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(14 - 2001ko Martxoa)

PESCADORES EN RIO REVUELTO

MARTUTENE: CONDENADOS POR LA HISTORIA

Para ETA, "el combate es duro, pero hermoso" (ZUTABE 86). Quienes mueren en él, entregan su vida al progreso con serenidad y creatividad. Sólo los que son incapaces de conocer las cruentas leyes de este progreso histórico, sufren inútilmente. Son "hombre condenados", son gente que se encuentra fuera de la Historia. La lógica de ese cinismo del que son seguidores devotos sólo les lleva a considerar que esos condenados por la Historia son hombres que no merecen la pena, son culpables de su propia desgracia.

El asesinato, la pasada semana, de dos trabajadores de la empresa "Elektra" nos ha recordado el conocido "catecismo del revolucionario" atribuido a Netchaiev, nefasto personaje del que Lenin fue consumado aprendiz, que, según Hannah Arendt, predicaba el desprecio total hacia el "hombre condenado" sin "intereses personales, asuntos, sentimientos, lazos, propiedad ni siquiera un nombre propio".

José Angel Santos y Josu Leonet son hombres condenados. Tras su muerte, pasarán a engrosar las estadísticas de la crueldad política o serán fríos y circunstanciales indicadores del conflicto político, víctimas colaterales de la "obsesión revolucionaria" por combatir y vencer al enemigo. Habrán dejado de tener "intereses, asuntos, sentimientos, lazos, propiedad y nombre propio". El incremento del número de víctimas del terror etarra condena a la víctima concreta al anonimato y al olvido y a su entorno afectivo a la frustración y, a veces, al resentimiento. La opinión pública es débil con las víctimas. Se echa en falta una mayor solidaridad pública. Una solidaridad que reivindique al hombre. Que reivindique al hombre y a su contexto vital. Y se echa en falta una opinión pública que ejercite, además, la censura. Censura entendida en el más puro sentido lockeano, expresada como reacción pública de desagrado ante quién atenta contra las instituciones, la ley y los valores compartidos por la mayoría de la comunidad a la que pertenece.

La natural conmoción que ha creado el asesinato de los dos trabajadores y que la `ekintza´ de ETA no se haya cobrado la víctima prevista –un concejal del PSE- ha hecho que pase un tanto desapercibida la advertencia que, en las antevísperas de la campaña electoral vasca, la organización terrorista quería dirigir a los vascos y a sus representantes políticos. El editorial de GARA del 23-F viene a cubrir el vacío: "es la primera vez que ETA intenta matar a un concejal del PSOE". Añade a continuación: "hasta la fecha, las acciones contra miembros de este partido habían ido dirigidas hacia cargos de mayor rango institucional u orgánico". Que sus acciones sean "didácticas, inteligibles,..." es ley para ETA. Una acción debe ser ejemplarizante. Su intencionalidad no puede quedar oculta. El mensaje de este acto terrorista es claro: el cerco mortal de ETA a los socialistas se intensifica.

Con esta decisión, colocando un nuevo colectivo en el punto de mira de sus armas de fuego, ETA busca mayor incidencia en la política vasca. Sabe que todos los que puedan formar gobierno miran, interpelan y esperan la decisión del PSE que, obtenga los votos que obtenga, será decisiva para la estabilidad del Gobierno de Gasteiz. Por ello, ETA reincidirá en ese mismo objetivo.

¿HAY ATAJOS CONTRA ETA?

En todo caso, ETA ha dado un salto hacia delante. Se cree fuerte, con nuevos arrestos y savia renovada. Su nueva estructura de comandos no está fichada, lo que le otorga una gran ventaja operativa. Los retratos de las comisarías son ya de militantes que han pasado a la reserva. Por eso, ETA se ve a sí misma con poderío suficiente. Y se cree "pescador en río revuelto" en esta fase de antagonismo radical, con las elecciones a vista de pájaro, en un momento en el que en Euskadi se está llegando al canibalismo político más auto-destructivo jamás visto. Nunca ha estado ETA más lejos de un escenario de "autoinmolación o suicidio", que sugería esta semana pasada el analista Alberto Surio. El "hasta aquí hemos llegado" de Iñaki Aldekoa no pasa de ser un acto personal e intrasferible. No preludia crisis o evolución interna alguna. A los que creían en que Patxi Zabaleta y Aralar eran "la gran esperanza" de ruptura en el seno del MLNV, les habrán decepcionado las palabras del concejal de EH de Iruña en las considera un acto "muy grave" situarse al margen de un movimiento en el que los "blandos" cumplen la tarea de contener dentro a aquellos pusilánimes tentados a fugarse. Aralar, por tanto, vigila la salida. ETA no ha de preocuparse por los problemas internos. Le basta con actuar y esperar.

Así las cosas, el tema de enganche de campaña va a ser ETA. Algunos candidatos –Redondo Terreros- se comprometen a acabar con ella en cuatro años. Como consecuencia, en este "tempus" electoral, las detenciones de presuntos terroristas se venden con un triunfalismo mediático sin precedentes. Con García Gaztelu detenido, se dice que ETA está descabezada. Sin embargo, la policía francesa no ha podido, tras esta importante detención, encadenar más capturas de miembros de la dirección de ETA. Ni siquiera ha logrado descubrir la infraestructura de "pisos francos" en los Txapote ha estado alojado. Todo apunta a que no ha habido ni investigación ni seguimientos, a que la detención ha sido fruto de la casualidad.

También las detenciones que han afectado al comando Ttotto de ETA han sido, según los políticos, un duro golpe al llamado complejo Donosti, que sigue teniendo, a pesar de ello, una capacidad de fuego importante. El nerviosismo y la excitación ante el clima electoral ha llevado a algunos políticos a hacer el ridículo. Este es el caso del Delegado de Gobierno, Enrique Villar, que ha tildado de "menores" estas detenciones que ha realizado la Ertzaintza. No somos partidarios de atizar falsas euforias, pero si la detención de Guridi Lasa y de Lerma Usabiaga, presuntos miembros activos de ETA, ha sido de carácter "menor", ¿qué se podría decir de las detenciones de los colaboradores de aquellos, realizadas por la Guardia Civil? El más cauto y prudente, esta vez sí, en sus manifestaciones ha sido el consejero Balza que ha hablado de "coordinación", de "contacto permanente" y de "actuaciones policiales complementarias", sin hinchar globos, sin ese falso y peligroso optimismo que se detecta en políticos y medios de comunicación. Ese optimismo de pega que vaticina la inmediata derrota, en 4 años, del terrorismo vasco siempre que sea Mayor Oreja el próximo lehendakari. En el combate contra el terrorismo, no hay atajos. Lo decía el Mayor Oreja titular del Ministerio del Interior. Parece que al Mayor Oreja candidato se le ha olvidado.

RETOMAR LA ETICA DE AGIRRE

No hay atajos, en efecto. Desde comienzos de la transición, por no ir más atrás, se han diseñado y ensayado multitud de planes-atajo (desde el propio golpe del 23-F que ahora cumple 20 años hasta la creación de los GAL, sin olvidarnos de las conversaciones y acuerdos con ETA, fueran los Gobiernos de España en Argel en 1989 y en Suiza en 1999 o los partidos nacionalistas en un lugar indeterminado en 1998) para acabar con la violencia. Todos han fracasado.

El que no haya atajos no significa que debamos acostumbrarnos a convivir con ETA y sus secuelas. No significa tampoco que no pueda haber planes y compromisos activos. De hecho, nosotros creemos que hay que ir más allá de las proclamaciones, en discursos o campañas, de los derechos humanos. Ciudadanos e instituciones tienen mucho que aportar al combate contra la violencia ilegítima de ETA. Por ejemplo, el lehendakari Ibarretxe recordó, al escenificar su propuesta de compromiso ético en Gernika, que uno de los principios que han caracterizado la ética política de los vascos ha sido el respeto a "la vida, la libertad y el trabajo" de las personas. Pues bien, un compromiso activo en torno a esos principios es de lo poco que puede aportar unión y solidaridad entre las instituciones y el pueblo al que representan. En este sentido, Ibarretxe podría hoy hacer suya la cuestión que planteó el primer lehendakari, José Antonio Agirre: "¿Quiénes son los leales a nuestra vieja tradición de dos mil años, empapada en gesta de libertad y de espíritu democrático?". Y responder al país y al mundo como lo hizo aquel: "para todos quienes conocen nuestro problema en mundo, los vascos somos nosotros... La dictadura no es vasca, el militarismo no es vasco, la antidemocracia no es vasca y el totalitarismo, sea del color que sea, tampoco es vasco".

El pueblo vasco tiene, por supuesto, derecho a defenderse de la agresión de ETA. Sin agonías, sin angustia ni desesperación, con serenidad y firmeza. Los vascos, como personas y como comunidad democráticamente constituida, tenemos derecho a recurrir a la violencia legítima contra el terror y contra los ataques a la libertad. Luchar contra ETA hoy es defender la voluntad presente de los vascos como colectivo. Eso es una exigencia de la ética política, de la que la lucha policial es una parte, aunque no la totalidad, inseparable. Consciente de ello, la Ertzaintza debe actuar sin descanso en su trabajo. Y el lehendakari Ibarretxe debería llamar, como Agirre, a su pueblo a defenderse "sin dramatismos", colaborando con el Gobierno y con la Ertzaintza, toda vez que Gobierno y Ertzaintza dan el mejor ejemplo en primera línea de esta defensa. Y para quién quiera saber lo que significa la paz democrática, frente a los que preconizan atajos o vías laterales hacia la paz, he aquí la sentencia de Agirre: "O triunfan los poderes legítimos que el pueblo se ha dado a sí mismo o es inevitable la guerra europea". No habrá paz, por tanto, en la confrontación contra las instituciones vascas. Está clarísimo que quien quiere liquidarlas en aras de su pendiente revolución, apuesta por la inevitabilidad de la guerra. La legitimidad democrática de las decisiones de los pueblos reside en sus instituciones. Por eso es tan peligroso que el PP haya jugado, por criterio político, al desacato institucional. Aunque este desprecio a la máxima autoridad vasca fuera motivado por imperativos políticos de altísimas miras, en el desacato al lehendakari no ha dejado de producirse un verdadero desacato al resultado de las elecciones de 1998, lo que ha venido a significar que se desacata la todavía vigente voluntad de los vascos.

LAS ELECCIONES Y LA "NUEVA ETAPA"

Las elecciones del 98, por su parte, tienen ya fecha de caducidad. El martes 20 de febrero, el lehendakari Ibarretxe ha anunciado elecciones para el 13 de mayo. Iñigo Urkullu, presidente del Bizkai Buru Batzar del PNV, ha afirmado inmediatamente que se trata del "cierre de una etapa que comenzó con ilusión y termina con nuestra frustración". Según Urkullu, máximo dirigente de los nacionalistas vizcainos, a partir de este momento se abre una "nueva etapa", sobre la base de una ilusión "truncada" y "defraudada", y que será protagonizada por la propia sociedad vasca. No hay nada que alegar al análisis que ha hecho Iñigo Urkullu. Pocas afirmaciones de algún político habrán sido en los últimos meses tan compartidas como ésta. Nacionalistas vascos y españoles, constitucionalistas y estatutistas, demócratas y revolucionarios, todos han reconocido, en las manifestaciones públicas que han divulgado a través de los medios de comunicación, que estas elecciones cerrarán una etapa política.

Es cierto que las elecciones de octubre de 1998 se celebraron en un contexto diferente al que estamos viviendo. El pacto de gobierno entre PNV y EA suscrito como consecuencia de ellas partía de la premisa de que "en la sociedad vasca ha germinado la semilla de la paz". A finales de noviembre de 1999, sin embargo, "la semilla de la paz" había marchitado. No podía abrirse una "nueva etapa política" sin zanjar aquella que se había abierto sobre una realidad diferente, que creó unas expectativas diferentes y que exigió al nacionalismo unas alianzas diferentes. No podía abrirse una "nueva etapa" sin levantar acta del fracaso rotundo de la anterior.

Ibarretxe ha convocado las elecciones y ha pedido a los partidos dos cosas. La primera es que se comporten de manera "civilizada" y ello sólo puede entenderse como una petición de que la campaña electoral no se convierta en una polémica entre posiciones cerradas, esencialistas o finalistas. Y una petición para que los partidos deben abandonar la tentación de convertir las instituciones vascas en puro objeto de sus intereses partidistas. La segunda es que las opciones que se ofrezcan al país en las elecciones busquen responder a sus problemas culturales, socioeconómicos y políticos concretos de la ciudadanía.

Es inadecuado que los proyectos finalistas de los partidos, defendidos a bombo y platillo por los aparatos burocráticos de los mismos, se sobrepongan y ensombrezcan la política de las instituciones. Es el momento de continuar la construcción de la nación concreta. Es el momento de consolidar los pactos que han dotado de estabilidad a las instituciones vascas. Es el momento de apostar por los pactos políticos refrendados por los vascos en 1979, que implica el reconocimiento de que sólo el pueblo vasco es sujeto de su futuro. Es el momento de reeditar los pactos económicos –Conciertos- que subyacen a los derechos históricos que reconoce el ordenamiento constitucional. Es el momento de consolidar los pactos de convivencia linguístico-cultural que habían supuesto el tercer eje del pacto estatutario. Y, sobre todo, es el momento de los planes concretos ante los problemas concretos.

Sólo podemos esperar que, en la campaña electoral y con el nuevo gobierno que se constituya, se recupere la credibilidad de la sociedad en los procedimientos democráticos y se recupere liderazgo institucional. Y restablecer la credibilidad y la centralidad políticas para las instituciones exige restablecer el respeto en torno a los valores democráticos comunes: ante la vida, la libertad y el trabajo de las personas y ante las decisiones vigentes del pueblo vasco.

En anteriores crónicas, hemos hablado de los tres compromisos del lehendakari Ibarretxe. Hemos exigido al lehendakari que debe proyectar a la sociedad vasca, que debe activar en la sociedad vasca y que debe comprometer a la sociedad vasca con sus compromisos ético, democrático y político. Hemos creído en la "nueva etapa" que estos compromisos inauguraban. Y hemos exigido elecciones para que esta "nueva etapa" tuviera credibilidad.

En todo caso, esta etapa que se abre precisa apoyarse en una infraestructura política consolidada. En este sentido, se está tanteando la posibilidad de materializar, por segunda vez desde la escisión de 1986, una coalición entre PNV y EA. La coalición no está exenta de dificultades: las siglas están consolidadas, cada partido quiere su propio grupo parlamentario y hay diferencias ciertamente serias a la hora de acordar un programa de trabajo. En cuanto a la exigencia de una "imagen de marca", es comprensible aunque sea de difícil solución por razones reglamentarias. La cuestión programática es otro cantar. Está claro que EA se ha equivocado de medio a medio al plantear el agotamiento del Estatuto y al plantear una propuesta soberanista inadecuada a la realidad socio-política del país. En su seno, hay muchas voces que plantean la prioridad de un acuerdo pre-electoral entre nacionalistas y las dificultades que una pretensión soberanista supondría para que la política concreta del País Vasco siga teniendo un sesgo vasquista, abierto, pluricultural.

Si se dice que es el momento de postular la construcción de la nación concreta, de reivindicar la aportación de los nacionalistas a los 20 años en los que se ha construido país sobre la base de la voluntad de este último, no es válido que el nacionalismo propugne un discurso fatalista. Un discurso de resistencia, que llame a la movilización de un patriotismo de trinchera, puede ser rentable electoralmente al aprovechar la polarización nacionalistas-españoles, pero tiene el riesgo de que, dado el carácter a la defensiva del mismo y la escasa compactación de esa masa crítica a la que se dirige, traiga como consecuencia un desplome moral del nacionalismo. En todo caso, antes o después, un planteamiento agonista nos echará en los brazos de ETA, siempre dispuesta a aprovechar nuestro desplome. La creencia, a todos los efectos ridícula, en que ETA pueda decretar una tregua que facilite unos mejores resultados del nacionalismo es, chocantemente, el mejor reflejo de esa estupidez de vasallo que, pariente de la desesperación, debemos prevenir entre nuestras filas.

La "nueva etapa" es el mejor antídoto contra esa estupidez. El inicio de la misma no se remite al 13-M y a lo que pueda pasar en esa fecha. La "nueva etapa" no se debe reducir a un ser o no ser que dependa del triunfo o la derrota del nacionalismo en las urnas. La "nueva etapa" debe ser nueva a todos los efectos. El triple compromiso de Ibarretxe debe concebirse como el primer paso de una larga caminata que transcienda el litigio electoral. Los compromisos ético, democrático y político propuestos por el lehendakari deben superar ese nivel de adhesiones que ha logrado entre instituciones y organismos sociales y debe proyectarse a la sociedad. Este discurso es constructivo y sólo tiene expectativas de fructificar a cierto plazo si se sobrepone sobre el actual vocerío de los partidos.

LA ALTERNATIVA

Soledad Gallego, cronista de EL PAIS, recoge de un alto dirigente del PP la opinión de que un gobierno de coalición entre PP y PSOE "sería un éxito para la estrategia diseñada por José María Aznar y su equipo hace ya varios años".

No parece creíble que el PSOE pueda avalar esa "estrategia diseñada hace ya varios años". De hecho, corre la versión de que el PSOE ha firmado un pacto antiterrorista en el que no cree para que sirva de escudo o salvaguarda tras el que pueda realizar una oposición descarnada y dura contra el PP en el resto del Estado. De esta versión nos preocuparía una vez más que los vascos seamos el parapeto de estrategias que nos superan. Nos preocuparía que en el país vasco se ponga el dolor y el sufrimiento para que otros se beneficien en clave de partido.

Pero, un testimonio reciente nos da qué pensar. El coordinador de IU, Gaspar Llamazares, tras una entrevista con Mayor Oreja, ha afirmado que al PP "sólo le interesa desintegrar al PNV" de tal manera que en el futuro todos los nacionalistas puedan ser identificados con el MLNV y que entonces, según este diseño con mayor facilidad, será "la lucha policial la que acabe con ETA". Opinión que básicamente comparte Mario Onaindia: "sin una derrota de los postulados nacionalistas Euskadi no tiene salida". Sobre las andanzas del ínclito Onaindia habría mucho que decir. Otro artículo de este GoizArgi comenta su sospechosa andadura. Desde que se proclama militante de ETA "marxista leninista" hasta que, sin que de razón alguna ni haya constancia de cuando ha cambiado ETA de ideología, la tilda de "fascista" media un recorrido cuyo único elemento de coherencia es un antinacionalismo acendrado. En todo caso, por hoy nos basta con indicar que el objetivo primario de esta alianza PP-PSOE puede ser, según los testimonios hoy recogidos, liquidar al nacionalismo vasco, un nacionalismo de amplia y contrastada tradición democrática. Y después, sólo después, afrontar la lucha final contra el terrorismo marxista-leninista vasco. Ahora bien, ¿cómo afrontará Mario Onaindia esta última fase?

La estrategia del Pacto es daltónica, en blanco y negro. Ha asumido para sí la dialéctica amigo-enemigo. La interpelación de Rajoy, después el PP y tras ellos el PSOE, a los obispos es autoritaria, maniquea y corta en perspectiva. Tras la dura respuesta de los obispos españoles en la que constatan que la actitud de PP-PSOE "no contribuye al desenmascaramiento de las raíces morales e ideológicas del terrorismo", han debido retirarse, aunque sin corregirse. Sin corregirse, puesto que ni Mayor Oreja ni Onaindia ni Aznar han contribuido, y con mayor responsabilidad Onaindia, "al desenmascaramiento de las raíces morales e ideológicas del terrorismo".

Pero, en el fondo, la alternativa en Euskadi viene de la mano del PP. Un PP que busca pescar votos a red. Para ello, es también un interesado en el "río revuelto". Toda diferencia, toda aquella que se politizable, es buena para la confrontación con el nacionalismo. El PP es anti-nacionalista como sólo otro nacionalismo lo puede ser. Un PP que se reivindica defensor de un "proyecto común de España" profundamente anti-liberal, que propugna un Estado beligerante a la hora de imponer criterios morales e ideológicos, apegado al "cierra España", al que repugna la presencia en ella de diferentes y que ahoga bajo su presión las iniciativas y los valores propios de las comunidades. Un PP, una derecha española que no se termina de zafar de las servidumbres de su propia genealogía; un PP al que todavía "le duele España".

GoizArgi