Sujetos Políticos de Euskalerria
Advertencia
preliminar
Este trabajo se realizó ya hace algún
tiempo y consiste, fundamentalmente, en la recensión de una serie
de libros que tocan de forma general, o en algunas de sus derivaciones,
el tema vasco, referido a lo político, lo histórico y lo social. Es
un trabajo que se hizo en colaboración, pese a que ahora mismo venga
con una única firma. El plural mayestático que utilizo responde a
esa colaboración. En este sentido, tengo que mencionar a Pako Garmendia, Igor Goitia y Luis Frías Goldaraz por la ayuda y aliento que dieron a este pequeño
trabajo. Sin ellos nunca se hubiera realizado.
El trabajo consta de dos partes: un
comentario general de los libros recensionados
y, a continuación, la recensión de los libros, divididos en subtemas,
que responden a los diversos sujetos. Algunas alusiones traslucen
que, pese a no haber pasado mucho tiempo, las circunstancias políticas
e históricas son ahora diferentes. Pese a todo, queda aquí el esfuerzo
de abarcar los aspectos variados, localizados como sujetos políticos,
de la realidad de nuestro pueblo.
Delimitación
del tema
Dado
que nos encontramos ante trabajos de diversa naturaleza y de géneros
diferentes trataremos de encontrar una hilazón
común a tanta heterogeneidad. No resulta difícil ya que el tema político
vasco es una realidad presente y actuante, en la cual toman parte
y convergen, a la vez, cuestiones historiográficas, de derecho positivo
y políticas recurrentes.
Esa
trama común, al hilo de la urgencia política que se vive por la realidad
conflictiva que padecemos los vascos, podría cifrarse en una preocupación
universal, en estos trabajos, por lo que podría ser la construcción
del futuro. Un futuro delimitado por una situación histórica que acumula
múltiples problemáticas, la persistencia del problema de la violencia
política y los disensos acerca de la naturaleza de lo vasco. Más que
nunca, la construcción del pasado se nos aparece como una construcción
del futuro.
Y
es que este interés por el futuro no es un interés académico abstracto,
sino un interés vivido en la situación presente. Los diferentes autores
representan, en este sentido, el índice de las preocupaciones individuales
condicionadas por los niveles de adscripción identitaria
o política de cada uno de ellos.
El
gran tema que subyace, como bajo continuo, en los diferentes relatos
y manifestaciones, es el de la cuestión de concretar cuales son los
o cuales tienen que ser los diferentes sujetos políticos de decisión
en el País Vasco. Estos sujetos no tienen porque limitarse a ser sujetos
nacionales: también hay sujetos políticos determinados, agentes sociales,
etc, que cumplen su papel en el conjunto.
Nuestra
intención es delimitar, en cada caso, el nivel de construcción inmanente
de cada actor (si ese actor es contemplado desde su interior, desde
su propia intencionalidad y sentido) o si este se encuentra al albur
de imputaciones exteriores. Queremos delimitar las diferentes medidas
de una u otra cosa.
También
se trata de ver los niveles de legitimidad o ilegitimidad que se adscriben
a cada sujeto. Está claro que esto se encuentra en función de la opción
particular de cada autor en tanto la elección de cual tiene que ser
la alternativa de futuro. Las situaciones como la nuestra parecen
exigir este tipo de pronunciamiento en tanto que las reflexiones políticas,
históricas y sociológicas modifican la realidad, la percepción de
la realidad, y, por tanto, son también actores individuales que se
añaden a los colectivos o derivan de ellos.
Diferentes actores y sujetos políticosociale
Los
sujetos y los actores son tan múltiples como compleja y enrevesada
es la situación en el País Vasco. Y esta complejidad posee además
carácter retroactivo en tanto que se proyecta sobre el pasado. Un
presente conflictivo y turbio como fruto de un pasado que se nos viste
con esas galas. Y habiendo un sujeto general colectivo, como es el
País Vasco, existen múltiples sujetos que lo conforman y que expresan
diversos aspectos de su naturaleza. La prolongación de un conflicto
armado y de una situación histórica sometida a los vaivenes de las
disputas historiográficas, hace que estos actores colectivos se entrecrucen
y relacionen entre ellos mismos.
Tenemos
por un lado al PNV o al sujeto del nacionalismo, que es tratado por
autores muy diferentes desde muy diferentes perspectivas. Carlos
Garaikoetxea trata el tema desde su
ejecutoria política particular; Antonio Elorza escribe acerca de las ideologías del nacionalismo
vasco en sus raíces históricas, su etapa de surgimiento y sus proyecciones
actuales. Está también el trabajo de Josemari
Lorenzo Espinosa, tratando al PNV desde la política actual del
MLNV. Son tres puntos de vista muy diferentes y que proyectan una
imagen poliédrica, ya que representan intereses y posicionamientos
diversos y contrapuestos: Garaikoetxea es un político nacionalista, Antonio Elorza un historiador constitucionalista y Lorenzo Espinosa,
también historiador, representa la visión del MLNV de lo que es el
nacionalismo.
El
sujeto de ETA y del MLNV quizá sea el eje de la mayoría de las reflexiones,
en tanto que la discusión política e histórica se refiere a nuestra
actual situación de violencia, en la que ETA y sus construcciones
políticas y sociales constituyen actores principales. Izaskun Sáez
de la Fuente trata el conjunto del MLNV desde la perspectiva de
la transferencia de religiosidad o de la secularización. Siguiendo
la idea de Antonio Elorza, para esta socióloga
el nacionalismo es una religión política que alcanza su culminación
con el MLNV. También tiene esta perspectiva Juan Aranzadi,
aunque la amplíe a una visión generalizada de las formas de secularización
que entrañan en ellas mismas el germen de las actuales ideologías
políticas y, sobre todo, de la ideología democrática occidental. Ignacio
Sánchez-Cuenca trata el tema de la evolución estratégica de ETA,
de la adaptación de ETA a las circunstancias cambiantes y de los modelos
de su racionalidad política para plantear cada adaptación. Fernando
Reinares toca el tema de la opinión de los militantes de ETA,
de la perspectiva individual desde la cual los ex militantes de ETA
contemplan su anterior militancia. Mario Onaindia
nos habla de su recorrido por la organización ETA, desde la conclusión
de la V Asamblea hasta el comienzo de la transición democrática. Florencio
Domínguez se centra en la cotidianeidad de ETA como organización,
la vida de sus militantes en el interior de la organización y la consideración
de esta respecto a estos. Los ángulos de visión son muy diferentes
y con la parcial excepción del político Mario Onaindia
(que hace un ejercicio de adaptación a la perspectiva que tenía cuando
participaba en ETA), y del historiador Ignacio Sánchez-Cuenca (que
mezcla la reflexión política con el análisis histórico) los autores,
que son académicos, (Izaskun Sáez de la Fuente y Fernando Reinares son sociólogos, Juan Aranzadi es
filósofo) analizan el tema desde los presupuestos fijados por sus
respectivas disciplinas.
Otro
actor importante, citado incluso en los libros en los que no es tema
central, es el de los medios de comunicación. Petxo
Idoiaga se ocupa del tratamiento que otorgan los medios
de comunicación al tema vasco desde 1987 hasta septiembre de 1998,
el momento en que ETA proclama la tregua. El sociólogo José Ignacio
Ruiz de Olabuenaga trata la función de los medios de comunicación
durante la tregua de ETA. Estos actores son juzgados, en ambos casos,
desde la perspectiva del papel que han jugado en el concierto político
y en la creación de acontecimientos. Es de reseñar que, pese a que
ambos plantean perspectivas ideológicas bastante interesadas (desde
los aledaños del MLNV el primero, el segundo desde la órbita del nacionalismo
clásico) otros autores, como Antoni
Batista y Ramón Zallo advierten de la importancia negativa que han jugado
en este periodo los medios de comunicación, no solamente desde la
perspectiva política que defendían sino de las vulneraciones de todos
los códigos deontológicos que han tenido
que transgredir para ello.
Euskadi
como sujeto general también tiene su tratamiento en tres libros bastante
diferentes. Ramón Zallo aborda el
tema desde la perspectiva de la resolución política de lo que se ha
venido a llamar el conflicto vasco en clave de creación
de una mayoría autodeterminista, que vaya
planteando un nuevo proceso político independiente de la resolución
directa del problema de la violencia. Luis Sanzo
analiza las posiciones acerca del problema de la autodeterminación,
las posibles soluciones legales, las perspectivas que otorga el derecho
internacional, los planteamientos de los partidos nacionalistas y
el MLNV, el encaje en el actual ordenamiento jurídico, etc. Antoni
Batista reflexiona sobre la Euskadi posterior a las elecciones del 13 de mayo del 2001
y trata de exponer un estado de la cuestión del ámbito de la política
junto con una serie de impresiones y recomendaciones. La primer
obra está escrita por un polítologo y profesor
de la UPV, la segunda por un especialista en derecho (y articulista
de El Pais) y la tercera por un periodista del periódico
catalán La Vanguardia. Estas tres heteróclitas aportaciones se elaboran desde una
cierta simpatía hacia el nacionalismo vasco, aunque ninguno de los
autores pertenezca a el.
Tenemos
también a Navarra como sujeto particular y relacionado con la Comunidad
Autónoma Vasca,
que es tratado por los sociólogos Amando e Iñaki de Miguel.
Finalmente,
nos quedan cuatro sujetos heterogéneos pero decisivos dentro de nuestro
tema. El periodista José María Calleja trata una vez más acerca
del sujeto de las víctimas de la violencia de ETA, colectivo cada
vez más numeroso y que reclama para sí un tratamiento diferenciado.
Su problemática es particular y exige a la vez la responsabilización
de toda la sociedad y de los agentes políticos que la rigen. Este
colectivo representa uno de los índices de las secuelas que la violencia
va dejando año tras año en nuestra sociedad. El irlandés Paddy
Woodworth se ocupa del sujeto de las tramas policiales
y parapoliciales vinculadas a la violencia
del Estado desde el franquismo hasta el acabamiento de la guerra sucia
bien avanzada la transición. La prolongación de las secuelas del franquismo,
en tanto a régimen violador de los derechos humanos, dentro del actual
régimen, son un hecho meridianamente probado y que en el libro de
Woodworth adquiere tintes dramáticos. Una
nueva generación de jóvenes se vinculan al ámbito de la cultura de la violencia del MLNV gracias
a la impresión dejada por la guerra sucia en pleno régimen democrático.
El sindicalista vinculado al sindicato ELA José Miguel Unanue
nos ofrece un relato de las relaciones laborales en el País Vasco
a partir de la transición. Las vicisitudes del sindicalismo y de la
clase trabajadora vasca en el contexto del problema político e histórico
general es tratado casi por primera vez.
Finalmente, el obispo emérito de San Sebastián, José María Setién, nos ofrece la mirada
de la ética sobre la política vasca y, de paso, representa la opinión
y la posición de un sujeto de la importancia de la Iglesia vasca respecto a esa política.
El
nacionalismo, el MLNV, los medios de comunicación, Euskadi
en general, Navarra, las víctimas de ETA, el GAL, la clase trabajadora,
la Iglesia y la ética; todos son sujetos heterogéneos pero referidos
a un espacio y a una problemática común. Expresan los muchos compartimentos
existentes dentro de este tema.
Legitimación-deslegitimación, construcción
inmanente-no inmanente
Una
vez localizados los sujetos o actores que toma cada autor como tema,
pasamos a plantear la siguiente cuestión: el valor que otorgan estos
autores a cada sujeto, en el doble sentido de su valoración positiva
o negativa, de legitimación o deslegitimación del mismo sujeto, o
de la perspectiva utilizada para definir cada sujeto, si parte de
la intencionalidad de este o se analiza desde el exterior.
Carlos
Garaikoetxea
analiza al nacionalismo como parte de su propia vida y ejecutoria
política. Haber sido presidente del PNV, de EA y lehendakari
del Gobierno Vasco en una etapa crucial para la historia de nuestro
país no es un bagaje desdeñable, en un contexto, además, donde los
políticos nacionalistas muestran muy poco interés en escribir acerca
de los acontecimientos que protagonizaron. Su libro constituye la
originalidad que tenía que ser normalidad, la de una interpretación
fijada de la historia del nacionalismo en el periodo de transición
democrática desde la perspectiva nacionalista. Para Garaikoetxea la ejecutoria del nacionalismo, en una época
decididamente tormentosa, redundó en la creación de un autogobierno,
en la reactivación económica de Euskadi
tras la brutal crisis industrial de comienzos de los 80 y significó
también la primera reacción cívica en contra de la violencia de ETA.
Como se ve, Garaikoetxea considera al nacionalismo como un factor muy
positivo para Euskadi.
Antonio
Elorza,
plantea al nacionalismo y a las ideas y grupos políticos o sociales
que lo sostuvieron dentro del contexto del Estado español, del proceso
de modernización de este. Los intereses de una determinada clase dominante
de ámbito local crea toda una mitología sobre un ente nacional imaginario.
Ello da como fruto a una religión política, que es la que crea Sabino
Arana, y que se basa en la repulsión de lo español y la violencia.
ETA sería la culminación de este proceso. Para Elorza
el nacionalismo está genéticamente condicionado a plantear la violencia
y la exclusión étnica, por tanto toda forma democrática del nacionalismo
sería accidental.
Elorza entiende que es la historia
del País Vasco se encuentra dentro de la historia del Estado español
(en tanto a formación de dicho Estado español) y que, por tanto, la
reivindicación nacionalista vasca no constituiría otra cosa que la
superchería política de una elite local que pone trabas a un determinado
proceso de racionalización estatal planteando su propio espacio de
poder. La valoración de Elorza sobre el
sujeto del nacionalismo es muy negativa, ya que lo hace responsable
de la enajenación política de Euskadi y
de la violencia. Pero su análisis, en lo que se refiere a la definición
de la problemática actual, es externo, no toca la historia de ETA
y del MLNV y plantea una hipótesis sobre el presente en base a toda
la historia de las provincias vascas anterior al surgimiento de ETA.
Su historia se para, realmente, en 1936, pero sus conclusiones quieren
servir para definir toda la historia presente y para calificar, negativamente,
al presente nacionalismo.
El
de Josemari Lorenzo Espinosa
es un trabajo de carácter más explicitamente
político. Su perspectiva es bien sencilla: mirar la historia y las
declaraciones del nacionalismo en el periodo de la transición postfranquista,
a la luz de la presencia del pensamiento de Sabino Arana. El objetivo
político de este texto es demostrar que los actuales líderes del nacionalismo
y los actuales partidos PNV y EA han renegado del objetivo de la independencia
y que lo único que buscan es un lugar cómodo y beneficioso a la sombra
del paraguas estatal español. El sujeto del nacionalismo es valorado
muy negativamente, por considerar que participa del ser estatal
español: La complicidad del PNV en la construcción de España
podrá ser justificada o discutida, pero jamás negada. De todos modos,
no se trataba más que de continuar la política de Aguirre, ni siquiera
interrumpida por el 18 de julio franquista. Como se ve,
esta teoría choca frontalmente con la de Antonio Elorza,
aunque, al contrario que esta, tenga como base declaraciones y documentos
de los partidos y los líderes nacionalistas durante la transición
política.
Y
surge la pregunta: ¿por qué se da esta preocupación por la actualidad
de Sabino Arana por parte de un historiador de los aledaños del MLNV?
El libro de Lorenzo Espinosa responde claramente a una coyuntura
política concreta (la realidad de la
Euskadi tras las elecciones del 13 de Mayo del 2001) y su valoración,
negativa, del sujeto del nacionalismo se debe a un objetivo complementario
de valoración positiva de otro sujeto, el MLNV, que, dado la ausencia
de otras referencias, quedaría como el único representante genuino
del nacionalismo sabiniano. El retroceso
electoral de Batasuna marca una necesidad insoslayable de plantear una
lucha ideológica contra al alternativa nacionalista vencedera en esas
elecciones. El mensaje de Lorenzo Espinosa es el siguiente: Sin
el PNV es difícil que podamos ser independientes. Con él, es imposible.
Esta frase recuerda a la que uno de los creadores de ETA, Julen
Madariaga, solía repetir según Txillardegi:
La liberación de Euskadi
pasa por la destrucción del PNV.
En este caso, la destrucción del proyecto político del PNV y el apropiamiento
de sus bases sociales y de sus referencias ideológicas, que es representativo
de la historia de ETA, alcanza una formulación puesta al día gracias
a este libro.
En
lo referente al actor-sujeto MLNV, Izaskun Sáez de la Fuente y Juan
Aranzadi plantean un enlace de esta realidad con la historia del
nacionalismo y su influencia en Euskadi.
Para ambos autores, la valoración del sujeto del MLNV es francamente
negativa. La socióloga bilbaína opina que el MLNV crea un modelo de
comunidad cerrada, donde la violencia es un instrumento ritual de
cohesión social, una forma desplazada de religiosidad devenida en
religión política. Aranzadi piensa que la violencia de ETA es expresión
localizada de la ideología democrática occidental, de la lógica cristiana
martirial que exige víctimas y que se traduce en esa ideología democrática
justiciera.
Izaskun
Sáez plantea, de una forma
poco integrada, una doble perspectiva. Hace un análisis inmanente
del sujeto MLNV, haciendo uso de su documentación interna más moderna,
pero también parte de una hipótesis y de un contexto que no se corresponde
con la naturaleza estricta del movimiento, ya que el tránsito de una
comunidad religiosa a una comunidad política, que rastrea en el MLNV,
plantea cambios cualitativos que muestran los límites del concepto
de la secularización aplicado a este sujeto. La propia voluntad política
del MLNV queda en un lugar secundario. Lo que constituye un error,
al tratar de un sujeto político-militar, donde la dimensión estratégica
marca su dinámica. Lo mismo pasa con Aranzadi: la transición
del pensamiento religioso al político constituye un tema tan amplio
y tan omniabarcante que puede servir para explicar cualquier cosa.
Aranzadi, además, plantea un análisis fundamentalmente externo, basado
en inferencias, donde la teorización propia
del MLNV brilla por su ausencia.
El
libro de Mario Onaindia, en este sentido, es más clarificador. La valoración
que hace de la ETA es francamente positiva. Para Onaindia
ETA representa, junto con otras realidades políticas y sociales, una
nueva forma de antifranquismo, que radicaliza
las protestas cuasi testimoniales de los
partidos vascos históricos, como el PSOE y el PNV, y va apropiándose
de sus bases sociales. Ve el espíritu de ETA paralelo al de otras
nuevas organizaciones, como CCOO, que marcan una nueva forma de hacer
la oposición desde el interior. Onaindia contempla, también, a ETA como fruto de la gran efervescencia
política de los 60, heredera del espíritu guevarista,
inmersa en la idea de la revolución mundial que en aquellos tiempos
estallaba en tantas partes del mundo. Y concluye: Por lo
tanto, cuanto más solos nos encontráramos, incluso cuanto mayor fuera
el rechazo de los sectores burgueses ante nuestra voluntad de lucha,
mayor era la evidencia de que íbamos por el buen camino... De esta
manera nos convertíamos en la más absoluta negación del sistema, y
el resto de las fuerzas políticas o sociales solo podían salirse de
la lógica absorbente del sistema en la medida en que colaboraban con
nosotros.
Para
Onaindia ETA surge como ruptura con
el nacionalismo del PNV tanto en el terreno de la ideología (muestra
a las claras el silencio de los primeros activistas de ETA respecto
a Sabino Arana, su propio desprecio personal hacia el y su adhesión
a una ideología marxista-leninista) como en el de la organización
(pues pertenece al carro de nuevas organizaciones revolucionarias
antifranquistas surgidas al calor de la
expansión de las nuevas formas de acción revolucionarias derivadas
del mayo del 68). Si bien Onaindia omite
explicitar algunas cuestiones (el propio papel de ETA de creación
de nuevas formas de organización política no armada) plantea una buena
explicación inmanente al propio sujeto utilizando su propia autobiografía.
La secularización y la raíz religiosa de ETA son dos temas, por ejemplo,
a pesar de que fue novicio, que no aparecen por ninguna parte.
El
sujeto de los medios de comunicación es valorado negativamente por
parte de Petxo Idoiaga
y José Ignacio Ruiz de Olabuenaga. Para Idoiaga constituyen
un instrumento de confrontación política: los medios de comunicación,
la mayoría de ellos, sostienen la postura de la división sectaria
a la hora de definir y proyectar el conflicto, al componer los discursos
y argumentos ante el conflicto. El fondo de su información no es sostener
la pluralidad, sino imponer una serie de tesis por encima de otras,
y es el antinacionalismo el contenido de esas tesis.
Cuando
Euskadi se convierte en sujeto sociopolítico,
y la perspectiva se amplia hacia una vía concreta de resolución del
problema de la violencia y del conflicto político, la valoración tanto
de Ramón Zallo como Antoni Batista es francamente positiva. Así
como Zallo considera que la transversalidad
de las alianzas políticas entre nacionalistas y constitucionalistas
se debería de dar desde la aceptación de estos últimos de algún tipo
de derecho de autodeterminación, Batista entiende la transversalidad
como una necesidad de tipo social, que afecta a la convivencia y a
la necesaria estabilidad de una sociedad sometida a los embates de
las tormentas políticas. El estudio jurídico de Luis Sanzo,
sin embargo, no es tan optimista, y plantea los problemas jurídicos
y políticos para llegar a un acuerdo que conjure el riesgo de la fractura
social en Euskadi. Luis Sanzo apuesta por
el consenso político de los partidos democráticos como solución al
problema y por la voluntad política prioritaria para conseguirlo.
Finalmente,
el sujeto de las víctimas de ETA es valorado positivamente por parte
de José María Calleja, desde su adscripción personal temprana
al mismo. Por tanto, Calleja trata el tema desde su doble condición
de periodista y víctima. Considera a las víctimas, y también a sus
colectivos, como Basta Ya, como uno de los pocos rasgos de dignidad
que le quedan a una sociedad vasca que el no duda en calificar del enferma. Mientras tanto,
Paddy Woodworth interpreta
a el GAL como una enfermedad de la democracia española que, pese a
los avances dados, todavía no está completamente curada, en tanto
la necesidad de admisión por parte del Estado de las responsabilidades
en este tipo de guerra sucia y en tanto no llegar hasta el fondo de
esas responsabilidades.
¿Qué
futuro construir?
Como
podemos ver, los sujetos-actores así como los autores de sus semblanzas
son múltiples y representan la complejidad del problema vasco, lleno
de interpretaciones no sólo contradictorias sino absolutamente ajenas
entre ellas. El objetivo de construir un futuro, referido a cada uno
de los sujetos-actores, es evidente. Garaikoetxea apuesta por una construcción de
la nación desde el proceso abierto en 1979 con el Estatuto de Gernika, hacia nuevas cotas de autogobierno. Elorza da su voto por una admisión por la Estatalidad española, en tanto proceso inevitable y deseable, donde las reivindicaciones
nacionalistas vascas no pueden tener cabida, al ser incompatibles
con la democracia. Zallo plantea
la creación de una mayoría autodeterminista
que prescinda de la violencia de ETA e integre a Batasuna.
Sanzo apuesta por un nuevo
pacto político donde participen la mayoría o la totalidad de las fuerzas
políticas vascas.
Se
podrían inferir otros tantos futuros en función de los libros que
hemos comentado. Pero nuestro análisis para aquí, con la intención
de haber dado cuenta cumplida de la variedad y la complejidad que
siempre acarrea un problema sangrante como es el que aqueja a nuestro
pueblo, con la violencia y el escenario de división política.
Recensiones
Sobre
las víctimas
CALLEJA,
JOSÉ MARÍA, ¡Arriba Euskadi! La vida
diaria en el País Vasco, Madrid, Espasa,
2001, 410 págs. ISBN: 84-239-5694-6.
No
es el primer libro que el periodista José María Calleja dedica
a este tema: el de la cotidianeidad de las personas que viven en Euskadi
amenazadas por ETA o por sus organismos de coacción. Al igual que
los otros anteriores, no constituye una simple crónica personal; es
también un alegato político en contra del nacionalismo que incluye
a múltiples estamentos de la sociedad vasca dentro del ámbito de la
connivencia o, al menos, de la inactividad frente a lo que es la violencia
política de la organización armada. Refiriéndose a la Universidad, habla de los estudiantes que votan al PP
y al PSOE pero que, salvo excepciones, apenas se mueven, apenas
hacen cosas que tiren de los demás, apenas defienden públicamente,
de forma activa, las ideas en que creen (p. 72). Refiriéndose
a la burguesía de Neguri, votante del PP, habla de que esa porción
del poder económico vasco ha sido esencialmente cobarde, muy cobarde
(p. 150). Y sobre la juventud vasca, cita a Edurne Uriarte:
Esta es una generación muerta para la libertad. Los jóvenes
vascos están perdidos para la lucha por la libertad en el País Vasco
porque están muy confusos y porque están muertos de miedo (p.
72). Y es que Calleja es de los que no dudan en calificar a la sociedad
vasca como enferma.
Este
libro, que está escrito tras las elecciones del 13 de mayo del 2001,
refleja, en parte, la amargura de la permanencia en el poder de los
nacionalistas. Lo que pasa es que, tras las descalificaciones de amplios
sectores sociales reseñadas más arriba, la denuncia al nacionalismo
se extiende hasta todo el ámbito de Euskadi: Ser nacionalista en el País Vasco es un buen negocio. Un buen negocio
económico y un buen negocio político. Ser nacionalista resulta rentable.
Rentable políticamente y rentable económicamente y concluye: El
gasto público del País Vasco por habitantes es el más alto de España
y supone un veinte por ciento más que en Cataluña, un cuarenta por
ciento más que en Andalucía y un cien por cien más que en Galicia.
El autogobierno es, sobre todo, un suculento negocio para el País
Vasco; supone una ventaja económica específica, de la que no gozan
el resto de las comunidades autónomas españolas, excepto Navarra;
un sistema que pone en ventaja económica al País Vasco respecto del
resto de España
(p. 143). La amalgama entre consideraciones políticas de esta laya
y la crónica de las víctimas (entre los que se cuentan no pocos nacionalistas,
como el propio Calleja señala) resulta contraproducente, pues
el objetivo político legítimo del periodista, que es el de dar aliento
a los constitucionalistas en su lucha contra el nacionalismo, mella
el terrible relato de la autenticidad del sufrimiento de las personas.
El
libro de Calleja se ve recorrido por este componente sectario
que, aún y todo, no consigue desvirtuar las verdades que reflejan
su atormentada prosa: No hay un solo sector de la sociedad
vasca que no tenga una organización dependiente de ETA metida en su
seno (p. 116). O cuando habla, en el caso de la viuda del Guardia
Municipal de San Sebastián asesinado por ETA, Alfonso Morcillo, de
la soledad de las víctimas, de la incluso exclusión y señalamiento
de estas en los ámbitos donde el MLNV conserva su influencia. La instantánea
de María San Gil contemplando en un bar, cara a cara, como el concejal
del PP Gregorio Ordóñez es tiroteado, o la constancia de que Ernest
Lluch fue arrastrado por el garaje de su
casa hasta el lugar donde le dispararon y donde se desangró por espacio
de dos horas, son estampas que no deben faltar en ninguna historia
de nuestro pueblo: el horror de la violencia en las personas que la
padecieron y en las personas que tuvieron que acarrear su influencia
son un capítulo que necesita de una escritura permanente, si no queremos
caer en la caricatura de sociedad que pinta Calleja: una sociedad
anestesiada ante el dolor ajeno y cercano, paralizada por el miedo,
donde nacionalistas y no nacionalistas pagan el peaje necesario con
tal de no ser los próximos objetivos del MLNV.
Esta
es una imagen falsa, distorsionada y peligrosa de nuestra sociedad,
pues reduce la reacción en contra de ETA al grupo de allegados del
periodista. Pero es también una imagen posible y futurible, ante la
cual es necesario ponerse en guardia.
SAVATER,
FERNANDO, Perdonen las molestias. Crónica de una batalla sin armas
contra las armas, Madrid, El País, 2001, 326 págs.
ISBN: 84-03-09232-6.
El
libro de Fernando Savater no es en
exclusiva un libro personal sino que incluye la actividad del conocido
filósofo dentro del organismo Basta Ya. Desde sus primeras páginas
reconoce Savater el objetivo político y
profiláctico del libro, que es el de defenderse
del nacionalismo. En realidad, nos encontramos ante un amasijo de
textos de diferente naturaleza, la mayoría de ellos artículos periodísticos
publicados anteriormente, pero también textos en representación de
Basta Ya, como el manifiesto de la primera manifestación del colectivo
en San Sebastián y su alocución en el Parlamento de Estrasburgo. Escritos
voluntariamente circunstanciales entre los cuales los elementos de
reflexión o de observación de un cierto valor permanente resultan
muy escasos.
Y
es que el cansancio que reconoce nuestro filósofo sobre el tema vasco,
y el impulso puramente moral o ético que dice le empuja a escribir
sobre el mismo, se refleja de forma negativa. Para Savater
el gran problema del País Vasco es si Ibarretxe
seguirá intentando apoyarse más o menos disimuladamente en el independentismo
radical minoritario, cuyo peso efectivo en la sociedad proviene de
la violencia asesina de ETA y sus servicios auxiliares, o buscará
el acuerdo estabilizador con los partidos no nacionalistas que suman
mayor cantidad de sufragios y cuyo único defecto es no contar con
el beneplácito de los delirios terroristas. Ése es el verdadero problema
político actual, no el de 1839 sino de hoy mismo. Y a fe mía que es
un gran problema político... (p. 230). Es esta recurrencia
sobre el nacionalismo gobernante en las instituciones vascas la que
hace que el libro de Savater pierda el rigor
de una contestación exclusivamente cívica. Por tanto, no nos encontramos
sólo ni principalmente ante una batalla sin armas contra las
armas, sino ante una batalla política en contra del nacionalismo
que no utiliza las armas.
Este
es el peor defecto del libro: no se dirige principalmente en contra
de ETA sino en contra de una imagen totalizadora del nacionalismo,
donde la organización armada también se engloba pero donde el protagonista
principal es el nacionalismo gobernante. Nuevamente, la alargada sombra
del 13 de mayo, la ocasión perdida del constitucionalismo, brilla
como una opción repetible: la solución vendrá, parece decirnos Savater,
de la derrota política del nacionalismo. Es más: la propia legitimidad
moral de las víctimas, contrariamente a la separación que establece
el autor entre ética y política (p. 86), debe tener una traducción
política, que es esa derrota: Dado que las víctimas del terrorismo
han sido en número mayoritariamente abrumador no nacionalistas, el
camino lógico que aleje de la violencia debe ser el que hace concesiones
al no nacionalismo y no al revés (p. 106).
Las
consideraciones políticas y filosóficas de Savater
pertenecen al bagaje de su pensamiento expresado en otros tantos de
sus libros. Para el autor, es necesaria una reconversión democrática
del nacionalismo (el nacionalismo vasco no lo será democrático-
hasta abandonar el mito del pueblo oprimido y distinguir claramente
entre derechos irrenunciables y proyectos políticos p. 88),
aunque, más adelante, considere tal posibilidad como algo muy remoto,
dado su carácter intrínsecamente regresivo (la España de los nacionalismos no es un perfeccionamiento pluralista
de la España de las autonomías sino el regreso invertido a la homogeneización
franquista pero a escala regional: el una, grande y libre
en calderilla p.
201).
Y
es que el definitivo defecto de este libro de batalla consiste en
el desajuste entre la talla filosófica de Savater,
su nivel intelectual indudable, y su reflejo paupérrimo en la circunstancialidad
de sus glosas acerca de la situación del País Vasco y del nacionalismo.
Las complejidades, los matices, de la situación sólo se traslucen
en momentos muy puntuales, en los que, por ejemplo, Savater
contempla la connivencia o comprensión de cierta izquierda o de personalidades
progresistas como Darío Fo con la violencia
de ETA (p. 37). Pero estas evidencias no son suficientes como para
relativizar su tópica retahíla acerca de
etnicismos, sociedades cerradas y sacralizaciones
ancestrales.
Sobre
ETA y el MLNV
SÁEZ
DE LA FUENTE ALDAMA,
IZASKUN, El Movimiento de Liberación Nacional Vasco, una religión
de sustitución, Bilbao: Desclée De Brouwer-Instituto Diocesano de Teología y Pastoral de Bilbao,
2002, 312 págs. ISBN 84-330-1664-4.
El
libro de la socióloga Izaskun Sáez de la Fuente constituye un trabajo a caballo entre la investigación
sociológica, el análisis histórico y la proyección de la imagen del
MLNV en función de una hipótesis reflejada en el prólogo: el
que la izquierda abertzale haya funcionado desde su nacimiento, como
una comunidad creyente con su propia doctrina, su sistema de valores
y referentes de legitimación y sus mecanismos de socialización y de
reproducción intergeneracional (p. 29). A pesar de su parte
histórica y a pesar de que no desdeña los aspectos políticos y estratégicos
del movimiento, la autora se centra principalmente en el universo
simbólico que acompaña al MLNV ya que, según ella, es la fuente de
su convicción última. Las referencias simbólicas, los rituales, la
transferencia de sentimientos de una época y de una organización a
otra, la nueva cotidianeidad, la sustitución de valores: estos son
los temas comunes que encuentran en el trabajo de la socióloga bilbaína
una nueva formulación.
El
libro consta de dos partes bien diferenciadas. En la primera parte
se plantea un ver general y metodológico del problema en función de
dos temas: la formulación del nacionalismo en las sociedades modernas
y las vicisitudes de la transferencia y transformación de lo religioso
con el surgimiento de este fenómeno. Esta parte, como dice la autora,
culmina con una conceptualización de la nación en términos de identidad y
de poder, sitúa el factor identitario su
potencial transcendente y clasifica los nacionalismos según el criterio
de la relación existente entre religión nacional y religión sobrenatural
para encuadrar en modelo de la IA (izquierda abertzale) (p. 29). Se trata de comprobar como los aspectos que
antes eran monopolio de la religión o de la Iglesia (el carisma, el ritual, el dogma, la calificación de
hereje, la definición de pureza, la doctrina moral o código de normas)
son aprehendidos por las realidades políticas surgidas de los nacionalismos,
que son considerados por ella como el rostro moderno de la religión.
La idea de comunidad religiosa se transforma en comunidad
nacional (p. 61). La autora describe un marco conceptual
basado en las aportaciones de la sociología weberiana
y durkheimniana, dándoles valor universal.
La
parte, a mí entender, más valiosa del libro, es aquella que se dedica
a analizar la evolución del MLNV respecto al nacionalismo histórico
(PNV o EA) en términos de cuestionarios sociológicos. En esta parte,
la autora analiza tres aspectos: la vinculación con la religión cristiana
o católica y/o sus valores religiosos; la perspectiva de izquierda/derecha,
revolución o no, uso o no de la violencia y de formas ilegales de
actuación; y, finalmente, los niveles de adscripción o identificación
respecto a lo vasco y a sus rasgos culturales (euskara) o políticos (autodeterminación, estatuto). La socióloga
muestra de forma palpable la línea de separación entre las bases sociales
del MLNV y del nacionalismo histórico en la mayor parte de las cuestiones.
Es decir: que la comunidad creyente que ella dice formar
el MLNV se encuentra, a nivel social y político, en ruptura y separación
respecto al nacionalismo histórico.
El
aspecto más flojo del trabajo de Sáez de la Fuente lo constituye su intento de compatibilización
entre esa hipótesis, la de el MLNV como comunidad
de creyentes, y la estrategia y la ideología marxista-leninista que
posibilita la creación de un movimiento como el que nos ocupa. Por
ejemplo, cuando la autora afirma que la autodisolución de HASI, partido
de KAS, en 1992, tiene lugar en el momento en que se erosionan
gravemente los principios marxistas que habían inspirado, en un sentido
amplio, su creación e inserción dentro del movimiento. Y
para demostrarlo nos trae esta cita: [el marxismo], plenamente
vigente para ayudarnos a comprender la naturaleza de las diferentes
contradicciones que recorren a nuestro pueblo, precisa no ser interpretado
en clave lineal (...) y estar abierto a innovaciones de muy diversa
índole (...) la eliminación de etiquetas, adjetivos y calificativos
(...) son ejemplos significativos de este enriquecimiento teórico.
La socióloga vizcaína interpreta la remodelación y readecuación
del marxismo a un mundo post-socialismo real como una dejación de
principios, en contradicción flagrante con su propia cita. No es este
el único ejemplo de contradicción. El MLNV queda, así, planteando
desde un modelo estático, que entra en contradicción con la dinámica
de constante adaptación y remodelación que le ha caracterizado desde
su nacimiento.
SÁNCHEZ-CUENCA,
IGNACIO, ETA contra el Estado. Las estrategias del terrorismo,
Barcelona: Criterios-Tusquets, 2001,
269 págs. ISBN 84-8310-783-X.
Esta
obra pertenece a un género que, a principios de la transición o a
fines del franquismo, tenía gran aceptación y que luego la ha ido
perdiendo: el análisis estratégico de ETA. Los trabajos que en aquella
época tocaban ese tema eran de carácter político, referidos al periodo
de efervescencia que acarreaba la transición. El de Sánchez-Cuenca
investiga la estrategia de ETA, añadiendo su propia perspectiva política.
Se trata de un trabajo a caballo entre este género y el análisis histórico,
habida cuenta que el autor es historiador académico.
Dos
son, a nuestro entender, las aportaciones más relevantes del trabajo;
la primera, el esfuerzo de racionalizar desde una perspectiva de estrategia
la violencia de ETA; ello lleva al autor a desechar gran parte de
las teorías que se han elaborado acerca de la organización armada
en tanto declarar que el fin político de la organización no es el
prioritario; su crítica a estas teorías resulta muy positiva, al localizar
el elemento de estrategia política que se estaba arrumbando en función
de ideas sobre ETA que rozan lo descabellado. Segundo, la metodología
que usa para dar convicción a la admisión de esta racionalidad, la
teoría de juegos, permite plantear esa hipótesis desde los parámetros
de un modelo de objetividad, que sirve para la guerra, para el comercio
y para el juego, y comprobar hasta que punto una evolución supeditada
a los vaivenes de los tiempos
y a los matices de las situaciones particulares puede encuadrarse
dentro de esa teoría objetiva.
El
libro consta de numerosos diagramas, esquemas y periodizaciones
mediante los cuales pretende abstraer de lo concreto una esencia continua
y verificable de un camino proseguido. En el apéndice B del libro
se recoge el modelo formal de guerra de desgaste según Fudenberg
y Tirole (p. 258-9). Se trata así de plantear
diferentes modelos de estrategias, con sus graduaciones y estadios
intermedios, y hacerlos moverse en una combinatoria que de un resultado
plausible.
La
teoría de Sánchez-Cuenca se basa en el seguimiento de la estrategia
de guerra prolongada y de desgaste de ETA a lo largo de
su historia: ETA no busca la negociación con el Estado, sino
que el Estado desista. El asunto de la negociación es totalmente secundario
y no refleja la lógica que subyace en la guerra de desgaste que enfrente
a ETA con el Estado (p. 108). Esta estrategia continuada
a llevado a que cada nueva etapa ha marcado un retroceso
en las expectativas y aspiraciones de la organización terrorista
(p. 49).
Si
bien este libro posee aspectos muy positivos (sobre todo poner en
el centro de la cuestión la racionalidad de la estrategia política
de ETA) también tiene lagunas evidentes. El autor analiza a ETA desgajado
del conjunto del MLNV. Por tanto, al tratar de calibrar el efecto
de su estrategia pierde la perspectiva de la acción política que llevan
los organismos políticos y sociales del movimiento y que va a la par
de la acción militar, y política, de la organización armada. La teoría
de los juegos, si bien tiene la virtud de plantear un juego de fuerzas,
no se corresponde con la teorización estratégica
inmanente a ETA, cuya alusión a la guerra prolongada y de desgaste
es derivación de la metodología de la guerra popular aceptada
y llevada por la organización armada desde su V Asamblea y que a su
vez se deriva de las teorizaciones político-militares
de Mao Zedong. Su análisis del proceso
de Lizarra también es erróneo. Mientras
ve una incoherencia entre la etapa marcada por la ponencia Oldartzen
(1993) y el proceso de Lizarra (1998) la
propia ETA ve una continuidad entre ambas. ETA ve la tregua como un
medio de concreción de su Alternativa Democrática, mediante iniciativas
parainstitucionales como Udalbiltza
y mediante acciones de movilización en la base con PNV y EA, al contrario
de lo que dice nuestro autor. Sánchez-Cuenca piensa que si el PNV
y EA hubieran aceptado la propuesta de ETA de agosto de 1999, la tregua
se hubiera prolongado. Lo que pasa es que no tiene en cuenta la propia
naturaleza de la propuesta, que, desde sus coordenadas de maximalismo
aparentemente nacionalista (el inicio de un proceso constituyente
para los 6 herrialdes de Euskalerria)
estaba hecha para ser rechazada y para justificar
un retorno a la lucha armada.
Todo
ello hace que Sánchez-Cuenca agote su análisis precisamente en el
momento en que ETA rompe la tregua e reinicia su andadura. Por
primera vez en su larga historia, ni ella misma sabe muy bien qué
pretende conseguir con sus crímenes. En principio, esto es un síntoma
de una pronta desaparición. No obstante, sería demasiado arriesgado
asegurar que el fin de ETA se producirá en breve. El autor
proyecta su perplejidad ante el nuevo escenario más que reproduce
la estrategia de ETA. En definitiva, la impotencia de su propia hipótesis
para adaptarse a la realidad que pretende describir.
DOMÍNGUEZ,
FLORENCIO, Dentro de ETA, la vida diaria de los terroristas, Madrid,
Aguilar, 2002, 305 págs. ISBN 84-03-09276-B.
Este
libro constituye una crónica de las diversas historias de las personas
que forman parte de la organización ETA en la actualidad. Es un relato
general de diferentes relatos personales. El autor ya escribió otros
dos libros de diferente carácter aunque referidos al tema: ETA:
estrategias organizativas y actuaciones, 1978-1992, y De la
negociación a la tegua, ¿el final de ETA?.
El primero de ellos constituye un sumario de la historia de la organización
y el segundo su corolario en forma de hipótesis política.
El
libro no tiene bibliografía ni recuento de fuentes, aunque en la contraportada
se nos habla de que penetra en el interior de la organización
terrorista a través de documentos de los propios etarras informes
secretos de la organización, cartas intercambiadas entre activistas,
diarios personales... muchos de ellos inéditos, redactados con un
alto grado de sinceridad y espontaneidad. En efecto: desde
el ordenador incautado a José Luis Alvárez Santacristina, Txelis, Jefe Político de ETA en 1992 que poseía más
de 40.000 folios- hasta el diario de la militante de ETA Begoña Sánchez
del Arco fragmentos de los cuales ya había aparecido en la prensa-
donde cuenta la vida de los militantes quemados de la
organización, todo tipo de documentación interna y personal es utilizada.
Dice el autor: La columna vertebral de ETA no son las armas ni el ardor guerrero,
sino el papel (p. 217). Y es que ETA constituye principalmente
un ente burocrático, un gestor de una determinada actividad, en este
caso la lucha armada, para la cual la comunicación interna y externa
posee un extraordinario valor. No olvidemos tampoco la vocación de
administración paralela que posee ETA. El ordenador incautado
a Txelis, contenía una parte considerable
de archivos de contenido político, listados de empresarios sometidos
a extorsión, correspondencia interna de la banda terrorista, material
propagandístico, listados de atentados, cartas personales, etc
(p. 226).
Además
de los diarios y de textos políticos e ideológicos, caben destacar
los intercambios de cartas de diversos militantes con la cúpula de
la organización (en el caso de Urrusolo
Sistiaga, en el caso de Carmen Guisasola)
donde mejor podemos medir el pulso humano que recorre las comunicaciones
internas con su exigencia implacable de crítica y autocrítica-
y los textos alucinantes donde el militante de turno, enloquecido
por la presión de la vida en la clandestinidad, da cuenta de su paranoia.
De todas maneras, el uso de tal corpus bibliográfico resulta bastante
limitado y, sobre todo, centrado en el tema del libro: la vida cotidiana
del militante de ETA.
Este
libro posee la visión más reciente que tenga noticia de la vida interna
de la organización, de sus personas relevantes y de su dinámica. Decir
que nos pone al día sería exagerar, ya que cabe decir que se nos narra
la penúltima hora de la organización. La entrada de la nueva militancia
de la kale borroka,
la reorganización de ETA durante la tregua y los nuevos usos para
la etapa de ruptura de la tregua, no tienen apenas cabida en el libro.
Pero hay una serie de cuestiones que poseen valor permanente: el papel
de la cúpula, las formas de organización derivadas de los partidos
comunistas clásicos (la cooptación, la crítica y la autocrítica...),
los contactos internacionales (que dejan en mal lugar la teoría del
nazismo de ETA), etc.
La
visión de la cotidianeidad de la organización armada está contrastada
con una numerosa e inédita documentación que capta a la perfección
el pulso de las relaciones personales dentro de la misma. Es coherente,
también, con otros testimonios, como el de Soares
Gamboa, y la imagen que se deriva de ello es muy poco atractiva: una
organización con doble rasero para los militantes de base y los de
la cúpula, con un uso de la disuasión interna permanente, con una
preocupación por su base militante, ya en la cárcel ya fuera del circuito
del activismo, muy precaria. Y, además, resulta que no existe épica
alguna, ya que ETA es una máquina burocrática, una red de mensajes,
un cruce de instrucciones y de documentos, con todas las lacras de
administraciones llevadas en condiciones de clandestinidad.
Dos
son, a nuestro entender, los puntos críticos más evidentes: 1) Plantear
a ETA fuera del MLNV, del círculo de adherentes que se vislumbra,
pero no se ve, de solidarios, madrassas,
gaztetxes, y grupos de Jarrai
de donde sale la militancia y los grupos de apoyo; en fin, el cosmos
social del que deriva ETA y su ajuste con la estrategia y la militancia
general del MLNV. 2) Plantear a ETA como a una organización chapucera.
¿cómo es posible que haya sobrevivido tanto
e influya tanto en la sociedad vasca y en la política española si
es así? Lo que habrá que ver es como es posible que una organización
tan sujeta a los fallos y a las caídas pueda seguir manteniéndose.
Y está claro que si no es por la existencia general del MLNV y por
la estrategia que plantean no sería así.
Florencio
Domínguez subestima el
carácter ideológico y estratégico de la organización, sin el cual
la pura descripción de su funcionamiento puede reducirse a una visión
de anecdotario. ETA tiene en su haber el éxito de continuar llevando
su lucha armada durante unas cuantas décadas y, además, de tener al
lado todo un conjunto de organismos políticos y sociales que hacen
de apoyo logístico, político y moral. Omitir toda esta realidad deja
coja la visión, por otro lado útil y remarcable, que aporta este libro.
ONAINDIA,
MARIO, Memorias (1948-1977), Madrid, Espasa,
2001, 636 págs. ISBN: 84-2939-5461-7.
Estas
memorias de Mario Onaindia constituyen
un ejercicio peculiar. Nada más largo que el viaje ideológico que
le lleva desde la cúpula de ETA y desde uno de los partidos derivados
de la misma a la dirección del PSOE. Onaindia,
sin embargo, razona en estas memorias como si lo hiciera desde la
estricta contemporaneidad de lo que va narrando. Es un testimonio
interesante, pues contrasta de forma viva con los análisis de muchos
de los académicos que tratan el tema.
En
primer lugar tenemos a un Onaindia
que en su casa nunca había oído hablar de Sabino Arana, pese a tratarse
de una familia nacionalista (p. 180). La referencia nacionalista era
José Antonio Agirre, el lehendakari
en el exilio, el lehendakari que lideró
al Gobierno Vasco durante la Guerra Civil. Su actividad en el campo de la agitación nacionalista
(perteneció a Euzko Gaztedi,
organización juvenil del PNV) y el sindical, le lleva a cuestionar
las dos referencias históricas de la política antifranquista,
al PNV y al PSOE, por considerar que mantenían una mera política testimonial
de ver morirse al régimen. El joven Onaindia
queda prendado por los nuevos sujetos surgidos en el interior de Euskadi,
CCOO y ETA, que son más combativos, y que, sobre todo el segundo,
contemplan una estrategia de destrucción del propio régimen: Aquella
gente de ETA andaba buscando otra Euskadi
y, encima, se estaba jugando el pellejo en esta tarea porque a la
vez habían encontrado la respuesta a la cuestión fundamental: como
combatir al franquismo durante todos los días de nuestra vida... Cualquiera
que intentara vender la expectativa de que el régimen pudiera evolucionar
de una manera tranquila a la democracia no solo era un estúpido, sino
que se convertía en cómplice de la dictadura franquista
(p. 229-30). En toda esta reflexión coincide con otras análogas contemporáneas
expresadas por José Antonio Etxebarrieta
y otros líderes de la organización. ETA surge como un modo específico
de acción en contra del régimen de Franco, un modo que busca un vuelco
revolucionario en la situación y que se aleja de los partidos históricos
por esa misma determinación. Y se acerca a las nuevas formas de acción
antifranquista, como la que llevaban las
recién nacidas CCOO, con las que ETA pactó una colaboración en el
terreno sindical (p. 250).
Tal
determinación tiene su referencia internacional en las luchas revolucionarias
que iban extendiéndose a lo largo de la década de los 60. Para Mario
Onaindia, así como para ETA, el Che
Guevara fue esa referencia, ese ejemplo humano que había que seguir:
la demostración de que la revolución no era un ente previsible sino
fruto del sacrificio de las personas por esa idea en cualquier parte
del mundo en que se encontraran (p. 252-6). A todo esto, cuando Mario
Onaindia entra en ETA el nombre de Sabino Arana ni se menciona
y se plantea claramente su naturaleza marxista-leninista con motivo
a su V Asamblea (p. 248-9). Y es que en toda la reflexión de Onaindia
oímos vibrar el antiguo concepto marxista de la primacía de la práctica,
la práctica como determinación de destruir lo estatuido. El voluntarismo
de ETA, razona Onaindia, era lo más revolucionario
en un mundo donde las determinaciones estaban castradas: las
revoluciones siempre habían estallado como excepciones y no como la
regla (p. 321). Hablamos del periodo de estabilización del
franquismo, su calma chicha, el momento que media entre el fin de
la represión de la postguerra y de la etapa
ideológica del régimen y los fulgores del final del franquismo, cuando
este puso en marcha toda su maquinaria represiva merced a la agitación
política en la que ETA tendría un papel primordial. Escuchémosle:
Nuestro sacrificio, nuestra propia muerte era la razón última
que legitimaba y justificaba nuestra postura. Podíamos pedir e incluso
exigir sacrificios a la gente porque nosotros éramos los primeros
en sacrificarnos. Y nuestro sacrificio llegaba al máximo al que puede
llegar un revolucionario. En un doble sentido, en primer lugar, porque
estábamos dispuestos a entregar nuestra vida. Y en segundo lugar,
porque nos entregábamos por algo que para un revolucionario podría
ser más valioso incluso que la vida pero que a nosotros, en cuanto
rebeldes, nos mostrábamos dispuestos a entregar en aras de la libertad
del pueblo: nos inmolábamos para que el propio pueblo despertara y
tomara en sus manos sus destinos, los cuales nosotros no nos atrevíamos
a cerrar, ni siquiera a determinar (...) El propio término terrorista
no sonaba mal a nuestros oídos... Al contrario, para mí, al menos,
tenía una connotación precisa: la proveniente de los grupos rusos
que con su sacrificio prepararon el camino y las condiciones sociales
para que surgieran los bolcheviques.(p. 252-6).
Onaindia comenta también la admiración que sintió, con algunos
compañeros de ETA, en la contemplación del filme del Doctor Zhivago, por la figura arquetípica del revolucionario comunista,
Strélnikov, aquel que, en la novela de Boris
Pasternak, llega a decir algo tan parecido
a lo de Onaindia: Hemos tomado la vida
como una campaña militar, hemos removido montañas por aquellos a los
cuales amamos. Y, aunque sólo les hayamos aportado infortunios, no
les hemos inferido ninguna ofensa porque, si son mártires, nosotros
lo somos más que ellos..
Los esfuerzos de la organización
armada se encauzaron por dos caminos: crear organizaciones civiles
y políticas más allá de la lucha militar y en complementariedad con
esta y provocar, con las acciones armadas, las respuestas represivas
del régimen, de tal manera que tras cada oleada represiva afluían
los militantes a ETA. El Juicio de Burgos fue la culminación de este
proceso. Nos enteramos, también, que la campaña por el Frente Abertzale
lanzada por ETA en 1970 no tenía más finalidad (...) que
generar un ambiente político propicio para facilitar la fusión de
ETA y de las juventudes del PNV sobre la base de la V Asamblea (p. 452). Es
decir: el PNV (y también los seminarios, los grupos parroquiales,
las escuelas sociales, etc) constituían
auténticos grupos cebadores, organizaciones de las que
se recababa militantes, que engrosaron no sólo a ETA, sino a la miríada
de grupúsculos revolucionarios surgidos a fines del franquismo, como
por ejemplo la ORT (p. 394).
ETA,
pues, no era una organización sabiniana
o aberriana o una especie de grupo religioso
laico sino una organización revolucionaria con todas las de la ley
que pretendía acometer la gigantesca labor de la Revolución
Mundial en
este rincón del planeta. Sus militantes eran el trasunto del nuevo
hombre, que sacrificaba y se sacrificaba en aras a una nueva sociedad.
Nueva sociedad que, evidentemente, nada tenía que ver con la democracia
burguesa surgida tras el franquismo. Pero en ese mismo momento
termina Onaindia su crónica.
Y ETA, pese a esa democracia burguesa, ha seguido matando.
ARANZADI, JUAN, El
escudo de Arquíloco: sobre mesías, mártires y terroristas, Madrid: Vísor, 2001.2
vols.
Esta
obra de Juan Aranzadi es grande, tanto en tamaño físico (más
de mil páginas), como en la ambición que la anima (ni más ni menos
desentrañar el origen sacral de la violencia
en las sociedades democráticas occidentales). Es un libro con diferentes
niveles biográficos, históricos, antropológicos y filosóficos. Su
obra anterior, El milenarismo vasco, participaba
también de ese carácter híbrido. Uno de los temas fundamentales del
presente es el de la relación de ETA con la historia vasca y el origen
de su violencia: el papel determinante que juegan la martirio-lógica
cristiana, la Iglesia
Católica,
la familia tradicional vasca, la mitología fuerista y la
Antropología Vasca en la génesis y legitimación del racismo abertzale y del terrorismo etarra (Vol.
2, p. 14). No resulta una tesis novedosa: Antonio Elorza
plantea una secuencia histórica y temática de parecida extensión.
Pero Aranzadi proyecta su teoría a una escala casi inabarcable; el
fundamentalismo cristiano americano, el semitismo sionista, el antisemitismo
sionista, el antisionismo semitista, Moses Hess y su mesianismo comunista, el milenarismo vasco, todos
poseen la raíz común del milenarismo utópico, que trata de imponer
al mundo su sueño de renovación total y que por ello propugna una
suerte de violencia sacral: el Mito de la Revolución
como secularización del Mito del Milenio y, más en general, las raíces
religiosas (cristianas) de la Modernidad (p.
95). Llegados a este punto no podemos seguir al autor y nos limitamos
a plantear una serie de observaciones acerca del tema vasco y de la
naturaleza de ETA y del MLNV.
Para
Aranzadi ETA es fruto del proceso de secularización que se
dio en Euskadi y en España durante los años 60: es el profundo
proceso de secularización protestante y milenarista que
en los sesenta y setenta se produce en amplios sectores de la Iglesia española y vasca y que permite ver un elevado grado
de continuidad entre el cristianismo post-conciliar y las organizaciones
revolucionarias que surgen o se renuevan en esa época (p. 73). Como se ve, enmarca a ETA en la efervescencia
de los grupos revolucionarios surgidos durante aquellos años y no
sólo en Euskadi, sino en todo el Estado
español. Lo que pasa es que en Euskadi,
la existencia de una comunidad nacionalista reprimida políticamente
por el franquismo y la pervivencia de una mitología foral y una ideología
de la pureza racial impulsan la tal secularización por el camino de
la violencia, que es contemplada por nuestro autor como pura confirmación,
autoafirmación, de realidad de tal comunidad nacionalista (p. 516):
La violencia constituye el acta de nacimiento de ETA y su
uso exclusivo y permanente mecanismo de auto-afirmación. ETA no es
una organización política que practica la violencia sino un grupo
armado que racionaliza políticamente sus acciones violentas
(p. 523). La violencia de ETA es testimonial, expresiva,
identitaria, suicida incluso, que no tiene
más finalidad objetiva que la propia perduración de la organización
y de su lucha armada como encarnación paradigmática de la Patria y como llama sagrada en que perdura la promesa de su
independencia futura (p.
643). Si bien Aranzadi admite también la existencia de un cálculo
político-estratégico dentro de la planificación de la violencia es
aquel ingrediente, el simbólico-ritual, el más importante.
Esas
dos perspectivas (la que afirma la violencia como puro alegato metafísico,
como confirmación subjetiva de la realidad, como creadora de comunidad
y de los mártires, y la que la plantea como fruto de una estrategia
con fines políticos más o menos conseguibles)
resultan, en la práctica, inconciliables. Afirma Sánchez-Cuenca: ...la
propia supervivencia de la organización no puede transformarse en
el fin principal. En este caso, la supervivencia es un subproducto,
ya que si se persigue deliberadamente deja de ser factible.
Y también afirma:ETA sólo
puede reproducirse si conserva la esperanza de ganar su peculiar batalla
política. Y es que ETA no es un actor único: también tenemos
a los restantes organismos del MLNV que no se pueden mantener en pie
por la simple constancia de una autoafirmación sino, como bien señala
Sánchez-Cuenca, por la confianza en una victoria política. Aranzadi
reconoce que, más allá de 1972, su conocimiento de es ETA de segunda
mano (p. 92) y que sus certidumbres ya no son tan ciertas.
El
libro de Aranzadi resulta más valioso cuanto más circunstancial, cuanto
más alejado de sus tesis centrales. El aspecto autobiográfico no es
nada desdeñable. Relativizando la propia
naturaleza impositiva de ETA, Aranzadi afirma la naturaleza no democrática
de la mayoría de la oposición al franquismo y de los cuadros intelectuales
que se derivaron del mismo, entre los cuales, en un jocoso ajuste
de cuentas, incluye a personalidades como Savater,
Félix de Azúa, y a el mismo como profesores de Zorroaga
a principios de los 80 (en general, la atmósfera intelectual
que en Zorroaga predominaba herencia en gran medida del Vicennes post-sesentayochista- era
más un caldo de cultivo de cualquier radicalismo subversivo
y transgresor, incluido el abertzale, que una comunidad
de diálogo promotora de valores democráticos p. 124).
También da cuenta de un dato tan convencional y olvidado como la admiración
que sentía la mayor parte de la izquierda antifranquista
hacia ETA y sus acciones (p. 85) y la admisión de que las razones
en contra de ETA no eran morales, ya que la legitimidad al recurso
a la violencia revolucionaria se encontraba universalmente extendida
(p. 83).
Respecto a la propia organización Aranzadi recoge bien
el hecho de que ETA provoca deliberadamente, mediante su violencia,
la represión franquista en el momento de la estabilización económica
y política de este. Sus testimonios de primera mano acerca de la organización
armada coinciden con el relato de Onaindia:
la ETA que yo conocí (las ETAs
que yo conocí) entre 1968 y 1972 despedía un inequívoco tufo cristiano-milenarista
y estaba más obsesionada por los revolucionarios cantos de sirena
de Fanon, Guevara, Mao,
Lenin y Troski
que por las patrióticas voces ancestrales de Chao o Sabino Arana,
e incluso de Krutwig o Txillardegui (p. 91). Y
finalmente: en 1968 el etarra que me contactó en Salamanca
deseoso de ganar respetabilidad ante la izquierda española,
juraba y perjuraba que muy pronto iba ETA a declararse marxista-leninista
y que el nacionalismo era sólo un medio de atraer a las masas vascas
a la Revolución Internacional (p. 75).
REINARES,
FERNADO, Patriotas de la muerte, quiénes han militado en ETA y
por qué, Madrid, Taurus, 2001, 207 págs.
ISBN 84-306-0350-6
El
trabajo del sociólogo Fernando Reinares constituye uno de esos
libros académicos que periódicamente ponen al día el testimonio de
los que fueron antiguos militantes de ETA. Su ámbito de recolecta
de datos resulta impresionante: se trata de una muestra que
incluye a cerca de la mitad del total de los militantes etarras reclutados
entre el inicio de los setenta y el final de los noventa (p.
15). Para Fernando Reinares, antes de comenzar con la exposición de
testimonios, resulta claro y nítido la inclusión de la ideología de
ETA dentro de las ideas esenciales de un nacionalismo étnico
y excluyente, combinadas en ocasiones con conceptos rudimentarios
del marxismo(p. 13), o
de los designios de un nacionalismo étnico y excluyente,
de pasamontañas y txapela (p. 16). Como más adelante veremos, los
problemas de casar dos coordenadas ideológicas aparentemente antagónicas
como son ese nacionalismo étnico excluyente y los conceptos
rudimentarios del marxismo se muestran de forma clara en las
propias declaraciones de los militantes de ETA a los que entrevista.
Por
lo demás, la sistemática que plantea Reinares parece bastante
tópica. Oscila entre las imputaciones de machismo y de
juvenismo en tanto al
trato de inferioridad que se les reserva a las mujeres en ETA, en
tanto a la pulsión adolescente, derivada de la socialización peculiar
del joven que impulsa a la vida en clandestinidad- y la exploración
y actualización de ideas tradicionales sobre la organización, como
son la influencia de las ikastolas (p. 67) o la influencia del clero (p. 65), aunque
las primera no se vea contratada por ningún dato, ni siquiera alguna
prueba verbal de sus testimoniantes, y la
segunda se vea avalada por el testimonio probatorio de un viejo militante
de los años setenta, que afirma que incluso se guardaban
cosas en algunas iglesias. También contrapone el hecho de
que la mayor parte de los militantes abandonan la profesión de fe
religiosa una vez alcanzan su militancia (p. 62). El racismo
de los militantes de ETA, basado, según el autor, en la exaltación
genética y cultural de las pretendidas diferencias entre vascos y
españoles no tiene otra base que la propia extrañeza del
autor de que puedan existir esas pretendidas diferencias
y los juicios de valor de esos militantes que afirman que somos
totalmente distintos (p. 164).
Trata,
además, de forma superficial, el tema de las relaciones internacionales
de ETA, la relación de algunos militantes con el narcotráfico, la
influencia de la acción policial y, en especial, de la tortura, de
cara al reclutamiento de los militantes, los sentimientos que impulsan
a matar, etc. Incluso en un texto tan convencional, gracias al trabajo
de campo de esos testimonios, somos capaces de llegar al dato agudo
y expresivo, como es el de las despersonalización de las víctimas
que iban a convertirse en objetivo, con el ejemplo de un militante
de ETA que secuestró y convivió amigablemente con un empresario al
que posteriormente mató: pues éste era un gran empresario
y en su taller estaban en huelga y tal; y entonces..
pues justificas perfectamente. Y no eres
capaz de ver... Yo creo que no eres capaz de ver la persona ¿no? Y
si no la ves, no sufres, claro (p. 99). Ejemplo perfecto
de cómo por medios ideológicos se puede cauterizarse la sensibilidad
humana ante la comisión de un asesinato.
En
el tema ideológico Reinares muestra los testimonios por los cuales
estos militantes consideran útil la violencia, como en el caso de
la paralización de la central nuclear de Lemoniz
(p. 93), o en el de las negociaciones laborales. También se nos da
noticia de que es a las puertas y entrando en la transición democrática
cuando las diversas ramas de ETA alcanzan su máxima popularidad y
en torno a 1978 cuando se registra el mayor número de ingresos
(p. 105).
En
el tema de la relación entre el marxismo rudimentario y el nacionalismo
étnico Reinares se encuentra en la constante obligación de
contradecir o relativizar los testimonios de sus informantes, que dejan
bien claro que sus textos de formación política son marxistas (p.
75, 81-2) y que, en algunos casos, su idea principal es el marxismo
y no el nacionalismo (p. 170). Refiriéndose a ejemplos recientes,
algunos informantes llegan a destacar la tendencia a implicarse
en actividades de violencia antisistema, consideradas delictivas incluso,
como forma de expresar un desconcierto que, por cierto, ni siquiera
procedería de eventuales agravios padecidos como nacionalistas vascos
(p. 47). Y repite, dentro del ámbito juvenil del MLNV y, concretamente,
en el de kale borroka,
la existencia de una verdadera contracultura de valores antisistema
y totalitarios (p. 84). La imagen simplista de un nacionalismo
étnico, excluyente y con txapela queda
así seriamente contradicha.
El
libro de Reinares aporta algunos testimonios valiosos, aunque
no plantee una división nítida entre las tres etapas históricas que
definen los diferentes tipos de militancia de ETA, a saber, los sesenta
y los setenta, los comienzos y mediados de los 80 y los finales de
los 90. Militancias diversas, adscritas a problemáticas políticas
coyunturales diferentes, y cuya diferenciación nos hubiese dado una
imagen más dinámica y real de la organización, que en este trabajo,
por la perspectiva del autor, aparece demasiado anclada en sus rasgos
más convencionalmente tópicos de pasamontañas y de txapela.
Sobre
los medios de comunicación
RUIZ
OLABUENAGA, JOSÉ IGNACIO, Opinión sin tregua. Visos y denuestos
del nacionalismo vasco 1998-1999, Bilbao, Fundación Sabino Arana.
144 págs. ISBN: 84-88379-49-8.
Como
suele ocurrir con el nuevo conocimiento científico, en el que muchos
de los nuevos logros suelen venir determinados por unos intereses
concretos, el análisis que en este país se suele hacer del conflicto
que vivimos suele estar determinado por el interés de cada facción.
Aunque, esto es achacable tanto al nacionalismo clásico como al, recientemente
denominado, constitucionalismo, es este último el que
con mas magnitud ha caído en la contradicción de defender un único
estatus político posible con el pretexto de ser la única defensa que queda ante el nacionalismo:
un sistema que, supuestamente, solo acepta aquello que pertenece a
su mundo y aniquila todo lo demás.
En
este libro, José Ignacio Ruiz Olabuenaga
recoge en forma de denuncia algunos de los ejemplos más significativos
de cómo el bando no nacionalista, ante las expectativas de solución
que abría la tregua, aún sin verdadera intención por parte de ETA,
satanizó al nacionalismo. El autor analiza
algunos ejemplos significativos de cómo teóricos y creadores de opinión,
con un discurso carente de análisis y con clara intención de negar
al adversario, han contribuido a crear este estado de enfrentamiento
total que conocemos en la actualidad. En este libro el autor se vale,
principalmente, de dos conceptos para analizar la forma con que el
antinacionalismo, que, muchas veces es nacionalismo
español ha vilipendiado al nacionalismo vasco: el viso
y el denuesto. El viso, aplicado a este campo, viene a
ser algo así como la resultante de un análisis superficial, caricaturizado
y de nivel pre-racional orientado a persuadir
a los demás. El denuesto la aplicación de lo anterior desde la condena
emocional y sin ningún juicio crítico.
Lo
que el autor pretende con este trabajo es dar cuenta de las principales
críticas recibidas por el nacionalismo, durante el periodo de tregua
de ETA, siempre bajo la impronta del viso y mediante el
denuesto. Pretende ilustrar como los principales comentaristas
políticos de los medios escritos de mayor relevancia, - con la sorprendente
omisión por parte del autor de los comentaristas de El Diario Vasco-, han tratado al nacionalismo
como una ideología peligrosa que hay que eliminar. También da ejemplos
de discurso basado en la falta de rigor y criterio en los nacionalistas,
aunque el autor considera que no puede haber comparación posible.
La
crítica el estos comentaristas lanzan contra los nacionalistas se
articula sobre estas acusaciones de, irracionalidad, violencia, racismo,
tribalismo, incongruencia, utopía peligrosa, que en su mayoría
comparten casi todos estos periodistas. Pensadores de la indudable
talla de Gabriel Albiac o Fernando Savater quieren partir de la hipótesis innegable de que cualquier
nacionalismo vasco es irracional, necio e intelectualmente ruin. Además,
es algo que la propia evolución obliga a eliminar. Otros comentaristas
de menor talla intelectual como J.María
Portillo, José María Calleja, Santos Julia, Patxo
Unzueta, Javier Marías,
J.M. Carrascal ven en el nacionalismo una utopía tribal que
contiene una utopía irrealizable, que no aporta nada bueno y que se
define en un pensamiento reaccionario. En reflexión del propio sociólogo,
siguiendo la estela de una cita de Savater,
el nacionalismo es una coartada antidemocrática, su populismo
no es una estructuración de individuos con derechos civiles iguales
para todos, sino un gregarismo borreguizante (p. 32).
Junto
a todos estos, por su destacada enemistad irracional y su tono bélico,
se sitúan los del grupo de la España de la pandereta como patria unificadora que tachan
al nacionalismo vasco de racista (por su euskaldunismo),
terrorista (por una supuesta relación nacionalismo-ETA) y violento
en su esencia. Eso sí, estos teóricos hacen gala del lenguaje
mas belicoso para proponer su paz en el innegable (
pues de el viven estos) contencioso vasco.
Como
ya hemos señalado el viso y el recurso al denuesto
son mucho menos utilizados por el nacionalismo. Aunque, por supuesto,
existen grandes razones para una crítica seria al nacionalismo, hemos
de admitir que en este sentido el recurso mas utilizado por los nacionalistas
es el victimismo. Resulta, también, de criticar
que Ruiz Olabuenaga haya metido en
el mismo apartado a articulistas cercanos al nacionalismo gobernante
y al MLNV, cuando el propio momento de la tregua propició una coyuntura
artificial en la que no se muestran en toda su claridad las estrategias.
El
autor concluye: No es de recibo que un problema sociopolítico
de tal transcendencia para la convivencia social democrática de los
españoles sea abordado con el bagaje intelectual y emocional de los
visos y los denuestos en lugar de con la serenidad informativa y la
neutralidad valorativa (p. 94).
IDOYAGA, PETXO, Euskal
gatazkaren begiak, Zarautz, Erein, 2001, 93 págs, ISBN 84-95589-18-4.
Petxo Idoyaga, lan honen bitartez, azaltzen
saiatzen da zein garrantzizkoak izan diren hedabideak euskal gatazkaren
bilakaeran. Hauek, egilearen ustetan, erabakiorrak izan dira eman
izan diren indar-konfrontazioa areagotzen, polarizazioa bultzatzen,
eta, horrekin batera alboratu egin dute eztabaida sakon eta demokratikoa:
....edozein aztertzaileak ikusi eta ondoko orrietan
erakutsiko dugun bezala, hedabideak gatazka politikoaren parte eraginkorra
dira dagoeneko, polarizazio eta enfrentamenduaren alde jokatu dute
eta gehienetan egin diote uko datxekion funtzio bati, eztabaida demokratikoa
aberasteari, alegia....euskal gatazkak argiro erakutsi du liskar poltiko-sozialen
tratamenduan harantzago jo duen kazetaritza mota...(p.18)
Horren adierazgarri aipatzen dituen adibideak egokiak
direnez baloratu gabe, esan behar da ukaezina dela euskal gatazkan,
beste edozein politika-alorretan bezala, bai abertzale-kutsuko hedabideek
bai espainiarrek izan dutela bere eragina. Hala ere, eta honen harira,
berak hedabideen jokabideetan azpimarratzen du inflexio puntu bat.
Inflexio-puntu hau kokatzen du 1987. urtean. Urte honetara arte deskribatzen
dizkigu berez bere benetako helburu soziala betetzen duten hedabide
batzuk: Erredakzio estatutu batzuk eratu ziren, eta
haien bidez arautu ziren kazetarian informazio eskubideak...kazetaria
zen aldetik, parte har zezakeen zuzendariaren
hautapenean, lankideekin batera editorialen aurkako iruzkinak
bultza zitzakeen..., lana kalte-ordaina kobratu eta gero uzteko eskubidea
zuen egunkariak bere jokabide editoriala aldatzen bazuen. Horrenbestez,
gizartea zen informaziorako eskubidearen egiazko subjektua, eta eskubide
horren bitartekari eta berme jokatzen zuten kazetariak (p.31)
. Kazetaritza-mota honetaz aipatzen du askoz ere molde klasikoago
bati zegokiola, bere tonua eta informazio-tratamenduari dagokionez.
1987tik aurrera molde klasiko hau, agerraldi guztien
eta angelu ezberdinetatik informazioa emate hau bertan bera geratzen
da Ajuria Eneako Itunaren eraginpean: Ajuria Eneako Ituna
izan zen jarrera haren azalpen argiena....Handik aurrera, era dikotomikoan
aurkeztu zuten egoera, demokraziaren (alderdien arteko akordioaren)
eta antidemokraziaren (ezker abertzalea eta indarkeria kondenatzen
ez dutenen)artean (p35) Egiaz, kazetarien militantismoak
ez zuen demokraziaren alde jokatu, baizik eta ETA-ren eta ezker abertzalearen
kontrako polizi soluzioen alde. (p.42) . Gure ustetan, inflexio-puntu
honen deskribapena autorearen subjektibitateaz beterik dago. Ez dago
esaterik Ajuria Eneako Itunean
zehazturiko printzipioek ez zutela eraginik izan hedabideen informazio
emateko eran. Itun hau politikan
izan zuen pisua erabatekoa izan zen. Maltzurkeri handiaz jokatzea
litzateke planteatzea politika-loturarik gabeko hedabideen sare bat.
Egia da hedabide-talde bakoitza dagoela hertsiki loturik alderdi edo
ideologia zehatz batera, eta, horren eraginez, politika maila ematen
diren adostasun-desadostasunak neurri antzekoan emango direla hedabideen
informazio-tratamenduan. Hortaz, Ajuria Eneako Itunaren sinatzaileek
osatzen zuten gehiengo zabal-zabala ezinbestean islatuko zen halaber
kazetaritzan. Are larriago dirudi, nola edo hala, autoreak
iradokitzen duena, esanez Itun horretara arte hedabideek jokatzen
zutela libreki, askatasun politiko osoz eta konponbideen bilaketa
aberastuz. Egia esanez, hortik aurrera, biziagotu egin zitekeen MLNV-ren
aurkako eraso mediatikoa, baina diogun bezala, jarrera hori ez da
kazetaritza eta politikaren artean sortutako lotura berriarengatik,
eta aitzitik, bai esan daitekeela, politika mailan kanpoan
ia inor utzi ez zuen adostasun zabal horrek bere isla era izan
zuela kazetaritzan.
Autoreak kritikatzen du atentatuei ematen zitzaien
ikusgarritasuna, eta, horren bitartez zabaldu nahi izan zen MLNVren
aurkako mesprezua. Planteatzen du objektibitate handiagokoa, edo inpartzialtasun
handiagokoa izan zitekeela ETAren jardunaren kritika gordina egin
beharrean, ekintza horien atzean zeuden motibazioak aztertzea eta
gatazkaren muinera jotzea. Egia esanik, egin-egin zitekeen, bai, baina,
horrela jokatuz, informazio-jarduna bortizkeri armatuaren partaide eta osagai bilakatuko
zatekeen Eta ez gara engainatuko,
eginkizun inpartzial hori ezin hobeto eta argiago egiten
zuen MLNVren berezko prentsa zen Eginek eta bere ondorengo
Garak. Gauzak horrela planteatzean, eman liteke, mundu horrekiko
aspalditik dirauen erabateko arbuioa datorrela MLNVz edo bere izaeraz
emandako informazio desitxuratutik. Errealitatetik oso urrun dago
esatea MLNVren isolatze sozial hori datzala bere izaeraren ezjakintasun
batean, eta, ez, aitzitik, bere jardun odoltsuaren ezagutza ezin hobean.
1997.ean, Miguel Angel Blancoren erailketarekin batera, autoreak azpimarratzen
du beste inflexio-puntu bat. Hemendik aurrera Espainiako hedabideak
aldentze-urrats nabarmen bat emango dute, eta terrorismoaren gaitzespenarekin
batera hasiko da nazionalismoren aurkako eraso mediatiko bat.: ...tratamendu
molde bakar bat sendotu zen hedabide gehienetan: Ermuko espiritua
deitu zena alegia...Oinarrizko hiru ideia huen gainean eraiki zuten
hedabideek beren diskurtsoa: esker abertzalea bakartuko zuen gizarte
mobilizazioa.../elkarrizketarako ezein zirrikitu itxi.../nazionalismoak
Gobernu zentralaren aurren duen edozein aldarrikapen arbuiatu...(p.63).Jarrera
hau, oraindik ere, areagotu egin zen 1998.ean, Lizarra-garaziko akordioarekin
batera: ...Inoiz ere ez zuen ordura arte kazetaritza politikoak
hain bortizki murriztu euskal gizartearen irudia gehiengo demokratikoaren
eta gutxiengo banatuaren artean, nola 1997ko uztaileko egunen ondoko
urtean zehar; inoiz ere ez zitzaion horren aho batez aitortu Barne
Ministerioari protagonismo ia absoltua
ETAren gaian; eta ordura arte inoiz ere ez zuten hedabideek
hain bortizki satanizatu nazionalismoa...Inoiz ez dira, garai hartan
bezala, gatazkaren ikusgarritasunerakoa eta manipulaziorako komunikazio-estrategiak
hain sistematikoki eta hain elkar harturik erabili (p. 69)
Libururuaren
azken aldean, Lizarrako akordioari dagokionean, autoreak neurriz kanpoko
ausardiaz, lehenesten du hedabideek honen porrotean izan zezaketen
garrantzia: Eta proiektua lur joarazi zuten arrazoiak aztertzerakoan,
hedabideen Lizarra-Garazik esan nahi zuen guztia itxuragabetu zutela
aipatu zuten lehenik...(p.71). Gorago aipatutakora mugatuko
gara berriro ere, esanez hedabideak ez direla politikatik lekora geratzen
diren eragile bat. Ukaezina da, Euskal auzian hedabide gehienak espainiar
eskuetan egoteak badaukala bere erasana, eta, betidanik, lortu izan
dutela bereganatzea hainbat hiritar zalantzatiren aburua eta jarrera.
Baina, aldi berean, esan behar da, hauek ez dutela hainbesteko eraginik
izan euskal gizartean. Horren lekuko, autoreak berak, garai hartan
ospatu ziren hauteskundeen emaitzak. Beraz, kontresankorra litzateke
aitortzea, autoreak egiten duen moduan, euskal gizartean hedabideek
ez dutela eragin politiko zuzena, eta, aldi berean esatea hauek izan
zirela Lizarraren akordioaren bilakaeraren erantzule garrantzitsuetako
bat. Inork ez luke ukatuko Lizarra akordioaren kudeaketan faktore
anitzek hartu zutela parte, eta hedabideei hainbesteko garrantzia
ematea ez dela sostengarria.
Sobre
el nacionalismo
ELORZA,
ANTONIO, Un pueblo escogido, génesis, definición y desarrollo del
nacionalismo, Barcelona, Crítica, 2001, 502 págs.
ISBN: 84-8432-248-3.
El
conocido historiador Antonio Elorza
plantea una panorámica de la historia vasca que va desde el siglo
XV hasta nuestros días. No pretende una historia global, sino probar,
por el análisis de varios aspectos sociales y políticos de la historia
del País Vasco, una idea del nacionalismo que se enraíza en realidades
anteriores al mismo. El autor apenas apunta su perspectiva general,
que no es otra que la falta de éxito del Estado español para constituirse
como tal, sobre todo en comparación con el modelo francés: (...)
la modernización política tropieza, según la fórmula acuñada por Pierre
Vilar, con la destrucción de las precondiciones
económicas que la pusieron en marcha. El Estado resultante, dominado
políticamente por la Corona, los liberales moderados y los caudillos
militares, reprodujo el modelo francés de centralización pero con
claros acentos defensivos (Guardia Civil, plétora de oficiales en
el ejército) y una muy débil administración que tuvo que recurrir
a las redes clientelares y al caciquismo
para subsistir. Fue un Estado débil y opresivo, incapaz de poner en
marcha los mecanismos integradores necesarios para la consolidación
del Estado-Nación (p. XIV).
Resulta claro, también, que esa idea de estado va aparejada a un concepto
de modernización política que expresa su deseabilidad,
aunque no en los términos en los que realmente se produjo. Es importante
señalar esta cuestión porque a remolque de la misma se contempla la
evolución de una serie de sectores sociales reaccionarios, de unas
elites locales, hacia la creación del nacionalismo vasco. En función
de unas determinadas ideas fuerza tradicionales, los representantes
de este pretendían mantener su poder local frente al proceso de modernización.
Esta
es, pues, la perspectiva. Las provincias de Guipúzcoa, Vizcaya y Alava fueron indubitablemente conquistadas por Castilla. Posteriormente,
las elites locales, se afanaron en inventar una nueva historia por
la cual cada uno de los territorios había sido independiente desde
tiempo inmemorial y, por tanto, su relación con Castilla y, por consiguiente,
con España, era fruto de un convenio, de un pacto entre la corona
castellana y las juntas de los respectivos territorios. En este sentido,
las juntas, las diputaciones, las instituciones forales, operan
como auténticas barreras defensivas tras las cuales se protege la
situación ideal del País Vasco, cercado por un orden exterior en que
prevalece el espíritu del siglo (p. 23). En este sentido,
el Padre Larramendi, el gran defensor de
Guipúzcoa y de los fueros en el siglo XVIII, sería el representante
de la ideología dominante en la provincia, cuyos componentes principales
serían el racismo, el foralismo y la religión.
El
tránsito de los siglos XVIII y XIX plantean
un esquema de crisis social y política. Las Guerras Carlistas son
los últimos intentos de las elites locales de mantener el poder en
sus reductos forales. La derrota de las mismas, trae como fruto el
nacionalismo. Sabino de Arana Goiri era conscientemente el fundador de una religión
política (p. 281). El legado de Sabino configuraba
una religión política cuyo núcleo era la violencia, la confrontación
a muerte contra la dominación ejercida por España sobre Euskadi
(p. 189). Y el nacionalismo se divide entre aquellos que quieren llegar
a un status de convivencia con las elites gobernantes españolas y
aquellos que plantean ya un rechazo a España. ETA no sería más que
la última manifestación de esta tendencia.
El
propio Elorza entiende que el nacionalismo
vasco no es un caso simple de invención de la tradición
(p. 401) y que la visión histórica del nacionalismo se
basaba en el mito; ahora bien, incorporado desde tiempo atrás a la
mentalidad vasca, era un mito convertido ya en factor de la historia.
Un mito, el del convenio entre el rey y las juntas, el de la independencia
originaria de los vascos, que despuntaba, por los menos, desde el
siglo XV y que, como bien señala nuestro autor, es admitido por las
propias Cortes de Castilla en 1644, mediante una Real Cédula de Felipe
IV (p. 5).
La
perspectiva de contemplar al nacionalismo y al fuerismo como movimientos
retardatarios ante la deseabilidad de un
proceso de racionalización estatal llevado por el Estado español,
que es la que utiliza Antonio Elorza,
muestra múltiples problemas, como la de tener que prescindir del hecho,
suficientemente probado, de que la ideología foral es producto del
liberalismo vasco, no del carlismo, por lo que no se adscribe necesariamente
a las clases reaccionarias. El análisis de Sabino Arana, como creador
de una ideología belicista, también es una deformación de la realidad:
Sabino Arana hace su labor política tras una derrota militar y tras
tener la conciencia clara de lo que un enfrentamiento bélico significaba
de malo para lo que el consideraba era Euskadi.
Y funda un partido, no una organización armada. Los propios ideólogos
de los aledaños de ETA contemplaban al primer nacionalismo como demasiado
pacifista, demasiado de orden, frente a la efervescencia insurreccional
carlista.
Finalmente,
Elorza concluye que lo
más preciso consiste en situar el movimiento sociopolítico pro-ETA
en las estela del nazismo (p. 410-1). Para ello se basa
en el racismo de Sabino Arana y en su supuesto belicismo. La pena
es que su análisis concreto de la realidad concreta concluye precisamente
en 1936: Elorza nos ofrece una panorámica
tan amplia de la historia vasca para que, sin necesidad de tener que
analizar a ETA, poder situar a este movimiento en una línea de continuidad
trazada desde el siglo XV. Esta conclusión por inferencia parece muy
tramposa, ya que prescinde del propio objeto de análisis para calificarlo
de la manera que quiere. Ese salto del tigre, que prescinde de los
últimos 60 años de historia y no teme en juzgarla, es la marca de
una manipulación histórica muy clara. Constituye una puesta al día
de las prácticas de deformación de la historia que denuncia el propio
Elorza.
GARAIKOETXEA,
CARLOS, Euskadi: la transición
inacabada Memorias Políticas, Barcelona, Planeta, 2002, 359 págs.
ISBN 84-08-04284-X,
Esta
es la primera autobiografía realizada por un representante de la generación
de políticos nacionalistas que comenzaron su labor durante la etapa
de la transición. Y es que Carlos Garaikoetxea
tiene una trayectoria de la importancia, a la escala vasca, de otros
grandes políticos surgidos durante esta época, como Adolfo Suárez
o Felipe González. Su testimonio, que nos trae casi por primera vez
el relato de una época de importancia crucial, es necesariamente interesante.
El
final del franquismo y el principio del sistema de democracia representativa
que se dio en Euskadi y en España fue especialmente
tormentoso: las acciones redobladas de ETAm,
ETApm y los Comandos Autónomos, el tránsito de la policía
franquista al GAL, el siempre pendiente golpe militar; la constitución
de un poder civil fuerte, en medio de las asechanzas de todos estos
grupos armados, era una labor muy dificultosa. En el caso vasco las
cosas todavía eran más complicadas. Menciona Garaikoetxea
que a la caída del dictador, quienes tuvimos responsabilidades
políticas en Euskadi, nos enfrentamos a un doble desafío: contribuir a
afianzar un régimen democrático en el Estado y, al mismo tiempo, restaurar
un régimen de autogobierno para el País Vasco que diera satisfacción
a las aspiraciones de una sociedad más reivindicativa que nunca. Todo
ello en medio del peligro permanente de involución política y de vuelta
a un régimen dictatorial en España (p. 16).
Garaikoetxea nos narra como recala en el nacionalismo de la mano del histórico dirigente
del PNV Juan de Ajuriaguerra, su ascensión
a la presidencia del PNV, la participación del PNV en las primeras
elecciones de 1977, en el Consejo General Vasco y en la preautonomía,
la exclusión de este partido de la elaboración de la Constitución
española, las negociaciones para la aprobación del Estatuto de Gernika,
las primeras elecciones al Parlamento Vasco y su elección como lehendakari, la crisis política del 23 de febrero y la crisis
que dividió al PNV en dos partidos, incluida la parte del acoso personal
del que fue objeto. Finalmente, la fundación de otro partido, Eusko Alkartasuna, del cual también
será presidente, y las vicisitudes que le seguirían, como la firma
del Pacto de Ajuria Enea, el conflicto de
la Autovía de Leizaran o el Pacto de
Lizarra.
Como
se ve, nos encontramos ante una vida política larga y llena de vicisitudes.
Garaikoetxea pretende, a cada ocasión histórica,
dar noticia de su postura, de la postura del nacionalismo o de la
postura de su posterior partido EA, saliendo al paso de las numerosas
confusiones o interpretaciones interesadas. La postura abstencionista
frente a la Constitución
española se debió a la doble perspectiva de respetar el avance democrático
que suponía y, al mismo tiempo, la falta de reconocimiento de los
derechos originarios (p. 70) del pueblo vasco y,
por tanto, de la bilateralidad que debía regir en su salvaguarda,
que era una cuestión fundamental para los nacionalistas. La aprobación
del Estatuto de Gernika por parte del PNV,
un texto de inspiración básica nacionalista, compartido con
el PNV por EE y con alguna reserva del PSOE (p. 88), obedecía
a la situación de grave crisis económica, de vacío de poder y de legitimidad
democrática que existía en Euskadi, y a
la necesidad de plantear una respuesta política que, además, era abierta,
por medio de la
Disposición Adicional
estatutaria (p. 73). Remarca el compromiso del nacionalismo en contra
de la violencia de ETA y el hecho de que fuera pionero en la movilización
y contestación ciudadana frente a la misma (p. 199). También se nos
da noticia del retroceso en el avance autonómico marcado por el 23
de febrero, por la LOAPA y la ascensión de los socialistas al poder.
Como
no podía faltar en un libro de estas características, da pie a ajustes
de cuentas, sobre todo con Xabier Arzalluz,
al que acusa de querer dar el voto afirmativo a la Constitución Española (de hecho, votó que si en la comisión que le correspondía) y de pactar
con la monarquía y otros poderes del Estado su propia defenestración
como lehendakari del Gobierno Vasco. También denuncia el pacto
PNV-HB en la materia de la Autovía de Leizaran, y la connivencia
práctica del PSOE en el mismo, así como el poco lucido papel del PNV
en el asunto tan repetido del pacto con ETA en la etapa de Lizarra-Garazi (p. 334).
Garaikoetxea resume la difícil posición del nacionalismo vasco en el contexto que le
ha tocado gobernar, en tanto que hay un conflicto ya histórico
no resuelto con el Estado y, como consecuencia, un doble conflicto
entre los vascos: el que enfrenta a una importante minoría no nacionalista
vasca de raigambre o sentimiento español con el nacionalismo vasco,
y el que marca las diferencias estratégicas, violentas o no, dentro
del nacionalismo vasco (p. 17).
El
libro es sumamente legible y ameno, aunque se eche en falta un tratamiento
más profundo de las grandes cuestiones que toca. En todo caso, parece
clara que la intención del autor es la de dejar nítidos una serie
conceptos, sin entrar demasiado en la escritura minuciosa de la atormentada
historia que le tocó vivir.
LORENZO
ESPINOSA, JOSEMARI, La renuncia nacional del PNV (1977-2002), Kale Gorria, 2002, 392 págs. ISBN: 2-84747-010-7.
Un
texto muy parecido a este, escrito por uno de los líderes de ETA en
la etapa de la
V Asamblea
José Antonio Etxebarrieta en 1967 titulado
La III guerra carlista, trata retrospectivamente del
mismo tema: la dejación por parte del PNV de los objetivos por los
cuales nació. El historiador y profesor de la Universidad de Deusto, Josemari
Lorenzo Espinosa, plantea la cuestión de forma nítida: El
partido surgido para deshacer las dependencias políticas vascas en
la mayor parte de su camino no ha hecho más que consolidarlas
(p. 13). Los contextos de los trabajos de Etxebarrieta
y el de Lorenzo Espinosa son diferentes, pero ambos poseen el mismo
objetivo: recabar para ETA, en el primer caso, y en el segundo caso,
para el MLNV, la fidelidad a los orígenes del nacionalismo sabiniano,
sin hacer profesión de fe en las doctrinas de Sabino Arana. Digamos
que el primero de los textos fue retirado de la publicación por su
escasa mención al marxismo-leninismo que la organización iba a asumir
en la V Asamblea y que se debía, en gran parte, a la teorización del propio J. A. Etxebarrieta
(Onaindia, p. 372): eran otros tiempos;
la ideologización revolucionaria tenía una formulación precisa y parecía
que el concepto de nacionalismo revolucionario, aplicado
a Euskadi por Txabi
Etxebarrieta y por Federico Krutwig
siguiendo la unidad entre comunismo y patriotismo abogada por Mao
Zedong, era ya un logro histórico insoslayable.
No había necesidad de seguir pulsando las claves del nacionalismo
clásico para acometer la acción en una nueva etapa.
Josemari Lorenzo Espinosa habla desde
otro contexto muy concreto: el posterior a las elecciones del 13 de
mayo del 2000. La clara derrota electoral y el retroceso social sufrido
por el MLNV, así como la clamorosa victoria de la coalición EA-PNV
y su líder Juan José Ibarretxe, parecen ser los detonantes de esta nueva requisitoria
que se hace desde los aledaños de la izquierda revolucionaria vasca
contra el nacionalismo histórico. La técnica que usa nuestro historiador
y miembro de la Mesa Nacional de Batasuna es muy parecida
a la que se usaba en la época franquista por parte de ETA y sus teóricos:
la estrategia de la desilusión, la denuncia implacable a los líderes
del nacionalismo: Ibarretxe es
el último producto de estos veinticinco años de repudio constante
de principios fundacionales (p. 20); podíamos decir
que leer a Arzalluz es leer al PNV de los
últimos veinticinco años (p. 26). Si hay un Arregi en el PNV de fin de siglo XX es porque hubo un Ardanza en 1987, un Garaikoetxea
en 1978 o un Arzalluz en 1977. Y antes un
Aguirre en 1936, un Kizkitza en 1917 y,
en efecto, detrás de todos un sotismo crónico
estructural. Un fenicio o grupo de ellos que siguen controlando entre
bastidores la renuncia nacional del partido (p. 314). No
hay más que repasar los insultos de calibre grueso lanzados por Federico
Krutwig o Julen
Madariaga sobre las figuras históricas del
nacionalismo (de los que no se libra el propio Sabino Arana) o que
se translucen en los textos oficiales de ETA para palpar la continuación
de esta línea de combate. Porque se trata de un libro de combate,
hecho para denunciar y atacar. La coyuntura de retroceso político
del 13 de mayo, por parte del MLNV, exige una respuesta que arroje
el desprestigio contra el nacionalismo actualmente hegemónico. Y,
para ello, lo primero es erosionar la confianza en los líderes.
Este
libro desentierra el antiguo vocabulario aranista
y aberriano (la división entre abstencionistas los
que no participan en la política española- e intervensionistas
los que participan en ella; la mención de fenicios)
con la intención de denunciar los pasos dados por el PNV y, secundariamente,
por EA, en las últimas décadas. Y es que Josemari Lorenzo Espinosa tras denigrar a los
líderes del nacionalismo, pasa a calificar a sus bases casi en los
mismos términos despreciativos: No es que la afiliación (del
PNV) sea tonta y no sepa distinguir. No es el electorado peneuvista
el que está engañando. Es sencillamente que se siente seguro de sí
mismo y cómodo, en un discurso formalmente recio, que se autolegitima
con referencias forales o aranistas, que
se presenta como intérprete de lo que necesitan la soberanía, para
sin solución de continuidad decir que se está avanzando en este camino.
Porque tenemos más carreteras, más sanidad, más frontones y más policía
indígena. Y a esta gente le gusta que le digan lo que quiere escuchar:
que eso es el autogobierno. No es que la militancia no sepa de qué
está hablando Arzalluz. Es que quiere que
le hablen así, y después de cada mitín volver
a casa con un país sin liberar, pero con la conciencia nacional tranquila,
las calles limpias y los semáforos funcionando y no a comer
berzas, como en Albania. Es la metadona
que necesitan para, poco a poco, prepararse para el momento de la
renuncia oficial definitiva (p. 76).
Estas
consideraciones de blandura política guardan ciertas concomitancias
con las expresiones que ETA dedicaba al electorado nacionalista tras
los comicios electorales citados, en los que hablaba de su flojedad
y de su escaso sentido de lucha. Así como la insistencia en tratar
a la figura del lehendakari Juan José Ibarretxe,
estrella de los denuestos de ETA, que en el texto que nos ocupa abarca
un espacio grande en ese mismo sentido, para lo cual el autor repasa
el libro de entrevistas con el lehendakari del periodista Javier Ortiz.
Finalmente:
¿cómo es posible que un historiador del MLNV saque a la luz la figura
de Sabino Arana? No hay más que repasar los textos del MLNV para ver
que el pensamiento y la figura de Sabino Arana brillan por su ausencia,
amén de que la primera desmitificación del maestro de Abando
la acometen ideólogos de ETA, como Federico Krutwig
y Emilio López Adan, Beltza.
Y
es que Josemari Lorenzo Espinosa
hace, con este libro, un magnifico ejercicio de vuelta a los orígenes,
pero de una manera inesperada; pues si bien los orígenes que explicita
son los del nacionalismo, encarnado en el Sabino Arana que descubre
a la nación vasca, el espíritu que, en la práctica, conjura, es el
de la ETA naciente de los finales de los 60, la organización
armada que iba a poner en práctica el dispositivo de la guerra revolucionaria
y que necesitaba en sus filas gente con la determinación suficiente
para matar y morir. Aquí se detecta la confianza de que la contemplación
de tanta pusilanimidad por parte del nacionalismo puede incitar los
ánimos redentores de muchos y puede atraer al redil a aquellos desilusionados.
Para que la vieja maquinaria de reproducción de la violencia montada
en la V Asamblea bajo los auspicios del marxismo-leninismo pueda seguir
cogiendo fuerzas de la contradicción nacional en Euskadi.
El libro de Lorenzo Espinosa, texto político y de batalla donde
los haya, constituye una aportación particular para ello.
Sobre
Euskadi como sujeto general
SANZO,
LUIS, El Pueblo Vasco y la
Autodeterminación,
Donostia, Erein, 2001, 239 págs, ISBN 84-7568-355-X
Nos
encontramos ante un trabajo que tiene la vocación exhaustiva de comparar
las alternativas políticas de cada partido y su ajuste con el derecho,
tanto autonómico, como estatal y como internacional. Luis Sanzo
en general afronta con rigor los problemas que todo ello acarrea,
tanto desde la perspectiva legal como de la posible ruptura de la
cohesión social, que puede conllevar el inicio de un proceso de autodeterminación.
En lo que se refiere a los
aspectos legales necesarios para poder emprender una consulta popular
de secesión o de búsqueda de un marco político cualitativamente diferente,
las conclusiones son bien claras. En este aspecto más allá de posible
interpretaciones subjetivas sobre su factibilidad, se limita
a presentar la normativa que guía a la
ONU a la hora
de admitir un proceso autodeterminación, así como datos históricos
de países que mediante acuerdos internos consiguieron pactarla.
Las conclusiones en lo que se refiere a la normativa
internacional son evidentes: Las disposiciones de las Naciones Unidas
reservan ese derecho a pueblos cuya absorción por la nación-estado
tiene carácter colonial: ...la Carta de Naciones Unidas únicamente prevé la aplicación del
principio de libre determinación, incluyendo el derecho de secesión,
a las colonias o otros territorios no dependientes...(p.36). La ONU también contempla este derecho a pueblos en los cuales
se da una vulneración de los derechos humanos por parte de la nación-estado
oficialAlgunos autores han señalado...una tercera circunstancia...un
bloqueo de un ejercicio significativo del derecho de un pueblo a la
libre determinación interna, situación de opresión que le legitimaría...La
existencia de violaciones serias serias
y generalizadas...constituiría un elemento añadido...(p.38)..
La aportación de estos datos es de gran utilidad para desterrar cualquier
esperanza que pudiera haber en esta vía en lo que hace referencia
al caso vasco.:
Dejando
de la lado la normativa internacional, y
centrándose en la posibilidad de abrir un proceso vía pacto
con el Estado, afirma que éste
debería conllevar un cambio constitucional: El derecho constitucional
a la secesión debe regularse de forma que se garantice una estabilidad
política a largo plazo...la obligación de ejecutarlo en un plazo y
en una forma establecida que despejen el futuro inmediato en un espacio
de tiempo razonable. Al mismo tiempo, ya adelanta un aspecto
que más adelante desarrollará más al detalle respecto a la necesidad
de una mayoría muy amplia para emprender las negociaciones de reforma
constitucional: En el modelo
ordinario, el inicio del proceso de autodeterminación externa requeriría
un apoyo fundamental de la fuerzas políticas (por ejemplo 2/3 partes
del parlamento territorial)y su consolidación un refrendo mayoritario
del cuerpo electoral (más del 60%)...(p.110).
En
lo que refiere a las dificultades en el terreno de lo social, hace
especial hincapié en el problema de la territorialidad. Al hilo de
esto, es muy buena la diferenciación que hace entre lo que sería la
soberanía territorial y lo que el llama la soberanía cultural.
La primera, es de sobra conocida,
y estaría basada en el concepto de territorio. La segunda tendría
como apoyo la comunidad y prestaría ciertos servicios (culturales,
educativos...) a los miembros de la comunidad nacional, quedando el
resto de competencias relegadas a instituciones estatales comunes:
En su versión actual, el recurso a la idea de soberanía
cultural sirve sobre todo para fundamentar un control pleno
sobre la política lingüística, a través del control asociado de la
cultura, la educación y servicios básicos(p.132). Hace aquí una exhaustiva diferenciación
entre lo que sería la ciudadanía (que todos los miembros del territorio
compartirían) y la nacionalidad (solo de los pertenecientes a la comunidad
nacional. De esta manera, la comunidad nacional diferenciada debería
establecer sus instituciones nacionales, que contarían con total independencia
de gestión para los aspectos que tienen reservados (cultural, educativo
principalmente). El análisis que hace de esta soberanía cultural
es de mucha utilidad para las reflexiones posteriores sobre la posibilidad
de que una ciudadanía compartida fuera una posible solución para el
tema vasco. Al mismo tiempo, este concepto le servirá para solucionar
el problema de núcleos periféricos de la comunidad vasca (lugares
donde esta comunidad es minoritaria, como en Navarra), y conseguir
así, presentar una posible solución al asunto de la territorialidad:
...con el modelo de soberanía cultural...las instituciones
nacionales pueden operar tanto en aquellos territorios donde en los
que el pueblo es mayoritario como en aquellos en los que no lo es...(p.134).
Aunque
en un principio parece muy interesante, y sobre todo novedosa, la
solución a partir de la soberanía cultural,
resulta cuestionable por dos motivos.
Uno de ellos, es abordado por él, y sería el
de la potencial conflictividad que podría suponer, en las zonas donde
la comunidad cultural es mayoría, la yuxtaposición de dos pueblos
diferenciados. Afirma que la soberanía cultural llevada al extremo,
más que conciliar, avivaría el enfrentamiento e iría en detrimento
de cualquier cohesión social: Sin
embargo, este recurso al sentimiento compartido de ciudadanía vasca
no resuelve el problema puesto que dicho sentimiento no supone, para
una parte fundamental de la población vasca, una renuncia a la aceptación
complementaria de la ciudadanía española... La contradicción
tampoco se resuelve apelando a la libre identificación con el proyecto,
en el que tiene cabida todo el que se quiere adherir al mismo
voluntariamente...porque llevado a sus extremos supone la ruptura
de la ciudadanía vasca actual, la extranjerizaciónde
aquellas personas que no quieren(p.145-146)
Por
otro parte, cabe otra gran crítica a este modelo de solución de soberanía
cultural, y más aún teniendo en cuenta que más allá de su mera
exposición como vía resolutiva, lo adopta como deseable en su propuesta
personal para dar salida al problema cultural que surge con los grupos
vascos (por ejemplo en Navarra) donde éstos son minoría: Los
miembros de las nacionalidades minoritarias, con independencia de
los derechos generales que les corresponden como ciudadanos, tanto
en el ámbito español como en el de su Comunidad autónoma de residencia,
tendrán en todo caso derecho a unas instituciones nacionales propias
de base no territorial, con competencias lingüísticas, educativas,
culturales o deportivas...(p.157-158-159) Para ilustrar
el funcionamiento de la misma toma como modelo el caso húngaro, caso
en el que las instituciones húngaras prestan servicios en determinadas
áreas a individuos de países fronterizos a los que previamente se
les ha reconocido la nacionalidad. Me parece que es una propuesta que carece, en
el caso vasco, de realismo. Cabría hacer muchas preguntas entorno
a esta propuesta : ¿Cómo salvar la subjetividad a la hora de decidir
qué porcentaje mínimo debe suponer la comunidad vasca para delimitar
el territorio de actuación?, ¿Cómo sostener en los territorios donde
la comunidad es minoritaria el choque entre la duplicidad de ciertas
competencias? ¿ Cómo hacer llegar físicamente ciertos servicios (por ejemplo
educación) a lugares donde por el número de población vasca es financieramente
insostenible? ¿ Cómo calcular el porcentaje
sobre los impuestos totales que suponen esas áreas de servicio, y
acordar con las instituciones comunes una exención en la tributación
a fin de que no se tribute doble?
En
cuanto al análisis personal del autor respecto a la posible solución
del tema vasco, parece pertinente su conclusión acerca de la necesidad
de una aceptación muy consensuada del posible cambio de escenario
político. Y es que, como bien dice, más allá de una posible mayoría,
habría que buscar un consenso muy alto para evitar la formación de
guetos: "...la conformación de una mesa de partidos en las
que participen todos los partidos españoles y vascos..(p.157). Esta claro que en una decisión de esta índole, es necesario
intentar enganchar a toda la sociedad, si es que no queremos intensificar
la pugna entre los dos frentes identitarios.
Hasta ahí va bien, pero a la hora de plasmar este modelo resolutivo
en ideas concretas vuelve a pecar de una falta de realismo total.
En
el punto 2. de la solución propuesta habla
de presentar un proyecto de reforma constitucional propuesta por una
comisión en la que estaría la representación de todos los partidos
que hay en el País Vasco: Plantear un proyecto concreto de
reforma de la Constitución...
Plantear esto como algo
factible es como plantear que el conflicto nacional/cultural vasco
que ha motivado este libro en cuestión no existe. El caso es que,
hoy por hoy, es inconcebible el hecho de presentar una propuesta que
satisfaga a todos los partidos en lo que se refiere a una propuesta
de reforma constitucional. Para empezar, ya el simple hecho de hablar
de propuesta de reforma haría levantarse a la mitad de la mesa negociadora.
En
lo que se refiere al punto tres, también muy idealista. Aunque, bueno,
si somos capaces de concebir como en el punto 2. una
mesa en la que consensuadamente se presenta
una propuesta común de reforma de la constitución, por descontado
que en las posteriores negociaciones con el gobierno central se consigue
la modificación. Más allá incluso, si vemos que entre las alternativa
del punto 3., es decir, las alternativas a las que va dar lugar la
reforma constitucional (propuesta
unánimemente y aceptada por Madrid) son ya la autonomía actual o un
proceso de autodeterminación nos damos cuenta de que , aparte de ser alternativas no realistas, el hecho de
suponer que la reforma iba a aceptar esas dos alternativas está cargándose
el resultado (en teoría desconocido) de la negociación del punto 2.
El
libro de Luis Sanzo es de gran utilidad,
ya que el ejercicio de conectar lo político con lo jurídico nos da
una muestra más precisa de cuales son las alternativas vigentes de
cada partido y las posibilidades que tienen de ajustarse a algún tipo
de derecho. Sin embargo, la voluntad política de las partes, clave
del asunto, no es analizada igualmente. De ahí el voluntarismo de
algunas de sus apreciaciones.
BATISTA,
ANTONI, Euskadi sin prejuicios,
Barcelona, Plaza y Janés, 2001, 237
págs. ISBN: 84-01-37779-X.
El
libro del periodista de La Vanguardia Antoni Batista
pretende plantear una panorámica política completa de un periodo de
tiempo muy preciso: la etapa que media entre 1998 y el 2001. Nos encontramos
pues ante una crónica de la última, o la penúltima, hora política.
En estos tres años ha faltado reflexión serena y también
tiempo (p. 11), plantea nuestro autor en referencia, sin
duda alguna, a las expectativas surgidas a raíz del alto el fuego
unilateral de ETA. Además de ello, nos ofrece una visión general del
problema vasco y las referencias a épocas pasadas muestran a las claras
el seguimiento cercano de las cuestiones que afectan a nuestro pueblo.
Para
llegar al plato fuerte del libro, que es el análisis pormenorizado
de las vicisitudes por las cuales dicho alto el fuego no derivó en
una pacificación irreversible, Batista hace un repaso de diferentes
agentes y sujetos. La prensa española, la englobada dentro de la campaña
mediática, es vista desde el observatorio privilegiado que le
otorga ser también periodista de un diario de gran difusión. Su opinión
no ofrece dudas: Lo que han hecho los medios en la última
campaña electoral vasca producía bascas. Se han transgredido todos
los códigos deontológico, se ha robado información, se ha manipulado
opinión, se han lanzado las peores acusaciones sin el más mínimo sustento
lógico, se han criminalizado ideologías democráticas, se ha jugado
con las identidades y, en suma, se ha ofrecido desde los templos de
la objetividad el más burdo alegato partidista (p. 228).
La inclusión de otras opiniones contrastadas, como la de los periodistas
Enric Sopena (p.
41), Javier Pérez Royo (p. 40) e Iñaki Gabilondo
(p. 43), deja claro que, pese a que pueda abusarse de la excusa de
los medios de comunicación para tapar miserias políticas, estos han
seguido y siguen una conducta programada que va en contra de todos
los códigos periodísticos. Batista plantea que no es una tendencia
privativa del Estado español, pero que ha sido el tema vasco el que
a acelerado esta tendencia orquestal de los medios de comunicación.
Las
ideas fuerza de Batista son pocas y bien delimitadas: la conciencia
de que el problema de la identidad en Euskadi,
por condicionamientos históricos, por tendencias propias, por la existencia
de la violencia, es mayor que en otras zonas del Estado español (215-6);
la perspectiva de que, por el bien de la convivencia y de la posibilidad
de un consenso político de calado que otorgue estabilidad, la alianza
entre el PSOE y el PNV ha sido un bien para el país, y que, posteriormente,
ha constituido un error abandonar esta transversalidad
(p. 127); la constancia de la naturaleza revolucionaria de ETA y de
su movimiento: son un poco los últimos paraleninistas
de la Europa
Occidental,
organizados en la teoría de la confrontación (p. 175). La necesidad de que la izquierda abertzale civil
posea autonomía política respecto a la organización armada (p. 149)
y la conciencia de que cuando eso ocurra nos encontraremos ante el
principio del fin del problema.
Dentro
de estas coordenadas, que el autor considera claves a la hora de interpretar
la ruptura de la tregua por parte de ETA, se añaden otras variables
como la escasa iniciativa del gobierno del PP o su saboteamiento
explícito del posible proceso de paz, mediante el mantenimiento de
la dispersión de los presos y el encarcelamiento del 50% de la delegación
negociadora de ETA; y el cambio de correlación de fuerzas dentro
de la cúpula de ETA, donde los duros consiguen la mayoría
(p. 193).
El
análisis de Batista constituye una mezcla de realismo e ingenuidad,
en tanto que, por los propios datos que aporta, se ve que la cuestión
del Pacto de Lizarra-Garazi
tenía por detrás una amplia trastienda de contactos entre el PNV y
Herri Batasuna
(desde principios de los 90) y, por tanto, el cálculo estratégico
de los mandatarios del MLNV no tenía por qué obedecer a cuestiones
meramente circunstanciales como las que alude. Amén de no detectar
la continuidad entre la etapa de socialización del sufrimiento,
la creación de la nueva cantera de militantes de ETA mediante la pista
americana de la kale borroka, la propia reorganización
de ETA durante la tregua, hechos descritos con admirable detalle por
parte del periodista, y la propia tregua de Lizarra.
Cuestión esta, de la continuidad y complementariedad entre las dos
fases (la de la socialización del sufrimiento y la de la tregua),
aludida en múltiples ocasiones por parte de los mandatarios políticos
y militares del MLNV, ya que además de obedecer a una estrategia (la
de radicalizar al nacionalismo y de adentrarlo en la fase de ruptura
mediante su caída de las instituciones vascas) era un aval a toda
la lucha precedente y una deslegitimación de la vía autonomista llevada
por el nacionalismo desde 1977.
Nos
encontramos ante un libro de tono admirablemente equilibrado y con
datos de primera mano. Batista se encuentra entre ese grupo
de catalanes admiradores de lo vasco cuya participación en el debate
de ideas y de hechos acerca de la cuestión constituye una aportación
de serenidad tan necesaria en nuestras actuales circunstancias.
ZALLO,
RAMÓN, El País de los vascos. Desde los sucesos de Ermua
al segundo gobierno de Ibarretxe, Madrid,
Fundamentos-Alberdania, 2001, 262 págs.
ISBN: 84-245-0907-2.
El
libro del catedrático de la UPV, Ramón Zallo entra
dentro de la categoría de los análisis políticos que desembocan casi
en una propuesta de resolución del tema que trata, en este caso el
espinoso tema del conflicto vasco. Las ideas que expone Zallo
no son exclusivamente personales, ya que se corresponden con todo
un estado de opinión. En este sentido, no hay que olvidar la vinculación
del autor con Elkarri. De ahí la mención a algunas ideas clave muy parecidas
a las que suele difundir este grupo, como la constancia de un enquistamiento, de una paralización de coyuntura el
estancamiento y desánimo que se produjeron en los 80 y los primeros
90 (p. 10), por lo cual hay que abrir el paso por alguna
parte. Así como la repartición equidistante de responsabilidades que
adjudica a cada uno de los actores y sujetos de nuestro tema: En
todo ese periodo, muy iluminado por el fulgor de las violencias, las
responsabilidades se reparten entre el Estado y ETA, mientras el nacionalismo
tradicional, el Partido Nacionalista Vasco (PNV), satisfecho con sus
competencias y liderazgo, miraba para otro lado en cuanto a las raíces
del problema.
¿Cuáles
son las raíces del problema? Para Zallo
lo constituyen algunas cuestiones fundamentales como, sobre todo,
la falta de democracia en España y Euskadi
(no cabe identificar democracia (...) con este Estado democrático
concreto surgido de la Transición
o con su Derecho positivo,
p. 50) e incluso Europa (p. 177), por dos razones, por la negación
del derecho de autodeterminación y por tratarse de sistemas democráticos
plutocráticos, capitalistas y crecientemente desigualitarios;
la conformidad del nacionalismo con la gestión del status quo, es
decir, el actual marco autonómico lo que le hace estar cómodo
y no tomar iniciativas en pos de la modificación de esa situación;
la subordinación del MLNV al mandato de ETA (la Izquierda abertzale (...) es rehén del militarismo de ETA
p. 127); y la Globalización
capitalista como nueva niveladora de jurisdicciones políticas y sociales
(p. 150).
Para
Zallo el problema más importante
del actual paisaje vasco no es el de la violencia: La violencia
política es sólo una dimensión del conflicto político en cualquier
sociedad, pero es muy relevante y tiene un fuerte impacto. ETA
(..) no es el conflicto más trascendental.
No es el fondo de nuestros problemas sino una manifestación más, y
no necesaria, del mismo. Pero sí el más visible, prioritario y traumático.
En nuestro país, aparece como llave de paso para resolver otros problemas
y no es resoluble sin encauzar alguno de los conflictos centrales. (p.167). En resumidas cuentas, según Zallo la violencia constituye una oportunidad
para solucionar el verdadero problema de fondo, que es el de la falta
de democracia, y actúa como llave de paso en tanto que
la urgencia que produce, por sus consecuencias dolorosas, puede propiciar
la movilización de los actores políticos y sociales de la política
vasca y española para llevar a cabo determinaciones que lleven a una
auténtica democracia en Euskadi. Hablando
de la iniciativa fallida de Lizarra-Garazi, dice también que como entonces, quizás sea la mirada sobre el abismo la condición
para que se despierte de nuevo la fraternidad (p. 103). Parece una forma suave de plantear de cuando peor, mejor. De
ahí la mención de la violencia como llave de paso. Y es
que, como los antiguos marxistas, Zallo
tiene una doble actitud acerca de la violencia: plantea una proporcionalidad
de la misma y también una función social, sin hacer distingos entre
la violencia como monopolio de un estado o de una organización armada
que la tome como medio de lucha (p. 176).
La solución de esos cuatro problemas falta de
democracia, conformidad con el status quo, subordinación de políticos
a militares en el MLNV, y globalización capitalista- pasa, pues, por
la puesta en marcha de un proceso de profundización democrática y la superación del actual modelo político(p. 174). Para Zallo tal profundización democrática pasa por la formación
de una nueva mayoría autodeterminista, que
prescinda de la existencia de la violencia de ETA y que esté abierta
a Batasuna (p. 171), para que este partido tenga la oportunidad
de plantear la autonomía de lo político frente a lo militar. En este
sentido, parece optimista en exceso la afirmación de esa mayoría autodeterminista que ve Zallo
entre nacionalistas y no nacionalistas (p. 102), ya que una cosa son
las percepciones de que hay que llegar a un acuerdo político para
solucionar el problema, aunque sea a costa de plantear algún tipo
de refrendo, y otra las condiciones políticas concretas que pueden
darse, en una etapa de tensionamiento en el cual la violencia de ETA y la campaña
antinacionalista del PP convergen en el objetivo común de derribar
a Ibarretxe.
Este
resumen no hace justicia a la densidad de matices de este libro. A
veces parece que Zallo hace demasiadas
peticiones de principio, empezando por los presupuestos de cuales
son las raíces del problema. La idea de la falta de democracia
o de el déficit estructural de la misma, contada por un
profesor de Universidad con cargo institucional, no es creíble más
que desde la visión de alguna democracia perfecta mediante la cual
superarse los dos grandes males que se describen, el problema particular
de que se niega a consultar a los vascos lo que quieren ser
y el general de la globalización (se quiere imponer un
Nuevo Orden la inquisición ha vuelto p. 226).
En este sentido, las reivindicaciones en las nacionalidades
con esfera pública propia no sólo pueden no ser un obstáculo para
las reivindicaciones sociales sino lo contrario, un factor añadido
de rebeldía como el que tenían los izquierdistas radicales para ser
luchadores por la democracia. (p.150).
Partiendo
de nuestro problema vasco particular Zallo
alcanza una visión geopolítica de difícil escala, propugnando
la alianza entre las pequeñas nacionalidades y la izquierda para la
profundización democrática que conjure la falta de democracia española
y la ofensiva inquisitorial neoliberal. Como se ve, una solución de
carácter demasiado largo y extralocal, en
la que ese orden democrático que propugna Zallo
se impone en todo el mundo o seguimos sin democracia. Y mientras tanto
persiste la violencia.
El
libro queda así lastrado por una perspectiva ideológica demasiado
grande para el tema que nos ocupa, poniendo la solución hipotética
fuera del alcance de la voluntad de cualquiera de los agentes políticos
y sociales. Y es que Zallo pretende solucionar todos los problemas mediante
nuestro problema. Y condicionar la resolución de un problema concreto,
como el vasco, a una perspectiva planetaria de la falta de democracia.
Sobre
el GAL
WOODWORTH,
PADDY, Guerra sucia, manos limpias. ETA, el GAL y la democracia
española, Barcelona, Crítica, 2001-2002, 527 págs.
ISBN: 84-8432-339-0.
El
tema de la violencia del Estado español en Euskadi
se ha visto sujeto a una falta de revisión o de admisión explícita
de la misma que ha condicionado su percepción real. El libro del periodista
irlandés Paddy Woodworth trata
de tocarlo con esa solvencia anglosajona hacia el dato firmemente
comprobado. Esta moderación de perspectiva, que no es óbice para que
el autor exprese su propia opinión, resulta de agradecer.
La
borrascosa transición entre el régimen franquista y el de democracia
representativa del que actualmente disponemos constituye el proemio
a su tema principal. Woodworth plantea
el hecho indubitable de que, a fines del franquismo, se van gestando,
dentro de los propios cuerpos policiales franquistas, una serie de
unidades especiales de intervención tanto para hacer frente a ETA
como a la militancia antifranquista. La policía colabora con militantes de extrema
derecha provenientes de todos los rincones del mundo que encuentran
en esta circunstancia el campo de cultivo para poner en práctica sus
convicciones por medio de la violencia:
La represión ya no cumplía con su cometido. La actividad convencional
de la policía no podía yugular las innumerables huelgas y manifestaciones
ni los ataques de ETA en el País Vasco. En estas circunstancias, fue,
al parecer, Carrero Blanco quien tomó la
decisión de que eran necesarias dos cosas: unos servicios de inteligencia
que coordinaran la información sobre la subversión, y
que se erigieran en el núcleo que controlara y dirigiera la violencia
incontrolada de la derecha, convirtiéndola así en una
coherente arma de terrorismo de Estado
(p. 33). Pese a que este proceso encuentra un repliegue tras los acontecimientos
de Montejurra, la falta de reforma democrática de las fuerzas
policiales, y de sus modalidades de acción provenientes de la etapa
franquista, sostienen el apoyo a ETA en Euskadi
hasta bien entrada la transición política (p. 38).
La
guerra sucia del Batallón Vasco Español (que causó al menos diez atentados
mortales) y otros grupos parapoliciales
cesa durante el mandato del presidente Calvo Sotelo
(p. 49). Este libro es la crónica de la ocasión perdida por parte
de los socialistas de reformar el entramado policial y construir unas
fuerzas policiales a la altura de un verdadero Estado de Derecho europeo.
Para Woodworth lo peor de todo es que, mientras
en el caso de la primera guerra sucia existía la excusa
del tránsito de un sistema de gobierno dictatorial a otro democrático
(y también un mecanismo higiénico por el cual las acciones de estos
grupos parapoliciales no llegaban hasta
la cúpula del poder y, por tanto, no lo podían impregnar), en el caso
del GAL la imbricación entre gobierno y fuerzas policiales ilegales
era absoluta. Resulta sonrojante, como cuenta el autor, la necesidad que sentían
los socialistas de plantear un aval de legitimidad frente a las fuerzas
armadas y policiales, cuando de lo que se trataba era de lo contrario:
de que estas se adaptaran al nuevo ordenamiento democrático (p. 397).
No es de extrañar que el autor afirme: en
los años 80, no hubo mejor justificación que el GAL para ingresar
en ETA (p. 77). La acción conjunta de un
gobierno democrático y unas fuerzas policiales no reformadas empañó
gravemente el proceso de democratización del Estado y dio fuerzas
a aquellos que negaban la existencia de una democracia: El
fenómeno del GAL consiguió lo que ETA pretendía pero no podía hacer
ella sola: introducir un interrogante corrosivo en el éxito que, al
decir de todos, fue la transición española a la democracia (p. 396).
En
este libro fundamentalmente narrativo Woodworth
nos cuenta la vida cotidiana regalada de los militantes de ETA durante
los primeros 80 en Euskadi Norte, la actitud
ambigua del gobierno francés frente a los atentados del GAL, las justificaciones de los detenidos
por el GAL en los juicios que se les hicieron, entre los cuales se
contaba un viejo conocido del autor como Julian
Sancristobal, la trama de mercenarios extranjeros contratada
por la policía y las diversas acciones del GAL. También cuenta la
inhibición, cuando no el secreto aplauso, de la mayoría de la opinión
pública, de la prensa y de los creadores de opinión españoles acerca
del GAL (p. 398). Afirma, asimismo, en contra de la opinión que se
ha tratado de difundir al respecto, que el hecho del GAL es excepcional
entre los gobiernos democráticos. Finalmente, redunda en la ayuda
que se dio a ETA y la función pedagógica del GAL para toda una generación
de jóvenes vascos que pudieron confirmar el diagnóstico político de
esta organización acerca del sistema democrático español (p. 414).
No
debemos olvidar el rostro humano de todo este desaguisado: Segundo
Marey secuestrado y marcado de por vida, condenado a una muerte
lenta por las secuelas; los atentados en bares atestados, donde la
propia dirección parapolicial obviaba la
presencia de mujeres y niños, algunos de los cuales resultaron víctimas;
los huesos desenterrados de Lasa y Zabala
y la descripción de una de las sesiones de tortura más sanguinarias
de las que se tiene noticia; los asesinatos políticos de Santi
Brouard, de Mikel Goikoetxea
y de Galdeano, el asesinato del insumiso
García Goena, las secuelas de todo ello
en familiares y allegados.. Y, sin embargo, Woodworth
concluye, la guerra sucia
fue un cáncer para la democracia española pero, al llevar a sus protagonistas
ante la justicia, España ha dado una lección de práctica democrática
en todo el mundo.
Sobre
Navarra
DE
MIGUEL, AMANDO E IÑAKI, La sociedad navarra,
entre la escisión y la esperanza, Madrid, Laocoonte-Sociedad
de Estudios Navarros, 2002, 222 págs, ISBN:
84-95643-07-3.
Nadie
puede negar a Navarra su carácter de sujeto particular. La historia
política de la transición hacia la actual democracia representativa
culminó en un ordenamiento peculiar para el viejo Reino, basado en
el Amejoramiento Foral Navarro. La ordenación de fuerzas dentro de
la nueva comunidad navarra es sensiblemente diferente a la que se da dentro de
la Comunidad Autónoma Vasca. La preponderancia de lo que Juan Cruz Allí denomina
un navarrismo constitucional,
cuya identidad, pese a tener raíces anteriores, se fragua principalmente
a partir de 1978, afecta tanto a la izquierda como a la derecha navarra,
que han elegido mayoritariamente ese marco de referencia para posicionarse
políticamente. La presencia del nacionalismo vasco y la hegemonía
del MLNV dentro del ámbito vasco de Navarra, así como su presencia
importante en otras zonas (por ejemplo Pamplona) son otras tantas
peculiaridades.
El
prólogo de un político e historiador navarro tan destacado como Jaime
Ignacio del Burgo plantea con toda su crudeza el objetivo del trabajo.
Navarra es una sociedad económicamente próspera, socialmente
integrada y políticamente escindida. Esta conclusión de Amando de
Miguel ha motivado este proemio. Entre la escisión y la esperanza
(p. 20). La escisión política aludida es la que se establece entre
las dos concepciones sobre la identidad de Navarra
(p. 18), entre aquella que plantea la unicidad institucional e
histórica de Navarra y la otra que propugna su adhesión a una entidad
más amplia que se llama Euskal Herria.
El
libro de los sociólogos Amando e Iñaki de Miguel es
un intento de proponer esa dos imágenes contrapuestas de Navarra:
la de una sociedad integrada, plena de bienestar, regalada por la
autoconfianza que destilan sus ciudadanos
respecto a la misma, con un presente y un futuro económico boyantes;
y, por otro lado, la anomalía política vasquista
que conjura con corroer esos pilares del bienestar mediante una disputa
político-existencial respecto a la identidad navarra.
La
cuestión paradójica surge cuando vemos que la propia definición de
lo navarro tiene que apelar, de manera constante, a los referentes
que el propio estudio rechaza: siempre hay una importante minoría
(alrededor de un 20% de los encuestados) que se pone al margen de
los valores dominantes de la sociedad navarra en lo que respecta al euskara
y su difusión, la referencialidad positiva
de lo vasco (incluyendo el Gobierno Vasco), la deseabilidad
de una futura articulación con el conjunto de Euskal
Herria, etc. Gracias a este estudio, sabemos que los más pesimistas
respecto al futuro económico de la región para no apuntar
implícitamente el tanto de ese éxito al partido gobernante (UPN)
(p. 197), los más fumadores y bebedores, los que tienen menos
práctica religiosa y los que se encuentran más en contacto con las
provincias vascas o pertenecen a las zonas vascófonas,
y votan a partidos nacionalistas o al MLNV, pertenecen a aquella minoría
anómala que tiene sobre sus espaldas el peso de posibilitar una escisión
dentro de la propia sociedad navarra.
El
factor de la violencia, y su apoyo o admisión, pone colofón denigratorio
a este colectivo, sin cuyas respuestas el estudio sociológico presente
reflejaría una sociedad poco menos que paradisíaca. El estudio, en
un alarde de sectarismo, plantea la relación, efectiva, entre ver
positivamente al Gobierno Vasco y el apoyo de la Kale Borroka (p. 143), concluyendo también en que existe un parentesco entre
la justificación de una conducta incívica tan liviana como las fiestas
ruidosas por la noche y la kale borroka.
El 49% de las personas que consideran aceptables la kale
borroka son permisivos respecto a las fiestas
nocturnas ruidosas. La proporción baja al 27% para los que condenan
la kale borroka.
La
especialidad de los dos sociólogos es relacionar de modo interesado
temas que no tendrían que marchar necesariamente juntos. Cuando, al
señalar las familias políticas navarras, crean la categoría de críticos
y despolitizados, metiendo en la misma categoría a la izquierda
navarra (los críticos) y a los que
se abstienen de votar (p. 173), categoría que califica al
43% de la sociedad navarra. Otro ejemplo
es el que nos ofrece el apartado denominado El rechazo de la
asimilación de Navarra al País Vasco, uniendo el rechazo a la
integración o articulación con la CAV y la posibilidad de que el euskera
sea un idioma obligatorio para los niños: lo fundamental
es que más de la mitad de los consultados rechazan abiertamente tanto
la normalización lingüística como la asimilación
política (p. 204).
El
objetivo de este libro, que airea con evidente sinceridad las ideas
del prologuista, es indudable: otorgar un aval a la política que actualmente
lleva el gobierno de UPN en Navarra. Para ello, es necesario presentar
una sociedad navarra con dos rasgos contradictorios pero complementarios:
una sociedad estable y satisfecha que encuentra en la escisión política
su máximo riesgo: una escisión promovida por un grupo político violento,
por una comunidad política que pretende la asimilación de Navarra
a otro territorio, que pretende imponer una lengua que es minoritaria
y que, encima, es la más crítica con la situación actual. Que la cuestión
del euskara haya sido tocado de refilón, sin dedicarle un apartado,
como se hace con temas menos importantes, resulta significativo.
El
estudio se afana en igualar a los nacionalistas que apoyan la violencia
y los que no la apoyan y no explora la sutil correspondencia
que se da, a veces, entre votantes de UPN y de Batasuna.
Digamos que el peso del MLNV en el conjunto de Navarra es proporcionalmente
mayor al que tiene en la Comunidad Autónoma Vasca (es el tercer partido navarro, frente al cuarto
de la CAV), es la
segunda opción política más votada de Pamplona y tiene un ingrediente
de alternativa de izquierda global que no posee con tanto peso en
la otra comunidad. Además de que el estudio prescinde del hecho histórico
de la absorción por parte del MLNV de las fuerzas de extrema izquierda
surgidas a fines del franquismo, que en Navarra tuvieran tanta importancia.
Dice
Del Burgo: el riesgo de escisión viene provocado por la difusión
de las ideas del nacionalismo vasco (p. 15). Cabría también
decir que el riesgo de escisión puede provenir de políticas basadas
en estudios como este donde se trata de ningunear
a aquello que se considera la máxima amenaza: resulta imposible
hablar de Navarra sin referirse continuamente al País Vasco
(p. 209), afirman los sociólogos. Esta es la perspectiva paradójica
que permea el actual estudio: hablar constantemente
de lo que se rechaza. Mencionaba el político navarro Juan Cruz Allí
de la existencia, por parte de la derecha navarra
de UPN, de una actitud de rechazo a cualquier elemento o
aproximación a lo vasco en general lengua, cultura, folklore,
etc.-, incluso respecto a los elementos que forman parte de la propia
identidad de Navarra, como comunidad pluricultural. Es paradójico
que la actitud de miedo y de defensa se pretenda justificar como una
reacción defensiva de la identidad Navarra ante el riesgo de la rápida
desaparición de nuestra memoria nacional, que resulta contradictoria
en quienes no la potencian, sino que tratan de diluirla en otro proyecto
nacional. ¿No es este el escenario que se perfila tras la
ruptura unilateral de UPN del consenso en una materia como la del
euskara, logrado en 1986 por parte de la
mayoría de los partidos navarros? ¿No son estos elementos, inexplorados
por este estudio, una aportación también al peligro de una posible
escisión política de la sociedad navarra?
Sobre
la clase trabajadora vasca
UNANUE
LETAMENDI, JOSÉ MIGUEL, Apuntes históricos y análisis de su evolución
desde la transición política, Bilbao, Manu
Robles-Arangiz institutua, 2002, 323 págs. ISBN: 84-920674-4-6.
Decía
Natxo Arregi,
en su etapa de dirigente de HASI, que tres eran los pilares que movían
la historia vasca durante el franquismo y a comienzos de la transición:
la acción armada de ETA, el movimiento cultural y el movimiento obrero.
Parece que este último ha perdido parte del protagonismo que llegó
a tener en aquel periodo. El libro de José Miguel Unanue,
escrito desde la pertenencia al actual sindicato mayoritario en Euskadi
(ELA-STV), pretende sacar a la luz el peso de las relaciones laborales
dentro del ámbito de la sociedad vasca. Las transformaciones políticas,
sociales y económicas ocurridas en los últimos años, que van por el
camino de un mayor predominio del capital y del cambio del propio
paradigma de la clase trabajadora, constituyen el marco de actuación
del movimiento sindical, que en Euskadi,
con su peculiaridad nacional, posee sus propias características.
Nos
encontramos ante un libro que no es específicamente político aunque
también trate temas políticos. Unanue
plantea toda una síntesis de la historia del sindicalismo vasco, desde
finales del siglo XIX hasta nuestros días. La existencia de dos tradiciones
contrapuestas, como la del sindicalismo socialista de la UGT y el sindicalismo nacionalista de Solidaridad de Obreros
Vascos (más tarde ELA) es el hecho que recorre las vicisitudes de
la lucha sindical y laboral. El autor destaca que si bien SOV nace
en el contexto del sindicalismo católico español, desde esta postura
ideológica, las peculiaridades del País Vasco hace
que mantenga una distancia considerable respecto a ese contexto. Es
el Partido Nacionalista Vasco el agente político que propicia la creación
de este sindicato vasco y cristiano. La lucha por la hegemonía sindical
de nacionalistas y socialistas pasa por numerosos conflictos y políticas
de alianzas divergentes (en las que la CNT y la UGT llegan a tomar una postura unitaria en contra de SOV,
acusado de amarillismo; en la que la UGT llega a aliarse con la Dictadura de Primo de Rivera y con la oligarquía liberal vasca)
hasta su convergencia en la guerra civil de 1936. El franquismo actúa
como un anulador de unas relaciones laborales libres y normales, con
el establecimiento del Sindicato Vertical, y las huelgas que se dan
en Euskadi a principios del régimen (en 1947 y 1951) son huelgas
políticas, propiciadas por el Gobierno Vasco en el exilio. Las tres
centrales históricas, CNT, UGT y SOV, firman un pacto sindical en
contra del franquismo pero su acción es limitada. A comienzos de los
años 60 surge CCOO, como una nueva forma de acción sindical, y al
finalizar el franquismo las centrales sindicales históricas comienzan
su reorganización.
A
continuación Unanue da un repaso
a una serie de factores que marcan la configuración actual de las
relaciones laborales en Euskadi. Primeramente, la cuestión de la representación sindical.
A partir de las primeras elecciones sindicales, que fueron engañosas
ya que los grupos independientes fueron los que consiguieron una mayor
fuerza, ELA comienza a configurarse como la central sindical mayoritaria
en la CAV, con una presencia muy importante en Navarra. Con el
surgimiento de LAB se refuerza una división sindical entre los sindicatos
de ámbito vasco y los de ámbito estatal. Señala, asimismo, que ELA
rompe todo vínculo con el PNV y evoluciona hacia las posiciones
tradicionales de la izquierda (p. 110). Nos encontramos,
pues, ante un escenario donde los cuatro sindicatos representativos,
conceptualmente, comparten los valores de la izquierda (p.
107), pero que en función de la cuestión del ámbito territorial de
los sindicatos difieren y tienen disputas entorno a ello.
Unanue analiza con detalle la relación
de la nueva situación laboral con la legalidad privativa del ámbito
autonómico de la CAV y la Comunidad Foral Navarra, la sindicación en los nuevos sectores, como
pueden ser las nuevas administraciones públicas, de los nuevos espacios
educativos y de la Policía Autónoma, las vicisitudes de la regulación de los convenios,
en que medida la legislación de ámbito estatal condiciona la propia
acción de los sindicatos privativos del ámbito vasco, y las acciones
dadas desde UGT y CCOO para tratar de limitar la representatividad
de estos. Señala nuestro autor la inseguridad jurídica que
proyecta el propio ordenamiento laboral español en relación al status
que, dentro del modelo único y uniforme, el propio Estado ha dado
al sindicalismo vasco así como las claras desventajas que
acarrearía la limitación de status que pretenden los sindicatos estatales
de cara a que un sindicato vasco, con una representación superior
al 40% en su ámbito, como ELA, podría tener para ejercer sus funciones
sindicales normales (p. 138, 304). Esta es una de las razones por
las cuales el sindicato vasco plantea el agotamiento del actual marco
jurídico autonómico y propugna uno nuevo.
No
deja de señalar, asimismo, las consecuencias que la tercera revolución
industrial y la globalización están trayendo al campo sindical: la
evolución que viene experimentando en los últimos años el mundo del
pensamiento y de las ideologías, que es una pieza del contexto en
el que se desarrolla el conflicto socio-laboral, está favoreciendo
los intereses económicos y empresariales frente a los de los trabajadores,
tanto en el plano general como en el escenario concreto de la negociación
colectiva (p. 249).
Nos
encontramos ante un libro que sobre todo pretende ser informativo
del área que toca. Se echa en falta un análisis pormenorizado de las
circunstancias que llevaron a la unidad estratégica, que el autor
todavía considera deseable, de ELA y LAB, la perspectiva político
social que llevo a ello y la posterior ruptura formal. Para nuestro
autor, no existe una diferencia esencial entre la perspectiva de los
cuatro sindicatos que actúan dentro de nuestro pueblo; la división
se ofrece en tanto al marco de actuación. En ese sentido, a la unidad
estratégica del sindicalismo español opone esa misma unidad
estratégica con LAB que se está viendo seriamente dificultada
como consecuencia de las diferentes posiciones que ELA y LAB adoptan
respecto a la actividad armada de ETA (p. 115).
Sobre la Iglesia vasca
SETIÉN,
JOSÉ Mª, De la Ética y el Nacionalismo, Donostia, Erein,
2003, 132 págs. ISBN 84-9746-112-6
El
presente libro es una recopilación de diferentes textos, que resumen,
de alguna manera, el magisterio ético de J.M. Setién. El obispo emérito de San Sebastián
hace, por un lado, una recapitulación de su visión de la ética en
el mundo moderno y la relación de esta con el nacionalismo, y, por
otro, entra en una polémica amistosa con dos pronunciamientos eclesiales,
el uno referido al epílogo de Fernando Sebastián, Obispo de Pamplona,
a un texto sobre violencia y nacionalismo y el otro acerca del documento
de la Conferencia
Episcopal
Española acerca del terrorismo (22-XI-2002).
Cuando
se suele hablar sobre la responsabilidad de la Iglesia vasca y, en concreto, de Setién, respecto a la violencia de ETA, en sentido de favorecerla,
nos topamos con el hecho concreto e irrefutable de que éste ha escogido
la ética como ámbito de su juicio eclesial. Por tanto, su magisterio
se ha referido constantemente al tema de la violación de los derechos
humanos y a las consecuencias nefastas de la violencia sobre la convivencia
y sobre el juicio político justo que debe regir en un contexto de
problematicidad tan agudo como es el vasco.
Setién ha intentado en
todo momento poner el debate ético en el centro del problema político.
Decía en otro escrito: Lo
cierto es que la Iglesia, personalmente
yo, cuando afirmo los valores éticos en el ámbito de los comportamientos
políticos, lo hago con la intención de influir en ellos, es decir,
con la intención y el deseo de que los juicios éticos interfieran en el ámbito político. Resulta, por tanto, tristemente paradójica la caza
del colaborador de ETA que han emprendido contra él muchos de los
indignos tertulianos que pululan por las ondas y las televisiones.
Y es que cuando Fernando Savater separa
tajantemente la ética y la política, se acerca mucho más a la visión
de ETA que el propio Setién, que en todo momento plantea la
necesidad de que la política sea juzgada por la ética. Y comprende,
además, la dificultad de esta posición:
La
verdad es que la resistencia a que la política no tenga otra referencia
de valoración que ella misma y las leyes sociológicas
internas de su funcionamiento, tiene mucho de razonable. Alguna referencia
ética debe tener la política, de parte de algo distinto a ella misma,
precisamente en razón de la magnitud del poder que, con la complicidad
de la técnica puesta en sus manos, puede alcanzar. Cuanto mayor es
el poder, más necesaria se hace la existencia de algo distinto de
él mismo, para que ni él se deshumanice ni sea principio de deterioro
e incluso de aniquilamiento del ser humano
Es
decir: la conciencia de la magnitud del poder político nos dicta la
necesidad del juicio ético, en términos de la más estricta autoconservación.
Ello significa que la ética es parte de una objetividad, que es la
mera consideración de que un determinado poder debe tener algún tipo
de limitación. Y la consideración de tal limitación pertenece a otro
plano al del interés político. Afincado de forma sólida sobre este
terreno, Setién trata de encontrar la certeza necesaria para juzgar a la política
de Euskadi desde los presupuestos éticos.
En
la primera parte de este libro, Setién
pretende resaltar que la persona es el centro de toda forma de
derecho y que, por tanto, los ordenamientos jurídicos o los proyectos
políticos tienen que subordinarse a esta (p. 30). A partir de esta
unidad personal, es entendible la extensión de los derechos individuales
a los derechos colectivos, que por la persona y desde la persona adquieren su auténtico y verdadero
valor (p. 34). Reconoce
la ausencia, entre los vascos, de necesarias
referencias comunes aceptadas por todos (p. 36) y, por tanto,
la problematicidad de un proyecto nacional vasco, así como plantea
que la aplicación de la soberanía en un estado plurinacional como
el español no debería de poseer un carácter nacional único ni absoluto
(p. 39). Finalmente, establece una distinción nítida entre el juicio
moral debido al nacionalismo vasco y el que se tiene que hacer a la
violencia y al terrorismo (p. 51).
Las
dos últimas partes del libro tocan el tema del nacionalismo y del
terrorismo. Setién señala las contradicciones de dos
escritos eclesiales al tratar de conjugar el análisis con el juicio
ético. Tanto el escrito del Arzobispo Sebastián como el de la Conferencia
Episcopal
española subrayan la especificidad del nacionalismo de ETA en tanto
a que éste se encuentra conjugado con el marxismo-leninismo (dice
Sebastián: la democracia del nacionalismo radical
de ETA es la democracia del marxismo-leninismo,
-p. 69-; dice la Conferencia
Episcopal:
el grupo denominado ETA
es una asociación terrorista, de ideología marxista revolucionaria,
inserta en el ámbito político-cultural de un determinado nacionalismo
totalitario, -p. 117-). Setién
critica que estas afirmaciones, mostrando la especificidad ideológica
de ETA, no la tienen en cuenta al enjuiciar al nacionalismo histórico,
mezclando las reivindicaciones u objetivos nacionalistas con la determinación
de llevar a cabo una estrategia violenta. Por ello concluye: Se
trataría de saber cómo y en qué términos precisos ha de interpretarse
la afirmada relación existente entre la ideología marxista revolucionaria
y la ideología resultante de la degeneración del nacionalismo que
pretendería, se dice, un proyecto político excluyente [
]. Este
planteamiento no es artificial. En el fondo plantea la cuestión de
si es el nacionalismo degenerado y su ideología la raíz
última del terrorismo de ETA o si es, por el contrario, la ideología
marxista revolucionaria la que ha de considerarse ser la matriz,
del terrorismo de ETA, y se sirve de su nacionalismo para los propios
objetivos que, como hemos ya indicado, en un análisis más profundo
serían contradictorios con los objetivos soberanistas
del nacionalismo radical vasco. Dicho de otra manera, cabe preguntarse
si existe, en verdad, una coincidencia de objetivos revolucionarios
comunes en la ideología marxista y en la que el documento llama la
ideología nacida de la degeneración del nacionalismo. O si habría
que hablar, más bien, de una coincidencia estratégica y, por ello,
transitoria, de dos ideologías distintas e incluso incompatibles
(p. 118).
Tanto
el planteamiento como el debate que emplaza Setién poseen, en este libro, los múltiples matices a los que nos
tiene acostumbrados su pensamiento, fruto de un largo periodo de la
historia civil y eclesial vasca. Es por ello un testimonio necesario
para calibrar otra de las caras de nuestra compleja realidad, de la
pluma de uno de sus protagonistas. En estos tiempos de secularización
de la política, de caída de los grandes discursos políticos, la insistencia
del obispo en la ética y sus valores ha resultado profética. Superada
la borrachera de la repolitización de principios de la transición y superado también
el desencanto posterior, el mundo de los valores, a los que apela
este libro, aparece como una nueva referencia, que compromete y engancha
a la gente. Es mérito de Setién
haber mantenido bien alta la antorcha de la ética en tiempos en
los que las tempestades políticas parecían que iban a anegar los valores
humanos.
Imanol Lizarralde