Sujetos Políticos de Euskalerria
Advertencia
preliminar
Este trabajo se realizó ya hace algún
tiempo y consiste, fundamentalmente, en la recensión de una serie
de libros que tocan de forma general, o en algunas de sus derivaciones,
el tema vasco, referido a lo político, lo histórico y lo social. Es
un trabajo que se hizo en colaboración, pese a que ahora mismo venga
con una única firma. El plural mayestático que utilizo responde a
esa colaboración. En este sentido, tengo que mencionar a Pako Garmendia, Igor Goitia y Luis Frías Goldaraz por la ayuda y aliento que dieron a este pequeño
trabajo. Sin ellos nunca se hubiera realizado.
El trabajo consta de dos partes: un
comentario general de los libros recensionados
y, a continuación, la recensión de los libros, divididos en subtemas,
que responden a los diversos sujetos. Algunas alusiones traslucen
que, pese a no haber pasado mucho tiempo, las circunstancias políticas
e históricas son ahora diferentes. Pese a todo, queda aquí el esfuerzo
de abarcar los aspectos variados, localizados como sujetos políticos,
de la realidad de nuestro pueblo.
Delimitación
del tema
Dado
que nos encontramos ante trabajos de diversa naturaleza y de géneros
diferentes trataremos de encontrar una hilazón
común a tanta heterogeneidad. No resulta difícil ya que el tema político
vasco es una realidad presente y actuante, en la cual toman parte
y convergen, a la vez, cuestiones historiográficas, de derecho positivo
y políticas recurrentes.
Esa
trama común, al hilo de la urgencia política que se vive por la realidad
conflictiva que padecemos los vascos, podría cifrarse en una preocupación
universal, en estos trabajos, por lo que podría ser la construcción
del futuro. Un futuro delimitado por una situación histórica que acumula
múltiples problemáticas, la persistencia del problema de la violencia
política y los disensos acerca de la naturaleza de lo vasco. Más que
nunca, la construcción del pasado se nos aparece como una construcción
del futuro.
Y
es que este interés por el futuro no es un interés académico abstracto,
sino un interés vivido en la situación presente. Los diferentes autores
representan, en este sentido, el índice de las preocupaciones individuales
condicionadas por los niveles de adscripción identitaria
o política de cada uno de ellos.
El
gran tema que subyace, como bajo continuo, en los diferentes relatos
y manifestaciones, es el de la cuestión de concretar cuales son los
o cuales tienen que ser los diferentes sujetos políticos de decisión
en el País Vasco. Estos sujetos no tienen porque limitarse a ser sujetos
nacionales: también hay sujetos políticos determinados, agentes sociales,
etc, que cumplen su papel en el conjunto.
Nuestra
intención es delimitar, en cada caso, el nivel de construcción inmanente
de cada actor (si ese actor es contemplado desde su interior, desde
su propia intencionalidad y sentido) o si este se encuentra al albur
de imputaciones exteriores. Queremos delimitar las diferentes medidas
de una u otra cosa.
También
se trata de ver los niveles de legitimidad o ilegitimidad que se adscriben
a cada sujeto. Está claro que esto se encuentra en función de la opción
particular de cada autor en tanto la elección de cual tiene que ser
la alternativa de futuro. Las situaciones como la nuestra parecen
exigir este tipo de pronunciamiento en tanto que las reflexiones políticas,
históricas y sociológicas modifican la realidad, la percepción de
la realidad, y, por tanto, son también actores individuales que se
añaden a los colectivos o derivan de ellos.
Diferentes actores y sujetos políticosociale
Los
sujetos y los actores son tan múltiples como compleja y enrevesada
es la situación en el País Vasco. Y esta complejidad posee además
carácter retroactivo en tanto que se proyecta sobre el pasado. Un
presente conflictivo y turbio como fruto de un pasado que se nos viste
con esas galas. Y habiendo un sujeto general colectivo, como es el
País Vasco, existen múltiples sujetos que lo conforman y que expresan
diversos aspectos de su naturaleza. La prolongación de un conflicto
armado y de una situación histórica sometida a los vaivenes de las
disputas historiográficas, hace que estos actores colectivos se entrecrucen
y relacionen entre ellos mismos.
Tenemos
por un lado al PNV o al sujeto del nacionalismo, que es tratado por
autores muy diferentes desde muy diferentes perspectivas. Carlos
Garaikoetxea trata el tema desde su
ejecutoria política particular; Antonio Elorza escribe acerca de las ideologías del nacionalismo
vasco en sus raíces históricas, su etapa de surgimiento y sus proyecciones
actuales. Está también el trabajo de Josemari
Lorenzo Espinosa, tratando al PNV desde la política actual del
MLNV. Son tres puntos de vista muy diferentes y que proyectan una
imagen poliédrica, ya que representan intereses y posicionamientos
diversos y contrapuestos: Garaikoetxea es un político nacionalista, Antonio Elorza un historiador constitucionalista y Lorenzo Espinosa,
también historiador, representa la visión del MLNV de lo que es el
nacionalismo.
El
sujeto de ETA y del MLNV quizá sea el eje de la mayoría de las reflexiones,
en tanto que la discusión política e histórica se refiere a nuestra
actual situación de violencia, en la que ETA y sus construcciones
políticas y sociales constituyen actores principales. Izaskun Sáez
de la Fuente trata el conjunto del MLNV desde la perspectiva de
la transferencia de religiosidad o de la secularización. Siguiendo
la idea de Antonio Elorza, para esta socióloga
el nacionalismo es una religión política que alcanza su culminación
con el MLNV. También tiene esta perspectiva Juan Aranzadi,
aunque la amplíe a una visión generalizada de las formas de secularización
que entrañan en ellas mismas el germen de las actuales ideologías
políticas y, sobre todo, de la ideología democrática occidental. Ignacio
Sánchez-Cuenca trata el tema de la evolución estratégica de ETA,
de la adaptación de ETA a las circunstancias cambiantes y de los modelos
de su racionalidad política para plantear cada adaptación. Fernando
Reinares toca el tema de la opinión de los militantes de ETA,
de la perspectiva individual desde la cual los ex militantes de ETA
contemplan su anterior militancia. Mario Onaindia
nos habla de su recorrido por la organización ETA, desde la conclusión
de la V Asamblea hasta el comienzo de la transición democrática. Florencio
Domínguez se centra en la cotidianeidad de ETA como organización,
la vida de sus militantes en el interior de la organización y la consideración
de esta respecto a estos. Los ángulos de visión son muy diferentes
y con la parcial excepción del político Mario Onaindia
(que hace un ejercicio de adaptación a la perspectiva que tenía cuando
participaba en ETA), y del historiador Ignacio Sánchez-Cuenca (que
mezcla la reflexión política con el análisis histórico) los autores,
que son académicos, (Izaskun Sáez de la Fuente y Fernando Reinares son sociólogos, Juan Aranzadi es
filósofo) analizan el tema desde los presupuestos fijados por sus
respectivas disciplinas.
Otro
actor importante, citado incluso en los libros en los que no es tema
central, es el de los medios de comunicación. Petxo
Idoiaga se ocupa del tratamiento que otorgan los medios
de comunicación al tema vasco desde 1987 hasta septiembre de 1998,
el momento en que ETA proclama la tregua. El sociólogo José Ignacio
Ruiz de Olabuenaga trata la función de los medios de comunicación
durante la tregua de ETA. Estos actores son juzgados, en ambos casos,
desde la perspectiva del papel que han jugado en el concierto político
y en la creación de acontecimientos. Es de reseñar que, pese a que
ambos plantean perspectivas ideológicas bastante interesadas (desde
los aledaños del MLNV el primero, el segundo desde la órbita del nacionalismo
clásico) otros autores, como Antoni
Batista y Ramón Zallo advierten de la importancia negativa que han jugado
en este periodo los medios de comunicación, no solamente desde la
perspectiva política que defendían sino de las vulneraciones de todos
los códigos deontológicos que han tenido
que transgredir para ello.
Euskadi
como sujeto general también tiene su tratamiento en tres libros bastante
diferentes. Ramón Zallo aborda el
tema desde la perspectiva de la resolución política de lo que se ha
venido a llamar el conflicto vasco en clave de creación
de una mayoría autodeterminista, que vaya
planteando un nuevo proceso político independiente de la resolución
directa del problema de la violencia. Luis Sanzo
analiza las posiciones acerca del problema de la autodeterminación,
las posibles soluciones legales, las perspectivas que otorga el derecho
internacional, los planteamientos de los partidos nacionalistas y
el MLNV, el encaje en el actual ordenamiento jurídico, etc. Antoni
Batista reflexiona sobre la Euskadi posterior a las elecciones del 13 de mayo del 2001
y trata de exponer un estado de la cuestión del ámbito de la política
junto con una serie de impresiones y recomendaciones. La primer
obra está escrita por un polítologo y profesor
de la UPV, la segunda por un especialista en derecho (y articulista
de El Pais) y la tercera por un periodista del periódico
catalán La Vanguardia. Estas tres heteróclitas aportaciones se elaboran desde una
cierta simpatía hacia el nacionalismo vasco, aunque ninguno de los
autores pertenezca a el.
Tenemos
también a Navarra como sujeto particular y relacionado con la Comunidad
Autónoma Vasca,
que es tratado por los sociólogos Amando e Iñaki de Miguel.
Finalmente,
nos quedan cuatro sujetos heterogéneos pero decisivos dentro de nuestro
tema. El periodista José María Calleja trata una vez más acerca
del sujeto de las víctimas de la violencia de ETA, colectivo cada
vez más numeroso y que reclama para sí un tratamiento diferenciado.
Su problemática es particular y exige a la vez la responsabilización
de toda la sociedad y de los agentes políticos que la rigen. Este
colectivo representa uno de los índices de las secuelas que la violencia
va dejando año tras año en nuestra sociedad. El irlandés Paddy
Woodworth se ocupa del sujeto de las tramas policiales
y parapoliciales vinculadas a la violencia
del Estado desde el franquismo hasta el acabamiento de la guerra sucia
bien avanzada la transición. La prolongación de las secuelas del franquismo,
en tanto a régimen violador de los derechos humanos, dentro del actual
régimen, son un hecho meridianamente probado y que en el libro de
Woodworth adquiere tintes dramáticos. Una
nueva generación de jóvenes se vinculan al ámbito de la cultura de la violencia del MLNV gracias
a la impresión dejada por la guerra sucia en pleno régimen democrático.
El sindicalista vinculado al sindicato ELA José Miguel Unanue
nos ofrece un relato de las relaciones laborales en el País Vasco
a partir de la transición. Las vicisitudes del sindicalismo y de la
clase trabajadora vasca en el contexto del problema político e histórico
general es tratado casi por primera vez.
Finalmente, el obispo emérito de San Sebastián, José María Setién, nos ofrece la mirada
de la ética sobre la política vasca y, de paso, representa la opinión
y la posición de un sujeto de la importancia de la Iglesia vasca respecto a esa política.
El
nacionalismo, el MLNV, los medios de comunicación, Euskadi
en general, Navarra, las víctimas de ETA, el GAL, la clase trabajadora,
la Iglesia y la ética; todos son sujetos heterogéneos pero referidos
a un espacio y a una problemática común. Expresan los muchos compartimentos
existentes dentro de este tema.
Legitimación-deslegitimación, construcción
inmanente-no inmanente
Una
vez localizados los sujetos o actores que toma cada autor como tema,
pasamos a plantear la siguiente cuestión: el valor que otorgan estos
autores a cada sujeto, en el doble sentido de su valoración positiva
o negativa, de legitimación o deslegitimación del mismo sujeto, o
de la perspectiva utilizada para definir cada sujeto, si parte de
la intencionalidad de este o se analiza desde el exterior.
Carlos
Garaikoetxea
analiza al nacionalismo como parte de su propia vida y ejecutoria
política. Haber sido presidente del PNV, de EA y lehendakari
del Gobierno Vasco en una etapa crucial para la historia de nuestro
país no es un bagaje desdeñable, en un contexto, además, donde los
políticos nacionalistas muestran muy poco interés en escribir acerca
de los acontecimientos que protagonizaron. Su libro constituye la
originalidad que tenía que ser normalidad, la de una interpretación
fijada de la historia del nacionalismo en el periodo de transición
democrática desde la perspectiva nacionalista. Para Garaikoetxea la ejecutoria del nacionalismo, en una época
decididamente tormentosa, redundó en la creación de un autogobierno,
en la reactivación económica de Euskadi
tras la brutal crisis industrial de comienzos de los 80 y significó
también la primera reacción cívica en contra de la violencia de ETA.
Como se ve, Garaikoetxea considera al nacionalismo como un factor muy
positivo para Euskadi.
Antonio
Elorza,
plantea al nacionalismo y a las ideas y grupos políticos o sociales
que lo sostuvieron dentro del contexto del Estado español, del proceso
de modernización de este. Los intereses de una determinada clase dominante
de ámbito local crea toda una mitología sobre un ente nacional imaginario.
Ello da como fruto a una religión política, que es la que crea Sabino
Arana, y que se basa en la repulsión de lo español y la violencia.
ETA sería la culminación de este proceso. Para Elorza
el nacionalismo está genéticamente condicionado a plantear la violencia
y la exclusión étnica, por tanto toda forma democrática del nacionalismo
sería accidental.
Elorza entiende que es la historia
del País Vasco se encuentra dentro de la historia del Estado español
(en tanto a formación de dicho Estado español) y que, por tanto, la
reivindicación nacionalista vasca no constituiría otra cosa que la
superchería política de una elite local que pone trabas a un determinado
proceso de racionalización estatal planteando su propio espacio de
poder. La valoración de Elorza sobre el
sujeto del nacionalismo es muy negativa, ya que lo hace responsable
de la enajenación política de Euskadi y
de la violencia. Pero su análisis, en lo que se refiere a la definición
de la problemática actual, es externo, no toca la historia de ETA
y del MLNV y plantea una hipótesis sobre el presente en base a toda
la historia de las provincias vascas anterior al surgimiento de ETA.
Su historia se para, realmente, en 1936, pero sus conclusiones quieren
servir para definir toda la historia presente y para calificar, negativamente,
al presente nacionalismo.
El
de Josemari Lorenzo Espinosa
es un trabajo de carácter más explicitamente
político. Su perspectiva es bien sencilla: mirar la historia y las
declaraciones del nacionalismo en el periodo de la transición postfranquista,
a la luz de la presencia del pensamiento de Sabino Arana. El objetivo
político de este texto es demostrar que los actuales líderes del nacionalismo
y los actuales partidos PNV y EA han renegado del objetivo de la independencia
y que lo único que buscan es un lugar cómodo y beneficioso a la sombra
del paraguas estatal español. El sujeto del nacionalismo es valorado
muy negativamente, por considerar que participa del ser estatal
español: La complicidad del PNV en la construcción de España
podrá ser justificada o discutida, pero jamás negada. De todos modos,
no se trataba más que de continuar la política de Aguirre, ni siquiera
interrumpida por el 18 de julio franquista. Como se ve,
esta teoría choca frontalmente con la de Antonio Elorza,
aunque, al contrario que esta, tenga como base declaraciones y documentos
de los partidos y los líderes nacionalistas durante la transición
política.
Y
surge la pregunta: ¿por qué se da esta preocupación por la actualidad
de Sabino Arana por parte de un historiador de los aledaños del MLNV?
El libro de Lorenzo Espinosa responde claramente a una coyuntura
política concreta (la realidad de la
Euskadi tras las elecciones del 13 de Mayo del 2001) y su valoración,
negativa, del sujeto del nacionalismo se debe a un objetivo complementario
de valoración positiva de otro sujeto, el MLNV, que, dado la ausencia
de otras referencias, quedaría como el único representante genuino
del nacionalismo sabiniano. El retroceso
electoral de Batasuna marca una necesidad insoslayable de plantear una
lucha ideológica contra al alternativa nacionalista vencedera en esas
elecciones. El mensaje de Lorenzo Espinosa es el siguiente: Sin
el PNV es difícil que podamos ser independientes. Con él, es imposible.
Esta frase recuerda a la que uno de los creadores de ETA, Julen
Madariaga, solía repetir según Txillardegi:
La liberación de Euskadi
pasa por la destrucción del PNV.
En este caso, la destrucción del proyecto político del PNV y el apropiamiento
de sus bases sociales y de sus referencias ideológicas, que es representativo
de la historia de ETA, alcanza una formulación puesta al día gracias
a este libro.
En
lo referente al actor-sujeto MLNV, Izaskun Sáez de la Fuente y Juan
Aranzadi plantean un enlace de esta realidad con la historia del
nacionalismo y su influencia en Euskadi.
Para ambos autores, la valoración del sujeto del MLNV es francamente
negativa. La socióloga bilbaína opina que el MLNV crea un modelo de
comunidad cerrada, donde la violencia es un instrumento ritual de
cohesión social, una forma desplazada de religiosidad devenida en
religión política. Aranzadi piensa que la violencia de ETA es expresión
localizada de la ideología democrática occidental, de la lógica cristiana
martirial que exige víctimas y que se traduce en esa ideología democrática
justiciera.
Izaskun
Sáez plantea, de una forma
poco integrada, una doble perspectiva. Hace un análisis inmanente
del sujeto MLNV, haciendo uso de su documentación interna más moderna,
pero también parte de una hipótesis y de un contexto que no se corresponde
con la naturaleza estricta del movimiento, ya que el tránsito de una
comunidad religiosa a una comunidad política, que rastrea en el MLNV,
plantea cambios cualitativos que muestran los límites del concepto
de la secularización aplicado a este sujeto. La propia voluntad política
del MLNV queda en un lugar secundario. Lo que constituye un error,
al tratar de un sujeto político-militar, donde la dimensión estratégica
marca su dinámica. Lo mismo pasa con Aranzadi: la transición
del pensamiento religioso al político constituye un tema tan amplio
y tan omniabarcante que puede servir para explicar cualquier cosa.
Aranzadi, además, plantea un análisis fundamentalmente externo, basado
en inferencias, donde la teorización propia
del MLNV brilla por su ausencia.
El
libro de Mario Onaindia, en este sentido, es más clarificador. La valoración
que hace de la ETA es francamente positiva. Para Onaindia
ETA representa, junto con otras realidades políticas y sociales, una
nueva forma de antifranquismo, que radicaliza
las protestas cuasi testimoniales de los
partidos vascos históricos, como el PSOE y el PNV, y va apropiándose
de sus bases sociales. Ve el espíritu de ETA paralelo al de otras
nuevas organizaciones, como CCOO, que marcan una nueva forma de hacer
la oposición desde el interior. Onaindia contempla, también, a ETA como fruto de la gran efervescencia
política de los 60, heredera del espíritu guevarista,
inmersa en la idea de la revolución mundial que en aquellos tiempos
estallaba en tantas partes del mundo. Y concluye: Por lo
tanto, cuanto más solos nos encontráramos, incluso cuanto mayor fuera
el rechazo de los sectores burgueses ante nuestra voluntad de lucha,
mayor era la evidencia de que íbamos por el buen camino... De esta
manera nos convertíamos en la más absoluta negación del sistema, y
el resto de las fuerzas políticas o sociales solo podían salirse de
la lógica absorbente del sistema en la medida en que colaboraban con
nosotros.
Para
Onaindia ETA surge como ruptura con
el nacionalismo del PNV tanto en el terreno de la ideología (muestra
a las claras el silencio de los primeros activistas de ETA respecto
a Sabino Arana, su propio desprecio personal hacia el y su adhesión
a una ideología marxista-leninista) como en el de la organización
(pues pertenece al carro de nuevas organizaciones revolucionarias
antifranquistas surgidas al calor de la
expansión de las nuevas formas de acción revolucionarias derivadas
del mayo del 68). Si bien Onaindia omite
explicitar algunas cuestiones (el propio papel de ETA de creación
de nuevas formas de organización política no armada) plantea una buena
explicación inmanente al propio sujeto utilizando su propia autobiografía.
La secularización y la raíz religiosa de ETA son dos temas, por ejemplo,
a pesar de que fue novicio, que no aparecen por ninguna parte.
El
sujeto de los medios de comunicación es valorado negativamente por
parte de Petxo Idoiaga
y José Ignacio Ruiz de Olabuenaga. Para Idoiaga constituyen
un instrumento de confrontación política: los medios de comunicación,
la mayoría de ellos, sostienen la postura de la división sectaria
a la hora de definir y proyectar el conflicto, al componer los discursos
y argumentos ante el conflicto. El fondo de su información no es sostener
la pluralidad, sino imponer una serie de tesis por encima de otras,
y es el antinacionalismo el contenido de esas tesis.
Cuando
Euskadi se convierte en sujeto sociopolítico,
y la perspectiva se amplia hacia una vía concreta de resolución del
problema de la violencia y del conflicto político, la valoración tanto
de Ramón Zallo como Antoni Batista es francamente positiva. Así
como Zallo considera que la transversalidad
de las alianzas políticas entre nacionalistas y constitucionalistas
se debería de dar desde la aceptación de estos últimos de algún tipo
de derecho de autodeterminación, Batista entiende la transversalidad
como una necesidad de tipo social, que afecta a la convivencia y a
la necesaria estabilidad de una sociedad sometida a los embates de
las tormentas políticas. El estudio jurídico de Luis Sanzo,
sin embargo, no es tan optimista, y plantea los problemas jurídicos
y políticos para llegar a un acuerdo que conjure el riesgo de la fractura
social en Euskadi. Luis Sanzo apuesta por
el consenso político de los partidos democráticos como solución al
problema y por la voluntad política prioritaria para conseguirlo.
Finalmente,
el sujeto de las víctimas de ETA es valorado positivamente por parte
de José María Calleja, desde su adscripción personal temprana
al mismo. Por tanto, Calleja trata el tema desde su doble condición
de periodista y víctima. Considera a las víctimas, y también a sus
colectivos, como Basta Ya, como uno de los pocos rasgos de dignidad
que le quedan a una sociedad vasca que el no duda en calificar del enferma. Mientras tanto,
Paddy Woodworth interpreta
a el GAL como una enfermedad de la democracia española que, pese a
los avances dados, todavía no está completamente curada, en tanto
la necesidad de admisión por parte del Estado de las responsabilidades
en este tipo de guerra sucia y en tanto no llegar hasta el fondo de
esas responsabilidades.
¿Qué
futuro construir?
Como
podemos ver, los sujetos-actores así como los autores de sus semblanzas
son múltiples y representan la complejidad del problema vasco, lleno
de interpretaciones no sólo contradictorias sino absolutamente ajenas
entre ellas. El objetivo de construir un futuro, referido a cada uno
de los sujetos-actores, es evidente. Garaikoetxea apuesta por una construcción de
la nación desde el proceso abierto en 1979 con el Estatuto de Gernika, hacia nuevas cotas de autogobierno. Elorza da su voto por una admisión por la Estatalidad española, en tanto proceso inevitable y deseable, donde las reivindicaciones
nacionalistas vascas no pueden tener cabida, al ser incompatibles
con la democracia. Zallo plantea
la creación de una mayoría autodeterminista
que prescinda de la violencia de ETA e integre a Batasuna.
Sanzo apuesta por un nuevo
pacto político donde participen la mayoría o la totalidad de las fuerzas
políticas vascas.
Se
podrían inferir otros tantos futuros en función de los libros que
hemos comentado. Pero nuestro análisis para aquí, con la intención
de haber dado cuenta cumplida de la variedad y la complejidad que
siempre acarrea un problema sangrante como es el que aqueja a nuestro
pueblo, con la violencia y el escenario de división política.
Recensiones
Sobre
las víctimas
CALLEJA,
JOSÉ MARÍA, ¡Arriba Euskadi! La vida
diaria en el País Vasco, Madrid, Espasa,
2001, 410 págs. ISBN: 84-239-5694-6.
No
es el primer libro que el periodista José María Calleja dedica
a este tema: el de la cotidianeidad de las personas que viven en Euskadi
amenazadas por ETA o por sus organismos de coacción. Al igual que
los otros anteriores, no constituye una simple crónica personal; es
también un alegato político en contra del nacionalismo que incluye
a múltiples estamentos de la sociedad vasca dentro del ámbito de la
connivencia o, al menos, de la inactividad frente a lo que es la violencia
política de la organización armada. Refiriéndose a la Universidad, habla de los estudiantes que votan al PP
y al PSOE pero que, salvo excepciones, apenas se mueven, apenas
hacen cosas que tiren de los demás, apenas defienden públicamente,
de forma activa, las ideas en que creen (p. 72). Refiriéndose
a la burguesía de Neguri, votante del PP, habla de que esa porción
del poder económico vasco ha sido esencialmente cobarde, muy cobarde
(p. 150). Y sobre la juventud vasca, cita a Edurne Uriarte:
Esta es una generación muerta para la libertad. Los jóvenes
vascos están perdidos para la lucha por la libertad en el País Vasco
porque están muy confusos y porque están muertos de miedo (p.
72). Y es que Calleja es de los que no dudan en calificar a la sociedad
vasca como enferma.
Este
libro, que está escrito tras las elecciones del 13 de mayo del 2001,
refleja, en parte, la amargura de la permanencia en el poder de los
nacionalistas. Lo que pasa es que, tras las descalificaciones de amplios
sectores sociales reseñadas más arriba, la denuncia al nacionalismo
se extiende hasta todo el ámbito de Euskadi: Ser nacionalista en el País Vasco es un buen negocio. Un buen negocio
económico y un buen negocio político. Ser nacionalista resulta rentable.
Rentable políticamente y rentable económicamente y concluye: El
gasto público del País Vasco por habitantes es el más alto de España
y supone un veinte por ciento más que en Cataluña, un cuarenta por
ciento más que en Andalucía y un cien por cien más que en Galicia.
El autogobierno es, sobre todo, un suculento negocio para el País
Vasco; supone una ventaja económica específica, de la que no gozan
el resto de las comunidades autónomas españolas, excepto Navarra;
un sistema que pone en ventaja económica al País Vasco respecto del
resto de España
(p. 143). La amalgama entre consideraciones políticas de esta laya
y la crónica de las víctimas (entre los que se cuentan no pocos nacionalistas,
como el propio Calleja señala) resulta contraproducente, pues
el objetivo político legítimo del periodista, que es el de dar aliento
a los constitucionalistas en su lucha contra el nacionalismo, mella
el terrible relato de la autenticidad del sufrimiento de las personas.
El
libro de Calleja se ve recorrido por este componente sectario
que, aún y todo, no consigue desvirtuar las verdades que reflejan
su atormentada prosa: No hay un solo sector de la sociedad
vasca que no tenga una organización dependiente de ETA metida en su
seno (p. 116). O cuando habla, en el caso de la viuda del Guardia
Municipal de San Sebastián asesinado por ETA, Alfonso Morcillo, de
la soledad de las víctimas, de la incluso exclusión y señalamiento
de estas en los ámbitos donde el MLNV conserva su influencia. La instantánea
de María San Gil contemplando en un bar, cara a cara, como el concejal
del PP Gregorio Ordóñez es tiroteado, o la constancia de que Ernest
Lluch fue arrastrado por el garaje de su
casa hasta el lugar donde le dispararon y donde se desangró por espacio
de dos horas, son estampas que no deben faltar en ninguna historia
de nuestro pueblo: el horror de la violencia en las personas que la
padecieron y en las personas que tuvieron que acarrear su influencia
son un capítulo que necesita de una escritura permanente, si no queremos
caer en la caricatura de sociedad que pinta Calleja: una sociedad
anestesiada ante el dolor ajeno y cercano, paralizada por el miedo,
donde nacionalistas y no nacionalistas pagan el peaje necesario con
tal de no ser los próximos objetivos del MLNV.
Esta
es una imagen falsa, distorsionada y peligrosa de nuestra sociedad,
pues reduce la reacción en contra de ETA al grupo de allegados del
periodista. Pero es también una imagen posible y futurible, ante la
cual es necesario ponerse en guardia.
SAVATER,
FERNANDO, Perdonen las molestias. Crónica de una batalla sin armas
contra las armas, Madrid, El País, 2001, 326 págs.
ISBN: 84-03-09232-6.
El
libro de Fernando Savater no es en
exclusiva un libro personal sino que incluye la actividad del conocido
filósofo dentro del organismo Basta Ya. Desde sus primeras páginas
reconoce Savater el objetivo político y
profiláctico del libro, que es el de defenderse
del nacionalismo. En realidad, nos encontramos ante un amasijo de
textos de diferente naturaleza, la mayoría de ellos artículos periodísticos
publicados anteriormente, pero también textos en representación de
Basta Ya, como el manifiesto de la primera manifestación del colectivo
en San Sebastián y su alocución en el Parlamento de Estrasburgo. Escritos
voluntariamente circunstanciales entre los cuales los elementos de
reflexión o de observación de un cierto valor permanente resultan
muy escasos.
Y
es que el cansancio que reconoce nuestro filósofo sobre el tema vasco,
y el impulso puramente moral o ético que dice le empuja a escribir
sobre el mismo, se refleja de forma negativa. Para Savater
el gran problema del País Vasco es si Ibarretxe
seguirá intentando apoyarse más o menos disimuladamente en el independentismo
radical minoritario, cuyo peso efectivo en la sociedad proviene de
la violencia asesina de ETA y sus servicios auxiliares, o buscará
el acuerdo estabilizador con los partidos no nacionalistas que suman
mayor cantidad de sufragios y cuyo único defecto es no contar con
el beneplácito de los delirios terroristas. Ése es el verdadero problema
político actual, no el de 1839 sino de hoy mismo. Y a fe mía que es
un gran problema político... (p. 230). Es esta recurrencia
sobre el nacionalismo gobernante en las instituciones vascas la que
hace que el libro de Savater pierda el rigor
de una contestación exclusivamente cívica. Por tanto, no nos encontramos
sólo ni principalmente ante una batalla sin armas contra las
armas, sino ante una batalla política en contra del nacionalismo
que no utiliza las armas.
Este
es el peor defecto del libro: no se dirige principalmente en contra
de ETA sino en contra de una imagen totalizadora del nacionalismo,
donde la organización armada también se engloba pero donde el protagonista
principal es el nacionalismo gobernante. Nuevamente, la alargada sombra
del 13 de mayo, la ocasión perdida del constitucionalismo, brilla
como una opción repetible: la solución vendrá, parece decirnos Savater,
de la derrota política del nacionalismo. Es más: la propia legitimidad
moral de las víctimas, contrariamente a la separación que establece
el autor entre ética y política (p. 86), debe tener una traducción
política, que es esa derrota: Dado que las víctimas del terrorismo
han sido en número mayoritariamente abrumador no nacionalistas, el
camino lógico que aleje de la violencia debe ser el que hace concesiones
al no nacionalismo y no al revés (p. 106).
Las
consideraciones políticas y filosóficas de Savater
pertenecen al bagaje de su pensamiento expresado en otros tantos de
sus libros. Para el autor, es necesaria una reconversión democrática
del nacionalismo (el nacionalismo vasco no lo será democrático-
hasta abandonar el mito del pueblo oprimido y distinguir claramente
entre derechos irrenunciables y proyectos políticos p. 88),
aunque, más adelante, considere tal posibilidad como algo muy remoto,
dado su carácter intrínsecamente regresivo (la España de los nacionalismos no es un perfeccionamiento pluralista
de la España de las autonomías sino el regreso invertido a la homogeneización
franquista pero a escala regional: el una, grande y libre
en calderilla p.
201).
Y
es que el definitivo defecto de este libro de batalla consiste en
el desajuste entre la talla filosófica de Savater,
su nivel intelectual indudable, y su reflejo paupérrimo en la circunstancialidad
de sus glosas acerca de la situación del País Vasco y del nacionalismo.
Las complejidades, los matices, de la situación sólo se traslucen
en momentos muy puntuales, en los que, por ejemplo, Savater
contempla la connivencia o comprensión de cierta izquierda o de personalidades
progresistas como Darío Fo con la violencia
de ETA (p. 37). Pero estas evidencias no son suficientes como para
relativizar su tópica retahíla acerca de
etnicismos, sociedades cerradas y sacralizaciones
ancestrales.
Sobre
ETA y el MLNV
SÁEZ
DE LA FUENTE ALDAMA,
IZASKUN, El Movimiento de Liberación Nacional Vasco, una religión
de sustitución, Bilbao: Desclée De Brouwer-Instituto Diocesano de Teología y Pastoral de Bilbao,
2002, 312 págs. ISBN 84-330-1664-4.
El
libro de la socióloga Izaskun Sáez de la Fuente constituye un trabajo a caballo entre la investigación
sociológica, el análisis histórico y la proyección de la imagen del
MLNV en función de una hipótesis reflejada en el prólogo: el
que la izquierda abertzale haya funcionado desde su nacimiento, como
una comunidad creyente con su propia doctrina, su sistema de valores
y referentes de legitimación y sus mecanismos de socialización y de
reproducción intergeneracional (p. 29). A pesar de su parte
histórica y a pesar de que no desdeña los aspectos políticos y estratégicos
del movimiento, la autora se centra principalmente en el universo
simbólico que acompaña al MLNV ya que, según ella, es la fuente de
su convicción última. Las referencias simbólicas, los rituales, la
transferencia de sentimientos de una época y de una organización a
otra, la nueva cotidianeidad, la sustitución de valores: estos son
los temas comunes que encuentran en el trabajo de la socióloga bilbaína
una nueva formulación.
El
libro consta de dos partes bien diferenciadas. En la primera parte
se plantea un ver general y metodológico del problema en función de
dos temas: la formulación del nacionalismo en las sociedades modernas
y las vicisitudes de la transferencia y transformación de lo religioso
con el surgimiento de este fenómeno. Esta parte, como dice la autora,
culmina con una conceptualización de la nación en términos de identidad y
de poder, sitúa el factor identitario su
potencial transcendente y clasifica los nacionalismos según el criterio
de la relación existente entre religión nacional y religión sobrenatural
para encuadrar en modelo de la IA (izquierda abertzale) (p. 29). Se trata de comprobar como los aspectos que
antes eran monopolio de la religión o de la Iglesia (el carisma, el ritual, el dogma, la calificación de
hereje, la definición de pureza, la doctrina moral o código de normas)
son aprehendidos por las realidades políticas surgidas de los nacionalismos,
que son considerados por ella como el rostro moderno de la religión.
La idea de comunidad religiosa se transforma en comunidad
nacional (p. 61). La autora describe un marco conceptual
basado en las aportaciones de la sociología weberiana
y durkheimniana, dándoles valor universal.
La
parte, a mí entender, más valiosa del libro, es aquella que se dedica
a analizar la evolución del MLNV respecto al nacionalismo histórico
(PNV o EA) en términos de cuestionarios sociológicos. En esta parte,
la autora analiza tres aspectos: la vinculación con la religión cristiana
o católica y/o sus valores religiosos; la perspectiva de izquierda/derecha,
revolución o no, uso o no de la violencia y de formas ilegales de
actuación; y, finalmente, los niveles de adscripción o identificación
respecto a lo vasco y a sus rasgos culturales (euskara) o políticos (autodeterminación, estatuto). La socióloga
muestra de forma palpable la línea de separación entre las bases sociales
del MLNV y del nacionalismo histórico en la mayor parte de las cuestiones.
Es decir: que la comunidad creyente que ella dice formar
el MLNV se encuentra, a nivel social y político, en ruptura y separación
respecto al nacionalismo histórico.
El
aspecto más flojo del trabajo de Sáez de la Fuente lo constituye su intento de compatibilización
entre esa hipótesis, la de el MLNV como comunidad
de creyentes, y la estrategia y la ideología marxista-leninista que
posibilita la creación de un movimiento como el que nos ocupa. Por
ejemplo, cuando la autora afirma que la autodisolución de HASI, partido
de KAS, en 1992, tiene lugar en el momento en que se erosionan
gravemente los principios marxistas que habían inspirado, en un sentido
amplio, su creación e inserción dentro del movimiento. Y
para demostrarlo nos trae esta cita: [el marxismo], plenamente
vigente para ayudarnos a comprender la naturaleza de las diferentes
contradicciones que recorren a nuestro pueblo, precisa no ser interpretado
en clave lineal (...) y estar abierto a innovaciones de muy diversa
índole (...) la eliminación de etiquetas, adjetivos y calificativos
(...) son ejemplos significativos de este enriquecimiento teórico.
La socióloga vizcaína interpreta la remodelación y readecuación
del marxismo a un mundo post-socialismo real como una dejación de
principios, en contradicción flagrante con su propia cita. No es este
el único ejemplo de contradicción. El MLNV queda, así, planteando
desde un modelo estático, que entra en contradicción con la dinámica
de constante adaptación y remodelación que le ha caracterizado desde
su nacimiento.
SÁNCHEZ-CUENCA,
IGNACIO, ETA contra el Estado. Las estrategias del terrorismo,
Barcelona: Criterios-Tusquets, 2001,
269 págs. ISBN 84-8310-783-X.
Esta
obra pertenece a un género que, a principios de la transición o a
fines del franquismo, tenía gran aceptación y que luego la ha ido
perdiendo: el análisis estratégico de ETA. Los trabajos que en aquella
época tocaban ese tema eran de carácter político, referidos al periodo
de efervescencia que acarreaba la transición. El de Sánchez-Cuenca
investiga la estrategia de ETA, añadiendo su propia perspectiva política.
Se trata de un trabajo a caballo entre este género y el análisis histórico,
habida cuenta que el autor es historiador académico.
Dos
son, a nuestro entender, las aportaciones más relevantes del trabajo;
la primera, el esfuerzo de racionalizar desde una perspectiva de estrategia
la violencia de ETA; ello lleva al autor a desechar gran parte de
las teorías que se han elaborado acerca de la organización armada
en tanto declarar que el fin político de la organización no es el
prioritario; su crítica a estas teorías resulta muy positiva, al localizar
el elemento de estrategia política que se estaba arrumbando en función
de ideas sobre ETA que rozan lo descabellado. Segundo, la metodología
que usa para dar convicción a la admisión de esta racionalidad, la
teoría de juegos, permite plantear esa hipótesis desde los parámetros
de un modelo de objetividad, que sirve para la guerra, para el comercio
y para el juego, y comprobar hasta que punto una evolución supeditada
a los vaivenes de los tiempos
y a los matices de las situaciones particulares puede encuadrarse
dentro de esa teoría objetiva.
El
libro consta de numerosos diagramas, esquemas y periodizaciones
mediante los cuales pretende abstraer de lo concreto una esencia continua
y verificable de un camino proseguido. En el apéndice B del libro
se recoge el modelo formal de guerra de desgaste según Fudenberg
y Tirole (p. 258-9). Se trata así de plantear
diferentes modelos de estrategias, con sus graduaciones y estadios
intermedios, y hacerlos moverse en una combinatoria que de un resultado
plausible.
La
teoría de Sánchez-Cuenca se basa en el seguimiento de la estrategia
de guerra prolongada y de desgaste de ETA a lo largo de
su historia: ETA no busca la negociación con el Estado, sino
que el Estado desista. El asunto de la negociación es totalmente secundario
y no refleja la lógica que subyace en la guerra de desgaste que enfrente
a ETA con el Estado (p. 108). Esta estrategia continuada
a llevado a que cada nueva etapa ha marcado un retroceso
en las expectativas y aspiraciones de la organización terrorista
(p. 49).
Si
bien este libro posee aspectos muy positivos (sobre todo poner en
el centro de la cuestión la racionalidad de la estrategia política
de ETA) también tiene lagunas evidentes. El autor analiza a ETA desgajado
del conjunto del MLNV. Por tanto, al tratar de calibrar el efecto
de su estrategia pierde la perspectiva de la acción política que llevan
los organismos políticos y sociales del movimiento y que va a la par
de la acción militar, y política, de la organización armada. La teoría
de los juegos, si bien tiene la virtud de plantear un juego de fuerzas,
no se corresponde con la teorización estratégica
inmanente a ETA, cuya alusión a la guerra prolongada y de desgaste
es derivación de la metodología de la guerra popular aceptada
y llevada por la organización armada desde su V Asamblea y que a su
vez se deriva de las teorizaciones político-militares
de Mao Zedong. Su análisis del proceso
de Lizarra también es erróneo. Mientras
ve una incoherencia entre la etapa marcada por la ponencia Oldartzen
(1993) y el proceso de Lizarra (1998) la
propia ETA ve una continuidad entre ambas. ETA ve la tregua como un
medio de concreción de su Alternativa Democrática, mediante iniciativas
parainstitucionales como Udalbiltza
y mediante acciones de movilización en la base con PNV y EA, al contrario
de lo que dice nuestro autor. Sánchez-Cuenca piensa que si el PNV
y EA hubieran aceptado la propuesta de ETA de agosto de 1999, la tregua
se hubiera prolongado. Lo que pasa es que no tiene en cuenta la propia
naturaleza de la propuesta, que, desde sus coordenadas de maximalismo
aparentemente nacionalista (el inicio de un proceso constituyente
para los 6 herrialdes de Euskalerria)
estaba hecha para ser rechazada y para justificar
un retorno a la lucha armada.
Todo
ello hace que Sánchez-Cuenca agote su análisis precisamente en el
momento en que ETA rompe la tregua e reinicia su andadura. Por
primera vez en su larga historia, ni ella misma sabe muy bien qué
pretende conseguir con sus crímenes. En principio, esto es un síntoma
de una pronta desaparición. No obstante, sería demasiado arriesgado
asegurar que el fin de ETA se producirá en breve. El autor
proyecta su perplejidad ante el nuevo escenario más que reproduce
la estrategia de ETA. En definitiva, la impotencia de su propia hipótesis
para adaptarse a la realidad que pretende describir.
DOMÍNGUEZ,
FLORENCIO, Dentro de ETA, la vida diaria de los terroristas, Madrid,
Aguilar, 2002, 305 págs. ISBN 84-03-09276-B.
Este
libro constituye una crónica de las diversas historias de las personas
que forman parte de la organización ETA en la actualidad. Es un relato
general de diferentes relatos personales. El autor ya escribió otros
dos libros de diferente carácter aunque referidos al tema: ETA:
estrategias organizativas y actuaciones, 1978-1992, y De la
negociación a la tegua, ¿el final de ETA?.
El primero de ellos constituye un sumario de la historia de la organización
y el segundo su corolario en forma de hipótesis política.
El
libro no tiene bibliografía ni recuento de fuentes, aunque en la contraportada
se nos habla de que penetra en el interior de la organización
terrorista a través de documentos de los propios etarras informes
secretos de la organización, cartas intercambiadas entre activistas,
diarios personales... muchos de ellos inéditos, redactados con un
alto grado de sinceridad y espontaneidad. En efecto: desde
el ordenador incautado a José Luis Alvárez Santacristina, Txelis, Jefe Político de ETA en 1992 que poseía más
de 40.000 folios- hasta el diario de la militante de ETA Begoña Sánchez
del Arco fragmentos de los cuales ya había aparecido en la prensa-
donde cuenta la vida de los militantes quemados de la
organización, todo tipo de documentación interna y personal es utilizada.
Dice el autor: La columna vertebral de ETA no son las armas ni el ardor guerrero,
sino el papel (p. 217). Y es que ETA constituye principalmente
un ente burocrático, un gestor de una determinada actividad, en este
caso la lucha armada, para la cual la comunicación interna y externa
posee un extraordinario valor. No olvidemos tampoco la vocación de
administración paralela que posee ETA. El ordenador incautado
a Txelis, contenía una parte considerable
de archivos de contenido político, listados de empresarios sometidos
a extorsión, correspondencia interna de la banda terrorista, material
propagandístico, listados de atentados, cartas personales, etc
(p. 226).
Además
de los diarios y de textos políticos e ideológicos, caben destacar
los intercambios de cartas de diversos militantes con la cúpula de
la organización (en el caso de Urrusolo
Sistiaga, en el caso de Carmen Guisasola)
donde mejor podemos medir el pulso humano que recorre las comunicaciones
internas con su exigencia implacable de crítica y autocrítica-
y los textos alucinantes donde el militante de turno, enloquecido
por la presión de la vida en la clandestinidad, da cuenta de su paranoia.
De todas maneras, el uso de tal corpus bibliográfico resulta bastante
limitado y, sobre todo, centrado en el tema del libro: la vida cotidiana
del militante de ETA.
Este
libro posee la visión más reciente que tenga noticia de la vida interna
de la organización, de sus personas relevantes y de su dinámica. Decir
que nos pone al día sería exagerar, ya que cabe decir que se nos narra
la penúltima hora de la organización. La entrada de la nueva militancia
de la kale borroka,
la reorganización de ETA durante la tregua y los nuevos usos para
la etapa de ruptura de la tregua, no tienen apenas cabida en el libro.
Pero hay una serie de cuestiones que poseen valor permanente: el papel
de la cúpula, las formas de organización derivadas de los partidos
comunistas clásicos (la cooptación, la crítica y la autocrítica...),
los contactos internacionales (que dejan en mal lugar la teoría del
nazismo de ETA), etc.
La
visión de la cotidianeidad de la organización armada está contrastada
con una numerosa e inédita documentación que capta a la perfección
el pulso de las relaciones personales dentro de la misma. Es coherente,
también, con otros testimonios, como el de Soares
Gamboa, y la imagen que se deriva de ello es muy poco atractiva: una
organización con doble rasero para los militantes de base y los de
la cúpula, con un uso de la disuasión interna permanente, con una
preocupación por su base militante, ya en la cárcel ya fuera del circuito
del activismo, muy precaria. Y, además, resulta que no existe épica
alguna, ya que ETA es una máquina burocrática, una red de mensajes,
un cruce de instrucciones y de documentos, con todas las lacras de
administraciones llevadas en condiciones de clandestinidad.
Dos
son, a nuestro entender, los puntos críticos más evidentes: 1) Plantear
a ETA fuera del MLNV, del círculo de adherentes que se vislumbra,
pero no se ve, de solidarios, madrassas,
gaztetxes, y grupos de Jarrai
de donde sale la militancia y los grupos de apoyo; en fin, el cosmos
social del que deriva ETA y su ajuste con la estrategia y la militancia
general del MLNV. 2) Plantear a ETA como a una organización chapucera.
¿cómo es posible que haya sobrevivido tanto
e influya tanto en la sociedad vasca y en la política española si
es así? Lo que habrá que ver es como es posible que una organización
tan sujeta a los fallos y a las caídas pueda seguir manteniéndose.
Y está claro que si no es por la existencia general del MLNV y por
la estrategia que plantean no sería así.
Florencio
Domínguez subestima el
carácter ideológico y estratégico de la organización, sin el cual
la pura descripción de su funcionamiento puede reducirse a una visión
de anecdotario. ETA tiene en su haber el éxito de continuar llevando
su lucha armada durante unas cuantas décadas y, además, de tener al
lado todo un conjunto de organismos políticos y sociales que hacen
de apoyo logístico, político y moral. Omitir toda esta realidad deja
coja la visión, por otro lado útil y remarcable, que aporta este libro.
ONAINDIA,
MARIO, Memorias (1948-1977), Madrid, Espasa,
2001, 636 págs. ISBN: 84-2939-5461-7.
Estas
memorias de Mario Onaindia constituyen
un ejercicio peculiar. Nada más largo que el viaje ideológico que
le lleva desde la cúpula de ETA y desde uno de los partidos derivados
de la misma a la dirección del PSOE. Onaindia,
sin embargo, razona en estas memorias como si lo hiciera desde la
estricta contemporaneidad de lo que va narrando. Es un testimonio
interesante, pues contrasta de forma viva con los análisis de muchos
de los académicos que tratan el tema.
En
primer lugar tenemos a un Onaindia
que en su casa nunca había oído hablar de Sabino Arana, pese a tratarse
de una familia nacionalista (p. 180). La referencia nacionalista era
José Antonio Agirre, el lehendakari
en el exilio, el lehendakari que lideró
al Gobierno Vasco durante la Guerra Civil. Su actividad en el campo de la agitación nacionalista
(perteneció a Euzko Gaztedi,
organización juvenil del PNV) y el sindical, le lleva a cuestionar
las dos referencias históricas de la política antifranquista,
al PNV y al PSOE, por considerar que mantenían una mera política testimonial
de ver morirse al régimen. El joven Onaindia
queda prendado por los nuevos sujetos surgidos en el interior de Euskadi,
CCOO y ETA, que son más combativos, y que, sobre todo el segundo,
contemplan una estrategia de destrucción del propio régimen: Aquella
gente de ETA andaba buscando otra Euskadi
y, encima, se estaba jugando el pellejo en esta tarea porque a la
vez habían encontrado la respuesta a la cuestión fundamental: como
combatir al franquismo durante todos los días de nuestra vida... Cualquiera
que intentara vender la expectativa de que el régimen pudiera evolucionar
de una manera tranquila a la democracia no solo era un estúpido, sino
que se convertía en cómplice de la dictadura franquista
(p. 229-30). En toda esta reflexión coincide con otras análogas contemporáneas
expresadas por José Antonio Etxebarrieta
y otros líderes de la organización. ETA surge como un modo específico
de acción en contra del régimen de Franco, un modo que busca un vuelco
revolucionario en la situación y que se aleja de los partidos históricos
por esa misma determinación. Y se acerca a las nuevas formas de acción
antifranquista, como la que llevaban las
recién nacidas CCOO, con las que ETA pactó una colaboración en el
terreno sindical (p. 250).
Tal
determinación tiene su referencia internacional en las luchas revolucionarias
que iban extendiéndose a lo largo de la década de los 60. Para Mario
Onaindia, así como para ETA, el Che
Guevara fue esa referencia, ese ejemplo humano que había que seguir:
la demostración de que la revolución no era un ente previsible sino
fruto del sacrificio de las personas por esa idea en cualquier parte
del mundo en que se encontraran (p. 252-6). A todo esto, cuando Mario
Onaindia entra en ETA el nombre de Sabino Arana ni se menciona
y se plantea claramente su naturaleza marxista-leninista con motivo
a su V Asamblea (p. 248-9). Y es que en toda la reflexión de Onaindia
oímos vibrar el antiguo concepto marxista de la primacía de la práctica,
la práctica como determinación de destruir lo estatuido. El voluntarismo
de ETA, razona Onaindia, era lo más revolucionario
en un mundo donde las determinaciones estaban castradas: las
revoluciones siempre habían estallado como excepciones y no como la
regla (p. 321). Hablamos del periodo de estabilización del
franquismo, su calma chicha, el momento que media entre el fin de
la represión de la postguerra y de la etapa
ideológica del régimen y los fulgores del final del franquismo, cuando
este puso en marcha toda su maquinaria represiva merced a la agitación
política en la que ETA tendría un papel primordial. Escuchémosle:
Nuestro sacrificio, nuestra propia muerte era la razón última
que legitimaba y justificaba nuestra postura. Podíamos pedir e incluso
exigir sacrificios a la gente porque nosotros éramos los primeros
en sacrificarnos. Y nuestro sacrificio llegaba al máximo al que puede
llegar un revolucionario. En un doble sentido, en primer lugar, porque
estábamos dispuestos a entregar nuestra vida. Y en segundo lugar,
porque nos entregábamos por algo que para un revolucionario podría
ser más valioso incluso que la vida pero que a nosotros, en cuanto
rebeldes, nos mostrábamos dispuestos a entregar en aras de la libertad
del pueblo: nos inmolábamos para que el propio pueblo despertara y
tomara en sus manos sus destinos, los cuales nosotros no nos atrevíamos
a cerrar, ni siquiera a determinar (...) El propio término terrorista
no sonaba mal a nuestros oídos... Al contrario, para mí, al menos,
tenía una connotación precisa: la proveniente de los grupos rusos
que con su sacrificio prepararon el camino y las condiciones sociales
para que surgieran los bolcheviques.(p. 252-6).
Onaindia comenta también la admiración que sintió, con algunos
compañeros de ETA, en la contemplación del filme del Doctor Zhivago, por la figura arquetípica del revolucionario comunista,
Strélnikov, aquel que, en la novela de Boris
Pasternak, llega a decir algo tan parecido
a lo de Onaindia: Hemos tomado la vida
como una campaña militar, hemos removido montañas por aquellos a los
cuales amamos. Y, aunque sólo les hayamos aportado infortunios, no
les hemos inferido ninguna ofensa porque, si son mártires, nosotros
lo somos más que ellos..
Los esfuerzos de la organización
armada se encauzaron por dos caminos: crear organizaciones civiles
y políticas más allá de la lucha militar y en complementariedad con
esta y provocar, con las acciones armadas, las respuestas represivas
del régimen, de tal manera que tras cada oleada represiva afluían
los militantes a ETA. El Juicio de Burgos fue la culminación de este
proceso. Nos enteramos, también, que la campaña por el Frente Abertzale
lanzada por ETA en 1970 no tenía más finalidad (...) que
generar un ambiente político propicio para facilitar la fusión de
ETA y de las juventudes del PNV sobre la base de la V Asamblea (p. 452). Es
decir: el PNV (y también los seminarios, los grupos parroquiales,
las escuelas sociales, etc) constituían
auténticos grupos cebadores, organizaciones de las que
se recababa militantes, que engrosaron no sólo a ETA, sino a la miríada
de grupúsculos revolucionarios surgidos a fines del franquismo, como
por ejemplo la ORT (p. 394).
ETA,
pues, no era una organización sabiniana
o aberriana o una especie de grupo religioso
laico sino una organización revolucionaria con todas las de la ley
que pretendía acometer la gigantesca labor de la Revolución
Mundial en
este rincón del planeta. Sus militantes eran el trasunto del nuevo
hombre, que sacrificaba y se sacrificaba en aras a una nueva sociedad.
Nueva sociedad que, evidentemente, nada tenía que ver con la democracia
burguesa surgida tras el franquismo. Pero en ese mismo momento
termina Onaindia su crónica.
Y ETA, pese a esa democracia burguesa, ha seguido matando.
ARANZADI, JUAN, El
escudo de Arquíloco: sobre mesías, mártires y terroristas, Madrid: Vísor, 2001.2
vols.
Esta
obra de Juan Aranzadi es grande, tanto en tamaño físico (más
de mil páginas), como en la ambición que la anima (ni más ni menos
desentrañar el origen sacral de la violencia
en las sociedades democráticas occidentales). Es un libro con diferentes
niveles biográficos, históricos, antropológicos y filosóficos. Su
obra anterior, El milenarismo vasco, participaba
también de ese carácter híbrido. Uno de los temas fundamentales del
presente es el de la relación de ETA con la historia vasca y el origen
de su violencia: el papel determinante que juegan la martirio-lógica
cristiana, la Iglesia
Católica,
la familia tradicional vasca, la mitología fuerista y la
Antropología Vasca en la génesis y legitimación del racismo abertzale y del terrorismo etarra (Vol.
2, p. 14). No resulta una tesis novedosa: Antonio Elorza
plantea una secuencia histórica y temática de parecida extensión.
Pero Aranzadi proyecta su teoría a una escala casi inabarcable; el
fundamentalismo cristiano americano, el semitismo sionista, el antisemitismo
sionista, el antisionismo semitista, Moses Hess y su mesianismo comunista, el milenarismo vasco, todos
poseen la raíz común del milenarismo utópico, que trata de imponer
al mundo su sueño de renovación total y que por ello propugna una
suerte de violencia sacral: el Mito de la Revolución
como secularización del Mito del Milenio y, más en general, las raíces
religiosas (cristianas) de la Modernidad (p.
95). Llegados a este punto no podemos seguir al autor y nos limitamos
a plantear una serie de observaciones acerca del tema vasco y de la
naturaleza de ETA y del MLNV.
Para
Aranzadi ETA es fruto del proceso de secularización que se
dio en Euskadi y en España durante los años 60: es el profundo
proceso de secularización protestante y milenarista que
en los sesenta y setenta se produce en amplios sectores de la Iglesia española y vasca y que permite ver un elevado grado
de continuidad entre el cristianismo post-conciliar y las organizaciones
revolucionarias que surgen o se renuevan en esa época (p. 73). Como se ve, enmarca a ETA en la efervescencia
de los grupos revolucionarios surgidos durante aquellos años y no
sólo en Euskadi, sino en todo el Estado
español. Lo que pasa es que en Euskadi,
la existencia de una comunidad nacionalista reprimida políticamente
por el franquismo y la pervivencia de una mitología foral y una ideología
de la pureza racial impulsan la tal secularización por el camino de
la violencia, que es contemplada por nuestro autor como pura confirmación,
autoafirmación, de realidad de tal comunidad nacionalista (p. 516):
La violencia constituye el acta de nacimiento de ETA y su
uso exclusivo y permanente mecanismo de auto-afirmación. ETA no es
una organización política que practica la violencia sino un grupo
armado que racionaliza políticamente sus acciones violentas
(p. 523). La violencia de ETA es testimonial, expresiva,
identitaria, suicida incluso, que no tiene
más finalidad objetiva que la propia perduración de la organización
y de su lucha armada como encarnación paradigmática de la Patria y como llama sagrada en que perdura la promesa de su
independencia futura (p.
643). Si bien Aranzadi admite también la existencia de un cálculo
político-estratégico dentro de la planificación de la violencia es
aquel ingrediente, el simbólico-ritual, el más importante.
Esas
dos perspectivas (la que afirma la violencia como puro alegato metafísico,
como confirmación subjetiva de la realidad, como creadora de comunidad
y de los mártires, y la que la plantea como fruto de una estrategia
con fines políticos más o menos conseguibles)
resultan, en la práctica, inconciliables. Afirma Sánchez-Cuenca: ...la
propia supervivencia de la organización no puede transformarse en
el fin principal. En este caso, la supervivencia es un subproducto,
ya que si se persigue deliberadamente deja de ser factible.
Y también afirma:ETA sólo
puede reproducirse si conserva la esperanza de ganar su peculiar batalla
política. Y es que ETA no es un actor único: también tenemos
a los restantes organismos del MLNV que no se pueden mantener en pie
por la simple constancia de una autoafirmación sino, como bien señala
Sánchez-Cuenca, por la confianza en una victoria política. Aranzadi
reconoce que, más allá de 1972, su conocimiento de es ETA de segunda
mano (p. 92) y que sus certidumbres ya no son tan ciertas.
El
libro de Aranzadi resulta más valioso cuanto más circunstancial, cuanto
más alejado de sus tesis centrales. El aspecto autobiográfico no es
nada desdeñable. Relativizando la propia
naturaleza impositiva de ETA, Aranzadi afirma la naturaleza no democrática
de la mayoría de la oposición al franquismo y de los cuadros intelectuales
que se derivaron del mismo, entre los cuales, en un jocoso ajuste
de cuentas, incluye a personalidades como Savater,
Félix de Azúa, y a el mismo como profesores de Zorroaga
a principios de los 80 (en general, la atmósfera intelectual
que en Zorroaga predominaba herencia en gran medida del Vicennes post-sesentayochista- era
más un caldo de cultivo de cualquier radicalismo subversivo
y transgresor, incluido el abertzale, que una comunidad
de diálogo promotora de valores democráticos p. 124).
También da cuenta de un dato tan convencional y olvidado como la admiración
que sentía la mayor parte de la izquierda antifranquista
hacia ETA y sus acciones (p. 85) y la admisión de que las razones
en contra de ETA no eran morales, ya que la legitimidad al recurso
a la violencia revolucionaria se encontraba universalmente extendida
(p. 83).
Respecto a la propia organización Aranzadi recoge bien
el hecho de que ETA provoca deliberadamente, mediante su violencia,
la represión franquista en el momento de la estabilización económica
y política de este. Sus testimonios de primera mano acerca de la organización
armada coinciden con el relato de Onaindia:
la ETA que yo conocí (las ETAs
que yo conocí) entre 1968 y 1972 despedía un inequívoco tufo cristiano-milenarista
y estaba más obsesionada por los revolucionarios cantos de sirena
de Fanon, Guevara, Mao,
Lenin y Troski
que por las patrióticas voces ancestrales de Chao o Sabino Arana,
e incluso de Krutwig o Txillardegui (p. 91). Y
finalmente: en 1968 el etarra que me contactó en Salamanca
deseoso de ganar respetabilidad ante la izquierda española,
juraba y perjuraba que muy pronto iba ETA a declararse marxista-leninista
y que el nacionalismo era sólo un medio de atraer a las masas vascas
a la Revolución Internacional (p. 75).
REINARES,
FERNADO, Patriotas de la muerte, quiénes han militado en ETA y
por qué, Madrid, Taurus, 2001, 207 págs.
ISBN 84-306-0350-6
El
trabajo del sociólogo Fernando Reinares constituye uno de esos
libros académicos que periódicamente ponen al día el testimonio de
los que fueron antiguos militantes de ETA. Su ámbito de recolecta
de datos resulta impresionante: se trata de una muestra que
incluye a cerca de la mitad del total de los militantes etarras reclutados
entre el inicio de los setenta y el final de los noventa (p.
15). Para Fernando Reinares, antes de comenzar con la exposición de
testimonios, resulta claro y nítido la inclusión de la ideología de
ETA dentro de las ideas esenciales de un nacionalismo étnico
y excluyente, combinadas en ocasiones con conceptos rudimentarios
del marxismo(p. 13), o
de los designios de un nacionalismo étnico y excluyente,
de pasamontañas y txapela (p. 16). Como más adelante veremos, los
problemas de casar dos coordenadas ideológicas aparentemente antagónicas
como son ese nacionalismo étnico excluyente y los conceptos
rudimentarios del marxismo se muestran de forma clara en las
propias declaraciones de los militantes de ETA a los que entrevista.
Por
lo demás, la sistemática que plantea Reinares parece bastante
tópica. Oscila entre las imputaciones de machismo y de
juvenismo en tanto al
trato de inferioridad que se les reserva a las mujeres en ETA, en
tanto a la pulsión adolescente, derivada de la socialización peculiar
del joven que impulsa a la vida en clandestinidad- y la exploración
y actualización de ideas tradicionales sobre la organización, como
son la influencia de las ikastolas (p. 67) o la influencia del clero (p. 65), aunque
las primera no se vea contratada por ningún dato, ni siquiera alguna
prueba verbal de sus testimoniantes, y la
segunda se vea avalada por el testimonio probatorio de un viejo militante
de los años setenta, que afirma que incluso se guardaban
cosas en algunas iglesias. También contrapone el hecho de
que la mayor parte de los militantes abandonan la profesión de fe
religiosa una vez alcanzan su militancia (p. 62). El racismo
de los militantes de ETA, basado, según el autor, en la exaltación
genética y cultural de las pretendidas diferencias entre vascos y
españoles no tiene otra base que la propia extrañeza del
autor de que puedan existir esas pretendidas diferencias
y los juicios de valor de esos militantes que afirman que somos
totalmente distintos (p. 164).
Trata,
además, de forma superficial, el tema de las relaciones internacionales
de ETA, la relación de algunos militantes con el narcotráfico, la
influencia de la acción policial y, en especial, de la tortura, de
cara al reclutamiento de los militantes, los sentimientos que impulsan
a matar, etc. Incluso en un texto tan convencional, gracias al trabajo
de campo de esos testimonios, somos capaces de llegar al dato agudo
y expresivo, como es el de las despersonalización de las víctimas
que iban a convertirse en objetivo, con el ejemplo de un militante
de ETA que secuestró y convivió amigablemente con un empresario al
que posteriormente mató: pues éste era un gran empresario
y en su taller estaban en huelga y tal; y entonces..
pues justificas perfectamente. Y no eres
capaz de ver... Yo creo que no eres capaz de ver la persona ¿no? Y
si no la ves, no sufres, claro (p. 99). Ejemplo perfecto
de cómo por medios ideológicos se puede cauterizarse la sensibilidad
humana ante la comisión de un asesinato.
En
el tema ideológico Reinares muestra los testimonios por los cuales
estos militantes consideran útil la violencia, como en el caso de
la paralización de la central nuclear de Lemoniz
(p. 93), o en el de las negociaciones laborales. También se nos da
noticia de que es a las puertas y entrando en la transición democrática
cuando las diversas ramas de ETA alcanzan su máxima popularidad y
en torno a 1978 cuando se registra el mayor número de ingresos
(p. 105).
En
el tema de la relación entre el marxismo rudimentario y el nacionalismo
étnico Reinares se encuentra en la constante obligación de
contradecir o relativizar los testimonios de sus informantes, que dejan
bien claro que sus textos de formación política son marxistas (p.
75, 81-2) y que, en algunos casos, su idea principal es el marxismo
y no el nacionalismo (p. 170). Refiriéndose a ejemplos recientes,
algunos informantes llegan a destacar la tendencia a implicarse
en actividades de violencia antisistema, consideradas delictivas incluso,
como forma de expresar un desconcierto que, por cierto, ni siquiera
procedería de eventuales agravios padecidos como nacionalistas vascos
(p. 47). Y repite, dentro del ámbito juvenil del MLNV y, concretamente,
en el de kale borroka,
la existencia de una verdadera contracultura de valores antisistema
y totalitarios (p. 84). La imagen simplista de un nacionalismo
étnico, excluyente y con txapela queda
así seriamente contradicha.
El
libro de Reinares aporta algunos testimonios valiosos, aunque
no plantee una división nítida entre las tres etapas históricas que
definen los diferentes tipos de militancia de ETA, a saber, los sesenta
y los setenta, los comienzos y mediados de los 80 y los finales de
los 90. Militancias diversas, adscritas a problemáticas políticas
coyunturales diferentes, y cuya diferenciación nos hubiese dado una
imagen más dinámica y real de la organización, que en este trabajo,
por la perspectiva del autor, aparece demasiado anclada en sus rasgos
más convencionalmente tópicos de pasamontañas y de txapela.
Sobre
los medios de comunicación
RUIZ
OLABUENAGA, JOSÉ IGNACIO, Opinión sin tregua. Visos y denuestos
del nacionalismo vasco 1998-1999, Bilbao, Fundación Sabino Arana.
144 págs. ISBN: 84-88379-49-8.
Como
suele ocurrir con el nuevo conocimiento científico, en el que muchos
de los nuevos logros suelen venir determinados por unos intereses
concretos, el análisis que en este país se suele hacer del conflicto
que vivimos suele estar determinado por el interés de cada facción.
Aunque, esto es achacable tanto al nacionalismo clásico como al, recientemente
denominado, constitucionalismo, es este último el que
con mas magnitud ha caído en la contradicción de defender un único
estatus político posible con el pretexto de ser la única defensa que queda ante el nacionalismo:
un sistema que, supuestamente, solo acepta aquello que pertenece a
su mundo y aniquila todo lo demás.
En
este libro, José Ignacio Ruiz Olabuenaga
recoge en forma de denuncia algunos de los ejemplos más significativos
de cómo el bando no nacionalista, ante las expectativas de solución
que abría la tregua, aún sin verdadera intención por parte de ETA,
satanizó al nacionalismo. El autor analiza
algunos ejemplos significativos de cómo teóricos y creadores de opinión,
con un discurso carente de análisis y con clara intención de negar
al adversario, han contribuido a crear este estado de enfrentamiento
total que conocemos en la actualidad. En este libro el autor se vale,
principalmente, de dos conceptos para analizar la forma con que el
antinacionalismo, que, muchas veces es nacionalismo
español ha vilipendiado al nacionalismo vasco: el viso
y el denuesto. El viso, aplicado a este campo, viene a
ser algo así como la resultante de un análisis superficial, caricaturizado
y de nivel pre-racional orientado a persuadir
a los demás. El denuesto la aplicación de lo anterior desde la condena
emocional y sin ningún juicio crítico.
Lo
que el autor pretende con este trabajo es dar cuenta de las principales
críticas recibidas por el nacionalismo, durante el periodo de tregua
de ETA, siempre bajo la impronta del viso y mediante el
denuesto. Pretende ilustrar como los principales comentaristas
políticos de los medios escritos de mayor relevancia, - con la sorprendente
omisión por parte del autor de los comentaristas de El Diario Vasco-, han tratado al nacionalismo
como una ideología peligrosa que hay que eliminar. También da ejemplos
de discurso basado en la falta de rigor y criterio en los nacionalistas,
aunque el autor considera que no puede haber comparación posible.
La
crítica el estos comentaristas lanzan contra los nacionalistas se
articula sobre estas acusaciones de, irracionalidad, violencia, racismo,
tribalismo, incongruencia, utopía peligrosa, que en su mayoría
comparten casi todos estos periodistas. Pensadores de la indudable
talla de Gabriel Albiac o Fernando Savater quieren partir de la hipótesis innegable de que cualquier
nacionalismo vasco es irracional, necio e intelectualmente ruin. Además,
es algo que la propia evolución obliga a eliminar. Otros comentaristas
de menor talla intelectual como J.María
Portillo, José María Calleja, Santos Julia, Patxo
Unzueta, Javier