Artxibo rtf
(25 - 2002ko Azaroa)

El coquí vasco

Estaba en el reino de la guayaba, de la papaya roja, de la dulce toronja, del litchi y de la guanábana. Sobre los árboles crecían orquídeas, helechos y bromelias de forma que la biodiversidad aumentaba exponencialmente a escasos metros de mi cabeza, conforme dirigía la vista hacia el dosel arbóreo. Me quedé un buen rato disfrutando de la vereda tropical, mientras caía la noche boricua y estallaba una orquesta de sonidos naturales provocados por el croar de una pequeña ranita arbórea que los isleños de Puerto Rico denominan el coquí, uno de los símbolos más populares de la Isla del Encanto. Son recuerdos de mi estancia pasada en Puerto Rico que me vienen a la memoria tras escuchar el pasado viernes el discurso del Lehendakari Ibarretxe, en el que proponía para Euskadi un estatus de Estado Libre Asociado similar al que la isla caribeña tiene con Estados Unidos.

La propuesta de desbordamiento del actual marco institucional del Lehendakari, pese a ser perfectamente legítima y legal, cuenta con serias dificultades que seguramente le van a llevar a un callejón sin salida y a un más que probable fracaso. En primer lugar, hay serias dudas de que la propuesta traiga la paz al País Vasco. La negativa de Batasuna a desmarcarse de ETA, su apuesta por la política de tierra quemada junto con los dos últimos comunicados de la banda terrorista apuntan a que "el estado libre asociado" no va colmar sus planes totalitarios.

En segundo lugar, la propuesta no ha sido consensuada con anterioridad con ninguna de las fuerzas constitucionalistas mayoritarias, que representan a casi la mitad de la sociedad vasca. Cómo es posible que un cambio de tal calado que necesita para su aprobación de una mayoría absoluta en el Parlamento vasco y posteriormente en las Cortes Generales se presente a modo de trágala unilateral? La explicación más lógica a esta pregunta es que el PNV e Ibarretxe ante la más que probable negativa del Estado a aceptar sus planteamientos pretendan plasmar el conflicto nacional mediante un referéndum. Para ganarlo y refrendarlo en el Parlamento vasco es necesaria una mayoría absoluta estando la propuesta encaminada en primer lugar a heredar la bolsa electoral de la extinta Batasuna, retener los 80.000 sufragios de las anteriores elecciones y rebañar otros 50.000 que están desorientados ante la política de ilegalización de Batasuna motivada por la necro-lógica de sus propios dirigentes. Y todo porque al parecer, la dirección del nacionalismo vasco ha interiorizado las causas del conflicto esgrimidas por Batasuna durante los últimos trienta años. Frente a los peligrosos efectos que este plan soberanista unilateral presenta, (dinamitación de los puentes entre partidos y ataque frontal a la cohesión social fomentando los planteamientos partidistas de corte mesiánico), Ibarretxe ha optado por una Lizarra a plazos, pese a que esta vía sin salida preocupa y mucho a un sector moderado y liberal del nacionalismo vasco que ve con auténtico pavor el abismo que se divisa tras el espejismo del estado libre asociado. Miientras tanto, la violencia y la coacción no desaparecen de Euskadi.

Ibarretxe pretende utilizar las herramientas legales de las que dispone para desde dentro, y mediante el efecto dinamitador del ariete, cambiar el marco jurídico de forma sorprendentemente unilateral mediante el convencimiento que todo esto lo hace para sustentar un "nuevo pacto para la convivencia". Doce meses para gestar un nuevo "estatuto" durante los que espera hacerse con buena parte de la bolsa de votos de la mal llamada izquierda abertzale, despreciando los apoyos que recibió el pasado 13-M procedentes del vasquismo moderado y de miles de votantes que vieron en Lizarra una apuesta errónea, que formará parte de la historia negra del nacionalismo vasco.

 

El tactismo político, que no estrategia, de que hace gala el plan del Lehendakari está abocado a un callejón sin salida que genera una enorme frustración en los sectores más posibilistas del vasquismo firmemente partidarios de los acuerdos entre el nacionalismo y el constitucionalismo. Ibarretxe ha optado por la unilateralidad frente a la bilateralidad, por el mesianismo dogmático frente a la flexibilidad incluyente, por la ruptura de los puentes frente al entramado de complicidades mutuas que caracterizan a toda sociedad compleja estructurada con identidades esféricas múltiples. Ojalá me equivoque, pero la traslación del coquí a Euskadi conllevará la agudización en el seno de la sociedad vasca de los conflictos que el propio plan de Ibarretxe prevé resolver.

Arturo Goldarazena