Artxibo rtf
(24 - 2002ko Iraila)

Cuando la ficción se hace realidad

Cada día resulta más evidente que la sociedad civil camina de forma paralela a la del mundo político. Desgraciadamente. Porque los partidos políticos, y más precisamente sus representantes democráticamente elegidos por los ciudadanos, tienen su razón de ser en que representan la voluntad de los que los han elegido para ordenar la vida de sociedad y resolver los conflictos o diferencias que, en razón de la pluralidad de la sociedad, se dan. Cuando en vez de resolverlos, o de intentar resolverlos, cediendo todos una parte de sus pretensiones, insisten en marcar las diferencias acentuando los objetivos propios, el divorcio entre la sociedad y sus elegidos se hace mayor.

Los ciudadanos lo sabemos bien en nuestra vida cotidiana. Sea en una comunidad de vecinos, en una asociación de comerciantes, en un claustro de profesores y en mil ejemplos que el ciudadano encontrará en su vida de todos los días, cuando hay posturas enfrentadas, hay dos respuestas posibles: el entendimiento mediante el compromiso o el afrontamiento hasta vencer al contrario. Rara vez la segunda es la buena opción. Sin embargo, en ella estamos instalados en la política vasca desde hace varios años. Las posturas centrífugas (marcar las diferencias y acentuar los planteamientos extremos) son más fuertes que las posturas centrípetas (buscar los elementos comunes limando los objetivos radicales). Apostar por este segundo planteamiento es la opción política más inteligente y, además, es la que mejor responde a la realidad sociológica de la sociedad vasca. Marcar casi exclusivamente las diferencias no solamente es una actitud discutible (nefasta y condenable además cuando coincide en el tiempo y en el espacio con un grupo terrorista dispuesto a todo y con una parte, aunque pequeña, de la sociedad que lo sustenta de forma más o menos explícita), sino también fraudulenta ante la sociedad que dice representar. Hay que decirlo sin descanso: esta sociedad vasca es políticamente plural, con una moderada mayoría nacionalista y de un nacionalismo moderado. Además, dos de cada tres ciudadanos vascos se dicen al mismo tiempo vascos y españoles, aun acentuando más el sentimiento de pertenencia a ‘lo vasco’. Esto es una certeza sociológica, corroborada por encuestas realizadas desde ámbitos distintos -Sociómetro Vasco del propio Gobierno autonómico, Euskobarómetros de la UPV, encuestas del CIS, encuestas de valores de la Universidad de Deusto y las que han realizado otros organismos y medios de comunicación social-. Además, las encuestas supremas, las confrontaciones electorales, muestran una continuidad del voto político en decenas de consultas tras la instauración de la democracia. Que no se pretenda hacer de la ficción política realidad social.

En efecto, ¿por qué no se hace política desde la realidad sociológica vasca, sociedad razonablemente cohesionada, en vez de trasladar a esa sociedad las más extremas visiones políticas (y mediáticas e intelectuales) distorsionando reiteradamente la realidad con riesgo añadido de fracturarla? ¿Por qué se sitúa en el centro del debate la ecuación Euskadi versus España cuando la mayoría social vasca dice Euskadi y España, aun acentuando más Euskadi que España? Mi opinión personal es que en Euskadi se ha configurado un totum revolutum, cual burbuja omnipresente, entre el mundo político, la mayoría del mediático, del ámbito sindical y una parte pequeña pero muy publicitada de la intelectualidad que ha alcanzado un protagonismo en los medios de comunicación que diera lugar a la errónea idea de que en esta sociedad estamos todos a la greña, obsesionados por la cosa política. La realidad es bien otra: cada día hablamos menos de política en nuestras cenas, en nuestras charlas familiares, en nuestras tertulias (excluyendo las radiofónicas, claro está), en nuestra vida, sin que el miedo, real en amplias capas de la sociedad, sea la causa principal. En realidad estamos hartos, hartos hasta la saciedad, de dar vueltas a lo mismo, día tras día, año tras año, mientras los miembros de la ‘burbuja’ tienen siempre la vista puesta en las próximas elecciones. No nos engañemos con ese 80% de ciudadanos que fuimos a votar el 13 de mayo del año pasado. Aquello fue el resultado de una campaña enloquecida y todo hace pensar que vamos repetir -¡y falta un año aún!- la misma histeria de entonces (con similares resultados me atrevo a pronosticar). La consecuencia es que se acentuará aún más el divorcio entre la sociedad y el totum revolutum político-mediático-intelectual.

Nuestra sociedad vasca no se merece esto. Máxime cuando nuestro problema no es tan grande ni tan grave (con la excepción de los amenazados, evidentemente) como el que viven, por ejemplo, los irlandeses o los palestinos e israelíes. No es tan grande como el irlandés, porque no conformamos como ellos dos comunidades nítidamente diferenciadas. No es tan grave como el palestino-israelí porque no tenemos ningún Sharon y Arafat entre nosotros (hasta ahora al menos), ni ETA asesina indiscriminadamente y sin aviso previo (al menos hasta ahora) como lo hacen allá. Nuestra sociedad, lo hemos dichos unos y otros, está adormecida, acomodada, autoanestesiada (he dicho yo mismo en vaavarias ocasiones), enferma dicen otros. Puede ser, aunque lo de enferma me parece excesivo. Más bien me preguntaría quién está más enferma: si la ‘burbuja omnipresente’ o la sociedad. ¿Por qué dura tanto tiempo? Básicamente, y por este orden, porque ETA ha decidido seguir con la lucha armada, ha conseguido crear una sociedad paralela, cuyo núcleo duro la sostiene, y porque el ‘totum revolutum político-mediático-intelectual’ se ha cargado el pacto de Ajuria Enea, desprecia cuando no anula todas las transversalidades políticas existentes (véase el linchamiento de Gesto por la Paz, otrora premio Príncipe de Asturias a la Concordia y más recientemente el primer Premio de Paz de Westfalia) o incipientes (Plan Ardanza) y se ha instalado en la confrontación permanente, en el insulto como arma política, en el menosprecio de la voluntad política ciudadana. Hay que optar entre hacer política partiendo de la realidad social o hacer política violentando esa realidad social.

No cabe más que una solución. Sencilla. Buscar el arreglo político, partiendo de la realidad sociológica existente. Ello exige hablar, pero con voluntad de resolver las cosas. Hemos perdido un año desde el 13 de mayo pasado. Tal y como están las cosas cabe pensar que lo que digo no son más que buenas intenciones, melifluas intenciones, dirá algún político o columnista rodado. Yo tengo mis convicciones políticas y mis recetas para salir de este atolladero. Las he ex-presado reiteradamente en este medio. No voy a repetirlas ahora, ni voy a entrar a discutir, hoy, el momento político. Creo que, en el momento presente, lo esencial está en parar la actual locura de enfrentamiento permanente, dejar la ficción política y encarar, con otro talante, la realidad real. ¿No es posible encontrar gentes en los diferentes partidos políticos que hablen entre sí, establezcan elementos comunes, coincidencias básicas y vayan dejando, para un segundo momento, las divergencias? Estoy seguro de que la columna de las coinciden-cias sería mucho mayor que la de las divergencias. Más aún, en la columna de las convergencias se encontraría la solución para resolver las divergencias. No podemos resignarnos a perpetuar esta situación. La primera transición política española la hicieron -¿se acuerdan?- no los políticos catedráticos, sino los políticos perenes. Sí, hay que recuperar el espíritu de la transición. Antes de que sea demasiado tarde. No cabe más que una solución: buscar el arreglo político partiendo de la realidad sociológica existente.

JAVIER ELZO

(Diario Vasco, 16-julio-2002)