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¿Qué es ser de izquierdas en el nuevo milenio? En
los inicios del siglo XXI, la socialdemocracia se enfrenta a una sociedad
que se encuentra en profunda transformación donde está habiendo importantes
cambios económicos, sociales y políticos. Las clásicas políticas keynesianas
y de Estado de bienestar están en crisis, mostrándose ineficaces para
hacer frente a los nuevos retos surgidos en esta nueva época. Esto genera
tensiones que provocan disputas en el seno de los diferentes partidos
socialdemócratas lo que en algunos casos, ha provocado retrocesos electorales
y pérdida de influencia social. Entre estos cambios que han descolocado
a gran parte de la socialdemocracia, podríamos destacar los siguientes:
-
La globalización de los mercados financieros
y de los mercados de bienes y servicios limitan el ámbito de actuación
y la capacidad de influencia de los gobiernos nacionales en materias
clave como política monetaria, fiscal y comercial.
-
Los cambios demográficos, el envejecimiento
de las sociedades europeas y la aparición de nuevas formas de pobreza,
obliga a los gobiernos a reformar sus sistemas de bienestar, diseñados
para sociedades industriales y no para la actual sociedad de la información,
marcada por la globalización económica.
-
El alto endeudamiento de los Estados
y el cumplimiento en el ámbito europeo de los criterios fijados en Maastricht
restringen el margen de maniobra de sus gobiernos en
ámbitos como política social, lo que obliga a la nueva izquierda a buscar
nuevos campos de diferenciación con respecto a la derecha.
-
La variedad del tejido social, la individualización
de la sociedad, la pluralización de los valores, los cambios de actitudes
y hábitos, obligan a la socialdemocracia a redefinir su mensaje, en
aras a ilusionar a una sociedad, que se identifica cada vez menos con
las ideologías tradicionales y quiere que la política solucione sus
problemas reales por encima de cualquier dogma ideológico. Estos cambios obligan a la socialdemocracia a modernizar y adaptar sus programas,
políticas y su estilo de gobierno, para que, desde un enfoque progresista,
se contribuya a afrontar y resolver los grandes retos que se definen
en el umbral de esta nueva época. La socialdemocracia debe dar respuestas
genuinas que le permitan transformar la sociedad desde las instituciones
públicas. Para ello, tiene que contribuir a la legitimación del poder
público, que tiene que venir dado, de su capacidad de responder y dar
solución a los problemas reales que se plantean al ciudadano en la nueva
coyuntura sociopolítica. En este quehacer, podríamos definir las siguientes
prioridades:
La socialdemocracia
debe apoyar un desarrollo de una economía global que no solamente no
esté reñido con un mayor progreso global, sino que lo posibilite. Valores
cuya vigencia es ajena al tiempo, tales como la solidaridad, la igualdad
y la libertad deben preservarse en este nuevo contexto económico y para
ello la socialdemocracia debe ser su principal defensor. Y esto no quiere
decir que no le deban interesar el crecimiento económico, la eficiencia
y los equilibrios macroeconómicos. En definitiva, el objetivo sería
contribuir a que se cree un escenario donde el Estado eficiente debe
jugar un papel clave, donde el crecimiento económico vaya de la mano
de una mayor justicia social. Vivimos
en una sociedad donde cada vez más se tiende a identificar y confundir
al mercado con la sociedad, al consumidor con el ciudadano. Consecuencia
de ello son las mayores diferencias sociales dentro de una misma sociedad
y el debilitamiento de la sociedad civil, entendida como un espacio
que une la virtud del sector privado la libertad-, con la virtud
del sector público la preocupación por el bien común. Una sociedad
democrática debe definir qué bienes y servicios no satisfechos por el
mercado, deben ser cubiertos para toda la sociedad a partir de bienes
públicos, respondiendo a una realidad que nos define diferentes ante
el mercado e iguales ante el Estado. Los
principales desafíos a los que el nuevo milenio debe hacer frente en
un entorno económico global como el actual, son los siguientes: -
El mantenimiento de la integridad y dignidad del ser humano debe ser
el principio y el fin, lo que no quiere decir que no se compatibilicen
el desarrollo de políticas sociales y de bienestar con adecuadas políticas
macroeconómicas que fomenten el crecimiento económico. -
No podemos rechazar la globalización en si misma, sino el hecho de una
globalización sin ley, no sujeta a normativa nacional o internacional
alguna y por tanto abandonada a su capricho especulativo. La misión
de la socialdemocracia es controlar la globalización y legislar y regular
democráticamente los conflictos que de ella se derivan. -
La globalización permite visualizar los diferentes ritmos a los que
caminan la política y la economía. La política se está adaptando mal
y tarde a los vertiginosos cambios económicos lo que trae consecuencias
sociales desastrosas. En estas circunstancias, el control democrático
se ha vuelto difícil, pero ello mismo obliga a
combatir las distorsiones del mercado en la distribución de la riqueza
y accesos a recursos, a contribuir a un mercado más solidario, a defender
el medio ambiente frente a los intereses de las grandes empresas, a
gestionar eficazmente el uso y disfrute de los bienes públicos, en definitiva,
el Estado debe preservar el bien común al mismo tiempo que se adapta
a las cambiantes coyunturas económicas. -
Favorecer el predominio de la sociedad civil sobre el mercado, es decir
promover la figura del ciudadano sobre el consumidor. Se trata como
afirman algunos dirigentes socialdemócratas europeos de estar
a favor de una economía de mercado pero no de una sociedad de mercado.
El mercado y la política no deben olvidar que una de sus funciones principales
es apoyarse mutuamente. - El Estado además
de velar por el funcionamiento eficiente y sostenible en términos sociales
de los mercados, debe encargarse de asegurar un reparto justo del bienestar
que genera el desarrollo de las nuevas tecnologías de la información,
como Internet. Como en alguna ocasión ha comentado el ex presidente
norteamericano Bill Clinton , refiriéndose a la
necesidad de hacer más esfuerzos para reducir las desigualdades a nivel
mundial en materia de educación, "si hasta el pueblo más pobre
obtiene un ordenador, una impresora y acceso a Internet, tendrá abiertas
las puertas a la Enciclopedia Británica y con ella a la cultura", -
La socialdemocracia debe realizar las reformas necesarias que permitan
al Estado ser el actor principal y dinamizador en áreas claves como
la sanidad, el empleo, el transporte y la educación. No podemos dejar
que el Estado se convierta en un mero receptor pasivo de las víctimas
de los desequilibrios y reajustes de los mercados. El Estado debe favorecer
como principio fundamental, la igualdad de oportunidades, que en la
práctica supone el mejor programa preventivo de redistribución de la
riqueza. La desigualdad de oportunidades genera diferencias significativas
e irreconciliables en el reparto de la riqueza. -
.La socialdemocracia debe dinamizar el mercado laboral mediante por
un lado generando mayores inversiones públicas y por
otro lado, llevando a cabo reformas laborales que consideren no sólo
la flexibilidad de las empresas, sino también la de los trabajadores.
La flexibilidad y la movilidad son conceptos que se van a convertir
en inherentes a las carreras profesionales de los trabajadores. Debe
asimismo definirse a favor de políticas que fomenten la movilidad de
empleo, dentro de un marco regulador que preserve la no creación bajo
este principio de empleo barato y precario. Esto implica contar con
sistemas de educación y formación continuos que permitan el reciclaje
de los trabajadores y del establecimiento de un sueldo mínimo digno
y superior al imperante en la mayor parte de los países occidentales.
Esto exige que los sindicatos, empresarios y el gobierno colaboren y
faciliten la innovación tecnológica dentro y fuera del trabajo, en caso
contrario, llevarán a los trabajadores al fracaso. -
El futuro de los partidos socialdemócratas va ir unido a la capacidad
de renovación y transformación de la realidad cambiante, sin que ello
suponga sacrificar valores de igualdad (lo que no implica igualitarismo)
y de libertad. Mientras que para el capitalismo, no hay más razones
que las que la economía entiende, para la democracia los valores prioritarios
son los del consenso político. En el compromiso entre ambos, la socialdemocracia
es el espacio político en el se prioriza la defensa de los intereses
de los más débiles de la sociedad., donde se lucha por una mayor humanización
de la economía y de la sociedad. 2.
Fomentar la creación de una comunidad internacional real que deje atrás
las políticas frentistas y de bloques. Esto exigiría el desarrollo de una
especie de mundialización democrática en contraposición
a una globalización abstracta no sometida a ley alguna. Hay
que apostar por el fortalecimiento y creación de instituciones que tengan
capacidad de regulación trasnacional. Esto no supone minusvalorar el
papel de los gobiernos locales y regionales. No se puede esperar que
la economía global resuelva nuestros problemas, sin instituciones adecuadas.
Es más, en el desarrollo de políticas sociales que hagan frente a los
nuevos problemas derivados de la globalización, el papel del Gobierno
local es vital ya que es el que más cerca se encuentra del ciudadano
y a su problemática diaria, convirtiéndose en la principal institución
correctora de los principales conflictos sociales que genera la globalización.
El desarrollo de la idea de gobierno transnacional, nos debería permitir
avanzar en un ideal de democracia global cosmopolita, tal
como denomina David Held
[1]
. En este sentido, veo especialmente importante considerar
a la Unión Europea como un intento importante en el desarrollo de esta
idea y un espacio estratégico vital para las políticas socialdemócratas.
Hasta el momento, no se han desarrollado acciones concretas y creíbles
de coordinar las políticas fiscales y sociales que estimulen el crecimiento
económico, el empleo y la justicia social de una manera armonizada.
Por tanto la socialdemocracia tiene como reto fundamental insistir en
la necesidad de un ordenamiento político internacional que fomente la
universalización de valores como la democracia, la libertad individual
y colectiva, y que obligue a una justa distribución de la riqueza. 3. Adaptarse al carácter
multicultural cada vez mayor de nuestra sociedad. La llegada masiva
de inmigrantes exige la aceptación de definiciones culturales, y religiosas
mixtas. El mismo mantenimiento del Estado de Bienestar, en contra de
lo que piensan algunos, depende en gran medida de la llegada de extranjeros.
La integración social y el respeto
a la diversidad étnica, cultural y religiosa, fortalecen la democracia,
flexibilizan la economía y fomentan el intercambio de ideas y conocimientos. No se debe permitir
que se cumplan los oscuros augurios de quienes, como Samuel Huntington
[2]
o el mismo Jose María Aznar
[3]
estiman como sustituto al conflicto Este-Oeste, ya
no existente, el de choque de civilizaciones. La socialdemocracia debe
jugar un papel clave para lograr que la integración entre lo propio
y los aportes inmigrantes se realice, contribuyendo a crear una idea
positiva y cosmopolita de la nación. 4. Contribuir al fortalecimiento de la democracia, teniendo una posición clara
de rechazo hacia las ideologías populistas y totalitarias. La globalización, el miedo a la competencia laboral procedente de países extranjeros,
la no adaptación a nuevas formas de relación social y las dificultades
en el mantenimiento del tradicional Estado de bienestar originan entre
otros factores, y tanto en Europa como en América, populismos y apoyos
sociales significativos a viejos totalitarismos. Estas ideologías buscan
parte de sus seguidores en una izquierda que no sabido adaptarse a los
nuevos tiempos, que no ha asumido las transformaciones habidas en la
sociedad y que se encuentra desorientada e insegura entre la adaptación
que le recomienda el pensamiento único y la negación del sistema. En Europa, la ultraderecha de Le Pen y Haider obtienen votos y activistas procedentes de votantes
desencantados con unos políticos que parecen ajenos a su problemática
diaria y que no han sabido dar respuestas adecuadas a los nuevos conflictos
derivados de la globalización. Como pueden ser en el caso francés, el
incremento de la inseguridad ciudadana y de la precariedad laboral que
se achaca a la llegada de los inmigrantes. En Suramérica, destaca la figura populista de Chávez en Venezuela que ha emergido
gracias a la crisis sufrida por la democracia representativa, motivada
por el establecimiento de un sistema clientelista
y corrupto. El beneficiario de la corrupción de los partidos
tradicionales ha resultado ser un político excéntrico, populista y que
se muestra ajeno a valores democráticos básicos como pueden ser la libertad
de expresión y manifestación, como así lo atestiguan los representantes
del Gobierno Vasco en ese país hermano. En
general los populismos y las ideologías totalitarias, tal y como lo
hicieron el nazismo y el marxismo-leninismo, viven en gran medida de
las crisis de las instituciones políticas tradicionales debilitadas
por la incapacidad de los gobiernos de dar soluciones concretas a los
problemas de una ciudadanía, que ve como las viejas formas de actuación
política no se muestran eficaces. Los
Estados y los sistemas políticos no se pueden permitir el lujo de dar
la impresión de no poder hacer nada frente a unos problemas sobre los
que en realidad disponen de ingentes recursos y posibilidades para intervenir
y darles adecuada respuesta. La
izquierda y la derecha clásicas
se encuentran en crisis, resultando cada vez más difícil diferenciar
entre las políticas de unos y de otros, lo que convierte a la
política en una lucha de intereses, en una mera batalla por lograr la
poltrona, donde las ideologías tienen un papel secundario. Esto es nefasto
para la democracia y es la sensación que gran parte de la población
tiene. Especialmente
en Europa y en Latinoamérica, la vieja izquierda, rehén de antiguas
ideas totalitarias y de defensa del papel del estado como actor central
de la sociedad y la economía, se ha quedado ideológicamente descolocada
tras la caída del régimen soviético. Por otro lado, la derecha tradicional
se muestra, asimismo, sin la necesaria cintura política para afrontar
los conflictos socio-políticos derivados de la globalización. La
capacidad de integración social de los sistemas políticos se ve minada
por la creciente existencia de desigualdades sociales y por la exclusión
de un segmento significativo de la población de la economía activa.
Grandes segmentos de población no se sientes representados y defendidos
por los políticos. Las pugnas políticas parece que tienen su origen
más en la lucha por el monopolio en la vida política que en diferencias
programáticas reales, encontrándose la política recluida en un centro
cada vez más estrecho, Es
necesario que la vida política vuelva a polarizarse, que se pongan sobre
la mesa programas que representen alternativas reales y diferentes.
Tanto en Europa como en Latinoamérica y en lo más cercano a nosotros,
en Euskal Herria,
puede ocurrir que el deterioro o la desintegración de los centros políticos,
haga que surjan y rebroten movimientos populistas y totalitarios que
deterioren la democracia. Una reformulación realista y ambiciosa de la socialdemocracia, que afronte
los retos del futuro con flexibilidad e imaginación, es la mejor vacuna
contra estos movimientos y la mejor garantía de adaptación a las oportunidades
y solución a los conflictos que la globalización conlleva. En el ámbito
nacional, la influencia social que puedan ejercer los partidos abertzales
en un futuro próximo va a estar en buena parte marcado por la mayor
o menor asimilación de estas ideas renovadoras.
Telmo
Agirre-Miramon
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