Artxibo rtf
(31 - 2004ko Maiatza)

Sobre el nuevo ciclo político

Las elecciones del 14 de marzo cierran y abren un nuevo ciclo político. Ese ciclo político se abrió con las elecciones del 13 de mayo del 2001 en la CAV. Fue el primer golpe a la política de rodillo de la mayoría absoluta del PP. La igualación entre el nacionalismo y ETA, que era una operación que ya podía atisbarse a comienzos de los 80 pero que, sobre todo, a partir del tremendo error de Lizarra-Garazi, tenía una especial virulencia, fue el factor que permitió al saliente partido del gobierno mantener alta la olla a presión de la política ya no vasca sino española, de tal manea que el clamor ensordecedor de los medios de comunicación hurtaba toda posibilidad de claridad.

La estrategia señalamiento del enemigo interno, en este caso un lehendakari en la posesión de su cargo y unos partidos legales, se quebró contra las elecciones autonómicas vascas, pero, persistió sin cambio alguno en los años posteriores. El gobierno del PP calibró, de forma errónea, el potencial deseo de cambio que se gestaba bajo la intensa utilización de los recursos mediáticos, y fió todo a que la tambaleante política del PSOE lo dejara sin rival. Pero del mismo modo que esa campaña tuvo efectos contraproducentes sobre el electorado vasco, el PP no interpretó bien su fracaso parcial en las elecciones municipales y siguió en la misma política. Hasta que las bombas de Madrid le hicieron dar el traspié definitivo: atrapado en su estrategia de utilización demagógica del factor de la violencia, y bajo los efectos del nerviosismo de la pérdida de mayoría absoluta que ya se mascaba en la campaña electoral, el PP propició la energía de una reacción del electorado español que le ha sumido en el escarnio nacional e internacional.

Todo esto ocurre en un momento donde los cambios dentro del nacionalismo toman forma de una disputa interna que no sabemos bien a donde va a parar. Parece que la victoria de Josu Jon Imaz en las elecciones del PNV puede ser bastante definitiva, aunque la gresca prosigue su curso con inquietantes paralelismos con la crisis que rompió al partido en 1986. Y dentro de Eusko Alkartasuna los renovadores y los oficialistas persisten en su pulso. En todo esto tiene una importancia capital el papel del nacionalismo respecto al MLNV y respecto a su propia identidad: todavía es fuerte, dentro del nacionalismo, el aliento de aquellos que pretenden establecer relaciones de familia con el MLNV y que prescinden de que el electorado y la sociología nacionalista ha cambiado desde los 80. Estamos, pues, contemplando una transición que tiene que ver con la estrategia, con la ideología y con la propia forma de organización, transición que quedó incompleta en la crisis de la escisión del PNV, cuyos principales pivotes son la cuestión de la relación con el MLNV y las formas de dirimir las disputas internas. Ya es hora de que en los partidos nacionalistas el recurso al trauma y la purga, que se vislumbra en esas disputas, se retire de forma definitiva y que puedan convivir las diferentes sensibilidades de un movimiento tan amplio. Y no es menos importante conjurar los fantasmas del acercamiento al MLNV, motivo de las desdichas y del desprestigio del nacionalismo en muchos sectores sociales, en Euskadi, España y el mundo.

El Plan del Gobierno Vasco otorga al nacionalismo un bagaje de perspectiva y de centralidad que no puede destruirse por que algunos líderes no superan problemas de identidad que la realidad ha dejado sin objeto. Y la posibilidad de propiciar un renovado pacto político es el activo más importante que puede tener el nacionalismo para los próximos tiempos. No olvidemos que ha sido el nacionalismo vasco quien primero ha lanzado a la cara del maximalismo del PP la necesidad de una reforma autonómica, y que por esa vía, mediante el pacto del PSC y ERC, se ha abierto la posibilidad ya para todo el estado español de una nueva política y alternativa. Sería desastroso que este camino que está bien trazado y que culminará en las próximas elecciones autonómicas vascas sea borrado por la incapacidad de un nacionalismo entregado a procesos de depuración interna. Y sería también desastroso que EA reeditara en la práctica su intención de ir en solitario en las elecciones autonómicas, algo que el electorado nacionalista, en esas circunstancias, no entendería. Desde una perspectiva nacionalista, la cuestión de principios reside en demostrar que la sociedad vasca está dispuesta a avalar la apuesta que supone el Plan de Gobierno Vasco. Otro tipo de posturas, por mucho que se vendan como más exigentes en las reivindicaciones nacionales, sólo servirán para quebrar ese clamor nacionalista que hizo su aparición el 13 de mayo.

En este contexto, la postura del PSOE es plural, y sigue sometida a múltiples contradicciones. Todavía es fuerte el sector que propició la política de acomplejamiento y de seguidismo al PP, y están activas, aunque un poco apagadas, las plataformas cívicas que hacían de portavoces civiles de esa política. No olvidemos tampoco que el origen intelectual de gran parte de la ofensiva ideológica en contra del nacionalismo parte del PSOE. El compromiso con la reforma del estatuto catalán, que ahora parece que se extiende también al estatuto vasco, marcó, sin embargo, un cambio de rumbo real y a ese cambio ha votado la ciudadanía española. Lo que está claro es que la transversalidad es mucho más necesaria en Euskadi que en Catalunya y que es el primer paso para atajar de forma definitiva el ámbito de reproducción de la estrategia de la violencia de ETA.

Finalmente, el MLNV está en horas bajas, pero no para de crear iniciativas, como Nazio Eztabaidagunea, para poder agarrarse a una nueva champa política. El atentado de Madrid deja ciertamente fuera de juego a ETA, ridiculizando su determinación de llevar adelante la lucha armada y rebajando la capacidad de modificación de la realidad de la misma. Lo que, por otra parte, rebaja en gran medida todo el efecto de una nueva tregua táctica. El MLNV depende en estos momentos más que nunca de los errores que puedan cometer sus enemigos políticos, en este caso el nacionalismo vasco. Y las circunstancias le ayudan en tanto que las tendencias favorables a reeditar un acuerdo parecido al de Lizarra-Garazi son fuertes dentro de EA y de PNV, y muestran signos de que están dispuestas a pasar por encima de su propio proyecto político, el Plan del Gobierno Vasco, para tratar de plantear un frente común con Batasuna o Aralar o con ambos. Las declaraciones de Gazte Abertzaleak y los movimientos egibarianos dentro del PNV dan buena cuenta de ello, de que la propia interpretación del Plan de Gobierno se subordina a la capacidad de crear acuerdos con el MLNV; y aquí una tregua por parte de ETA (que significaría hacer de la necesidad virtud, dada su actual imposibilidad operativa y la competencia del hermano mayor del terrorismo de Al Quaeda) tenga la capacidad de obnubilar la mente de muchos líderes nacionalistas, que no piensan prioritariamente en la clave de que en Euskadi haya un pacto político renovado. En estos momentos, el activo más importante para la estrategia del MLNV, de ir ganando terreno político mediante el señuelo de la tregua y de la pacificación, se encuentra en la división del nacionalismo vasco. Y es paradójica la situación de que ello ocurra justo cuando el mayor obstáculo para las reivindicaciones nacionalistas, el PP, se ha quitado de en medio y cuando el MLNV está en horas muy bajas. Esperemos que el nacionalismo no falle en el último momento por la política de golpes de efecto tan querida a la izquierda revolucionaria vasca.

Nos encontramos en un nuevo ciclo político y bajo el efecto del cambio social que ya se anunciaba el 13 de mayo de 2001 y que se completa con las elecciones catalanas y con estas últimas elecciones estatales. Es de esperar que los políticos estén a la altura de la petición de cambio que la ciudadanía ha mostrado de forma rotunda.

Imanol Lizarralde