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El Partido
Nacionalista Vasco en Guipúzcoa (1893-1923). Orígenes, organización
y actuación política.
El Partido Nacionalista Vasco
surgió en una Guipúzcoa que a principios del siglo XX se
encontraba experimentando un importante proceso de modernización
socioeconómico que no cuestionó, al menos en este estadio,
los valores fundamentales que habían cohesionado la provincia a
lo largo de todo el siglo XIX: Religión y Fueros; entendidos ambos
de una manera amplia, constituían parte indispensable, conjunta
o alternativamente, del bagaje argumental de cualquier grupo que aspirase
a poseer un papel importante en la vida política provincial. Podemos
distinguir varias fases en el desarrollo del nacionalismo guipuzcoano.
La primera se extiende desde la última década de 1800 hasta
1908, año en el que se eligió el primer GBB. Su aparición
en nuestra provincia vino de la mano de un grupo de exafiliados del partido
integrista, nucleado en torno al periódico El Fuerista, cerrado
en 1898. Este origen, su debilidad durante los años iniciales y
los fuertes ataques que recibió por parte de la mayoría
de los otros partidos, determinaron fuertemente la línea política
que desarrolló el partido en sus primeras actividades: alejamiento
de la participación electoral directa y omnipresencia de las referencias
religiosas. La ortodoxia doctrinal aranista, sin embargo, no era tan clara,
cuando el análisis de El Fuerista revela un fuerte peso historicista
y una ausencia casi total de referencias a la raza. Los comentarios en
la prensa vasquista, de elementos que después se declararán
como nacionalistas, insisteron sobremanera en la cuestión lingüística
como factor de nacionalidad. La segunda fase abarca desde
1908 hasta 1915, año en el que Miguel Urreta obtuvo el primer acta
de diputado provincial para los nacionalistas. La incipiente consolidación
organizativa y el enfrentamiento clericalismo-anticlericalismo permitieron
una actitud más decidida por parte de los nacionalistas guipuzcoanos
y, en consecuencia, una mayor presencia tanto en la vida política
como en los ayuntamientos de la provincia. Los años 1911-1913 conocieron
un fuerte enfrentamiento con carlistas e integristas, agudizada por la
enemistad con el obispo de Vitoria, por las medidas antinacionalistas
adoptadas por éste. Las grandes diferencias ideológicas
con el resto de las fuerzas políticas no deben hacernos olvidar,
por otra parte, las aproximaciones tácticas en función de
las coyunturas y la sintonía con determinados apartados de la doctrina
jelkide. Todos rechazaban el separatismo atribuido a los nacionalistas,
pero, un republicano federal como Gascue veía con simpatía
la revigorización del vasquismo que suponía el nacionalismo,
aunque el carácter religioso de los jelkides le distanciara de
él. El catolicismo, precisamente, junto con la reivindicación
foral y la defensa del euskera les aproximaba a integristas y carlistas.
Su conducta como partido de orden, poco amigo de desestabilizaciones y
movimientos revolucionarios, y su progresiva implantación, permitió
su alianza con conservadores y liberales. La última fase se extiende
desde 1916 hasta septiembre de 1923, fecha en la cual la Dictadura de
Primo terminó con la actividad normalizada de los partidos políticos.
Su posición minoritaria fue una constante durante la mayor parte
del período, aunque su importancia en Vizcaya le sirvió
para situarse como una de las referencias políticas de la provincia.
Cabe destacar como momento clave el año 1920, ya que experimentó
un fuerte crecimiento electoral en los comicios municipales. Sólo
en ese momento alcanzó una situación cómoda en el
sistema político de la provincia, aunque incapaz, todavía,
de convertirse en alternativa a los partidos tradicionales y subordinando
su actividad a las disposiciones emanadas de los órganos vizcaínos
del partido, como puede observarse en las constantes referencias a los
éxitos de los mismos o en las solicitudes de ayuda para organizar
cualquier tipo de acto, especialmente los más políticos.
El incremento de la conflictividad sociolaboral fue otra de las novedades
del momento. La postura nacionalista adoptó dos ejes básicos:
impulso de Solidaridad de Obreros Vascos, apoyando las reivindicaciones
laborales moderadas y, (en segundo lugar) rechazo radical a cualquier
movimiento huelguístico liderado por las organizaciones de izquierda.
La mayor presencia nacionalista en la provincia no se plasmó, aparentemente,
en el liderazgo de una de las líneas fundamentales que marcó
la política guipuzcoana de estos años. La búsqueda
de la autonomía fue dirigida por personalidades prestigiosas como
el jaimista Julián Elorza y el liberal José Orueta, mientras
que los nacionalistas mantuvieron una posición secundaria en el
movimiento autonomista de 1917 y durante la creación de la Acción
Fuerista de 1923. Socialmente, el nacionalismo
se abrió paso, sobre todo, entre las clases medias-bajas guipuzcoanas:
empleados, artesanos, trabajadores manuales y campesinos constituyeron
el grueso de sus seguidores. Sólo un pequeño grupo de personas
acomodadas abrazó las ideas sabinianas y su peso fue más
destacable al final del período. En lo que respecta a su distribución
territorial, ésta fue desigual. Además de constatar la ausencia
del nacionalismo en numerosas localidades, lo que es confirmado, asimismo,
por sus resultados electorales, hay que diferenciar dos tipos de organización.
Aquellos núcleos incapaces de mantener una presencia estable, surgidos
en torno a una personalidad o una coyuntura determinada, y que tras varios
años de actividad desaparecían sin dejar excesivos rastros;
y un segundo bloque formado por Juntas Municipales y batzokis bien consolidados
que participaron de forma constante en las actividades promovidas por
los diferentes organismos nacionalistas. Geográficamente, el PNV
se extendió por el valle del Deva y la línea de la costa,
con algunos enclaves en el interior. Sus núcleos más importantes
fueron San Sebastián, Vergara, Andoain y Rentería. El nacionalismo
se asentó en las zonas, económica, social y demográficamente,
más dinámicas de la provincia. El carácter escasamente
político de la acción nacionalista en Guipúzcoa,
en el período aquí tratado, es otra consecuencia patente.
El análisis de las actividades realizadas, así como la lectura
pormenorizada de las crónicas envíadas por numeroso colaboradores
a la prensa nacionalista, nos muestran un nacionalismo más preocupado
por la conservación del euskera y de la pureza de las costumbres,
amenazadas ambas por la irrupción de personas y actitudes ajenas
al estilo de vida habitual en el país, que por lo que actualmente
entendemos por acción política. Los primeros años
del movimiento nacionalista fueron más pródigos en ensayos
de tipo moral, denunciando la corrupción de las costumbres o la
utilización del castellano en las iglesias, que en artículos
de tinte político o que superasen la reivindicación foral.
Sólo en los últimos años del período, y aprovechándose
de las reacciones contrarias suscitadas por la guerra de Marruecos, aumentaron
las referencias políticas, haciendo incidencia en el peso del españolismo
como causa de que los jóvenes vascos tuviesen que realizar el servicio
militar. La actividad que desarrollaron los batzokis guipuzcoanos era
más cultural que política, destacando la importancia que
alcanzó el teatro vasco en sus programas. Los actos propiamente
políticos fueron escasos, conferencias generalmente y un par de
concentraciones provinciales anuales, acompañadas por algunas reuniones
comarcales, más de carácter festivo que reivindicativo.
Varias son las conclusiones que podemos extraer del conjunto de los resultados nacionalistas en las diferentes luchas electorales que se produjeron en Guipúzcoa hasta 1923. En primer lugar, hay que destacar el importante incremento de la presencia nacionalista en las diferentes instituciones guipuzcoanas, especialmente en la diputación y en muchas poblaciones de mediano tamaño de nuestro territorio. No así en las elecciones a Cortes. El cambio es especialmente significativo en la diputación, donde, frente al solitario escaño de 1915, fueron 5 los nacionalistas que ocupaban asiento en la corporación provincial en 1923, constituyendo, gracias a la división entre tradicionalistas y jaimistas, la minoría con mayor representación. La presencia en el ayuntamiento de San Sebastián (11 concejales de 33) revela asimismo la relevancia adquirida por los seguidores de Sabino Arana en nuestra provincia tras veinte años de actuación. Podemos situar, de hecho, a la Comunión Nacionalista Vasca como segunda fuerza política guipuzcoana. Este dato pone en cuestión
la vinculación que se realiza entre crecimiento económico
y expansión nacionalista, en la medida en que los inicios de la
década de 1920, momento de fuerte crisis económica, vieron
cómo crecía la influencia nacionalista fuera de Vizcaya,
e incluso en esta provincia, si uniésemos el número de votos
de la Comunión Nacionalista y del Partido Nacionalista Vasco se
apreciaría que superaba ampliamente los resultados de 1918, considerado
el mejor momento electoral del nacionalismo durante la Restauración.
La evolución de las
actitudes electorales protagonizada por los nacionalistas muestra varias
consecuencias ostensibles. Por un lado, el incumplimiento sistemático
del art. 92 de los reglamentos nacionalistas que prohibía la coalición
con otros partidos, ya que la política de alianzas fue el rasgo
fundamental de la actividad nacionalista en nuestra provincia. Apreciamos,
en segundo lugar, que frente al mensaje anticaciquista que caracterizó
las proclamas del nacionalismo vizcaíno, los nacionalistas guipuzcoanos
no tuvieron empacho en recurrir, casi desde sus inicios, a las mismas
armas ilegítimas que utilizaban el resto de los partidos de la
provincia. La política de alianzas, en tercer lugar, era muy cambiante,
y como sucedió con los demás partidos, no respondió
necesariamente a unos criterios permanentes e ideológicos, sino
que estaba determinada, en buena medida, por las coyunturas concretas
en las que se desarrollaban los comicios. En términos generales,
los nacionalistas formaron coaliciones con las derechas en aquellas localidades
donde la fuerza del carlismo y de las formaciones derechistas era escasa
frente a los grupos de izquierda. Allí donde el carlismo presentaba
una solidez destacada, los nacionalistas se hallaban entre aquellos que
les disputaban el poder, no desdeñando la coalición con
los partidos liberales. Estas uniones respondían generalmente a
razones de índole exclusivamente electoral y estaban sujetas a
la negociación de los puestos en lucha, lo que aclara la fragilidad
y escasa durabilidad de los pactos alcanzados entre unos y otros para
"repartirse" distintos ámbitos de poder. Estos hechos, además
de mostrar la importancia del ámbito local en el marco guipuzcoano,
me han llevado a reconsiderar el grado de autonomía del mundo de
la política respecto al conjunto de relaciones sociales que dominaban
la vida provincial. He de manifestar previamente las dificultades que
se ofrecen para interpretar el significado preciso de unos términos,
partido, movilización, disciplina, etcétera, idénticos
a los que utilizamos hoy en día, pero que en aquella época
tenían lecturas mucho más laxas. La debilidad de las estructuras
partidistas, más próximas a lo que podríamos considerar
una facción que a lo que actualmente entendemos como partido político,
es una característica no sólo de las organizaciones dinásticas,
sino extensible incluso a aquellos grupos calificados habitualmente como
modelos de partidos modernos, entre ellos la Comunión Nacionalista
Vasca. La dimensión social de la práctica político-electoral
restauracionista estaba fuertemente condicionada por el peso de una serie
de grupos informales, familia, sociabilidad religiosa, círculo
de amistades, relaciones profesionales, etcétera, que trascendían
el marco político-ideológico, pero que, al mismo tiempo,
proporcionaban a éste los apoyos indispensables para alcanzar o
mantener el poder. De ahí las frecuentes quejas de los primeros
nacionalistas por la falta de personas de prestigio entre sus filas. Los
intentos de superar esa realidad chocaban con la misma, y, durante la
fase analizada en este trabajo, tuvieron como consecuencia, o la marginalización
o la entrada en un sistema donde las relaciones y los intereses tenían
tanta o más importancia que las afinidades ideológicas.
Se aprecia la duplicidad existente
entre la movilización política desarrollada por los nacionalistas,
encaminada a la construcción nacional, y una movilidad electoral
destinada a afianzar sus cuotas de poder. Aunque los datos disponibles
no nos permiten confirmar plenamente esta hipótesis, la contradicción
existente entre un modelo de partido basado en la movilización
y orientado a la transformación del sistema político restauracionista
y una práctica política posibilista, moderada y basada en
la no confrontación con los grandes partidos generó, además
de la escisión aberriana, más de una tensión en el
seno de la Comunión Nacionalista. Las decisiones políticas
inmediatas recaían, por otra parte, sobre unos dirigentes y grupos
locales que destinaban más atención a las cuestiones de
ámbito municipal que a los problemas nacionales. En el caso de
los nacionalistas, además, un sistema de afiliación que
en la práctica primaba el vínculo con los batzokis en lugar
de al partido, facilitaba una mayor incidencia de los temas localistas
en su actividad cotidiana. Ese peso del factor local revela, asimismo,
el pluralismo real y la escasa rigidez de las estructuras partidistas
nacionalistas que fueron incapaces, o ni siquiera intentaron, conseguir
posturas homogéneas en las distintas localidades en las que tenían
presencia en lo referente, por ejemplo, a las alianzas electorales en
el ámbito municipal. El paso de la sociabilidad surgida en el batzoki
y basada en lazos de amistad, relaciones profesionales o familiares a
la solidaridad política, centrada en la afinidad de pensamiento
y los lazos administrativos (carnet de afiliación, asambleas, prensa,
etcétera) no era tan automática, ni tan eficaz como parece
desprenderse de las apologías de la actividad desarrollada en los
batzokis. Otra muestra del carácter
flexible del nacionalismo guipuzcoano se advierte asimismo en su actitud
ante las cuestiones lingüísticas. Una defensa del euskera
que superaba el campo simbólico-ideológico para entrar en
el de la vida cotidiana, en donde la penetración del castellano
era cada vez más importante, preconizando la utilización
del euskera en todos los ámbitos de actuación social, incluido
el administrativo, fue uno de los rasgos distintivos del nacionalismo
guipuzcoano. De hecho, si la presencia de los nacionalistas es más
bien escasa en el mundo político guipuzcoano hasta fechas tardías,
no ocurre lo mismo en el terreno de defensa del euskera, donde desde inicios
de siglo se destaca la presencia de conocidos nacionalistas. Lo verdaderamente
relevante es la participación junto con los nacionalistas de personajes
de distintas ideologías y afinidades políticas, desde Gregorio
Múgica, alma mater de la mayor parte de las iniciativas en este
terreno, hasta el integrista Juan Bautista Larreta o el propio presidente
de la diputación provincial, Julián Elorza, que llegó
a pronunciar un discurso en euskera ante el propio monarca. Esta colaboración, además
de generar una mayor familiaridad entre ellas, disminuyó el nivel
de conflictividad que caracterizó al nacionalismo vizcaíno
y facilitó la consolidación de un nacionalismo guipuzcoano
más flexible y predispuesto al consenso. Como consecuencia de lo
dicho, buena parte de la actuación de los nacionalistas guipuzcoanos
en el período de la Restauración se guió por pautas
y formas culturales complementarias, anteriores o paralelas a la formulación
teórica ortodoxa del aranismo. El resultado fue positivo, incluso
para los propios nacionalistas que tenían en 1923 cinco diputados
provinciales en Guipúzcoa por cuatro en Vizcaya. En conclusión, los rasgos
distintivos del nacionalismo vasco en Guipúzcoa constituyen una
trilogía formada por la defensa de la religión y la moral
tradicional, la reivindicación del sistema foral en su sentido
más amplio y la preeminencia del idioma como eje de la nacionalidad.
Ninguno de los tres elementos, tomado aisladamente, supone un factor diferenciador
del nacionalismo respecto de otras fuerzas políticas. Es la síntesis
de estos tres elementos, su política electoral y la capacidad organizativa
del nacionalismolo que permitió y facilitó el importante
crecimiento experimentado por la Comunión Nacionalista Vasca a
finales del período aquí analizado. Mikel Aizpuru
Murua |