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(18
- 2001ko Urria)

El Partido Nacionalista Vasco en Guipúzcoa (1893-1923). Orígenes, organización y actuación política.
Mikel Aizpuru Murua


El presente artículo recoge los apartados más destacados de la tesis doctoral que, con este mismo título se presentó en junio del año 2000 en la Facultad de Historia de la Universidad del País Vasco y que ha sido publicado en parte por el servicio editorial de esa misma universidad.

El Partido Nacionalista Vasco surgió en una Guipúzcoa que a principios del siglo XX se encontraba experimentando un importante proceso de modernización socioeconómico que no cuestionó, al menos en este estadio, los valores fundamentales que habían cohesionado la provincia a lo largo de todo el siglo XIX: Religión y Fueros; entendidos ambos de una manera amplia, constituían parte indispensable, conjunta o alternativamente, del bagaje argumental de cualquier grupo que aspirase a poseer un papel importante en la vida política provincial. Podemos distinguir varias fases en el desarrollo del nacionalismo guipuzcoano. La primera se extiende desde la última década de 1800 hasta 1908, año en el que se eligió el primer GBB. Su aparición en nuestra provincia vino de la mano de un grupo de exafiliados del partido integrista, nucleado en torno al periódico El Fuerista, cerrado en 1898. Este origen, su debilidad durante los años iniciales y los fuertes ataques que recibió por parte de la mayoría de los otros partidos, determinaron fuertemente la línea política que desarrolló el partido en sus primeras actividades: alejamiento de la participación electoral directa y omnipresencia de las referencias religiosas. La ortodoxia doctrinal aranista, sin embargo, no era tan clara, cuando el análisis de El Fuerista revela un fuerte peso historicista y una ausencia casi total de referencias a la raza. Los comentarios en la prensa vasquista, de elementos que después se declararán como nacionalistas, insisteron sobremanera en la cuestión lingüística como factor de nacionalidad.

La segunda fase abarca desde 1908 hasta 1915, año en el que Miguel Urreta obtuvo el primer acta de diputado provincial para los nacionalistas. La incipiente consolidación organizativa y el enfrentamiento clericalismo-anticlericalismo permitieron una actitud más decidida por parte de los nacionalistas guipuzcoanos y, en consecuencia, una mayor presencia tanto en la vida política como en los ayuntamientos de la provincia. Los años 1911-1913 conocieron un fuerte enfrentamiento con carlistas e integristas, agudizada por la enemistad con el obispo de Vitoria, por las medidas antinacionalistas adoptadas por éste. Las grandes diferencias ideológicas con el resto de las fuerzas políticas no deben hacernos olvidar, por otra parte, las aproximaciones tácticas en función de las coyunturas y la sintonía con determinados apartados de la doctrina jelkide. Todos rechazaban el separatismo atribuido a los nacionalistas, pero, un republicano federal como Gascue veía con simpatía la revigorización del vasquismo que suponía el nacionalismo, aunque el carácter religioso de los jelkides le distanciara de él. El catolicismo, precisamente, junto con la reivindicación foral y la defensa del euskera les aproximaba a integristas y carlistas. Su conducta como partido de orden, poco amigo de desestabilizaciones y movimientos revolucionarios, y su progresiva implantación, permitió su alianza con conservadores y liberales.

La última fase se extiende desde 1916 hasta septiembre de 1923, fecha en la cual la Dictadura de Primo terminó con la actividad normalizada de los partidos políticos. Su posición minoritaria fue una constante durante la mayor parte del período, aunque su importancia en Vizcaya le sirvió para situarse como una de las referencias políticas de la provincia. Cabe destacar como momento clave el año 1920, ya que experimentó un fuerte crecimiento electoral en los comicios municipales. Sólo en ese momento alcanzó una situación cómoda en el sistema político de la provincia, aunque incapaz, todavía, de convertirse en alternativa a los partidos tradicionales y subordinando su actividad a las disposiciones emanadas de los órganos vizcaínos del partido, como puede observarse en las constantes referencias a los éxitos de los mismos o en las solicitudes de ayuda para organizar cualquier tipo de acto, especialmente los más políticos. El incremento de la conflictividad sociolaboral fue otra de las novedades del momento. La postura nacionalista adoptó dos ejes básicos: impulso de Solidaridad de Obreros Vascos, apoyando las reivindicaciones laborales moderadas y, (en segundo lugar) rechazo radical a cualquier movimiento huelguístico liderado por las organizaciones de izquierda. La mayor presencia nacionalista en la provincia no se plasmó, aparentemente, en el liderazgo de una de las líneas fundamentales que marcó la política guipuzcoana de estos años. La búsqueda de la autonomía fue dirigida por personalidades prestigiosas como el jaimista Julián Elorza y el liberal José Orueta, mientras que los nacionalistas mantuvieron una posición secundaria en el movimiento autonomista de 1917 y durante la creación de la Acción Fuerista de 1923.

Socialmente, el nacionalismo se abrió paso, sobre todo, entre las clases medias-bajas guipuzcoanas: empleados, artesanos, trabajadores manuales y campesinos constituyeron el grueso de sus seguidores. Sólo un pequeño grupo de personas acomodadas abrazó las ideas sabinianas y su peso fue más destacable al final del período. En lo que respecta a su distribución territorial, ésta fue desigual. Además de constatar la ausencia del nacionalismo en numerosas localidades, lo que es confirmado, asimismo, por sus resultados electorales, hay que diferenciar dos tipos de organización. Aquellos núcleos incapaces de mantener una presencia estable, surgidos en torno a una personalidad o una coyuntura determinada, y que tras varios años de actividad desaparecían sin dejar excesivos rastros; y un segundo bloque formado por Juntas Municipales y batzokis bien consolidados que participaron de forma constante en las actividades promovidas por los diferentes organismos nacionalistas. Geográficamente, el PNV se extendió por el valle del Deva y la línea de la costa, con algunos enclaves en el interior. Sus núcleos más importantes fueron San Sebastián, Vergara, Andoain y Rentería. El nacionalismo se asentó en las zonas, económica, social y demográficamente, más dinámicas de la provincia.

El carácter escasamente político de la acción nacionalista en Guipúzcoa, en el período aquí tratado, es otra consecuencia patente. El análisis de las actividades realizadas, así como la lectura pormenorizada de las crónicas envíadas por numeroso colaboradores a la prensa nacionalista, nos muestran un nacionalismo más preocupado por la conservación del euskera y de la pureza de las costumbres, amenazadas ambas por la irrupción de personas y actitudes ajenas al estilo de vida habitual en el país, que por lo que actualmente entendemos por acción política. Los primeros años del movimiento nacionalista fueron más pródigos en ensayos de tipo moral, denunciando la corrupción de las costumbres o la utilización del castellano en las iglesias, que en artículos de tinte político o que superasen la reivindicación foral. Sólo en los últimos años del período, y aprovechándose de las reacciones contrarias suscitadas por la guerra de Marruecos, aumentaron las referencias políticas, haciendo incidencia en el peso del españolismo como causa de que los jóvenes vascos tuviesen que realizar el servicio militar. La actividad que desarrollaron los batzokis guipuzcoanos era más cultural que política, destacando la importancia que alcanzó el teatro vasco en sus programas. Los actos propiamente políticos fueron escasos, conferencias generalmente y un par de concentraciones provinciales anuales, acompañadas por algunas reuniones comarcales, más de carácter festivo que reivindicativo.

Varias son las conclusiones que podemos extraer del conjunto de los resultados nacionalistas en las diferentes luchas electorales que se produjeron en Guipúzcoa hasta 1923. En primer lugar, hay que destacar el importante incremento de la presencia nacionalista en las diferentes instituciones guipuzcoanas, especialmente en la diputación y en muchas poblaciones de mediano tamaño de nuestro territorio. No así en las elecciones a Cortes. El cambio es especialmente significativo en la diputación, donde, frente al solitario escaño de 1915, fueron 5 los nacionalistas que ocupaban asiento en la corporación provincial en 1923, constituyendo, gracias a la división entre tradicionalistas y jaimistas, la minoría con mayor representación. La presencia en el ayuntamiento de San Sebastián (11 concejales de 33) revela asimismo la relevancia adquirida por los seguidores de Sabino Arana en nuestra provincia tras veinte años de actuación. Podemos situar, de hecho, a la Comunión Nacionalista Vasca como segunda fuerza política guipuzcoana.

Este dato pone en cuestión la vinculación que se realiza entre crecimiento económico y expansión nacionalista, en la medida en que los inicios de la década de 1920, momento de fuerte crisis económica, vieron cómo crecía la influencia nacionalista fuera de Vizcaya, e incluso en esta provincia, si uniésemos el número de votos de la Comunión Nacionalista y del Partido Nacionalista Vasco se apreciaría que superaba ampliamente los resultados de 1918, considerado el mejor momento electoral del nacionalismo durante la Restauración.

La evolución de las actitudes electorales protagonizada por los nacionalistas muestra varias consecuencias ostensibles. Por un lado, el incumplimiento sistemático del art. 92 de los reglamentos nacionalistas que prohibía la coalición con otros partidos, ya que la política de alianzas fue el rasgo fundamental de la actividad nacionalista en nuestra provincia. Apreciamos, en segundo lugar, que frente al mensaje anticaciquista que caracterizó las proclamas del nacionalismo vizcaíno, los nacionalistas guipuzcoanos no tuvieron empacho en recurrir, casi desde sus inicios, a las mismas armas ilegítimas que utilizaban el resto de los partidos de la provincia. La política de alianzas, en tercer lugar, era muy cambiante, y como sucedió con los demás partidos, no respondió necesariamente a unos criterios permanentes e ideológicos, sino que estaba determinada, en buena medida, por las coyunturas concretas en las que se desarrollaban los comicios. En términos generales, los nacionalistas formaron coaliciones con las derechas en aquellas localidades donde la fuerza del carlismo y de las formaciones derechistas era escasa frente a los grupos de izquierda. Allí donde el carlismo presentaba una solidez destacada, los nacionalistas se hallaban entre aquellos que les disputaban el poder, no desdeñando la coalición con los partidos liberales. Estas uniones respondían generalmente a razones de índole exclusivamente electoral y estaban sujetas a la negociación de los puestos en lucha, lo que aclara la fragilidad y escasa durabilidad de los pactos alcanzados entre unos y otros para "repartirse" distintos ámbitos de poder.

Estos hechos, además de mostrar la importancia del ámbito local en el marco guipuzcoano, me han llevado a reconsiderar el grado de autonomía del mundo de la política respecto al conjunto de relaciones sociales que dominaban la vida provincial. He de manifestar previamente las dificultades que se ofrecen para interpretar el significado preciso de unos términos, partido, movilización, disciplina, etcétera, idénticos a los que utilizamos hoy en día, pero que en aquella época tenían lecturas mucho más laxas. La debilidad de las estructuras partidistas, más próximas a lo que podríamos considerar una facción que a lo que actualmente entendemos como partido político, es una característica no sólo de las organizaciones dinásticas, sino extensible incluso a aquellos grupos calificados habitualmente como modelos de partidos modernos, entre ellos la Comunión Nacionalista Vasca. La dimensión social de la práctica político-electoral restauracionista estaba fuertemente condicionada por el peso de una serie de grupos informales, familia, sociabilidad religiosa, círculo de amistades, relaciones profesionales, etcétera, que trascendían el marco político-ideológico, pero que, al mismo tiempo, proporcionaban a éste los apoyos indispensables para alcanzar o mantener el poder. De ahí las frecuentes quejas de los primeros nacionalistas por la falta de personas de prestigio entre sus filas. Los intentos de superar esa realidad chocaban con la misma, y, durante la fase analizada en este trabajo, tuvieron como consecuencia, o la marginalización o la entrada en un sistema donde las relaciones y los intereses tenían tanta o más importancia que las afinidades ideológicas.

Se aprecia la duplicidad existente entre la movilización política desarrollada por los nacionalistas, encaminada a la construcción nacional, y una movilidad electoral destinada a afianzar sus cuotas de poder. Aunque los datos disponibles no nos permiten confirmar plenamente esta hipótesis, la contradicción existente entre un modelo de partido basado en la movilización y orientado a la transformación del sistema político restauracionista y una práctica política posibilista, moderada y basada en la no confrontación con los grandes partidos generó, además de la escisión aberriana, más de una tensión en el seno de la Comunión Nacionalista.

Las decisiones políticas inmediatas recaían, por otra parte, sobre unos dirigentes y grupos locales que destinaban más atención a las cuestiones de ámbito municipal que a los problemas nacionales. En el caso de los nacionalistas, además, un sistema de afiliación que en la práctica primaba el vínculo con los batzokis en lugar de al partido, facilitaba una mayor incidencia de los temas localistas en su actividad cotidiana. Ese peso del factor local revela, asimismo, el pluralismo real y la escasa rigidez de las estructuras partidistas nacionalistas que fueron incapaces, o ni siquiera intentaron, conseguir posturas homogéneas en las distintas localidades en las que tenían presencia en lo referente, por ejemplo, a las alianzas electorales en el ámbito municipal. El paso de la sociabilidad surgida en el batzoki y basada en lazos de amistad, relaciones profesionales o familiares a la solidaridad política, centrada en la afinidad de pensamiento y los lazos administrativos (carnet de afiliación, asambleas, prensa, etcétera) no era tan automática, ni tan eficaz como parece desprenderse de las apologías de la actividad desarrollada en los batzokis.
El clima de consenso provincial ya comentado y la presencia en las filas nacionalistas de algunas personas que por su extracción social, educación, afinidades personales o familiares y comportamientos, estaban muy próximos a aquellos sectores que habían liderado tradicionalmente la vida política y social guipuzcoana obstaculizaron la explicitación de un universo propio de los nacionalistas que incluyese, además de elementos ideológico-culturales, una práctica política diferenciada. La juventud de la clase política nacionalista, su relativa inexperiencia y sus altos niveles de recambio no impidieron la continuidad de unas maneras de hacer política características del siglo XIX y que tienen aún un fuerte peso en nuestra cultura política.

Otra muestra del carácter flexible del nacionalismo guipuzcoano se advierte asimismo en su actitud ante las cuestiones lingüísticas. Una defensa del euskera que superaba el campo simbólico-ideológico para entrar en el de la vida cotidiana, en donde la penetración del castellano era cada vez más importante, preconizando la utilización del euskera en todos los ámbitos de actuación social, incluido el administrativo, fue uno de los rasgos distintivos del nacionalismo guipuzcoano. De hecho, si la presencia de los nacionalistas es más bien escasa en el mundo político guipuzcoano hasta fechas tardías, no ocurre lo mismo en el terreno de defensa del euskera, donde desde inicios de siglo se destaca la presencia de conocidos nacionalistas. Lo verdaderamente relevante es la participación junto con los nacionalistas de personajes de distintas ideologías y afinidades políticas, desde Gregorio Múgica, alma mater de la mayor parte de las iniciativas en este terreno, hasta el integrista Juan Bautista Larreta o el propio presidente de la diputación provincial, Julián Elorza, que llegó a pronunciar un discurso en euskera ante el propio monarca.

Esta colaboración, además de generar una mayor familiaridad entre ellas, disminuyó el nivel de conflictividad que caracterizó al nacionalismo vizcaíno y facilitó la consolidación de un nacionalismo guipuzcoano más flexible y predispuesto al consenso. Como consecuencia de lo dicho, buena parte de la actuación de los nacionalistas guipuzcoanos en el período de la Restauración se guió por pautas y formas culturales complementarias, anteriores o paralelas a la formulación teórica ortodoxa del aranismo. El resultado fue positivo, incluso para los propios nacionalistas que tenían en 1923 cinco diputados provinciales en Guipúzcoa por cuatro en Vizcaya.

En conclusión, los rasgos distintivos del nacionalismo vasco en Guipúzcoa constituyen una trilogía formada por la defensa de la religión y la moral tradicional, la reivindicación del sistema foral en su sentido más amplio y la preeminencia del idioma como eje de la nacionalidad. Ninguno de los tres elementos, tomado aisladamente, supone un factor diferenciador del nacionalismo respecto de otras fuerzas políticas. Es la síntesis de estos tres elementos, su política electoral y la capacidad organizativa del nacionalismolo que permitió y facilitó el importante crecimiento experimentado por la Comunión Nacionalista Vasca a finales del período aquí analizado.

Mikel Aizpuru Murua