Artxibo rtf
(29 - 2003koUrria)

 

BURUJABETZA VS. SOBERANÍA

(y VI)

La des-soberanización como clave ética

La viabilidad histórica de toda comunidad política está condicionada por el grado en que sus ciudadanos participan de valores -si no consensuados- al menos compartidos, que deben tener su reflejo en modos comunes de sentir, pensar y comportarse sobre principios, criterios y normas a los que deben adecuarse en sus relaciones sociales (económicas, culturales y de poder público). La pregunta sobre el fundamento y solidez de ese deber ser comunitario en el seno de la sociedad vasca no es, por tanto, una pregunta ociosa desde un punto de vista político. La historia política moderna occidental no puede explicarse sin esa búsqueda teórica e institucionalización práctica de las razones que fundasen ese deber ser en cada ciudadano.

 

Las diferencias entre los ciudadanos vascos sobre los modos de sentir y pensar sus pertenencias comunitarias, tienen raíces más profundas que las que se derivan de las discusiones en el seno de un sistema compartido en las cuestiones relativas a sus sujetos constituyentes, fines generales y modos de relacionarse. No todos se sienten igualmente vascos y son también diferentes sus opciones lingüísticas o sus adscripciones preferentes a las comunidades políticas a las que administrativamente ya pertenecen (locales, CAV, Navarra, España o Europa). Hoy compiten en Euskalerria proyectos políticos antagónicos -más que en sus formas- en sus contenidos nómicos. Tampoco existe entre ellos una misma fe o convicción religiosa, moral o ética compartida. Hay quienes se declaran ateos y, entre los creyentes, no todos creen ni en el mismo Dios ni en la misma Iglesia. Y entre los ateos y agnósticos tampoco existe una base compartida de filosofía o ideología de la que se deriven deberes coincidentes de comunidad. Existe, a pesar de ello, un espacio social compartido en el que todos, desde su diferencia, reclaman el derecho a vivir y luchar por sus respectivos proyectos de identidad individual y comunitaria (moral, cultural, profesional, lingüística, política ...).

 

El deber ser comunitario de cada uno coincide muchas veces con el derecho que cada uno (cada individuo y cada grupo) reclama para su proyecto. La negación de derechos legítimos elementales por parte del régimen político franquista trajo consigo la sobrepolitización del debate sobre el deber ser comunitario. La misma política debiera, sin embargo, estar sujeta a un deber ser cuya legitimidad no se redujese a la coacción fáctica del poder político, si es que pretendemos una comunidad socialmente integrada.

 

Max Weber dice que para que un colectivo social, de cualquier ámbito de que se trate, pueda reconocerse como Comunidad, es necesario que sus miembros se relacionen socialmente en un espacio simultáneamente compartido, de tal modo que la actitud en la acción social se inspire en el sentimiento subjetivo, afectivo o tradicional de los partícipes de constituir un todo.

 

Lo que nos ocurre, si tenemos en cuenta este concepto de "comunidad", es que en la sociedad de la que somos parte, aquello que nos es común está afectado de inestabilidad y crisis en este momento más que en otros tiempos. Herencias diferentes y proyectos divergentes de identidad o proyecto individual y comunitario en lo que a lenguas, valores, espacio, costumbres, símbolos y relaciones económicas se refiere, compiten entre sí por su afirmación privada y pública en un espacio y tiempo compartidos, generando confrontación social, que en determinados contextos y circunstancias hace temer por un antagonismo generalizado, que haga inviable la construcción de lo común o de una comunidad. A esta situación han contribuido factores y circunstancias tan diversos como los cambios tecno-económicos, procesos migratorios desordenados, condiciones políticas desiguales, herencias históricas de gran carga simbólica e ideologías contrapuestas.

 

Para avanzar en la búsqueda de lo que nos sea común en el modo de abordar nuestras diferencias, estimo conveniente superar su sobrepolitización y profundizar en las bases éticas de nuestras relaciones sociales (incluídas las políticas). Ello podría verse favorecido si previamente eliminásemos las amenazas políticas de nuestras relaciones. La expresión máxima de la amenaza política es la dependencia impuesta por parte de un sujeto que se otorga a sí mismo la soberanía que le niega al otro. Contra la dependencia impuesta la receta democrática es la libertad solidaria o la solidaridad desde la libertad. ┐Es posible hoy plantear la relación entre sujetos sociales -y sus proyectos comunitarios- en términos de des-soberanización?. Creo personalmente conveniente el hacerlo, porque la soberanización de unos proyectos de autoafirmación comunitaria (cultural, económica, social, política) no puede reclamar de quienes aspiran a otros proyectos de comunidad que no soberanicen los suyos propios.

 

┐No se han vivido en Europa situaciones de relación entre identidades comunitarias diferentes, en que no ha existido una referencia explícita, al menos, a un centro soberano único?. Las experiencias federativas suizas o las experiencias de unión que existían en el Imperio austro-húngaro, por ejemplo, ┐no eran formas de relación que no estaban ancladas en el principio de soberanía al uso en el sentido dado por Bodin o Hobbes o la propia Revolución Francesa? Las mismas relaciones de la época foral entre las comunidades vascas –y también las de éstas con las monarquías a las que estuvieron unidas-, ┐no se fundaban acaso en el principio de desoberanizarse mútuamente, a través del reconocimiento práctico de sus respectivas obligaciones sujetas al pacto de su unión?

 

Condición necesaria para poder plantearnos la cuestión de la des-soberanización o des-endiosamiento o des-absolutización de una determinada instancia comunitaria, me parece la de considerar el poder político como un medio, y no como un fin. Un medio institucional, un constructo convencional que debe estar al servicio de la satisfacción de necesidades y demandas sociales en los ámbitos de la cultura y de la economía -y no al revés. Y plantearnos, si es posible que las comunidades, en sus ámbitos, tanto culturales como económicos, puedan relacionarse sin centros únicos de soberanía, en libertad y solidaridad. Ello no es posible sin afrontar el debate sobre los valores éticos, desde los que el político debe valorar tanto la legitimidad de las necesidades y demandas de los sujetos sociales, como la de la idoneidad de las respuestas.

 

Es en este ámbito en el que sufrimos una profunda crisis, que no es exclusiva de la sociedad vasca. En la Europa medieval y también en la de comienzos del Renacimiento, dentro de las grandes diferencias -incluso, después de las guerras de religión- había mayor comunidad de valores en ese universo nómico de referencia, como deber ser que vinculaba a toda la comunidad. Es verdad que el comportamiento de las personas concretas y de las instituciones muchas veces contradecía ese deber ser, pero era también común la conciencia de esta incorrespondencia. Incluso el éxito de los Estados modernos -con sus soberanías- se debió en no poca medida a la necesidad de garantizar esos referentes nómicos, comunes y mínimos, que evitasen imponer p.e. la fe religiosa o eclesial Lo que ocurre es que esa soberanía inicialmente negativa se ha positivizado al servicio de la homogeneización comunitaria -generalmente nacional- de los Estados, lo que ha provocado la demanda de soberanía por parte de comunidades históricas -de lengua o de sentimiento p.e.- que se han sentido amenazadas en su libertad de dar continuidad futura a lo que ellas mismas quieren ser.

 

Tanto las cuestiones prepolíticas (necesidades y demandas sociales) como las metapolíticas (valores éticos de referencia) interesan en este contexto, no tanto para hacer lecturas del pasado, cuanto para afrontar los retos de proyectos futuros. Las referencias a la historia -al igual que las referencias a la voluntad individual o colectiva, o al derecho de la mayoría o de la minoría, o a su razón crítica...- no son sino modos de encontrar -según los casos- legitimaciones a favor de proyectos de futuro concretos.

 

La pregunta pudiera formularse así: si queremos atender a las demandas o exigencias, o solicitudes de quienes hoy conforman la sociedad vasca, y queremos disponer de un universo nómico común que nos permita clasificar, legitimar y jerarquizar esas demandas,: ┐dónde podemos encontrar un punto de referencia sólido de aceptación común?.

 

Ante esta pregunta se reitera, en general, que los dos únicos sujetos seguros de la modernidad política europea son el individuo y el Estado (que le convierte a aquél en ciudadano) y que, por tanto, ellos -ambos a dos- deben ser el binomio que armonice la libertad y la igualdad, la creatividad y el orden, el progreso y la seguridad. Creo que este supuesto debe ser revisado. El individuo, como afirmación del "yo" intransferible, es un legado típicamente europeo y uno de los grandes valores que debe ser patrimonio común de nuestra cultura. La defensa de la individualidad personal con instituciones como el habeas corpus -en cuya formulación se adelantó notablemente el Fuero de Vizcaya- sigue siendo una demanda de futuro. ┐Y el Estado?. El Estado es una de las formas en que se articula la voluntad política de esos individuos y de sus proyectos comunitarios. Los contenidos y realizaciones de esa forma se plasman en realidades tan diferentes como Suiza y Francia. Personalmente opino que el modelo de Estado jacobino -con su obsesión por homogeneizar a fuerza de soberanía incluso la pluralidad cultural de sociedades plurinacionales- no es ninguna necesidad histórica, ni modelo que ofrezca soluciones a las exigencias comunitarias de los ciudadanos vascos en su desarrollo cultural y económico.

 

Me parece que reducir la personalidad política de los sujetos sociales básicamente a dos (el individuo-ciudadano y el Estado soberano) plantea a nuestra sociedad vasca más problemas que los que le resuelve. Creo, además, que el individuo y el Estado han tenido unas relaciones de mayor beneficio mutuo allá donde han prevalecido tradiciones federativas (como la suiza o la anglosajona) que acostumbra percibir y asumir a cada individuo en cuanto miembro de diferentes dimensiones comunitarias, sin pretender establecer un monoabsolutismo reductor.

 

El legado de la Revolución Francesa, donde una Asamblea Constituyente se erige en Estado-Nación y las personas se reducen a individuos que adquieren la condición de ciudadanos a través de ese acto constituyente fundado en la ficción, no es el que ha generado las mejores experiencias democráticas y participativas en el mundo. Reflexionando sobre lo que había supuesto la II Guerra Mundial escribió J. Maritain que ┤los dos conceptos de soberanía y absolutismo han sido forjados en el mismo yunque. Juntos deben ser desechados┤. Maritain y otros muchos intelectuales creían que había que acabar con la pretensión de que alguien pudiera interpretar en nombre de la raza, de un destino, de una clase, el destino de todos los demás. Y en este sentido criticaron y atacaron la tentación de soberanías, instauradas, inamovibles y localizadas con poder omnímodo que convierte a todos los demás en minoría que debe someterse a su dictado.

 

Des-soberanizar puede ser una trágala para entronizar otro dios de barro o de acero, si es que no volvemos a las cosas, las de la sociedad concreta y nos enfrentamos a ellas desde códigos éticos comunes. ┐Cuáles son las necesidades y aspiraciones de nuestra sociedad vasca al enfrentarse a su futuro? Distinguiría dos ámbitos básicos y elementales para todo desarrollo humano a) el de la economía entendida como satisfacción de las necesidades y aspiraciones materiales de nuestra existencia y b) el de los asuntos en que se decide la identidad subjetiva y de sentido de la vida.

 

En relación a la primera pregunta, la pregunta ética básica es la siguiente: ┐a qué principio básico vamos a ajustarnos al repartir los bienes tanto heredados -por la naturaleza o acumulados de nuestros antepasados- como (co)creados o producidos por nosotros? El principio de legitimización democráticamente más razonable ha sido el de la contribución personal en forma de trabajo presente o acumulado o adelantado. Pero ningún sujeto puede ya tener como principio de limitación lo que es capaz de producir o hacer a través de su trabajo que, gracias al enorme potencial científico-tecnológico, es capaz de destruirse a sí mismo, a su entorno e incluso a su especie. En esta nueva situación, como ya advirtió Hans Jonas, el hombre no podrá salvarse, si no se embrida a sí mismo y asume la responsabilidad de autolimitarse en el ejercicio de sus capacidades. Es la renuncia al sueño liberador renacentista del yo soberano.

 

En relación al segundo ámbito, es necesario plantear la cuestión del sentido en el contexto de unas relaciones productivo-comerciales progresivamente más abiertas, que estarán sujetas a códigos formales cada vez más intercambiables. Hasta tal punto que su expresión en diferentes lenguas podrá realizarse incluso de forma automática. Al igual que nos ocurre con los cajeros automáticos que son capaces de atendernos en mil lenguas diferentes según demanda de usuario. Esta universalización del código cultural de las relaciones productivo-comerciales admite la máxima versatilidad para adaptarse a lenguas y tradiciones diferentes. Esta misma intercambiabilidad en lo material plantea nuevos retos a la creación de sentido en el comportamiento social y comunitario. En este nuevo orden el desorden es grande. Amparar como soberanas una formas de crear sentido a través del poder del Estado y negar a otras la misma oportunidad, genera hoy desorden y conmoción. Extender la soberanía a todo proyecto comunitario, ┐no equivaldrá a multiplicar el problema?.

 

Volver a las preguntas sobre fines de la existencia humana tanto en lo material-económico como en lo espiritual-moral, y -abandonando la obsesión por derechos soberanos excluyentes- plantear en términos de deberes recíprocos vinculantes el acceso a los bienes o el desarrollo de nuestra personalidad moral, es condición necesaria para (re)fundar lo común de la política como proceso de adhesión libre y respondible a círculos de solidaridad que abarquen lo más próximo y lo más lejano de nuestra existencia social en el espacio y en el tiempo.

 

La sobrepolitización de los procesos de desarrollo económico y cultural ha provocado cierto desencanto y desafecto de la sociedad civil, sin cuyo protagonismo integrador el poder público se vacía de su contenido democrático de crear y corregir estrategias para satisfacer cada vez mejor las demandas de los ciudadanos. Es por ello que estimamos razonable y bueno para el desarrollo democrático integrar los procesos políticos (de decisión, ejecución y control) en las dinámicas de búsqueda de soluciones para los problemas que más acucian a nuestra sociedad. Se trataría de compensar aquella sobrepolitización de lo social con la socialización de lo político. La asunción democrática de este reto obliga, sobre todo, a partir de fundamentos éticos de libertad responsable y de solidaridad compartida, cuyo contenido principal debe ser la defensa de su libertad común y -por tanto- necesariamente diferenciada.

 

La exclusión -en todo caso al menos la limitación ética y democráticamente legítima- de la fuerza coactiva para resolver los conflictos de convivencia era el mínimo que se esperaba de la transición. La experiencia de la violencia en sus formas más crueles de asesinato, tortura, secuestro, chantaje y coacción síquica, sigue evidenciando la distancia decepcionante entre lo esperado y lo alcanzado. Sólo la conciencia subjetiva de la utilidad del uso de la violencia lleva a sus actores a emplearla. Erradicar la conciencia de la utilidad de la violencia por métodos democráticos exige partir del principio según el cual, los problemas generados por falta de libertad deben resolverse con fórmulas de libertad y sólo al servicio de esa libertad común se legitima la defensa de la democracia -si preciso con métodos coactivos, pero siempre ajustados a derecho. Para lograr salir de espirales de violencia en las que quieren complicar (co-implicar en el sentido de cómplices) a la sociedad vasca los obsesos de la revolución y los obsesos de la represión, no basta la emergencia de movimientos sociales de carácter más o menos pacifista, sino una cultura de implicación democrática firme y constante de la inmensa mayoría de la sociedad para defender su libertad solidariamente.

Debemos ser conscientes de los límites de los valores políticos más genuinos de la modernidad para resolver algunos de los problemas que se nos plantean hoy. La absolutización del yo individual y del estado -legitimado como sujeto artificial soberano al servicio de la realización de los individuos- está llegando a su propio límite, porque el medio puede destruir su propia finalidad.. El poder del hombre y de sus artificios son capaces de destruir al propio hombre. Las transferencias de soberanía de un punto a otro no resuelven el problema en un mundo planetarizado en el que un desastre ecológico tiene efectos a miles de kilómetros e -incluso- muchos años después. Ante esta situación parece más razonable afrontar los problemas desde presupuestos de desoberanización que desde el deseo de mantener o apropiarse soberanías. Los sujetos -individuales y comunitarios- desoberanizados pueden encontrar suelo firme para sus relaciones en la interiorización e institucionalización de deberes que nos obligan ante nosotros mismos, ante los demás sujetos y ante las cosas todas (herencias culturales y naturales). Las perversiones de la política tienen su origen en el hombre que es capaz incluso de hacer el bien. Es la recuperación siempre inacabada de esta capacidad para el bien la que puede animar una política que no se convierta en simple medio o herramienta al servicio de su propio poder. Para alejarse de esta tentación perversa, la política debe evitar transformarse en el arte del engaño posible y profundizar en el desarrollo democrático de la integración popular basada en principios y objetivos éticos que favorezcan el progreso moral y material de personas y pueblos.

 

F. Garmendia

 

Fecha de redacción: 2002-09