Artxibo rtf
(24 - 2002ko Iraila)

Don Julio Ugarte

Don Julio ha muerto. Sacerdote, escritor a rachas, nacionalista, murió con 97 años bien cargados de acontecimientos y vivencias. Este navarro, nacido en Estella a comienzos del siglo pasado, fue testigo del rosario de regímenes políticos que se alzaron y cayeron a lo largo de su vida. Para él, como para muchos, el periodo más impactante y en el cual ejerció un papel más activo fue el de la Guerra Civil y el de los sombríos y carcelarios años de la posguerra franquista. Durante esos tiempos fue un testigo de excepción, ya que como sacerdote nacionalista le tocó vivir una condición personal excepcional: se posicionó no sólo contra el alzamiento militar sino contra toda la Iglesia española y contra el mismísimo Vaticano (que, pese a todas las presiones franquistas, no excomulgó a ese grupo de religiosos nacionalistas que se pusieron a favor de la República). Poco y mal se ha escrito acerca de este tema, en especial por la dejación que han hecho los propios nacionalistas de su tradición y de su legado histórico. Pero Don Julio Ugarte, igual que Ariztimuño, igual que Mateo Múgica, igual que el Padre Onaindia, igual que nuestro gran lehendakari José Antonio Agirre, marcaron el último aliento de originalidad nacional y de grandeza humanitaria y cristiana que ha vivido nuestro pueblo.

Su funeral fue oficiado por el Obispo de San Sebastián, Juan María Uriarte, y más de una veintena de sacerdotes, que le rindieron así el tributo que merecía. No era para menos: la Iglesia Vasca, una institución que sobre todo existe en la sucia caricatura que moldean los labios y las plumas de sus enemigos, no podía eludir la deuda que tenía con esa especie de hombres que en un siglo convulso no se rindieron a la tiranía en apariencia invencible de los totalitarismos y que, por ello, no avergonzaron a Cristo. La Iglesia Vasca, aquella porción de religiosos que hicieron causa común con su pueblo perseguido, fue pionera en todo el mundo en la defensa de los ideales democráticos, en la inculturación con los pueblos de identidad nacional minoritaria y en la defensa de los derechos humanos durante una guerra civil cruenta. Y sigue siendo digna de todo ello. Recordemos al obispo Mateo Múgica, que por pura coherencia cristiana, no siendo nacionalista, eligió el escarnio y el exilio, arrancando su nombre de la lista de prelados que apoyaron a la Bestia del franquismo. También a Ariztimuño, el gran sacerdote animador de las letras y del sindicalismo vasco, exiliado en los primeros años del Alzamiento, y que tratando de volver a la Euskadi republicana, fue apresado, torturado y fusilado contra las tapias del cementerio de Hernani, con el perdón en sus labios. Ni a los miles de cristianos y nacionalistas vascos, dedicados a salvar las vidas de muchos de los que después serían sus verdugos, pero que antepusieron el ideal de la dignidad y del perdón de Cristo a todo resentimiento y espíritu de venganza. A esta estirpe gloriosa y olvidada pertenecía Don Julio Ugarte.

Hagamos un poco de historia. Situémonos en los años de la Guerra Civil. A un lado vemos a Francisco Franco bajo palio, con el apoyo una Iglesia española que bendecía los fusilamientos de enemigos inermes. Las cunetas de Navarra, "los grandes cementerios bajo la Luna" del territorio nacional, fueron testigos de la santificación del asesinato. Al otro, una República débil, carente de autoridad moral e institucional para poner orden ahí donde las diversas facciones se dedicaban a levantar el paraíso en la tierra sobre los cadáveres de los ajusticiados y sobre las cenizas de Iglesias calcinadas. En ese contexto es donde las palabras del lehendakari Agirre, a los veinte años de su mandato, adquieren fuerza resonante: "(...) si se habían roto y quemado iglesias y asesinado sacerdotes, había un País que defendía la libertad, (...) donde el sacerdote andaba por las calles, donde dábamos el gesto de civilidad que dan los países de occidente, cualquiera que sea su ideología, gobiernen los socialistas, los liberales, los democristianos, porque todos son hombres que pertenecen a un mundo de civilización. Eso éramos nosotros, al cual nos incorporamos con veinte años de adelanto". Esta era una verdad irrebatible. Durante la Guerra Civil, los nacionalistas vascos alzaron la bandera de la civilidad y del respeto al enemigo, de una guerra con restricciones, de la permanencia, a pesar de las circunstancias bélicas, de un sistema democrático, donde las opciones plurales tenían cabida. Y lo más portentoso del asunto: esto ocurría veinte años antes que en el resto de Europa continental, embarrada entonces en la vorágine de los totalitarismos. Dando testimonio de estos valores elementales y pioneros, de estos valores universales, que Agirre insertaba en la secular tradición democrática vasca, los nacionalistas vascos defendieron a su pueblo.

Don Julio era navarro de Estella y este detalle es esencial. Nació en el pueblo de Manuel de Irujo y de Fortunato de Aguirre, lo que es decir en uno de los centros principales del nacionalismo en Navarra. Existía allí un incipiente movimiento cultural alrededor de las letras, de las danzas y de la música. El movimiento romántico extendido por Arturo Campión a lo largo del viejo Reino se enraizó fuertemente y Don Julio respiró de esta atmósfera. Pertenecía, sin embargo, a una generación en la cual el pensamiento crítico y el acercamiento científico a los estudios antropológicos y culturales ya se estaba generando. Frente al patriotismo meramente de boquilla, basado en la explosión de consignas y en la histeria sociopolítica, el abertzalismo de Don Julio era pausado, firmemente arraigado en la conciencia de la tradición legislativa del viejo Reino y en sus realidades culturales, especialmente la música, para la que estaba grandemente dotado.

Las principales vicisitudes de su vida azarosa están perfectamente narradas en su libro "Odisea en cinco tiempos": capellán de gudaris, de los batallones Araba y Amaiur, participó en la ofensiva del ejército vasco hacia Villarreal, también estuvo en Asturias y en el frente de Vizcaya en los fieros combates de Sollube. Fue apresado en Santoña y metido en la cárcel de El Dueso junto con otros sacerdotes vascos. Estuvo en la prisión de Madrid y en otro traslado, a la prisión de Carmona, apareció en la conocidísima fotografía donde el dirigente socialista Julián Besteiro se encontraba rodeado de los curas vascos. Su última temporada de prisión la pasó en Toledo, donde fue liberado bajo la orden de a no volver al País Vasco, orden que, finalmente, desobedeció. Viendo que su situación no era segura en San Sebastián (la policía tenía la orden de apresarlo) marchó al exilio, primero a Bergerac y luego fue a Iparralde, a San Juan de Luz. A partir de 1968 pudo circular por el Estado español y a principios de los 70 se afincó definitivamente en San Sebastián. Gran amigo de las personalidades políticas de la época, entre ellas el lehendakari Aguirre, Manuel de Irujo y Lezo de Urreztieta hizo amistad con otros exiliados, como por ejemplo con el dirigente socialista Indalecio Prieto, con el que le unió una estrecha relación. Como su escritor favorito Arthur Koestler, le tocó bregar no sólo con la persecución de la bestia totalitaria, sino también con todos los debates políticos y científicos al uso. Firmemente cristiano, con una sólida base intelectual, fue, junto con otros cristianos vascos, pionero de la aplicación a la práctica de la corriente filosófica del Personalismo francés, derivado de Jacques Maritain y Francois Mauriac (que fueron solidarios con la suerte de los cristianos vascos); filosofía que sacó definitivamente al catolicismo de las aguas empantanadas del "catolicismo político" legitimista y que lo abrió al debate con la modernidad.

Era un hombre de estatura pequeña, rostro aristocrático vasco, ojos azules, chapela calada, poseedor de esa impasibilidad y esa serenidad que les es dada a los hombres que se han encontrado muchas veces frente la muerte, rasgo del que participaban también otros grandes hombres del nacionalismo, como Juan de Ajuriaguerra.

En estos momentos de olvido histórico de las personas y de los verdaderos referentes ideológicos del nacionalismo vasco, cuando somos testigos de la vergüenza insufrible de miles de personas que recorren nuestras calles bajo la amenaza, cuando nuestra bandera nacional, nacida de la verdadera fraternidad y del espíritu de la libertad, es utilizada por gente que la llena de ignominia, es más urgente que nunca la recuperación del espíritu que hizo del Gobierno Vasco en 1936 y de los nacionalistas y sacerdotes que le dieron vida una activa referencia humanitaria y cristiana, dedicada a la labor de la salvaguarda de las libertades y de la dignidad de sus propios adversarios políticos. Agur Don Julio. Parafraseo a Cavafis:

"cuando los vascos quieran jactarse,

nuestro pueblo da hombres como estos habrán de decir

recordándoos: tan espléndida será vuestra alabanza".

Imanol Lizarralde