Artxibo rtf
(32 - 2004ko Uztaila)

John Gray, Al Qaeda y lo que significa ser moderno

Paidos, Barcelona, 2004.

 

El libro de John Gray hace un esfuerzo de síntesis de determinadas áreas del pensamiento que pocas veces suelen unificarse. Es, en parte, una prolongación de su duelo con las diferentes escuelas filosóficas de la modernidad, es otro ensayo de sus definiciones de lo que es lo moderno y, en último lugar, es un intento de incrustar el fenómeno del terrorismo internacional, representado por Al Qaeda, dentro de ese cuadro y dentro de la evolución económica y política del mundo desde el inicio de la tercera revolución industrial y la caída del socialismo real en el Este. Es un ensayo ambicioso que seguramente no dejará contentos a ninguno de los especialistas de los temas que el autor enlaza. Para el lector interesado representa una oportunidad de acceder a un texto vigoroso y claro, con ese realismo y atención al dato tan común entre los tratadistas anglosajones, escrito desde un punto de vista subjetivo (el de la escuela filosófica del propio Gray) pero con un valor de concreción notable.

John Gray es un apocalíptico contemporáneo, un discípulo de la escuela pesimista-panteista de Schopenhauer, discípulo también de Isaiah Berlin y de la gran tradición anglosajona del liberalismo político (que de forma paradójica se opone en gran medida al liberalismo económico, también anglosajón). Es comparable a otros filósofos, como el australiano Peter Singer, que tratan de conjugar el pensamiento ético con el neodarwinismo. Hay en el fondo una profunda crítica a la modernidad y la ciencia, desde una perspectiva moderna y científica. Para Gray, que mira los problemas a escala mundial (entendido el hombre como un animal más, entendido el mundo como el ecosistema plagado por esa "especie humana")las principales cuestiones son la de la superpoblación y la de la escasez de recursos. Sobre estos dos pilares gravitan sus preocupaciones.

No vamos a tratar, en esta breve reseña, los aspectos centrales de la filosofía de Gray, suficientemente claros en un libro anterior, Perros de paja. Más bien nos centraremos en los tres aspectos ya citados que nos atañen desde una perspectiva más política: la genealogía de la modernidad, el diagnóstico de la historia última, y Al Qaeda como uno de sus frutos.

Para John Gray todo comienza con el positivismo. Son el duque de Saint-Simon y Auguste Compte los responsables del desplazamiento de lo sagrado hacia lo político y lo social. Cristianos sin Cristo (o, mejor dicho, en palabras tomadas de T.H. Huxley promotores de "un catolicismo al que se le ha restado el cristianismo", p. 51), desplazan sus deseos de transcendencia de la propia biografía a la biografía del mundo. Para Gray la idea de Progreso es derivación directa de la idea de la redención cristiana. El error de estos pensadores, según Gray, se basa en la idea clásica de suponer que el avance tecnológico y social va paralelo con el avance de la ética o de los valores. La modernidad es, así, la refutación de esta idea: lo tecnológico es independiente de lo ético, y de la propia capacidad de supervivencia de la especie humana en tanto al horizonte con el cual topamos (la superpoblación y la escasez de recursos, sin contar con la posibilidad, cierta y a tener en cuenta, de la aniquilación total vía armas de destrucción masiva). El mundo técnico puede invertir, en cualquier momento, la idea de progreso, provocando la destrucción del mundo y de toda vida, humana, animal o vegetal.

John Gray es un pensador muy contrario a las alegrías mesiánicas, y en eso muestra claramente su doble filiación Schopenhaueriana y Berliniana (en tanto a que, junto con Popper, piensa que todo régimen político debe juzgarse desde la negatividad, desde una perspectiva de la restricción del poder, que es la base de su liberalismo político).

Por ello, la conclusión que hace de su disección de los padres de la modernidad y de la ilustración es contraria a lo que es ortodoxo entre los pensadores de la Europa continental: "Es un error pensar que quienes se oponen a los valores liberales son enemigos de la Ilustración. Abrazando la ciencia y la tecnología, tanto el comunismo soviético como el nazismo estuvieron animados por ambiciones que derivaban de la Ilustración. Y al mismo tiempo eran completamente antiliberales"(p. 28). Gray ataca, así, el monopolio de la Ilustración que pretenden detentar algunos pensadores, apelando al enemigo como si fuera algo externo a sus empalizadas (echando la culpa a los nacionalismos, a las fes religiosas... en definitiva, planteando que le problema es la falta modernidad y no la propia condición de la modernidad). Toca la llaga de la desresponsabilización de Occidente respecto a los males que le aquejan y afirma que es el propio pensamiento occidental el que crea su alter ego en diferentes encarnaciones como son el fascismo, el comunismo y finalmente, el terrorismo internacional representado por Al Qaeda.

La historia que nos cuenta Gray comienza con los albores de la tercera revolución industrial y la caída del Este. Para Gray el neoliberalismo representa otra forma de ortodoxia moderna, con grandes similitudes con el marxismo clásico en tanto a la confianza de este en determinadas formas de desarrollo del capitalismo. El neoliberalismo es, para Gray, otra forma de mesianismo neoilustrado: "Fue la doctrina positivista de que la eficiencia económica es mensurable en términos de productividad lo que dio al mercado libre la autoridad de la ciencia" (p. 71).

El neoliberalismo, de este modo, al igual que el marxismo, no es más otro programa de arreglar al mundo con una receta tecnológica y política. En este sentido, John Gray cita al economista austriaco Schumpeter y plantea la doble dinámica de creación y también de destrucción que se da en toda expansión de la productividad capitalista. La expansión económica de los noventa se basaba en la conciencia de la inagotabilidad de los recursos, en una perspectiva infinita de la economía. Gray plantea que tal cosa es imposible ya que vivimos en un mundo limitado y frente a una expansión, económica y demográfica, que amenaza con hundirnos. En definitiva, "los mercados financieros no son sistemas que se autorregulen. Tal como han mostrado Hyman Minsky y George Soros, son intrínsecamente inestables" (p. 74). En este sentido, fiel a su papel de vocero apocalíptico, Gray advierte del peligro de "una dislocación económica con ramificaciones geopolíticas" (p. 75). Y concluye: "la pauta seguida por el conflicto global se halla configurada por el crecimiento de la población, la reducción de los suministros energéticos y el irreversible cambio climático... estas fuerzas están cambiando la naturaleza de la guerra"(p. 101-102).

Todo esto constituye el marco del cual parte Gray para luego centrarse en Al Qaeda y en ese cambio de "la naturaleza de la guerra" de la que la organización terrorista es su máxima manifestación. Las raíces ideológicas de Al Qaeda se basan en teóricos islámicos occidentalizados en revulsión, típica de elite intelectual occidental, hacia la sociedad tecnológica y burguesa. La religión no es más que una "superestructura" un imaginario ad hoc, con la ventaja de encontrarse enraizada en la cultura de una parte muy importante del mundo, que se adapta a esas formas de revulsión y de organización, también de raíz occidental. Se trata pues de la última oleada que trata de romper con el principio establecido a mediados del siglo XVII de que los gobiernos mantienen el monopolio de la violencia (p. 104).

Estas oleadas tienen su comienzo en la violencia anarquista de fines del siglo XIX pero se van depurando y adquieren nuevas formas, como son la violencia anticolonial inmediatamente posterior a la 2 Guerra Mundial y la explosión de grupos terroristas derivada del mayo de 1968. La base ideológica de este uso de la guerra es revolucionaria, basada en una concepción de vanguardia política e ideológica. Nuestro autor denomina a ello "guerra no convencional" al establecer que es la guerra que no se da entre gobiernos, sino que se canaliza por otros sujetos, en este sentido, las organizaciones terroristas o los ejércitos revolucionarios que actúan sobre la base de "zonas liberadas" o los márgenes podridos del capitalismo de casino.

Y afirma: "La guerra no convencional que incluye entre sus objetivos al personal de los gobiernos y a las poblaciones civiles ha sido puesta en práctica en Vietnam, Angola, Malasia, Irlanda del Norte, el País Vasco, Sri Lanka, Israel o Argelia, así como en otros muchos lugares" (p. 105). La globalización neoliberal, según Gray, ha sido el vehículo perfecto para que se pudiera dar la globalización del delito, también en sus formas políticas, ya que ha colapsado el poder del estado en muchas partes del mundo con lo cual la capacidad de control sobre las redes criminales y político-militares ha bajado mucho: "es un hecho que cientos de millones de personas están viviendo en condiciones de seminanarquía" (p. 106).

En este sentido, Al Qaeda es particular por representar la primera manifestación de un terrorismo a escala global. Otros grupos terroristas se encontraban limitados por el espacio o por otros factores. Siendo su objetivo estratégico limitado ("el derrocamiento de la Casa Saudí" p. 109) sostiene Gray que "la lógica de sus objetivos estratégicos exige que su alcance tenga dimensiones mundiales" (p. 109). Ya que, "si Al Qaeda lograra su objetivo de derrocar al régimen saudí tendría acogotada a la economía estadounidense" (p. 126). Para los autores que Gray toma como referencia en su análisis, Malise Ruthven y Rohan Gunaratna, resulta claro que no es posible identificar al Islam tradicional, y ni siquiera a los dirigentes tradicionales del Islam, con la forma de terrorismo internacional que encarna Al Qaeda, porque: 1) el primer objetivo de este es derrocar el régimen tradicional, no sólo en Arabia Saudí; 2) porque este derrocamiento es un primer paso hacia una hegemonía global, donde el objetivo principal es la destrucción de la hegemonía americana y la implantación de un estado islámico mundial. La confusión de Islam y Al Qaeda, y regímenes tradicionales y Al Qaeda es uno de los factores que otorgan fuerza a este último. Sayyid Qutb, creador de los Hermanos Musulmanes e ideólogo fundamental del islamismo revolucionario, es citado como ejemplo de intelectual occidentalizado, con total rechazo de los EEUU, que convierte la política en religión (y en una forma de abducir la religión) y que plantea conclusiones ideológicas ("todo sistema que permita que unas personas gobiernen a otras ha de ser abolido" p. 40) de tipo radicalmente políticas y revolucionarias.

La forma de organización de Al Qaeda y sus raíces ideológicas son, según Gray, occidentales, basadas en "la idea de vanguardia revolucionaria –un concepto cuya filiación está más próxima a la ideología bolchevique que a cualquier fuente islámica-" (p. 113). En definitiva, afirma Gray que el fenómeno terrorista, como se muestra en Irlanda del Norte y en Euskadi, es muy difícil de eliminar por completo y que por tanto Al Qaeda tiene cuerda para rato. La "guerra no convencional", alcanza aquí una dimensión única, que presupone una organización en redes, una ubicación discontinua, la existencia efectiva de una "multinacional global" armada y equipada con lo mejorcito del mercado tecnológico, con capacidad de actuar desde Japón hasta Latinoamérica.

Para Gray, sin embargo, todo no termina aquí. "Es posible que el islam radical sea únicamente el primero de un cierto número de desafíos a la hegemonía estadounidense". En este sentido, "para mediados del presente siglo, China podría encontrarse en situación de desafiar la hegemonía estadounidense... Sería una insensatez descartar por poco realista la posibilidad de una guerra entre estas dos grandes potencias" (p. 138). Este libro, escrito en los prolegómenos de la intervención americana en Irak, se esfuerza en mostrar la debilidad de los EEUU en lo que se refiere a la economía y lo militar y a la precaria posibilidad que pueda seguir manteniéndose en la superioridad de esos dos ámbitos. Sus argumentos son convincentes.

El libro tiene la virtud de huir de las concepciones antropológicas y culturales y centrarse primordialmente en los métodos y en las formas de organización, que son las que unifican y crean analogías reales entre organizaciones y espacios históricos distintos en apariencia. Es una pena que no llegue a ahondar en la genealogía de la "guerra no convencional", que es derivación directa de la concepción de Guerra Popular que Mao Zedong convierte en algo común tras la 2 Guerra Mundial, como lo reconoce de modo implícito al señalar a Euskadi y Vietnam como ámbitos donde la "guerra no convencional" tiene lugar. Es también reseñable, por que casi nadie lo dice, las conversiones al Islam de personajes tan distintos en sus funciones y de ideología análoga como son el terrorista Carlos, el ex teórico del PC francés Roger Garaudy y, aquí mismo en Euskadi, algunos dirigentes y miembros del MLNV, compatibilizando el marxismo-leninismo con el islamismo. Está claro que en la lógica estricta, descrita por Gray, de disputa a los estados y gobiernos del monopolio de la violencia, el islamismo, como lo ha sido el nacionalismo, es una "superestructura" muy utilizable, para seguir alimentando en las personas y las sociedades la determinación de matar y morir. Tal determinación es mero instrumento al servicio de una concepción moderna de considerar "la historia como el preludio de un mundo nuevo. Todos están convencidos de que pueden reorganizar la condición humana. Si existe un único mito moderno es este" (p. 16). Y el instrumento para ello sigue siendo el de la "guerra no convencional" o "guerra popular", que ahora, gracias a Al Qaeda y a su particular síntesis de islamismo y guerra revolucionaria, alcanza una nueva escala y pone en medio de nuestra realidad la posibilidad de una catástrofe global.

Lander Solaguren