Artxibo rtf
(32 - 2004ko Uztaila)

LAS OPCIONES DE ETA

-TREGUA, TERROR O ‘LARGA MARCHA’-

Un año sin muertes. Se ha cumplido un año desde que ETA pudo cometer su último asesinato. La efeméride se ha recordado con evidente alivio y esperanza. Esta ‘celebración’ –si se puede aceptar esta expresión- ha propiciado múltiples opiniones acerca de la adecuación de la lucha armada al ‘tempo’ político y también diferentes valoraciones sobre la capacidad de fuego de ETA y sobre el daño que las medidas antiterroristas han provocado en la dinámica de la organización. Se han reavivado incluso las cíclicas especulaciones en torno a una posible declaración de tregua.

Sin embargo, no es necesario poner en cuestión que todos o algunos de esos factores hayan podido ser determinantes en la inacción de ETA para entender que ninguno de ellos es el factor decisivo de su actual flaqueza orgánica.

Se podría alegar que para matar lo único decisivo es la disposición del criminal. Y que, por tanto, la detención a tiempo de activistas decididos a ejecutar las instrucciones de la organización terrorista es lo que sería más definitivo a la hora de entender este año de incapacidad de ETA. Pero, mi tesis es otra. A menudo no tenemos en cuenta que los crímenes de ETA son de estrategia y que la violencia que practica se inscribe en el marco de la llamada ‘guerra popular’, sobre la que se despliega un guión de contestación al sistema con un programa de acción revolucionario, de ruptura radical con el aludido sistema.

¿Qué es la ‘guerra popular’? La ‘guerra popular’, que en Euskadi es ‘herri borroka’, es una unidad entre dos términos –guerra y pueblo- siempre en tensión dialéctica. El término principal de la ‘guerra popular’ es el apoyo popular que se conduce a través del acierto con el que el programa revolucionario integra las necesidades sociales y populares en el combate. Desde esta posición de ‘integración popular’, se trata de quebrantar el ‘status’, ayudar al desorden, agravar los conflictos, buscar la mayoría, aplastar uno por uno a los enemigos. Por su parte, el alcance del término ‘guerra’ no conoce límite. La guerra es total y continua, sin restricción apriorística de espacio y tiempo, y en su favor se disponen todos los medios. Desde el ejercicio de la violencia (atentados de ETA, Kale Borroka,...) e iniciativas pacíficas, acciones legales e ilegales, actividades institucionales y plataformas extrainstitucionales, cada modalidad responde a normas y principios axiales diversos y contradictorios. En este elenco de medios, la violencia ejerce una polaridad significativa respecto del movimiento, ya que garantiza la radicalidad del antagonismo, y previene la disolución de la disidencia revolucionaria en el sistema.

Si algo demuestra la historia del MLNV es que el éxito no llega con la sola ayuda de las ‘tablas del socialismo’, con el puro voluntarismo revolucionario ni con la deriva del activismo terrorista. El cuerpo de la ‘guerra popular’ ha de realizar permanentemente la gimnasia del movimiento de masas para mantenerse en la forma adecuada. Así ha sido la ’guerra popular’ de ETA: la ‘guerra popular’ que sentó al Estado en Argel, la que organizó focos de contra-poder con Oldartzen y la que controló la agenda política vasca con Lizarra.

Que la detención de miembros de ETA ha evitado crímenes es, de por sí, evidente. Pero, sostengo que no es el factor concluyente de su inacción y debilidad. Últimamente, además, ha transcendido que se ha reiniciado el reclutamiento de decenas de jóvenes entrenados en las acciones de Kale Borroka que sustituirían con suficiencia las caídas de comandos de los últimos meses. Tampoco está muy claro que a ETA le apriete la situación de su economía. Si recurrimos al espeluznante testimonio de Loretta Napoleoni, la economía del terror nunca ha tenido tantas oportunidades de desarrollo como ahora ("la globalización ha proporcionado a la delincuencia organizada y a los grupos armados la oportunidad de construir y compartir infraestructuras económicas internacionales" -‘Cómo se financia el terrorismo en la nueva economía’ -2004). Sin embargo, la capacidad de crear infraestructura, cuyo vigor y eficacia tiene relación intrínseca con el componente de apoyo y simpatía ‘popular’, se ha reducido muy significativamente al menos en el ámbito vasco.

La crisis de ETA. Realmente, la debilidad esencial de ETA procede de su actual insolvencia a la hora de conectar con el sentido popular. Este es el factor decisivo de la debilitación orgánica de ETA: su programa pierde progresivamente apoyo popular y su expresión política más genuina –el antagonismo- comienza a ser desplazada de la centralidad. En realidad, se trata de incapacidad a la hora de dirigir la ‘guerra popular’, a la hora de articular este complejo engranaje de lucha revolucionaria sin que se le vaya de las manos. Cuando centrífuga la ‘guerra popular’, el pueblo puede abominar de la guerra o la guerra puede deslizarse hasta acabar en terror contra el mismo pueblo o ambas cosas a la vez. En todo estos casos, cuando la ‘guerra popular’ fracasa, la alternativa es reiniciarla y la tentación abandonarla.

No todos en ETA reconocen la crisis (en este análisis del debate interno en la organización me guío por el Zutabe 100, de abril de 2003). Una buena parte de sus miembros son ‘conservadores’ y prefieren dejar las cosas como están, con muy pocos cambios. Pero, la mayoría cree necesario afrontar el debate, aunque con puntos vista diversos. Conocer estos puntos de vista nos va a resultar muy útil para conocer en qué puede cambiar ETA y hacia dónde puede dirigir sus pasos de optar por resolver cambiar de línea estratégica.

Entre los que sostienen que algo sustancial tiene que cambiar en ETA, hay tres tipos de planteamientos:

    • Los que creen que hay que ‘dejarse de politiquerías y rompiendo algunos tabúes desean acelerar el conflicto’. Sería el sector que querría acentuar la vertiente terrorista de la organización, cambiando cualitativamente la tipología de los atentados para poder incrementar las dosis de terror e intimidación, buscando el fracaso de las respuestas convencionales del sistema y la rendición moral de la sociedad. Entre ‘guerra’ y ‘pueblo’, podrían descuidar al ‘pueblo’ para optar por la variable ‘más guerra’. Este sector, en su tesis de romper moldes, apunta a una deriva de terrorismo sin límites, proclive a la experiencia de terrorismos tipo ‘yihad’.
    • Los que creen que ‘el ciclo de la lucha armada está acabado’. Sería el sector que, basado en el elocuente rechazo popular a la violencia de ETA, plantea capitalizar un cese controlado de la violencia mediante un proceso similar al nor-irlandés. En el otro extremo del péndulo, subrayar lo ‘popular’ les llevaría a proponer algún tipo de ‘tregua supervisada’, cancelando las acciones armadas sin perder capacidad de amenaza o de retorno a la ‘guerra’.
    • Los que creen que hay que reiniciar la lucha, ‘adecuando la acción política y armada ante la emergencia de un nuevo ciclo’. Esta respuesta busca ganar el tiempo, concebir la estrategia desde la larga duración, sin sucumbir a las angustias que las urgencias o el curso inmediato de los acontecimientos podrían crear en el debate de ETA. Por utilizar una analogía maoísta, son los partidarios de la ‘larga marcha’. De esta manera, paso a paso, se trataría de lograr recomponer la ‘guerra popular’ desde sus dos términos (integrando siempre ‘guerra’ con ‘pueblo’, sin voluntarismo terrorista ni oportunismo populista; Bietan Jarrai, como dice el lema originario), afrontar sus contradicciones, replegarse a bases seguras sin renunciar a las razones de la lucha, identificar al pueblo y sus enemigos, buscar el apoyo popular y extender el espíritu de rebelión mediante la ‘línea de masas’ que, según la experiencia leninista, "engendra constantemente nuevos y cada vez más diversos métodos de defensa y ataque" (VI Lenin. ‘La guerra de guerrillas’ -1906).

Este cuadro mediante el que representamos la situación interna de ETA no da pié a ‘triunfalismos’. El germen del sectarismo subsiste, la apuesta por la continuidad de la violencia es evidente, la cuestión que se discute es cuál es la vía. Que ETA mutará parece obvio, la disyuntiva es hacia dónde realizará la transición. No está el horno vasco para treguas a la irlandesa. Para que esta opción funcione, ETA debería tener una capacidad de disuasión que hoy no tiene. Además, el riesgo a afrontar sería muy alto, la ‘lucha armada’ podría terminar perdiendo sentido. Descartada por tanto ésta, sólo quedan dos opciones que, además, pueden no ser incompatibles: la ‘yihad’ vasca y la ‘larga marcha’. En principio, las dos apuestan a plazo diferente. Aunque, vista la disposición histórica de ETA a resolver sus querellas estratégicas dejando que se desenvuelvan las diferentes posiciones a través de la experiencia, no debiera extrañar la decisión que en esta inconclusa crisis ha adoptado y que reproduce el ZUTABE 100. Ratificada la vía armada como referente de la lucha, incapaz de finalizar el debate con conclusiones más precisas, ETA encomienda a la práctica la misión de ‘instruir y clarificar’ la naturaleza de ‘lucha armada’ para este nuevo periodo. En un tiempo en que el terrorismo desprecia todo tipo de límites, en el que se imponen las acciones espectaculares y de alta capacidad destructiva, sólo imaginar lo que ‘la práctica’ puede instruir a ETA produce verdadera inquietud y alarma.

¿Es eficaz el anti-terrorismo?. El combate contra la ‘guerra popular’ de ETA requiere, por supuesto, un enfoque anti-terrorista. Pero, la derrota del terrorismo no vendrá sólo del acierto del anti-terrorismo. El anti-terrorismo puede combatir con eficacia puntual el aspecto ‘guerra’ de la estrategia guerra-populista. Pero el alimento básico para la ‘guerra popular’ es el apoyo social e implica también la puesta en escena de un diverso espectro de expresiones de lucha no relacionadas con la ‘violencia ilegítima’. Si no se quiere fomentar aquel apoyo, hay que neutralizar cada una de estas últimas con medios adecuados a su naturaleza y democráticamente proporcionados.

Sin hacer concesiones al terrorismo, la mejor respuesta al terrorismo de ETA emanará en último término de la confianza en los principios democráticos, de comprender la madurez democrática del pueblo vasco. La debilidad de ETA es el desafecto popular a sus tesis y medios. No hay peor cosa para la ‘guerra popular’, por lo tanto, que el repudio del pueblo, que ve posible la satisfacción de sus necesidades por otros medios.

En este sentido, el ‘Plan Ibarretxe’ ha tenido un valor extraordinario. El plan ha buscado arrancar los ‘antagonismos’ del centro de la política vasca y sustituirlos por las ideas de ‘convivencia plural’ y ‘autogobierno’. El lehendakari ha gestionado el proceso con firmeza, asumiendo el riesgo de parecer intransigente al no asumir concesiones a la hora de colocar la materialización de esos objetivos entre las prioridades de la agenda política. Como consecuencia, se ha creado en primer lugar un gran debate político, no exento de agudas tensiones, y una expectación popular que ha abierto la esperanza de que es posible invertir la tendencia de mutuo desgaste y crisis creciente que caracterizaba a la política vasca y, a la vez, se ha contribuido a arrinconar a ETA del escenario inhabilitándola para el desarrollo de cualquier tipo de influencia política.

Ante esta situación, a todos nos corresponde la responsabilidad de facilitar la cooperación entre las diversas opciones políticas que abra una nueva etapa. Cooperación necesaria, en principio, para apartar de una vez por todas la violencia de nuestras vidas y de nuestro país. Todos tenemos, asimismo, mucho que aportar a la tarea de cómo concebir una comunidad política que, sobre todas las decisiones democráticas que hemos adoptado desde la aprobación del Estatuto en 1979, construya una nueva convivencia de sectores sociales no homogéneos; que ante los mismos problemas vitales realizamos opciones muy diferentes, que respondemos a identidades plurales, que apostamos por valores y modelos sociales divergentes, pero que coincidimos en el deseo de compartir nuestro futuro político, sin tutelas aunque sin renunciar a nuestras obligaciones solidarias, con un autogobierno que responda a nuestra voluntad democrática. No nos jugamos poco: la legitimidad real de ese nuevo escenario que deseamos dependerá sin duda del acierto con el que hayamos resuelto los problemas que han dividido históricamente a nuestra sociedad.

 

Joxan Rekondo