nos da noticia de que es a las puertas y entrando en la transición democrática cuando las diversas ramas de ETA alcanzan su máxima popularidad y “en torno a 1978 cuando se registra el mayor número de ingresos” (p. 105).

 En el tema de la relación entre el marxismo rudimentario y el nacionalismo étnico Reinares se encuentra en la constante obligación de contradecir o relativizar los testimonios de sus informantes, que dejan bien claro que sus textos de formación política son marxistas (p. 75, 81-2) y que, en algunos casos, su idea principal es el marxismo y no el nacionalismo (p. 170). Refiriéndose a ejemplos recientes, algunos informantes llegan a destacar “la tendencia a implicarse en actividades de violencia antisistema, consideradas delictivas incluso, como forma de expresar un desconcierto que, por cierto, ni siquiera procedería de eventuales agravios padecidos como nacionalistas vascos” (p. 47). Y repite, dentro del ámbito juvenil del MLNV y, concretamente, en el de kale borroka, la existencia de “una verdadera contracultura de valores antisistema y totalitarios” (p. 84). La imagen simplista de un “nacionalismo étnico, excluyente y con txapela” queda así seriamente contradicha.

 El libro de Reinares aporta algunos testimonios valiosos, aunque no plantee una división nítida entre las tres etapas históricas que definen los diferentes tipos de militancia de ETA, a saber, los sesenta y los setenta, los comienzos y mediados de los 80 y los finales de los 90. Militancias diversas, adscritas a problemáticas políticas coyunturales diferentes, y cuya diferenciación nos hubiese dado una imagen más dinámica y real de la organización, que en este trabajo, por la perspectiva del autor, aparece demasiado anclada en sus rasgos más convencionalmente tópicos “de pasamontañas y de txapela”.

  

Sobre los medios de comunicación

 RUIZ OLABUENAGA, JOSÉ IGNACIO, Opinión sin tregua. Visos y denuestos del nacionalismo vasco 1998-1999, Bilbao, Fundación Sabino Arana. 144 págs. ISBN: 84-88379-49-8.

 Como suele ocurrir con el nuevo conocimiento científico, en el que muchos de los nuevos logros suelen venir determinados por unos intereses concretos, el análisis que en este país se suele hacer del conflicto que vivimos suele estar determinado por el interés de cada facción. Aunque, esto es achacable tanto al nacionalismo clásico como al, recientemente denominado,” constitucionalismo”, es este último el que con mas magnitud ha caído en la contradicción de defender un único “estatus”  político posible con el pretexto de  ser la única defensa que queda ante el nacionalismo: un sistema que, supuestamente, solo acepta aquello que pertenece a su mundo y aniquila todo lo demás.

 En este libro, José Ignacio Ruiz Olabuenaga recoge en forma de denuncia algunos de los ejemplos más significativos de cómo el bando no nacionalista, ante las expectativas de solución que abría la tregua, aún sin verdadera intención por parte de ETA, satanizó al nacionalismo. El autor analiza algunos ejemplos significativos de cómo teóricos y creadores de opinión, con un discurso carente de análisis y con clara intención de negar al adversario, han contribuido a crear este estado de enfrentamiento total que conocemos en la actualidad. En este libro el autor se vale, principalmente, de dos conceptos para analizar la forma con que el “antinacionalismo”, que, muchas veces es “nacionalismo español” ha vilipendiado al nacionalismo vasco: el “viso” y el “denuesto”. El viso, aplicado a este campo, viene a ser algo así como la resultante de un análisis superficial, caricaturizado y de nivel pre-racional orientado a persuadir a los demás. El denuesto la aplicación de lo anterior desde la condena emocional y sin ningún juicio crítico.

 Lo que el autor pretende con este trabajo es dar cuenta de las principales críticas recibidas por el nacionalismo, durante el periodo de tregua de ETA, siempre bajo la impronta del “viso” y mediante el “denuesto”. Pretende ilustrar como los principales comentaristas políticos de los medios escritos de mayor relevancia, - con la sorprendente omisión por parte del autor de los comentaristas de “ El Diario Vasco”-, han tratado al nacionalismo como una ideología peligrosa que hay que eliminar. También da ejemplos de discurso basado en la falta de rigor y criterio en los nacionalistas, aunque el autor considera que no puede haber comparación posible.

 La crítica el estos comentaristas lanzan contra los nacionalistas se articula sobre estas acusaciones de, irracionalidad, violencia, racismo, tribalismo, incongruencia, utopía peligrosa, que en su mayoría comparten casi todos estos periodistas. Pensadores de la indudable talla de Gabriel Albiac o Fernando Savater quieren partir de la hipótesis innegable de que cualquier nacionalismo vasco es irracional, necio e intelectualmente ruin. Además, es algo que la propia evolución obliga a eliminar. Otros comentaristas de menor talla intelectual como J.María Portillo, José María Calleja, Santos Julia, Patxo Unzueta, Javier  Marías, J.M. Carrascal  ven en el nacionalismo una utopía tribal que contiene una utopía irrealizable, que no aporta nada bueno y que se define en un pensamiento reaccionario. En reflexión del propio sociólogo, siguiendo la estela de una cita de Savater, “el nacionalismo es una coartada antidemocrática, su populismo no es una estructuración de individuos con derechos civiles iguales para todos, sino un gregarismo borreguizante (p. 32).

 Junto a todos estos, por su destacada enemistad irracional y su tono bélico, se sitúan los del grupo de la España de la pandereta como patria unificadora que tachan al nacionalismo vasco de racista (por su euskaldunismo), terrorista (por una supuesta relación nacionalismo-ETA) y violento en su esencia. Eso sí, estos “teóricos” hacen gala del lenguaje mas belicoso para proponer su paz en el innegable ( pues de el viven estos) contencioso vasco.

 Como ya hemos señalado el “viso” y el recurso al “denuesto” son mucho menos utilizados por el nacionalismo. Aunque, por supuesto, existen grandes razones para una crítica seria al nacionalismo, hemos de admitir que en este sentido el recurso mas utilizado por los nacionalistas es el victimismo. Resulta, también, de criticar que Ruiz Olabuenaga haya metido en el mismo apartado a articulistas cercanos al nacionalismo gobernante y al MLNV, cuando el propio momento de la tregua propició una coyuntura artificial en la que no se muestran en toda su claridad las estrategias.

 El autor concluye: “No es de recibo que un problema sociopolítico de tal transcendencia para la convivencia social democrática de los españoles sea abordado con el bagaje intelectual y emocional de los visos y los denuestos en lugar de con la serenidad informativa y la neutralidad valorativa” (p. 94).

 

IDOYAGA, PETXO,  Euskal gatazkaren begiak, Zarautz, Erein, 2001, 93 págs, ISBN 84-95589-18-4.

 Petxo Idoyaga, lan honen bitartez, azaltzen saiatzen da zein garrantzizkoak izan diren hedabideak euskal gatazkaren bilakaeran. Hauek, egilearen ustetan, erabakiorrak izan dira eman izan diren indar-konfrontazioa areagotzen, polarizazioa bultzatzen, eta, horrekin batera alboratu egin dute eztabaida sakon eta demokratikoa:   ....edozein aztertzaileak ikusi eta ondoko orrietan erakutsiko dugun bezala, hedabideak gatazka politikoaren parte eraginkorra dira dagoeneko, polarizazio eta enfrentamenduaren alde jokatu dute eta gehienetan egin diote uko datxekion funtzio bati, eztabaida demokratikoa aberasteari, alegia....euskal gatazkak argiro erakutsi du liskar poltiko-sozialen tratamenduan harantzago jo duen kazetaritza mota...”(p.18)

 Horren adierazgarri aipatzen dituen adibideak egokiak direnez baloratu gabe, esan behar da ukaezina dela euskal gatazkan, beste edozein politika-alorretan bezala, bai abertzale-kutsuko hedabideek bai espainiarrek izan dutela bere eragina. Hala ere, eta honen harira, berak hedabideen jokabideetan azpimarratzen du inflexio puntu bat. Inflexio-puntu hau kokatzen du 1987. urtean. Urte honetara arte deskribatzen dizkigu berez bere benetako helburu soziala betetzen duten hedabide batzuk: “Erredakzio estatutu” batzuk eratu ziren, eta haien bidez arautu ziren kazetarian “informazio eskubideak”...kazetaria zen aldetik, parte har zezakeen zuzendariaren  hautapenean, lankideekin batera editorialen aurkako iruzkinak bultza zitzakeen..., lana kalte-ordaina kobratu eta gero uzteko eskubidea zuen egunkariak bere jokabide editoriala aldatzen bazuen. Horrenbestez, gizartea zen informaziorako eskubidearen egiazko subjektua, eta eskubide horren bitartekari eta berme jokatzen zuten kazetariak “(p.31) . Kazetaritza-mota honetaz aipatzen du askoz ere molde klasikoago bati zegokiola, bere tonua eta informazio-tratamenduari dagokionez.

 1987tik aurrera molde klasiko hau, agerraldi guztien eta angelu ezberdinetatik informazioa emate hau bertan bera geratzen da Ajuria Eneako Itunaren eraginpean: “Ajuria Eneako Ituna izan zen jarrera haren azalpen argiena....Handik aurrera, era dikotomikoan aurkeztu zuten egoera, demokraziaren (alderdien arteko akordioaren) eta antidemokraziaren (ezker abertzalea eta indarkeria kondenatzen ez dutenen)artean (p35)”Egiaz, kazetarien militantismoak ez zuen demokraziaren alde jokatu, baizik eta ETA-ren eta ezker abertzalearen kontrako polizi soluzioen alde. (p.42)” . Gure ustetan, inflexio-puntu honen deskribapena autorearen subjektibitateaz beterik dago. Ez dago esaterik  Ajuria Eneako Itunean zehazturiko printzipioek ez zutela eraginik izan hedabideen informazio emateko eran. Itun hau  politikan izan zuen pisua erabatekoa izan zen. Maltzurkeri handiaz jokatzea litzateke planteatzea politika-loturarik gabeko hedabideen sare bat. Egia da hedabide-talde bakoitza dagoela hertsiki loturik alderdi edo ideologia zehatz batera, eta, horren eraginez, politika maila ematen diren adostasun-desadostasunak neurri antzekoan emango direla hedabideen informazio-tratamenduan. Hortaz, Ajuria Eneako Itunaren sinatzaileek osatzen zuten gehiengo zabal-zabala ezinbestean islatuko zen halaber kazetaritzan.  Are larriago dirudi, nola edo hala, autoreak iradokitzen duena, esanez Itun horretara arte hedabideek jokatzen zutela libreki, askatasun politiko osoz eta konponbideen bilaketa aberastuz. Egia esanez, hortik aurrera, biziagotu egin zitekeen MLNV-ren aurkako eraso mediatikoa, baina diogun bezala, jarrera hori ez da kazetaritza eta politikaren artean sortutako lotura berriarengatik, eta aitzitik, bai esan daitekeela, politika mailan kanpoan  ia inor utzi ez zuen adostasun zabal horrek bere isla era izan zuela kazetaritzan.

 Autoreak kritikatzen du atentatuei ematen zitzaien ikusgarritasuna, eta, horren bitartez zabaldu nahi izan zen MLNVren aurkako mesprezua. Planteatzen du objektibitate handiagokoa, edo inpartzialtasun handiagokoa izan zitekeela ETAren jardunaren kritika gordina egin beharrean, ekintza horien atzean zeuden motibazioak aztertzea eta gatazkaren muinera jotzea. Egia esanik, egin-egin zitekeen, bai, baina, horrela jokatuz,  informazio-jarduna  bortizkeri armatuaren partaide eta osagai bilakatuko zatekeen  Eta ez gara engainatuko, eginkizun “inpartzial” hori ezin hobeto eta argiago egiten zuen MLNVren berezko prentsa zen Eginek eta bere ondorengo Garak. Gauzak horrela planteatzean, eman liteke, mundu horrekiko aspalditik dirauen erabateko arbuioa datorrela MLNVz edo bere izaeraz emandako informazio desitxuratutik. Errealitatetik oso urrun dago esatea MLNVren isolatze sozial hori datzala bere izaeraren ezjakintasun batean, eta, ez, aitzitik, bere jardun odoltsuaren ezagutza ezin hobean.

 1997.ean, Miguel Angel Blancoren  erailketarekin batera, autoreak azpimarratzen du beste inflexio-puntu bat. Hemendik aurrera Espainiako hedabideak aldentze-urrats nabarmen bat emango dute, eta terrorismoaren gaitzespenarekin batera hasiko da nazionalismoren aurkako eraso mediatiko bat.: “...tratamendu molde bakar bat sendotu zen hedabide gehienetan: Ermuko espiritua deitu zena alegia...Oinarrizko hiru ideia huen gainean eraiki zuten hedabideek beren diskurtsoa: esker abertzalea bakartuko zuen gizarte mobilizazioa.../elkarrizketarako ezein zirrikitu itxi.../nazionalismoak Gobernu zentralaren aurren duen edozein aldarrikapen arbuiatu...(p.63)”.Jarrera hau, oraindik ere, areagotu egin zen 1998.ean, Lizarra-garaziko akordioarekin batera: “...Inoiz ere ez zuen ordura arte kazetaritza politikoak hain bortizki murriztu euskal gizartearen irudia gehiengo demokratikoaren eta gutxiengo banatuaren artean, nola 1997ko uztaileko egunen ondoko urtean zehar; inoiz ere ez zitzaion horren aho batez aitortu Barne Ministerioari protagonismo ia absoltua  ETAren gaian; eta ordura arte inoiz ere ez zuten hedabideek hain bortizki satanizatu nazionalismoa...Inoiz ez dira, garai hartan bezala, gatazkaren ikusgarritasunerakoa eta manipulaziorako komunikazio-estrategiak hain sistematikoki eta hain elkar harturik erabili (p. 69)

  Libururuaren azken aldean, Lizarrako akordioari dagokionean, autoreak neurriz kanpoko ausardiaz, lehenesten du hedabideek honen porrotean izan zezaketen garrantzia: “Eta proiektua lur joarazi zuten arrazoiak aztertzerakoan, hedabideen Lizarra-Garazik esan nahi zuen guztia itxuragabetu zutela aipatu zuten lehenik...(p.71).” Gorago aipatutakora mugatuko gara berriro ere, esanez hedabideak ez direla politikatik lekora geratzen diren eragile bat. Ukaezina da, Euskal auzian hedabide gehienak espainiar eskuetan egoteak badaukala bere erasana, eta, betidanik, lortu izan dutela bereganatzea hainbat hiritar zalantzatiren aburua eta jarrera. Baina, aldi berean, esan behar da, hauek ez dutela hainbesteko eraginik izan euskal gizartean. Horren lekuko, autoreak berak, garai hartan ospatu ziren hauteskundeen emaitzak. Beraz, kontresankorra litzateke aitortzea, autoreak egiten duen moduan, euskal gizartean hedabideek ez dutela eragin politiko zuzena, eta, aldi berean esatea hauek izan zirela Lizarraren akordioaren bilakaeraren erantzule garrantzitsuetako bat. Inork ez luke ukatuko Lizarra akordioaren kudeaketan faktore anitzek hartu zutela parte, eta hedabideei hainbesteko garrantzia ematea ez dela sostengarria.

 

Sobre el nacionalismo

 ELORZA, ANTONIO, Un pueblo escogido, génesis, definición y desarrollo del nacionalismo, Barcelona, Crítica, 2001, 502 págs. ISBN: 84-8432-248-3.

 El conocido historiador Antonio Elorza plantea una panorámica de la historia vasca que va desde el siglo XV hasta nuestros días. No pretende una historia global, sino probar, por el análisis de varios aspectos sociales y políticos de la historia del País Vasco, una idea del nacionalismo que se enraíza en realidades anteriores al mismo. El autor apenas apunta su perspectiva general, que no es otra que la falta de éxito del Estado español para constituirse como tal, sobre todo en comparación con el modelo francés: “(...) la modernización política tropieza, según la fórmula acuñada por Pierre Vilar, con la destrucción de las precondiciones económicas que la pusieron en marcha. El Estado resultante, dominado políticamente por la Corona, los liberales “moderados” y los caudillos militares, reprodujo el modelo francés de centralización pero con claros acentos defensivos (Guardia Civil, plétora de oficiales en el ejército) y una muy débil administración que tuvo que recurrir a las redes clientelares y al caciquismo para subsistir. Fue un Estado débil y opresivo, incapaz de poner en marcha los mecanismos integradores necesarios para la consolidación del Estado-Nación” (p. XIV). Resulta claro, también, que esa idea de estado va aparejada a un concepto de “modernización política” que expresa su deseabilidad, aunque no en los términos en los que realmente se produjo. Es importante señalar esta cuestión porque a remolque de la misma se contempla la evolución de una serie de sectores sociales reaccionarios, de unas elites locales, hacia la creación del nacionalismo vasco. En función de unas determinadas ideas fuerza tradicionales, los representantes de este pretendían mantener su poder local frente al proceso de “modernización”.

 Esta es, pues, la perspectiva. Las provincias de Guipúzcoa, Vizcaya y Alava fueron indubitablemente conquistadas por Castilla. Posteriormente, las elites locales, se afanaron en inventar una nueva historia por la cual cada uno de los territorios había sido independiente desde tiempo inmemorial y, por tanto, su relación con Castilla y, por consiguiente, con España, era fruto de un convenio, de un pacto entre la corona castellana y las juntas de los respectivos territorios. En este sentido, las juntas, las diputaciones, las instituciones forales, “operan como auténticas barreras defensivas tras las cuales se protege la situación ideal del País Vasco, cercado por un orden exterior en que prevalece el espíritu del siglo” (p. 23). En este sentido, el Padre Larramendi, el gran defensor de Guipúzcoa y de los fueros en el siglo XVIII, sería el representante de la ideología dominante en la provincia, cuyos componentes principales serían el racismo, el foralismo y la religión.

 El tránsito de los siglos XVIII y XIX plantean un esquema de crisis social y política. Las Guerras Carlistas son los últimos intentos de las elites locales de mantener el poder en sus reductos forales. La derrota de las mismas, trae como fruto el nacionalismo. Sabino de Arana Goiri “era conscientemente el fundador de una religión política” (p. 281). “El legado de Sabino configuraba una religión política cuyo núcleo era la violencia, la confrontación a muerte contra la dominación ejercida por España sobre Euskadi (p. 189). Y el nacionalismo se divide entre aquellos que quieren llegar a un status de convivencia con las elites gobernantes españolas y aquellos que plantean ya un rechazo a España. ETA no sería más que la última manifestación de esta tendencia.

 El propio Elorza entiende que el nacionalismo vasco no es “un caso simple de invención de la tradición” (p. 401) y que “la visión histórica del nacionalismo se basaba en el mito; ahora bien, incorporado desde tiempo atrás a la mentalidad vasca, era un mito convertido ya en factor de la historia”. Un mito, el del convenio entre el rey y las juntas, el de la independencia originaria de los vascos, que despuntaba, por los menos, desde el siglo XV y que, como bien señala nuestro autor, es admitido por las propias Cortes de Castilla en 1644, mediante una Real Cédula de Felipe IV (p. 5).

 La perspectiva de contemplar al nacionalismo y al fuerismo como movimientos retardatarios ante la deseabilidad de un proceso de racionalización estatal llevado por el Estado español, que es la que utiliza Antonio Elorza, muestra múltiples problemas, como la de tener que prescindir del hecho, suficientemente probado, de que la ideología foral es producto del liberalismo vasco, no del carlismo, por lo que no se adscribe necesariamente a las clases reaccionarias. El análisis de Sabino Arana, como creador de una ideología belicista, también es una deformación de la realidad: Sabino Arana hace su labor política tras una derrota militar y tras tener la conciencia clara de lo que un enfrentamiento bélico significaba de malo para lo que el consideraba era Euskadi. Y funda un partido, no una organización armada. Los propios ideólogos de los aledaños de ETA contemplaban al primer nacionalismo como demasiado pacifista, demasiado de orden, frente a la efervescencia insurreccional carlista.

 Finalmente, Elorza concluye que “lo más preciso consiste en situar el movimiento sociopolítico pro-ETA en las estela del nazismo” (p. 410-1). Para ello se basa en el racismo de Sabino Arana y en su supuesto belicismo. La pena es que su análisis concreto de la realidad concreta concluye precisamente en 1936: Elorza nos ofrece una panorámica tan amplia de la historia vasca para que, sin necesidad de tener que analizar a ETA, poder situar a este movimiento en una línea de continuidad trazada desde el siglo XV. Esta conclusión por inferencia parece muy tramposa, ya que prescinde del propio objeto de análisis para calificarlo de la manera que quiere. Ese salto del tigre, que prescinde de los últimos 60 años de historia y no teme en juzgarla, es la marca de una manipulación histórica muy clara. Constituye una puesta al día de las prácticas de deformación de la historia que denuncia el propio Elorza.

 

GARAIKOETXEA, CARLOS, Euskadi: la transición inacabada Memorias Políticas, Barcelona, Planeta, 2002, 359 págs. ISBN 84-08-04284-X,

 Esta es la primera autobiografía realizada por un representante de la generación de políticos nacionalistas que comenzaron su labor durante la etapa de la transición. Y es que Carlos Garaikoetxea tiene una trayectoria de la importancia, a la escala vasca, de otros grandes políticos surgidos durante esta época, como Adolfo Suárez o Felipe González. Su testimonio, que nos trae casi por primera vez el relato de una época de importancia crucial, es necesariamente interesante.

 El final del franquismo y el principio del sistema de democracia representativa que se dio en Euskadi y en España fue especialmente tormentoso: las acciones redobladas de ETAm, ETApm y los Comandos Autónomos, el tránsito de la policía franquista al GAL, el siempre pendiente golpe militar; la constitución de un poder civil fuerte, en medio de las asechanzas de todos estos grupos armados, era una labor muy dificultosa. En el caso vasco las cosas todavía eran más complicadas. Menciona Garaikoetxea que “a la caída del dictador, quienes tuvimos responsabilidades políticas en Euskadi, nos enfrentamos a un doble desafío: contribuir a afianzar un régimen democrático en el Estado y, al mismo tiempo, restaurar un régimen de autogobierno para el País Vasco que diera satisfacción a las aspiraciones de una sociedad más reivindicativa que nunca. Todo ello en medio del peligro permanente de involución política y de vuelta a un régimen dictatorial en España” (p. 16).

 Garaikoetxea nos narra como recala en el nacionalismo de la mano del histórico dirigente del PNV Juan de Ajuriaguerra, su ascensión a la presidencia del PNV, la participación del PNV en las primeras elecciones de 1977, en el Consejo General Vasco y en la preautonomía, la exclusión de este partido de la elaboración de la Constitución española, las negociaciones para la aprobación del Estatuto de Gernika, las primeras elecciones al Parlamento Vasco y su elección como lehendakari, la crisis política del 23 de febrero y la crisis que dividió al PNV en dos partidos, incluida la parte del acoso personal del que fue objeto. Finalmente, la fundación de otro partido, Eusko Alkartasuna, del cual también será presidente, y las vicisitudes que le seguirían, como la firma del Pacto de Ajuria Enea, el conflicto de la Autovía de Leizaran o el Pacto de Lizarra.

 Como se ve, nos encontramos ante una vida política larga y llena de vicisitudes. Garaikoetxea pretende, a cada ocasión histórica, dar noticia de su postura, de la postura del nacionalismo o de la postura de su posterior partido EA, saliendo al paso de las numerosas confusiones o interpretaciones interesadas. La postura abstencionista frente a la Constitución española se debió a la doble perspectiva de respetar el avance democrático que suponía y, al mismo tiempo, la falta de reconocimiento de los “derechos originarios” (p. 70) del pueblo vasco y, por tanto, de la bilateralidad que debía regir en su salvaguarda, que era una cuestión fundamental para los nacionalistas. La aprobación del Estatuto de Gernika por parte del PNV, “un texto de inspiración básica nacionalista, compartido con el PNV por EE y con alguna reserva del PSOE” (p. 88), obedecía a la situación de grave crisis económica, de vacío de poder y de legitimidad democrática que existía en Euskadi, y a la necesidad de plantear una respuesta política que, además, era abierta, por medio de la Disposición Adicional estatutaria (p. 73). Remarca el compromiso del nacionalismo en contra de la violencia de ETA y el hecho de que fuera pionero en la movilización y contestación ciudadana frente a la misma (p. 199). También se nos da noticia del retroceso en el avance autonómico marcado por el 23 de febrero, por la LOAPA y la ascensión de los socialistas al poder. 

 Como no podía faltar en un libro de estas características, da pie a ajustes de cuentas, sobre todo con Xabier Arzalluz, al que acusa de querer dar el voto afirmativo a la Constitución Española (de hecho, votó que si en la comisión que le correspondía) y de pactar con la monarquía y otros poderes del Estado su propia defenestración como lehendakari del Gobierno Vasco. También denuncia el pacto PNV-HB en la materia de la Autovía de Leizaran, y la connivencia práctica del PSOE en el mismo, así como el poco lucido papel del PNV en el asunto tan repetido del pacto con ETA en la etapa de Lizarra-Garazi (p. 334).

 Garaikoetxea resume la difícil posición del nacionalismo vasco en el contexto que le ha tocado gobernar, en tanto que “hay un conflicto ya histórico no resuelto con el Estado y, como consecuencia, un doble conflicto entre los vascos: el que enfrenta a una importante minoría no nacionalista vasca de raigambre o sentimiento español con el nacionalismo vasco, y el que marca las diferencias estratégicas, violentas o no, dentro del nacionalismo vasco” (p. 17).

 El libro es sumamente legible y ameno, aunque se eche en falta un tratamiento más profundo de las grandes cuestiones que toca. En todo caso, parece clara que la intención del autor es la de dejar nítidos una serie conceptos, sin entrar demasiado en la escritura minuciosa de la atormentada historia que le tocó vivir.

 

LORENZO ESPINOSA, JOSEMARI, La renuncia nacional del PNV (1977-2002), Kale Gorria, 2002, 392 págs. ISBN: 2-84747-010-7.

 Un texto muy parecido a este, escrito por uno de los líderes de ETA en la etapa de la V Asamblea José Antonio Etxebarrieta en 1967 titulado “La III guerra carlista”, trata retrospectivamente del mismo tema: la dejación por parte del PNV de los objetivos por los cuales nació. El historiador y profesor de la Universidad de Deusto, Josemari Lorenzo Espinosa, plantea la cuestión de forma nítida: “El partido surgido para deshacer las dependencias políticas vascas en la mayor parte de su camino no ha hecho más que consolidarlas” (p. 13). Los contextos de los trabajos de Etxebarrieta y el de Lorenzo Espinosa son diferentes, pero ambos poseen el mismo objetivo: recabar para ETA, en el primer caso, y en el segundo caso, para el MLNV, la fidelidad a los orígenes del nacionalismo sabiniano, sin hacer profesión de fe en las doctrinas de Sabino Arana. Digamos que el primero de los textos fue retirado de la publicación por su escasa mención al marxismo-leninismo que la organización iba a asumir en la V Asamblea y que se debía, en gran parte, a la teorización del propio J. A. Etxebarrieta (Onaindia, p. 372): eran otros tiempos; la ideologización revolucionaria tenía una formulación precisa y parecía que el concepto de “nacionalismo revolucionario”, aplicado a Euskadi por Txabi Etxebarrieta y por Federico Krutwig siguiendo la unidad entre comunismo y patriotismo abogada por Mao Zedong, era ya un logro histórico insoslayable. No había necesidad de seguir pulsando las claves del nacionalismo clásico para acometer la acción en una nueva etapa.

 Josemari Lorenzo Espinosa habla desde otro contexto muy concreto: el posterior a las elecciones del 13 de mayo del 2000. La clara derrota electoral y el retroceso social sufrido por el MLNV, así como la clamorosa victoria de la coalición EA-PNV y su líder Juan José Ibarretxe, parecen ser los detonantes de esta nueva requisitoria que se hace desde los aledaños de la izquierda revolucionaria vasca contra el nacionalismo histórico. La técnica que usa nuestro historiador y miembro de la Mesa Nacional de Batasuna es muy parecida a la que se usaba en la época franquista por parte de ETA y sus teóricos: la estrategia de la desilusión, la denuncia implacable a los líderes del nacionalismo: Ibarretxe es el último producto de estos veinticinco años de repudio constante de principios fundacionales” (p. 20); “podíamos decir que leer a Arzalluz es leer al PNV de los últimos veinticinco años” (p. 26). “Si hay un Arregi en el PNV de fin de siglo XX es porque hubo un Ardanza en 1987, un Garaikoetxea en 1978 o un Arzalluz en 1977. Y antes un Aguirre en 1936, un Kizkitza en 1917 y, en efecto, detrás de todos un sotismo crónico estructural. Un fenicio o grupo de ellos que siguen controlando entre bastidores la renuncia nacional del partido” (p. 314). No hay más que repasar los insultos de calibre grueso lanzados por Federico Krutwig o Julen Madariaga sobre las figuras históricas del nacionalismo (de los que no se libra el propio Sabino Arana) o que se translucen en los textos oficiales de ETA para palpar la continuación de esta línea de combate. Porque se trata de un libro de combate, hecho para denunciar y atacar. La coyuntura de retroceso político del 13 de mayo, por parte del MLNV, exige una respuesta que arroje el desprestigio contra el nacionalismo actualmente hegemónico. Y, para ello, lo primero es erosionar la confianza en los líderes.

 Este libro desentierra el antiguo vocabulario aranista y aberriano (la división entre “abstencionistas” –los que no participan en la política española- e “intervensionistas” –los que participan en ella; la mención de “fenicios”) con la intención de denunciar los pasos dados por el PNV y, secundariamente, por EA, en las últimas décadas. Y es que Josemari Lorenzo Espinosa tras denigrar a los líderes del nacionalismo, pasa a calificar a sus bases casi en los mismos términos despreciativos: “No es que la afiliación (del PNV) sea tonta y no sepa distinguir. No es el electorado peneuvista el que está engañando. Es sencillamente que se siente seguro de sí mismo y cómodo, en un discurso formalmente recio, que se autolegitima con referencias forales o aranistas, que se presenta como intérprete de lo que necesitan la soberanía, para sin solución de continuidad decir que se está avanzando en este camino. Porque tenemos más carreteras, más sanidad, más frontones y más policía indígena. Y a esta gente le gusta que le digan lo que quiere escuchar: que eso es el autogobierno. No es que la militancia no sepa de qué está hablando Arzalluz. Es que quiere que le hablen así, y después de cada mitín volver a casa con un país sin liberar, pero con la conciencia nacional tranquila, las calles limpias y los semáforos funcionando y no “a comer berzas”, como en Albania. Es la metadona que necesitan para, poco a poco, prepararse para el momento de la renuncia oficial definitiva” (p. 76).

 Estas consideraciones de blandura política guardan ciertas concomitancias con las expresiones que ETA dedicaba al electorado nacionalista tras los comicios electorales citados, en los que hablaba de su flojedad y de su escaso sentido de lucha. Así como la insistencia en tratar a la figura del lehendakari Juan José Ibarretxe, estrella de los denuestos de ETA, que en el texto que nos ocupa abarca un espacio grande en ese mismo sentido, para lo cual el autor repasa el libro de entrevistas con el lehendakari del periodista Javier Ortiz. 

 Finalmente: ¿cómo es posible que un historiador del MLNV saque a la luz la figura de Sabino Arana? No hay más que repasar los textos del MLNV para ver que el pensamiento y la figura de Sabino Arana brillan por su ausencia, amén de que la primera desmitificación del maestro de Abando la acometen ideólogos de ETA, como Federico Krutwig y Emilio López Adan, “Beltza”.

 Y es que Josemari Lorenzo Espinosa hace, con este libro, un magnifico ejercicio de vuelta a los orígenes, pero de una manera inesperada; pues si bien los orígenes que explicita son los del nacionalismo, encarnado en el Sabino Arana que descubre a la nación vasca, el espíritu que, en la práctica, conjura, es el de la ETA naciente de los finales de los 60, la organización armada que iba a poner en práctica el dispositivo de la guerra revolucionaria y que necesitaba en sus filas gente con la determinación suficiente para matar y morir. Aquí se detecta la confianza de que la contemplación de tanta pusilanimidad por parte del nacionalismo puede incitar los ánimos redentores de muchos y puede atraer al redil a aquellos desilusionados. Para que la vieja maquinaria de reproducción de la violencia montada en la V Asamblea bajo los auspicios del marxismo-leninismo pueda seguir cogiendo fuerzas de la contradicción nacional en Euskadi. El libro de Lorenzo Espinosa, texto político y de batalla donde los haya, constituye una aportación particular para ello.

 

 

 Sobre Euskadi como sujeto general

 SANZO, LUIS, El Pueblo Vasco y la Autodeterminación, Donostia, Erein, 2001, 239 págs, ISBN 84-7568-355-X

 Nos encontramos ante un trabajo que tiene la vocación exhaustiva de comparar las alternativas políticas de cada partido y su ajuste con el derecho, tanto autonómico, como estatal y como internacional. Luis Sanzo en general afronta con rigor los problemas que todo ello acarrea, tanto desde la perspectiva legal como de la posible ruptura de la cohesión social, que puede conllevar el inicio de un proceso de autodeterminación. En lo que  se refiere a los aspectos legales necesarios para poder emprender una consulta popular de secesión o de búsqueda de un marco político cualitativamente diferente, las conclusiones son bien claras. En este aspecto más allá de posible interpretaciones subjetivas sobre su factibilidad, se limita a presentar la normativa que guía a la ONU a la hora de admitir un proceso autodeterminación, así como datos históricos de países que mediante acuerdos internos consiguieron pactarla.

  Las conclusiones en lo que se refiere a la normativa internacional son evidentes: Las disposiciones de las Naciones Unidas reservan ese derecho a pueblos cuya absorción por la nación-estado tiene carácter colonial: “...la Carta de Naciones Unidas únicamente prevé la aplicación del principio de libre determinación, incluyendo el derecho de secesión, a las colonias o otros territorios no dependientes...(p.36)”. La ONU también contempla este derecho a pueblos en los cuales se da una vulneración de los derechos humanos por parte de la nación-estado oficial“Algunos autores han señalado...una tercera circunstancia...un bloqueo de un ejercicio significativo del derecho de un pueblo a la libre determinación interna, situación de opresión que le legitimaría...La existencia de violaciones serias serias y generalizadas...constituiría un elemento añadido...(p.38).”. La aportación de estos datos es de gran utilidad para desterrar cualquier esperanza que pudiera haber en esta vía en lo que hace referencia al caso vasco.:

 Dejando de la lado la normativa internacional, y  centrándose en la posibilidad de abrir un proceso vía pacto con el Estado,  afirma que éste debería conllevar un cambio constitucional:” El derecho constitucional a la secesión debe regularse de forma que se garantice una estabilidad política a largo plazo...la obligación de ejecutarlo en un plazo y en una forma establecida que despejen el futuro inmediato en un espacio de tiempo razonable.” Al mismo tiempo, ya adelanta un aspecto que más adelante desarrollará más al detalle respecto a la necesidad de una mayoría muy amplia para emprender las negociaciones de reforma constitucional: En el modelo ordinario, el inicio del proceso de autodeterminación externa requeriría un apoyo fundamental de la fuerzas políticas (por ejemplo 2/3 partes del parlamento territorial)y su consolidación un refrendo mayoritario del cuerpo electoral (más del 60%)...”(p.110).

 En lo que refiere a las dificultades en el terreno de lo social, hace especial hincapié en el problema de la territorialidad. Al hilo de esto, es muy buena la diferenciación que hace entre lo que sería la soberanía territorial y lo que el llama la “soberanía cultural”. La primera,  es de sobra conocida, y estaría basada en el concepto de territorio. La segunda tendría como apoyo la comunidad y prestaría ciertos servicios (culturales, educativos...) a los miembros de la comunidad nacional, quedando el resto de competencias relegadas a instituciones estatales comunes: “En su versión actual, el recurso a la idea de “soberanía cultural” sirve sobre todo para fundamentar un control pleno sobre la política lingüística, a través del control asociado de la cultura, la educación y servicios básicos”(p.132). Hace aquí una exhaustiva diferenciación entre lo que sería la ciudadanía (que todos los miembros del territorio compartirían) y la nacionalidad (solo de los pertenecientes a la comunidad nacional. De esta manera, la comunidad nacional diferenciada debería establecer sus instituciones nacionales, que contarían con total independencia de gestión para los aspectos que tienen reservados (cultural, educativo principalmente). El análisis que hace de esta “soberanía cultural” es de mucha utilidad para las reflexiones posteriores sobre la posibilidad de que una ciudadanía compartida fuera una posible solución para el tema vasco. Al mismo tiempo, este concepto le servirá para solucionar el problema de núcleos periféricos de la comunidad vasca (lugares donde esta comunidad es minoritaria, como en Navarra), y conseguir así, presentar una posible solución al asunto de la territorialidad: “...con el modelo de soberanía cultural...las instituciones nacionales pueden operar tanto en aquellos territorios donde en los que el pueblo es mayoritario como en aquellos en los que no lo es...(p.134)”.

 Aunque en un principio parece muy interesante, y sobre todo novedosa, la solución a partir de la “soberanía cultural”,  resulta cuestionable por dos motivos.

  Uno de ellos, es abordado por él, y sería el de la potencial conflictividad que podría suponer, en las zonas donde la comunidad cultural es mayoría, la yuxtaposición de dos pueblos diferenciados. Afirma que la soberanía cultural llevada al extremo, más que conciliar, avivaría el enfrentamiento e iría en detrimento de cualquier cohesión social:  “Sin embargo, este recurso al sentimiento compartido de ciudadanía vasca no resuelve el problema puesto que dicho sentimiento no supone, para una parte fundamental de la población vasca, una renuncia a la aceptación complementaria de la ciudadanía española... La contradicción tampoco se resuelve apelando a la libre identificación con el proyecto, en el que tiene “cabida todo el que se quiere adherir al mismo voluntariamente”...porque llevado a sus extremos supone la ruptura de la ciudadanía vasca actual, la “extranjerización”de aquellas personas que no quieren”(p.145-146)

 Por otro parte, cabe otra gran crítica a este modelo de solución de “soberanía cultural”, y más aún teniendo en cuenta que más allá de su mera exposición como vía resolutiva, lo adopta como deseable en su propuesta personal para dar salida al problema cultural que surge con los grupos vascos (por ejemplo en Navarra) donde éstos son minoría: “Los miembros de las nacionalidades minoritarias, con independencia de los derechos generales que les corresponden como ciudadanos, tanto en el ámbito español como en el de su Comunidad autónoma de residencia, tendrán en todo caso derecho a unas instituciones nacionales propias de base no territorial, con competencias lingüísticas, educativas, culturales o deportivas...(p.157-158-159)” Para ilustrar el funcionamiento de la misma toma como modelo el caso húngaro, caso en el que las instituciones húngaras prestan servicios en determinadas áreas a individuos de países fronterizos a los que previamente se les ha reconocido la nacionalidad.  Me parece que es una propuesta que carece, en el caso vasco, de realismo. Cabría hacer muchas preguntas entorno a esta propuesta : ¿Cómo salvar la subjetividad a la hora de decidir qué porcentaje mínimo debe suponer la comunidad vasca para delimitar el territorio de actuación?, ¿Cómo sostener en los territorios donde la comunidad es minoritaria el choque entre la duplicidad de ciertas competencias? ¿ Cómo hacer llegar físicamente ciertos servicios (por ejemplo educación) a lugares donde por el número de población vasca es financieramente insostenible? ¿ Cómo calcular el porcentaje sobre los impuestos totales que suponen esas áreas de servicio, y acordar con las instituciones comunes una exención en la tributación a fin de que no se tribute doble?

 En cuanto al análisis personal del autor respecto a la posible solución del tema vasco, parece pertinente su conclusión acerca de la necesidad de una aceptación muy consensuada del posible cambio de escenario político. Y es que, como bien dice, más allá de una posible mayoría, habría que buscar un consenso muy alto para evitar la formación de guetos: "...la conformación de una mesa de partidos en las que participen todos los partidos españoles y vascos..”(p.157). Esta claro que  en una decisión de esta índole, es necesario intentar enganchar a toda la sociedad, si es que no queremos intensificar la pugna entre los dos frentes identitarios. Hasta ahí va bien, pero a la hora de plasmar este modelo resolutivo en ideas concretas vuelve a pecar de una falta de realismo total.

 En el punto 2. de la solución propuesta habla de presentar un proyecto de reforma constitucional propuesta por una comisión en la que estaría la representación de todos los partidos que hay en el País Vasco:“ Plantear un proyecto concreto de reforma de la Constitución..”. Plantear esto como algo factible es como plantear que el conflicto nacional/cultural vasco que ha motivado este libro en cuestión no existe. El caso es que, hoy por hoy, es inconcebible el hecho de presentar una propuesta que satisfaga a todos los partidos en lo que se refiere a una propuesta de reforma constitucional. Para empezar, ya el simple hecho de hablar de propuesta de reforma haría levantarse a la mitad de la mesa negociadora.

 En lo que se refiere al punto tres, también muy idealista. Aunque, bueno, si somos capaces de concebir como en el punto 2. una mesa en la que consensuadamente se presenta una propuesta común de reforma de la constitución, por descontado que en las posteriores negociaciones con el gobierno central se consigue la modificación. Más allá incluso, si vemos que entre las alternativa del punto 3., es decir, las alternativas a las que va dar lugar la reforma  constitucional (propuesta unánimemente y aceptada por Madrid) son ya la autonomía actual o un proceso de autodeterminación nos damos cuenta de que , aparte de ser alternativas no realistas, el hecho de suponer que la reforma iba a aceptar esas dos alternativas está cargándose el resultado (en teoría desconocido) de la negociación del punto 2.

 El libro de Luis Sanzo es de gran utilidad, ya que el ejercicio de conectar lo político con lo jurídico nos da una muestra más precisa de cuales son las alternativas vigentes de cada partido y las posibilidades que tienen de ajustarse a algún tipo de derecho. Sin embargo, la voluntad política de las partes, clave del asunto, no es analizada igualmente. De ahí el voluntarismo de algunas de sus apreciaciones.

  

BATISTA, ANTONI, Euskadi sin prejuicios, Barcelona, Plaza y Janés, 2001, 237 págs. ISBN: 84-01-37779-X.

 El libro del periodista de La Vanguardia Antoni Batista pretende plantear una panorámica política completa de un periodo de tiempo muy preciso: la etapa que media entre 1998 y el 2001. Nos encontramos pues ante una crónica de la última, o la penúltima, hora política. “En estos tres años ha faltado reflexión serena y también tiempo” (p. 11), plantea nuestro autor en referencia, sin duda alguna, a las expectativas surgidas a raíz del alto el fuego unilateral de ETA. Además de ello, nos ofrece una visión general del problema vasco y las referencias a épocas pasadas muestran a las claras el seguimiento cercano de las cuestiones que afectan a nuestro pueblo.

 Para llegar al plato fuerte del libro, que es el análisis pormenorizado de las vicisitudes por las cuales dicho alto el fuego no derivó en una pacificación irreversible, Batista hace un repaso de diferentes agentes y sujetos. La prensa española, la englobada dentro de la “campaña mediática”, es vista desde el observatorio privilegiado que le otorga ser también periodista de un diario de gran difusión. Su opinión no ofrece dudas: “Lo que han hecho los medios en la última campaña electoral vasca producía bascas. Se han transgredido todos los códigos deontológico, se ha robado información, se ha manipulado opinión, se han lanzado las peores acusaciones sin el más mínimo sustento lógico, se han criminalizado ideologías democráticas, se ha jugado con las identidades y, en suma, se ha ofrecido desde los templos de la objetividad el más burdo alegato partidista” (p. 228). La inclusión de otras opiniones contrastadas, como la de los periodistas Enric Sopena (p. 41), Javier Pérez Royo (p. 40) e Iñaki Gabilondo (p. 43), deja claro que, pese a que pueda abusarse de la excusa de los medios de comunicación para tapar miserias políticas, estos han seguido y siguen una conducta programada que va en contra de todos los códigos periodísticos. Batista plantea que no es una tendencia privativa del Estado español, pero que ha sido el tema vasco el que a acelerado esta tendencia orquestal de los medios de comunicación.

 Las ideas fuerza de Batista son pocas y bien delimitadas: la conciencia de que el problema de la identidad en Euskadi, por condicionamientos históricos, por tendencias propias, por la existencia de la violencia, es mayor que en otras zonas del Estado español (215-6); la perspectiva de que, por el bien de la convivencia y de la posibilidad de un consenso político de calado que otorgue estabilidad, la alianza entre el PSOE y el PNV ha sido un bien para el país, y que, posteriormente, ha constituido un error abandonar esta transversalidad (p. 127); la constancia de la naturaleza revolucionaria de ETA y de su movimiento: “son un poco los últimos paraleninistas de la Europa Occidental, organizados en la teoría de la confrontación” (p. 175). La necesidad de que “la izquierda abertzale civil” posea autonomía política respecto a la organización armada (p. 149) y la conciencia de que cuando eso ocurra nos encontraremos ante “el principio del fin” del problema.

 Dentro de estas coordenadas, que el autor considera claves a la hora de interpretar la ruptura de la tregua por parte de ETA, se añaden otras variables como la escasa iniciativa del gobierno del PP o su saboteamiento explícito del posible proceso de paz, mediante el mantenimiento de la dispersión de los presos y el encarcelamiento del 50% de la “delegación negociadora” de ETA; y el cambio de correlación de fuerzas dentro de la cúpula de ETA, donde los “duros” consiguen la mayoría (p. 193).

 El análisis de Batista constituye una mezcla de realismo e ingenuidad, en tanto que, por los propios datos que aporta, se ve que la cuestión del Pacto de Lizarra-Garazi tenía por detrás una amplia trastienda de contactos entre el PNV y Herri Batasuna (desde principios de los 90) y, por tanto, el cálculo estratégico de los mandatarios del MLNV no tenía por qué obedecer a cuestiones meramente circunstanciales como las que alude. Amén de no detectar la continuidad entre la etapa de “socialización del sufrimiento”, la creación de la nueva cantera de militantes de ETA mediante la “pista americana” de la kale borroka, la propia reorganización de ETA durante la tregua, hechos descritos con admirable detalle por parte del periodista, y la propia tregua de Lizarra. Cuestión esta, de la continuidad y complementariedad entre las dos fases (la de la socialización del sufrimiento y la de la tregua), aludida en múltiples ocasiones por parte de los mandatarios políticos y militares del MLNV, ya que además de obedecer a una estrategia (la de radicalizar al nacionalismo y de adentrarlo en la fase de ruptura mediante su caída de las instituciones vascas) era un aval a toda la lucha precedente y una deslegitimación de la vía autonomista llevada por el nacionalismo desde 1977.

 Nos encontramos ante un libro de tono admirablemente equilibrado y con datos de primera mano. Batista se encuentra entre ese grupo de catalanes admiradores de lo vasco cuya participación en el debate de ideas y de hechos acerca de la cuestión constituye una aportación de serenidad tan necesaria en nuestras actuales circunstancias.

 

ZALLO, RAMÓN, El País de los vascos. Desde los sucesos de Ermua al segundo gobierno de Ibarretxe, Madrid, Fundamentos-Alberdania, 2001, 262 págs. ISBN: 84-245-0907-2.

 El libro del catedrático de la UPV, Ramón Zallo entra dentro de la categoría de los análisis políticos que desembocan casi en una propuesta de resolución del tema que trata, en este caso el espinoso tema del conflicto vasco. Las ideas que expone Zallo no son exclusivamente personales, ya que se corresponden con todo un estado de opinión. En este sentido, no hay que olvidar la vinculación del autor con Elkarri. De ahí la mención a algunas ideas clave muy parecidas a las que suele difundir este grupo, como la constancia de un enquistamiento, de una paralización de coyuntura “el estancamiento y desánimo que se produjeron en los 80 y los primeros 90” (p. 10), por lo cual hay que abrir el paso por alguna parte. Así como la repartición equidistante de responsabilidades que adjudica a cada uno de los actores y sujetos de nuestro tema: “En todo ese periodo, muy iluminado por el fulgor de las violencias, las responsabilidades se reparten entre el Estado y ETA, mientras el nacionalismo tradicional, el Partido Nacionalista Vasco (PNV), satisfecho con sus competencias y liderazgo, miraba para otro lado en cuanto a las raíces del problema”.

 ¿Cuáles son las raíces del problema? Para Zallo lo constituyen algunas cuestiones fundamentales como, sobre todo, la falta de democracia en España y Euskadi (“no cabe identificar democracia (...) con este Estado democrático concreto surgido de la Transición o con su Derecho positivo”, p. 50) e incluso Europa (p. 177), por dos razones, por la negación del derecho de autodeterminación y por tratarse de sistemas democráticos “plutocráticos, capitalistas y crecientemente desigualitarios; la conformidad del nacionalismo con la gestión del status quo, es decir, el actual marco autonómico –lo que le hace estar cómodo y no tomar iniciativas en pos de la modificación de esa situación; la subordinación del MLNV al mandato de ETA (la Izquierda abertzale (...) es rehén del militarismo de ETA” p. 127); y la Globalización capitalista como nueva niveladora de jurisdicciones políticas y sociales (p. 150).

 Para Zallo el problema más importante del actual paisaje vasco no es el de la violencia: “La violencia política es sólo una dimensión del conflicto político en cualquier sociedad, pero es muy relevante y tiene un fuerte impacto. ETA (..) no es el conflicto más trascendental. No es el fondo de nuestros problemas sino una manifestación más, y no necesaria, del mismo. Pero sí el más visible, prioritario y traumático. En nuestro país, aparece como llave de paso para resolver otros problemas y no es resoluble sin encauzar alguno de los conflictos centrales.” (p.167). En resumidas cuentas, según Zallo la violencia constituye una oportunidad para solucionar el verdadero problema de fondo, que es el de la falta de democracia, y actúa como “llave de paso” en tanto que la urgencia que produce, por sus consecuencias dolorosas, puede propiciar la movilización de los actores políticos y sociales de la política vasca y española para llevar a cabo determinaciones que lleven a una auténtica democracia en Euskadi. Hablando de la iniciativa fallida de Lizarra-Garazi, dice también que “como entonces, quizás sea la mirada sobre el abismo la condición para que se despierte de nuevo la fraternidad” (p. 103). Parece una forma suave de plantear de cuando peor, mejor. De ahí la mención de la violencia como “llave de paso”. Y es que, como los antiguos marxistas, Zallo tiene una doble actitud acerca de la violencia: plantea una proporcionalidad de la misma y también una función social, sin hacer distingos entre la violencia como monopolio de un estado o de una organización armada que la tome como medio de lucha (p. 176).

 La solución de esos cuatro problemas –falta de democracia, conformidad con el status quo, subordinación de políticos a militares en el MLNV, y globalización capitalista- pasa, pues, por la puesta en marcha de un proceso de “profundización democrática y la superación del actual modelo político(p. 174). Para Zallo tal profundización democrática pasa por la formación de una nueva mayoría autodeterminista, que prescinda de la existencia de la violencia de ETA y que esté abierta a Batasuna (p. 171), para que este partido tenga la oportunidad de plantear la autonomía de lo político frente a lo militar. En este sentido, parece optimista en exceso la afirmación de esa mayoría autodeterminista que ve Zallo entre nacionalistas y no nacionalistas (p. 102), ya que una cosa son las percepciones de que hay que llegar a un acuerdo político para solucionar el problema, aunque sea a costa de plantear algún tipo de refrendo, y otra las condiciones políticas concretas que pueden darse, en una etapa de tensionamiento en el cual la violencia de ETA y la campaña antinacionalista del PP convergen en el objetivo común de derribar a Ibarretxe.

 Este resumen no hace justicia a la densidad de matices de este libro. A veces parece que Zallo hace demasiadas peticiones de principio, empezando por los presupuestos de cuales son “las raíces del problema”. La idea de la falta de democracia o de el “déficit estructural” de la misma, contada por un profesor de Universidad con cargo institucional, no es creíble más que desde la visión de alguna democracia perfecta mediante la cual superarse los dos grandes males que se describen, el problema particular de que “se niega a consultar a los vascos lo que quieren ser” y el general de la globalización (“se quiere imponer un Nuevo Orden” “la inquisición ha vuelto” p. 226). En este sentido, “las reivindicaciones en las nacionalidades con esfera pública propia no sólo pueden no ser un obstáculo para las reivindicaciones sociales sino lo contrario, un factor añadido de rebeldía como el que tenían los izquierdistas radicales para ser luchadores por la democracia”. (p.150).

 Partiendo de nuestro problema vasco particular Zallo alcanza una visión geopolítica de difícil escala, propugnando la alianza entre las pequeñas nacionalidades y la izquierda para la profundización democrática que conjure la falta de democracia española y la ofensiva inquisitorial neoliberal. Como se ve, una solución de carácter demasiado largo y extralocal, en la que ese orden democrático que propugna Zallo se impone en todo el mundo o seguimos sin democracia. Y mientras tanto persiste la violencia.

 El libro queda así lastrado por una perspectiva ideológica demasiado grande para el tema que nos ocupa, poniendo la solución hipotética fuera del alcance de la voluntad de cualquiera de los agentes políticos y sociales. Y es que Zallo pretende solucionar todos los problemas mediante nuestro problema. Y condicionar la resolución de un problema concreto, como el vasco, a una perspectiva planetaria de la falta de democracia.

  

Sobre el GAL

 WOODWORTH, PADDY, Guerra sucia, manos limpias. ETA, el GAL y la democracia española, Barcelona, Crítica, 2001-2002, 527 págs. ISBN:  84-8432-339-0.

 El tema de la violencia del Estado español en Euskadi se ha visto sujeto a una falta de revisión o de admisión explícita de la misma que ha condicionado su percepción real. El libro del periodista irlandés Paddy Woodworth trata de tocarlo con esa solvencia anglosajona hacia el dato firmemente comprobado. Esta moderación de perspectiva, que no es óbice para que el autor exprese su propia opinión, resulta de agradecer.

 La borrascosa transición entre el régimen franquista y el de democracia representativa del que actualmente disponemos constituye el proemio a su tema principal. Woodworth plantea el hecho indubitable de que, a fines del franquismo, se van gestando, dentro de los propios cuerpos policiales franquistas, una serie de unidades especiales de intervención tanto para hacer frente a ETA como a la militancia antifranquista. La policía colabora con militantes de extrema derecha provenientes de todos los rincones del mundo que encuentran en esta circunstancia el campo de cultivo para poner en práctica sus convicciones por medio de la violencia: “La represión ya no cumplía con su cometido. La actividad convencional de la policía no podía yugular las innumerables huelgas y manifestaciones ni los ataques de ETA en el País Vasco. En estas circunstancias, fue, al parecer, Carrero Blanco quien tomó la decisión de que eran necesarias dos cosas: unos servicios de inteligencia que coordinaran la información sobre la “subversión”, y que se erigieran en el núcleo que controlara y dirigiera la violencia “incontrolada” de la derecha, convirtiéndola así en una coherente arma de terrorismo de Estado” (p. 33). Pese a que este proceso encuentra un repliegue tras los acontecimientos de Montejurra, la falta de reforma democrática de las fuerzas policiales, y de sus modalidades de acción provenientes de la etapa franquista, sostienen el apoyo a ETA en Euskadi hasta bien entrada la transición política (p. 38).

 La guerra sucia del Batallón Vasco Español (que causó al menos diez atentados mortales) y otros grupos parapoliciales cesa durante el mandato del presidente Calvo Sotelo (p. 49). Este libro es la crónica de la ocasión perdida por parte de los socialistas de reformar el entramado policial y construir unas fuerzas policiales a la altura de un verdadero Estado de Derecho europeo. Para Woodworth lo peor de todo es que, mientras en el caso de la “primera guerra sucia” existía la excusa del tránsito de un sistema de gobierno dictatorial a otro democrático (y también un mecanismo higiénico por el cual las acciones de estos grupos parapoliciales no llegaban hasta la cúpula del poder y, por tanto, no lo podían impregnar), en el caso del GAL la imbricación entre gobierno y fuerzas policiales ilegales era absoluta. Resulta sonrojante, como cuenta el autor, la necesidad que sentían los socialistas de plantear un aval de legitimidad frente a las fuerzas armadas y policiales, cuando de lo que se trataba era de lo contrario: de que estas se adaptaran al nuevo ordenamiento democrático (p. 397). No es de extrañar que el autor afirme: “en los años 80, no hubo mejor justificación que el GAL para ingresar en ETA” (p. 77). La acción conjunta de un gobierno democrático y unas fuerzas policiales no reformadas empañó gravemente el proceso de democratización del Estado y dio fuerzas a aquellos que negaban la existencia de una democracia: “El fenómeno del GAL consiguió lo que ETA pretendía pero no podía hacer ella sola: introducir un interrogante corrosivo en el éxito que, al decir de todos, fue la transición española a la democracia” (p. 396).

 En este libro fundamentalmente narrativo Woodworth nos cuenta la vida cotidiana regalada de los militantes de ETA durante los primeros 80 en Euskadi Norte, la actitud ambigua del gobierno francés frente a los atentados del GAL, las justificaciones de los detenidos por el GAL en los juicios que se les hicieron, entre los cuales se contaba un viejo conocido del autor como Julian Sancristobal, la trama de mercenarios extranjeros contratada por la policía y las diversas acciones del GAL. También cuenta la inhibición, cuando no el secreto aplauso, de la mayoría de la opinión pública, de la prensa y de los creadores de opinión españoles acerca del GAL (p. 398). Afirma, asimismo, en contra de la opinión que se ha tratado de difundir al respecto, que el hecho del GAL es excepcional entre los gobiernos democráticos. Finalmente, redunda en la ayuda que se dio a ETA y la función pedagógica del GAL para toda una generación de jóvenes vascos que pudieron confirmar el diagnóstico político de esta organización acerca del sistema democrático español (p. 414).

 No debemos olvidar el rostro humano de todo este desaguisado: Segundo Marey secuestrado y marcado de por vida, condenado a una muerte lenta por las secuelas; los atentados en bares atestados, donde la propia dirección parapolicial obviaba la presencia de mujeres y niños, algunos de los cuales resultaron víctimas; los huesos desenterrados de Lasa y Zabala y la descripción de una de las sesiones de tortura más sanguinarias de las que se tiene noticia; los asesinatos políticos de Santi Brouard, de Mikel Goikoetxea y de Galdeano, el asesinato del insumiso García Goena, las secuelas de todo ello en familiares y allegados.. Y, sin embargo, Woodworth concluye, “la guerra sucia fue un cáncer para la democracia española pero, al llevar a sus protagonistas ante la justicia, España ha dado una lección de práctica democrática en todo el mundo”.

  

Sobre Navarra

 DE MIGUEL, AMANDO E IÑAKI, La sociedad navarra, entre la escisión y la esperanza, Madrid, Laocoonte-Sociedad de Estudios Navarros, 2002, 222 págs, ISBN: 84-95643-07-3.

 Nadie puede negar a Navarra su carácter de sujeto particular. La historia política de la transición hacia la actual democracia representativa culminó en un ordenamiento peculiar para el viejo Reino, basado en el Amejoramiento Foral Navarro. La ordenación de fuerzas dentro de la nueva comunidad navarra es sensiblemente diferente a la que se da dentro de la Comunidad Autónoma Vasca. La preponderancia de lo que Juan Cruz Allí denomina un “navarrismo constitucional”, cuya identidad, pese a tener raíces anteriores, se fragua principalmente a partir de 1978, afecta tanto a la izquierda como a la derecha navarra, que han elegido mayoritariamente ese marco de referencia para posicionarse políticamente. La presencia del nacionalismo vasco y la hegemonía del MLNV dentro del ámbito vasco de Navarra, así como su presencia importante en otras zonas (por ejemplo Pamplona) son otras tantas peculiaridades.

 El prólogo de un político e historiador navarro tan destacado como Jaime Ignacio del Burgo plantea con toda su crudeza el objetivo del trabajo. “Navarra es una sociedad económicamente próspera, socialmente integrada y políticamente escindida. Esta conclusión de Amando de Miguel ha motivado este proemio. Entre la escisión y la esperanza” (p. 20). La escisión política aludida es la que se establece entre “las dos concepciones sobre la identidad de Navarra” (p. 18), entre aquella que plantea la unicidad institucional e histórica de Navarra y la otra que propugna su adhesión a una entidad más amplia que se llama Euskal Herria.

 El libro de los sociólogos Amando e Iñaki de Miguel es un intento de proponer esa dos imágenes contrapuestas de Navarra: la de una sociedad integrada, plena de bienestar, regalada por la autoconfianza que destilan sus ciudadanos respecto a la misma, con un presente y un futuro económico boyantes; y, por otro lado, la anomalía política vasquista que conjura con corroer esos pilares del bienestar mediante una disputa político-existencial respecto a la identidad navarra.

 La cuestión paradójica surge cuando vemos que la propia definición de lo navarro tiene que apelar, de manera constante, a los referentes que el propio estudio rechaza: siempre hay una importante minoría (alrededor de un 20% de los encuestados) que se pone al margen de los valores dominantes de la sociedad navarra en lo que respecta al euskara y su difusión, la referencialidad positiva de lo vasco (incluyendo el Gobierno Vasco), la deseabilidad de una futura articulación con el conjunto de Euskal Herria, etc. Gracias a este estudio, sabemos que los más pesimistas respecto al futuro económico de la región “para no apuntar implícitamente el tanto de ese éxito al partido gobernante (UPN)” (p. 197), los más fumadores y bebedores, los que tienen menos práctica religiosa y los que se encuentran más en contacto con las provincias vascas o pertenecen a las zonas vascófonas, y votan a partidos nacionalistas o al MLNV, pertenecen a aquella minoría anómala que tiene sobre sus espaldas el peso de posibilitar una escisión dentro de la propia sociedad navarra.

 El factor de la violencia, y su apoyo o admisión, pone colofón denigratorio a este colectivo, sin cuyas respuestas el estudio sociológico presente reflejaría una sociedad poco menos que paradisíaca. El estudio, en un alarde de sectarismo, plantea la relación, efectiva, entre ver positivamente al Gobierno Vasco y el apoyo de la Kale Borroka (p. 143), concluyendo también en que “existe un parentesco entre la justificación de una conducta incívica tan liviana como las fiestas ruidosas por la noche y la kale borroka. El 49% de las personas que consideran aceptables la kale borroka son permisivos respecto a las fiestas nocturnas ruidosas. La proporción baja al 27% para los que condenan la kale borroka.

 La especialidad de los dos sociólogos es relacionar de modo interesado temas que no tendrían que marchar necesariamente juntos. Cuando, al señalar las familias políticas navarras, crean la categoría de “críticos y despolitizados”, metiendo en la misma categoría a la izquierda navarra (los críticos) y a los “que se abstienen de votar” (p. 173), categoría que califica al 43% de la sociedad navarra. Otro ejemplo es el que nos ofrece el apartado denominado “El rechazo de la asimilación de Navarra al País Vasco”, uniendo el rechazo a la integración o articulación con la CAV y la posibilidad de que el euskera sea un idioma obligatorio para los niños: “lo fundamental es que más de la mitad de los consultados rechazan abiertamente tanto la “normalización” lingüística como la “asimilación” política” (p. 204).

 El objetivo de este libro, que airea con evidente sinceridad las ideas del prologuista, es indudable: otorgar un aval a la política que actualmente lleva el gobierno de UPN en Navarra. Para ello, es necesario presentar una sociedad navarra con dos rasgos contradictorios pero complementarios: una sociedad estable y satisfecha que encuentra en la escisión política su máximo riesgo: una escisión promovida por un grupo político violento, por una comunidad política que pretende la asimilación de Navarra a otro territorio, que pretende imponer una lengua que es minoritaria y que, encima, es la más crítica con la situación actual. Que la cuestión del euskara haya sido tocado de refilón, sin dedicarle un apartado, como se hace con temas menos importantes, resulta significativo.

 El estudio se afana en igualar a los nacionalistas que apoyan la violencia y los que no la apoyan –y no explora la sutil correspondencia que se da, a veces, entre votantes de UPN y de Batasuna. Digamos que el peso del MLNV en el conjunto de Navarra es proporcionalmente mayor al que tiene en la Comunidad Autónoma Vasca (es el tercer partido navarro, frente al cuarto de la CAV), es la segunda opción política más votada de Pamplona y tiene un ingrediente de alternativa de izquierda global que no posee con tanto peso en la otra comunidad. Además de que el estudio prescinde del hecho histórico de la absorción por parte del MLNV de las fuerzas de extrema izquierda surgidas a fines del franquismo, que en Navarra tuvieran tanta importancia.

 Dice Del Burgo: “el riesgo de escisión viene provocado por la difusión de las ideas del nacionalismo vasco” (p. 15). Cabría también decir que el riesgo de escisión puede provenir de políticas basadas en estudios como este donde se trata de ningunear a aquello que se considera la máxima amenaza: “resulta imposible hablar de Navarra sin referirse continuamente al País Vasco” (p. 209), afirman los sociólogos. Esta es la perspectiva paradójica que permea el actual estudio: hablar constantemente de lo que se rechaza. Mencionaba el político navarro Juan Cruz Allí de la existencia, por parte de la derecha navarra de UPN, de una “actitud de rechazo a cualquier elemento o aproximación a lo vasco en general –lengua, cultura, folklore, etc.-, incluso respecto a los elementos que forman parte de la propia identidad de Navarra, como comunidad pluricultural. Es paradójico que la actitud de miedo y de defensa se pretenda justificar como una reacción defensiva de la identidad Navarra ante el riesgo de la “rápida desaparición de nuestra memoria nacional”, que resulta contradictoria en quienes no la potencian, sino que tratan de diluirla en otro proyecto nacional”. ¿No es este el escenario que se perfila tras la ruptura unilateral de UPN del consenso en una materia como la del euskara, logrado en 1986 por parte de la mayoría de los partidos navarros? ¿No son estos elementos, inexplorados por este estudio, una aportación también al peligro de una posible escisión política de la sociedad navarra?

  

Sobre la clase trabajadora vasca

 UNANUE LETAMENDI, JOSÉ MIGUEL, Apuntes históricos y análisis de su evolución desde la transición política, Bilbao, Manu Robles-Arangiz institutua, 2002, 323 págs. ISBN: 84-920674-4-6.

 Decía Natxo Arregi, en su etapa de dirigente de HASI, que tres eran los pilares que movían la historia vasca durante el franquismo y a comienzos de la transición: la acción armada de ETA, el movimiento cultural y el movimiento obrero. Parece que este último ha perdido parte del protagonismo que llegó a tener en aquel periodo. El libro de José Miguel Unanue, escrito desde la pertenencia al actual sindicato mayoritario en Euskadi (ELA-STV), pretende sacar a la luz el peso de las relaciones laborales dentro del ámbito de la sociedad vasca. Las transformaciones políticas, sociales y económicas ocurridas en los últimos años, que van por el camino de un mayor predominio del capital y del cambio del propio paradigma de la clase trabajadora, constituyen el marco de actuación del movimiento sindical, que en Euskadi, con su peculiaridad nacional, posee sus propias características.

 Nos encontramos ante un libro que no es específicamente político aunque también trate temas políticos. Unanue plantea toda una síntesis de la historia del sindicalismo vasco, desde finales del siglo XIX hasta nuestros días. La existencia de dos tradiciones contrapuestas, como la del sindicalismo socialista de la UGT y el sindicalismo nacionalista de Solidaridad de Obreros Vascos (más tarde ELA) es el hecho que recorre las vicisitudes de la lucha sindical y laboral. El autor destaca que si bien SOV nace en el contexto del sindicalismo católico español, desde esta postura ideológica, las peculiaridades del País Vasco hace que mantenga una distancia considerable respecto a ese contexto. Es el Partido Nacionalista Vasco el agente político que propicia la creación de este sindicato vasco y cristiano. La lucha por la hegemonía sindical de nacionalistas y socialistas pasa por numerosos conflictos y políticas de alianzas divergentes (en las que la CNT y la UGT llegan a tomar una postura unitaria en contra de SOV, acusado de amarillismo; en la que la UGT llega a aliarse con la Dictadura de Primo de Rivera y con la oligarquía liberal vasca) hasta su convergencia en la guerra civil de 1936. El franquismo actúa como un anulador de unas relaciones laborales libres y normales, con el establecimiento del Sindicato Vertical, y las huelgas que se dan en Euskadi a principios del régimen (en 1947 y 1951) son huelgas políticas, propiciadas por el Gobierno Vasco en el exilio. Las tres centrales históricas, CNT, UGT y SOV, firman un pacto sindical en contra del franquismo pero su acción es limitada. A comienzos de los años 60 surge CCOO, como una nueva forma de acción sindical, y al finalizar el franquismo las centrales sindicales históricas comienzan su reorganización.

 A continuación Unanue da un repaso a una serie de factores que marcan la configuración actual de las relaciones laborales en Euskadi. Primeramente, la cuestión de la representación sindical. A partir de las primeras elecciones sindicales, que fueron engañosas ya que los grupos independientes fueron los que consiguieron una mayor fuerza, ELA comienza a configurarse como la central sindical mayoritaria en la CAV, con una presencia muy importante en Navarra. Con el surgimiento de LAB se refuerza una división sindical entre los sindicatos de ámbito vasco y los de ámbito estatal. Señala, asimismo, que ELA rompe todo vínculo con el PNV y evoluciona “hacia las posiciones tradicionales de la izquierda” (p. 110). Nos encontramos, pues, ante un escenario donde “los cuatro sindicatos representativos, conceptualmente, comparten los valores de la izquierda” (p. 107), pero que en función de la cuestión del ámbito territorial de los sindicatos difieren y tienen disputas entorno a ello.

 Unanue analiza con detalle la relación de la nueva situación laboral con la legalidad privativa del ámbito autonómico de la CAV y la Comunidad Foral Navarra, la sindicación en los nuevos sectores, como pueden ser las nuevas administraciones públicas, de los nuevos espacios educativos y de la Policía Autónoma, las vicisitudes de la regulación de los convenios, en que medida la legislación de ámbito estatal condiciona la propia acción de los sindicatos privativos del ámbito vasco, y las acciones dadas desde UGT y CCOO para tratar de limitar la representatividad de estos. Señala nuestro autor “la inseguridad jurídica que proyecta el propio ordenamiento laboral español en relación al status que, dentro del modelo único y uniforme, el propio Estado ha dado al sindicalismo vasco” así como las claras desventajas que acarrearía la limitación de status que pretenden los sindicatos estatales de cara a que un sindicato vasco, con una representación superior al 40% en su ámbito, como ELA, podría tener para ejercer sus funciones sindicales normales (p. 138, 304). Esta es una de las razones por las cuales el sindicato vasco plantea el agotamiento del actual marco jurídico autonómico y propugna uno nuevo.

 No deja de señalar, asimismo, las consecuencias que la tercera revolución industrial y la globalización están trayendo al campo sindical: “la evolución que viene experimentando en los últimos años el mundo del pensamiento y de las ideologías, que es una pieza del contexto en el que se desarrolla el conflicto socio-laboral, está favoreciendo los intereses económicos y empresariales frente a los de los trabajadores, tanto en el plano general como en el escenario concreto de la negociación colectiva” (p. 249).

 Nos encontramos ante un libro que sobre todo pretende ser informativo del área que toca. Se echa en falta un análisis pormenorizado de las circunstancias que llevaron a la unidad estratégica, que el autor todavía considera deseable, de ELA y LAB, la perspectiva político social que llevo a ello y la posterior ruptura formal. Para nuestro autor, no existe una diferencia esencial entre la perspectiva de los cuatro sindicatos que actúan dentro de nuestro pueblo; la división se ofrece en tanto al marco de actuación. En ese sentido, a la “unidad estratégica del sindicalismo español” opone esa misma unidad estratégica con LAB que “se está viendo seriamente dificultada como consecuencia de las diferentes posiciones que ELA y LAB adoptan respecto a la actividad armada de ETA” (p. 115).

  

Sobre la Iglesia vasca

 SETIÉN, JOSÉ Mª, De la Ética y el Nacionalismo, Donostia, Erein, 2003, 132 págs. ISBN 84-9746-112-6

 El presente libro es una recopilación de diferentes textos, que resumen, de alguna manera, el magisterio ético de J.M. Setién. El obispo emérito de San Sebastián hace, por un lado, una recapitulación de su visión de la ética en el mundo moderno y la relación de esta con el nacionalismo, y, por otro, entra en una polémica amistosa con dos pronunciamientos eclesiales, el uno referido al epílogo de Fernando Sebastián, Obispo de Pamplona, a un texto sobre violencia y nacionalismo y el otro acerca del documento de la Conferencia Episcopal Española acerca del terrorismo (22-XI-2002).

 Cuando se suele hablar sobre la responsabilidad de la Iglesia vasca y, en concreto, de Setién, respecto a la violencia de ETA, en sentido de favorecerla, nos topamos con el hecho concreto e irrefutable de que éste ha escogido la ética como ámbito de su juicio eclesial. Por tanto, su magisterio se ha referido constantemente al tema de la violación de los derechos humanos y a las consecuencias nefastas de la violencia sobre la convivencia y sobre el juicio político justo que debe regir en un contexto de problematicidad tan agudo como es el vasco. Setién ha intentado en todo momento poner el debate ético en el centro del problema político. Decía en otro escrito: “Lo cierto es que la Iglesia, personalmente yo, cuando afirmo los valores éticos en el ámbito de los comportamientos políticos, lo hago con la intención de influir en ellos, es decir, con la intención y el deseo de que los juicios éticos interfieran en el ámbito político”. Resulta, por tanto, tristemente paradójica la caza del colaborador de ETA que han emprendido contra él muchos de los indignos tertulianos que pululan por las ondas y las televisiones. Y es que cuando Fernando Savater separa tajantemente la ética y la política, se acerca mucho más a la visión de ETA que el propio Setién, que en todo momento plantea la necesidad de que la política sea juzgada por la ética. Y comprende, además, la dificultad de esta posición:

“La verdad es que la resistencia a que la política no tenga otra referencia de valoración que ella misma y las “leyes” sociológicas internas de su funcionamiento, tiene mucho de razonable. Alguna referencia ética debe tener la política, de parte de algo distinto a ella misma, precisamente en razón de la magnitud del poder que, con la complicidad de la técnica puesta en sus manos, puede alcanzar. Cuanto mayor es el poder, más necesaria se hace la existencia de algo distinto de él mismo, para que ni él se deshumanice ni sea principio de deterioro e incluso de aniquilamiento del ser humano”

 Es decir: la conciencia de la magnitud del poder político nos dicta la necesidad del juicio ético, en términos de la más estricta autoconservación. Ello significa que la ética es parte de una objetividad, que es la mera consideración de que un determinado poder debe tener algún tipo de limitación. Y la consideración de tal limitación pertenece a otro plano al del interés político. Afincado de forma sólida sobre este terreno, Setién trata de encontrar la certeza necesaria para juzgar a la política de Euskadi desde los presupuestos éticos.

 En la primera parte de este libro, Setién pretende resaltar que la persona es el centro de toda forma de derecho y que, por tanto, los ordenamientos jurídicos o los proyectos políticos tienen que subordinarse a esta (p. 30). A partir de esta unidad personal, es entendible la extensión de los derechos individuales a los derechos colectivos, que “por la persona y desde la persona adquieren su auténtico y verdadero valor” (p. 34).  Reconoce la ausencia, entre los vascos, de “necesarias referencias comunes aceptadas por todos” (p. 36) y, por tanto, la problematicidad de un proyecto nacional vasco, así como plantea que la aplicación de la soberanía en un estado plurinacional como el español no debería de poseer un carácter nacional único ni absoluto (p. 39). Finalmente, establece una distinción nítida entre el juicio moral debido al nacionalismo vasco y el que se tiene que hacer a la violencia y al terrorismo (p. 51).

 Las dos últimas partes del libro tocan el tema del nacionalismo y del terrorismo. Setién señala las contradicciones de dos escritos eclesiales al tratar de conjugar el análisis con el juicio ético. Tanto el escrito del Arzobispo Sebastián como el de la Conferencia Episcopal española subrayan la especificidad del nacionalismo de ETA en tanto a que éste se encuentra conjugado con el marxismo-leninismo (dice Sebastián: “la democracia del nacionalismo radical de ETA es la “democracia” del marxismo-leninismo”, -p. 69-; dice la Conferencia Episcopal: “el grupo denominado ETA es una asociación terrorista, de ideología marxista revolucionaria, inserta en el ámbito político-cultural de un determinado nacionalismo totalitario”, -p. 117-). Setién critica que estas afirmaciones, mostrando la especificidad ideológica de ETA, no la tienen en cuenta al enjuiciar al nacionalismo histórico, mezclando las reivindicaciones u objetivos nacionalistas con la determinación de llevar a cabo una estrategia violenta. Por ello concluye: “Se trataría de saber cómo y en qué términos precisos ha de interpretarse la afirmada relación existente entre la ideología marxista revolucionaria y la ideología resultante de la degeneración del nacionalismo que pretendería, se dice, un proyecto político excluyente […]. Este planteamiento no es artificial. En el fondo plantea la cuestión de si es el nacionalismo “degenerado” y su ideología la raíz última del terrorismo de ETA o si es, por el contrario, la ideología marxista revolucionaria la que ha de considerarse ser la “matriz”, del terrorismo de ETA, y se sirve de su nacionalismo para los propios objetivos que, como hemos ya indicado, en un análisis más profundo serían contradictorios con los objetivos soberanistas del nacionalismo radical vasco. Dicho de otra manera, cabe preguntarse si existe, en verdad, una coincidencia de objetivos revolucionarios comunes en la ideología marxista y en la que el documento llama la ideología nacida de la degeneración del nacionalismo. O si habría que hablar, más bien, de una coincidencia estratégica y, por ello, transitoria, de dos ideologías distintas e incluso incompatibles” (p. 118).

 Tanto el planteamiento como el debate que emplaza Setién poseen, en este libro, los múltiples matices a los que nos tiene acostumbrados su pensamiento, fruto de un largo periodo de la historia civil y eclesial vasca. Es por ello un testimonio necesario para calibrar otra de las caras de nuestra compleja realidad, de la pluma de uno de sus protagonistas. En estos tiempos de secularización de la política, de caída de los grandes discursos políticos, la insistencia del obispo en la ética y sus valores ha resultado profética. Superada la borrachera de la repolitización de principios de la transición y superado también el desencanto posterior, el mundo de los valores, a los que apela este libro, aparece como una nueva referencia, que compromete y engancha a la gente. Es mérito de Setién haber mantenido bien alta la antorcha de la ética en tiempos en los que las tempestades políticas parecían que iban a anegar los valores humanos.

 

Imanol Lizarralde