Artxibo rtf
(19
- 2001ko Azaroa)

Trópico de cáncer

El aeropuerto de Dallas estaba a rebosar. Tenía una hora y media para conectar con el vuelo que me llevaría a MacAllen y me quedé sentado en el hall viendo pasar gente. Judíos con sus barbas y cofias, Hare Krishnas envueltos en sus túnicas, y una multitud de razas, lenguas y culturas que conforman la multiculturalidad de los Estados Unidos de América circulaban como hormigas dentro la terminal. Entre todos ellos destacan los tejanos, con sus enormes sombreros, las brillantes hebillas de sus cinturones y las botas camperas de cuero. Es fascinante ver lo diversa y variable que es la especie humana.

Suena la megafonía, cojo el avión y en apenas una hora y cuarto estoy en MacAllen, un pequeño pueblo tejano en la frontera con México. Alquilo un Lincon automático y pregunto por la ruta más apropiada para alcanzar mi estación terminus. No era necesario, sólo tuve que seguir la inmensa serpiente metálica que se arrastraba por la zona sur de McAllen hasta perderse en el horizonte. El paso por la aduana es relativamente cómodo si se paga una pequeña mordida que ayude a complementar el salario de los policías mejicanos. Un puñado de dólares facilitó la tramitación de los pertinentes permisos y visas que imponía la burocracia.

Reynosa representa un buen ejemplo de pueblo frontera, de esa Frontera inmensa y permeable que divide, más que separa, a México de los Estados Unidos. MacAllen es orden, salubridad, organización, aburrimiento, ley. Reynosa es todo lo contrario. Gran parte de la ciudad está sin pavimentar, no hay aceras, la basura está desparramada por las calles, no hay vegetación, las casas están semi derruidas, desconchadas, con un aspecto fantasmagórico, grupos de chabolas se hacinan en torno a un lago de aguas fecales. Parece que estoy viendo Traffic, la excelente película de Steven Sodderbergh que narra una historia de drogas mejicanas y ricos drogadictos gringos. En el centro de la ciudad me llama la atención un gran letrero con la palabra EUZKADI. Corresponde a una cadena de recambios de automóvil que está distribuida por todo el país.

La Frontera es una zona de unos 20 kilómetros de libre tránsito y comercio entre ambos países. Caundo finaliza, los controles militares son frecuentes y ante mi tenía el primero de ellos. Son controles cuya misión es detener a los cárteles mejicanos que introducen cocaína en los Estados Unidos. En esa zona opera el cártel del Golfo y unos días antes había habido varios crímenes relacionados con rivalidad entre clanes y detenciones policiales de algunos jefecillos locales. Los militares que me revisaron el coche, fusil en mano, tenían un aspecto bastante amenazante, y pese a que el español acortaba distancias y barreras frente a mi matrícula gringa, un escalofrío me recorrió el espinazo.

Míralos como reptiles,

al acecho de la presa,

negociando en cada mesa

maquillajes de ocasión;

siguen todos los raíles

que conduzcan a la cumbre

locos porque nos deslumbre

su parásita ambición

antes iban de profetas

y ahora el éxito es su meta;

mercaderes, traficantes,

más que nausea dan tristeza,

no rozaron ni un instante

La belleza.......

 

Pasé el control y me adentré por la estepa tamaulipeca. El paisaje es similar a la pradera tejana, un ambiente seco y hostil, dominio del coyote y la serpiente de cascabel. Diferentes especies de yucas, cactus y arbustos adaptados a la escasez de precipitaciones, dominan el paisaje hasta llegar a Ciudad Victoria, la capital del estado de Tamaulipas a unas cuatro horas de Reynosa. Ciudad Victoria es una ciudad amable, en vías desarrollo, con un centro urbano limpio, bastante urbanizado. Lo más destacable de éste estado, todavía bajo el dominio del Partido Revolucionario Institucional (PRI), es la amabilidad de sus gentes. En los hoteles, en los restaurantes, en la calle, en los comercios, la atención y el respeto con el que tratan al foráneo me llamó poderosamente la atención. Me alojé en un Holiday Inn sito en la calle Dr. Sebastián Agirre y mi contacto en Ciudad Victoria, Augusto Urmeneta, me habló de los muchos vascos presentes a lo largo y ancho de México.

Eran elecciones, y la ciudadanía elegía alcalde en las próximas semanas. El PRI seguía gobernando en Tamaulipas y había lanzado una campaña institucional para fomentar el desarrollo estatal. Los coloristas carteles de íVamos Tamaulipas! abarrotaban las avenidas de la ciudad y según todas las encuestas los opositores del PAN y del PRD no tenían muchas esperanzas en que el ansiado cambio llegase a este estado. Los políticos prometían mucho y ciertamente mucho había que trabajar para mejorar el nivel de vida de miles de tamaulipecos. Pese que Ciudad Victoria era una ciudad bastante organizada y a primera vista no se detectaban grandes miserias, con sólo salir unos kilómetros hacia el campo el panorama cambiaba poderosamente. Muchas familias siguen viviendo en los ejidos, las reparticiones de la tierra que hizo Pancho Villa en tiempos de la revolución. Casas de hojalata y adobe, niños desnudos, desnutridos, sin acceso a la educación. Viven la globalización de la miseria, de las desigualdades, provocadas e incentivadas por gobiernos sátrapas que han desvalijado el país durante décadas. Mi acompañante es Chui, el hijo del dueño de miles de hectáreas de naranjos, un terrateniente multimillonario responsable del 90% de la producción citrícola del Estado. Visitamos una de sus propiedades cuidada por una familia extremadamente humilde que habita una choza inmunda, con televisión a color y seis chamacos que alimentar.

Y me hablaron de futuros

fraternales, solidarios,

donde todo lo falsario

acabaría en el pilón

y ahora que se cae el muro

ya no somos tan iguales

tanto tienes, tanto vales

íviva la revolución!

reivindico el espejismo

de intentar ser uno mismo,

ese viaje hacia la nada

que consiste en la certeza

de encontrar en tu mirada

La belleza........

Ciudad Victoria está rodeada por un conjunto montañoso que crea un entorno atractivo. Al día siguiente salí de la ciudad y tomé el camino que cruzaba Sierra Madre Oriental, cadena que recorre algunos estados lindantes con el Golfo de México. Conforme iba ganando metros, el paisaje cambiaba gradualmente. Las montañas se cubrían de vegetación y al alcanzar la cima de la sierra un monolito indicaba el punto en el que el viajero alcanzaba el Trópico de Cáncer. El descenso ofrecía un panorama paradisíaco, separado apenas unos kilómetros de la árida estepa. Estaba en el reino de la guayaba, de la papaya roja, de la dulce toronja, del litchi y de la guanábana. Sobre los árboles crecían orquídeas y helechos y bromelias de forma que la biodiversidad aumentaba exponencialmente a escasos metros de mi cabeza, conforme dirigía la vista hacia el dosel arbóreo. Me quedé un buen rato deleitado disfrutando del espectáculo, hasta el atardecer, cuando los mosquitos y la humedad se hicieron tan insoportables que no tuve más remedio que coger el coche y regresar hacia Ciudad Victoria, mientras escuchaba el poema de Luis Eduardo Aute.

Enemigo de la guerra

y su reverso, la medalla,

no propuse otra batalla

que librar al corazón

de ponerse cuerpo a tierra

bajo el peso de una historia

que iba a alcanzar la gloria

el poder de la razón.....

y ahora que ya no hay trincheras,

el combate es la escalera

y el que trepe a lo mas alto

pondrá a salvo su cabeza

aunque se hunda en el asfalto

La belleza.......

 

Otxobi