Artxibo rtf
(31 - 2004ko Maiatza)

Historiografía vasca: Joseba Arregi y el nuevo historicismo

El pasado 20 de diciembre Joseba Arregi publicó en el periódico El Diario Vasco uno de sus frecuentes artículos, dedicado en esta ocasión a la historia vasca. En su opinión gracias a la labor benemérita de un numeroso grupo de historiadores se ha producido un renovación radical y científica de la historia vasca y, gracias a la misma, «estamos en condiciones de tener una idea bastante cabal de la historia vasca, alejada de las distorsiones producidas por necesidades de justificación y legitimación políticas». Arregi, a continuación, desgrana los hitos fundamentales de ese supuesto nuevo conocimiento de la historia vasca y afirma que el «imaginario popular radicalmente opuesto a la realidad histórica» existente hoy en día entre muchos ciudadanos es consecuencia del intento de compatibilizar la participación cultural, económica y social en ámbitos mucho más amplios que el vasco con la reserva de la diferencia para el nivel político, «regido por un imaginario insostenible a largo plazo, y celebrado una y otra vez de manera ritual». La conclusión es sorprendente, «Y, si alguien es nacionalista, quizá comience a temblar y a dar la batalla por perdida».

Muchas son las reflexiones que me han generado la lectura de este artículo y voy a tratar de sistematizarlas en las líneas siguientes. Advierto, en cualquier caso, que comparto, e imagino que lo harán la mayor parte de los lectores, la opinión de Arregi sobre «la ambigüedad de la historia vasca, (..) su carácter de mezcla entre defensa de la diferencia y participación en empeños más amplios y que me sigue sorprendiendo el alto eco que afirmaciones del estilo de que los vascos constituíamos una civilización cuasiperfecta en una Europa anterior a los indoeuropeos o que el reino medieval de Navarra se trataba de un "Estado Vasco" tienen entre mis conciudadanos, cuando su fundamentación histórica es dudosa o inexistente. Comparto, asimismo, la idea última de Joseba Arregi sobre la necesidad de un consenso básico en toda sociedad y, dada la diversidad y arraigo de las distintas opciones políticas en Vasconia y la conveniencia de encontrar un camino que haga compatibles las diferentes propuestas para articular las relaciones entre los territorios vascos y los estados en los que están incluidos. Una idea, por otra parte, que ha regido la actividad del nacionalismo vasco a lo largo de su historia. No creo, sin embargo, que el camino que ha adoptado Joseba Arregi sea el más fructífero para ese objetivo.

En primer lugar, porque, aunque no se menciona expresamente, se sobreentiende que el único nacionalista que debe echarse a temblar tras leer el artículo es el nacionalista vasco. Debería extrañar que un autor que ha ocupado importantes cargos en gobiernos regentados por nacionalistas vascos, hable de nacionalistas sin añadirle al concepto ningún apellido. Debería, pero no nos extraña, porque Joseba Arregi, con una fe más próxima a la del converso que a de miembro de esa sociedad secularizada que el mismo propugna, ha decidido hace bastante tiempo que el único nacionalismo existente es Euskadi es el vasco, que este se caracteriza por su intolerancia y exclusivismo y que, por lo tanto, su labor (la de Arregi) es mostrarnos el camino hacia el único mundo real, en el que se producen los únicos debates serios, donde los no nacionalistas se caracterizan por su pluralismo y talante comprensivo y, del cual estarían condenados a desaparecer los nacionalistas (vascos) si persisten en sus pretensiones actuales.

Tal vez, si se quieren encontrar las razones de ese divorcio entre conocimiento histórico, que no realidad histórica, e imaginario popular, sería necesario, en primer lugar, reparar en la falta de coherencia de esa concepción. Así, muchos de los historiadores que acusan al nacionalismo vasco de fomentar una historiografía politizada, distorsionadora del pasado, callan cuando es el nacionalismo español el que desarrolla ese tipo de historiografía. El contraste entre la actitud de los historiadores catalanes, muy críticos con el neoespañolismo historiográfico y el silencio de gran parte de los vascos es muy evidente en esta dirección. No faltan tampoco los historiadores vascos que no tienen reparos en fomentar una historiografia españolista, abiertamente nacionalista. El ejemplo más reciente lo tenemos en Fernando García de Cortázar que se ha transformado de martillo de nacionalistas (vascos por supuesto) en alabador de las glorias hispanas en un programa de televisión donde, se sostiene, sin ningún sonrojo, que España existe desde los iberos. Mito este, acompañado de otros muchos, al que, al parecer Arregi no necesita dedicar excesivas líneas en sus escritos, porque ya sabemos que el único nacionalismo realmente existente es el vasco y la única historia manipulada es la hecha por nacionalistas vascos.

Pero el propio artículo origen de esta reflexión, contiene algunas muestras, nada neutrales, de las toma de partido por parte de los historiadores vascos. Arregi hace mención, por ejemplo, a los dos errores de Estella, un término acuñado por mi compañero José Luis de la Granja, que podemos compartir muchos lectores, pero que tiene su origen, particularmente en lo que hace referencia al Pacto de Lizarra, en las muy legítimas ideas políticas del profesor De la Granja y no en ningún análisis científico. Porque una cosa es que la historiografia vasca más reciente trate de abandonar los apriorismos y se caracterice por la utilización de métodos de investigación homologados internacionalmente, lo que nos ha permitido grandes avances en el conocimiento histórico y otra que los historiadores vascos, protegidos por el caparazón de nuestra dedicación profesional al trabajo histórico, seamos seres asexuados, sin historia, ni ideas políticas propias.

Arregi también hace mención a la existencia, desde finales del siglo XIX de un horizonte político que conjuga tres elementos diferenciados, el socialismo, el nacionalismo y la derecha monárquica. Una afirmación que continúan sosteniendo algunos historiadores, pero cuya base histórica es muy endeble; porque, efectivamente la sociedad vasca es una sociedad compleja en la que las diferencias territoriales han sido, y son, muy acusadas y donde junto a esos tres mundos, en algunos lugares casi inexistentes, conviven y se enfrentan republicanos, carlistas, integristas, anarquistas y un amplio grupo católico sin una adscripción política definida. La afirmación de esa triangulación tiene un triple origen: el presentismo de hacer coincidir la realidad política actual con la histórica, el intento de convertir la opción política particular del historiador en una fuerza significativa en el pasado y la confusión entre la realidad bilbaína, que malamente se puede interpretar en base a esa división, con la realidad vasca que, ciertamente es incomprensible si aplicamos ese esquema interpretativo. No es de extrañar, por lo tanto, que muchos vascos no se sienten identificados con una historiografía que ningunea su pasado personal o familiar.

Joseba Arregi, al desgranar los principales hitos de la nueva historiografía vasca muestra asimismo sus limitaciones, porque es muy significativo lo que no se menciona. No se menciona, por ejemplo, ningún elemento relacionado con el mundo de la cultura o de la lengua. No es de extrañar cuando hemos leído manuales sobre el siglo XIX, en el que no se hace ni una sola mención al hecho de que la mayor parte de la población, fuese urbana o rural, se expresaba habitualmente en euskera. Una circunstancia, tal vez sin ninguna importancia para explicar la situación actual, aunque muchos opinamos lo contrario y que dice bien poco a favor de unos historiadores que subrayando el carácter plural del país olvidan elementos tan significativos de ese pluralismo. No se menciona, asimismo, la guerra civil, un conflicto español e intravasco al mismo tiempo, pero que termina con un castigo colectivo, no a unas ideologías o partidos, como en el resto de España, sino a toda una sociedad. Hecho determinante para explicar el inesperado éxito del nacionalismo vasco tras la muerte de Franco.

Resulta comprensible, por lo tanto, que parte de la sociedad vasca desarrolle un imaginario popular cuyo sustento historiográfico es ciertamente endeble, cuando los historiadores académicos hemos renunciado, por diferentes motivos, a explicar muchos campos de nuestro pasado. Alguno de los cuales puede poner en cuestión un paradigma que si quiere ser científico, es ante todo modificable a través de las investigaciones que los historiadores, profesionales o aficionados realicemos en torno a nuestro pasado. Las alusiones a la historia real que realiza Joseba Arregi, entendida esta como una única forma de mirar al pasado son, ciertamente, poco comprensibles en un autor caracterizado por la precisión conceptual y que debería ser muy consciente de la fragilidad en la que los tiempos posmodernos han colocado a las visiones monolíticas de cualquier fenómeno social.

El artículo de Arregi, además, pone sobre la mesa otros problemas: El primero de ellos está relacionado con la capacidad legitimadora de la historia. Una de las principales acusaciones que los historiadores actuales han realizado al nacionalismo vasco es su recurso a la historia como fundamento de la nacionalidad vasca. En un momento en el cual el principal eje del programa de los nacionalistas vascos es un derecho a la autodeterminación sustentado en la voluntad de los vascos a decidir su destino, resulta paradójico que sean los opuestos al nacionalismo vasco los que recurran al argumento historicista para negar la legitimidad de las pretensiones nacionalistas, alegando que la vinculación en el tiempo entre España y el País vasco imposibilita cualquier veleidad separatista, al margen de la voluntad de los actuales habitantes de nuestro país.

Un segundo problema está relacionado con la relación entre las líneas dominantes de la historiografía vasca y el discurso nacionalista. Es evidente, como no podía ser de otra manera, que un mayor conocimiento de nuestro pasado ofrece una visión mas compleja de las relaciones entre España y los territorios vascos, que difícilmente pueden ser considerados como estados independientes antes de 1839, como lo plantea en algún momento Sabino Arana y que muchas de las singularidades vascas no son tales si se analizan en una perspectiva comparada con momentos y lugares más o menos cercanos. Ahora bien, no existe un consenso generalizado entre los historiadores sobre los rasgos fundamentales de esa relación o la fortaleza de una identidad vasca en continua reconstrucción que invaliden el principio básico del nacionalismo vasco. Esto es, que Euskadi es la patria de los vascos.

El tercer problema, que necesitaría un desarrollo más amplio, que el de estas pocas líneas, deriva de la afirmación de la existencia o no de una historiografía nacionalista vasca. De hecho, uno de los elementos más sorprendentes de los análisis realizados en los últimos veinte años son las escasas referencias a esa historiografía, sin que, por lo general, se cite a un solo autor. Parece plausible, por lo tanto, que más de uno ha construido un enemigo acorde con sus fobias para poder atacarlo mejor. Por otra parte, existe un claro contraste entre el más o menos frecuente recurso a la historia por parte del nacionalismo vasco y la escasa atención que le ha dedicado a lo largo del tiempo. Sin olvidar el modo y las personas que han construido las estudios de Historia de las universidades vascas, extraña el poco esfuerzo que el nacionalismo gobernante ha dedicado en los últimos 25 años a la historia vasca: no existe un Archivo Nacional Vasco, ni una Biblioteca Nacional Vasca, ni un Museo de Historia Nacional Vasco y, sobre todo, ofrece un claro contraste con el caso catalán, donde las primeras acciones de la Generalitat fueron crear las instituciones citadas. Algunos documentales de la ETB serían la principal aportación del Gobierno Vasco a esa supuesta historiografía nacionalista. Al contrario, ha sido ese mismo Gobierno Vasco el que ha apoyado y posibilitado los proyectos de investigación que han conducido a esa nueva historiografía vasca. Puede ser, como señalaban para Cataluña, que el nacionalismo vasco llegó a la transición con una historia codificada como ideología, la historia de Euskadi estaba escrita y no era necesario, por lo tanto, profundizar en la misma. No parece, en cualquier caso, muy razonable acusar al nacionalismo de haber impulsado una visión nacionalista de la historia vasca. Es más, es la propia desidia del nacionalismo vasco el que le ha conducido a una indigencia intelectual que sólo en los últimos años trata de rectificar.

Una última consideración, aunque el eco que han tenido en los últimos meses los descubrimientos sobre la represión franquista nos muestra la importancia del recuerdo histórico en la sociedad vasca y que, como historiador, considere fundamental la formación histórica de todos los ciudadanos vascos, soy también consciente del peso relativo de la Historia en nuestra vida cotidiana y de nuestra escasa capacidad para llegar al conjunto de la población. Haría bien Joseba Arregi en buscar otros elementos de la vida social donde encontrar las razones de la actual situación vasca.

Mikel Aizpuru