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Fanática naturalidad

Tres personas han sido asesinadas en este mes de Noviembre. Un juez y dos ertzainas. Me olvido de los nombres. ĦQué más da!. Para la mayoría de la sociedad vasca son tres víctimas más de ese famoso conflicto que soportamos desde hace 30 años. Nos hemos acostumbrado a la violencia, nos hemos adaptado a presenciar de forma repetida y constante episodios protagonizados por las más abyectas violaciones de los derechos humanos. Somos presa de la monotonía sangrienta que de forma cíclica nos sobrecoge, sacándonos del letargo que nos produce la adsorción por lo inmediato.

Unos son capaces de contextualizar el tiro en la nuca, el secuestro, el amedrentamiento de sus propios vecinos, el coche bomba, el ostracismo y el éxodo involuntario del discrepante para justificar el famoso contencioso entre su Euskal Herria mítica y el Estado español (y francés). Seguramente el problema de las utopías y de las fantasías no hubiera sido tan grave si no hubiera encapuchados que transformaran sus sueños en pesadillas, pero eso ni ellos, ni muchos de nosotros, lo entendemos. Quizás el problema de la violencia sea el que más preocupe a una gran mayoría de la sociedad vasca, aunque muchas veces no lo exteriorice lo suficiente. Estamos narcotizados, adormecidos, acostumbrados a los monstruos que produce la utopía maltrecha de los visionarios del fundamentalismo patriótico. Pero ni la territorialidad ni los Estados sufren. Sufren las personas que ven vulnerados sus derechos más elementales, su derecho a vivir libremente, con dignidad, en una Euskadi plural y democrática. En cierta forma, los vascos de a pié, los ciudadanos normales y molientes, estamos un poco alienados. Nuestra sociedad está un poco enferma ante tanta cotidianeidad con la violencia. El terrorismo supone una mordaza muy fuerte para muchos ciudadanos vascos que prefieren mirar hacia otro lado ante los zarpazos de la violencia. Pero el silencio no forja héroes. Estas posturas acomodaticias, producto de una coacción ya generacional, suponen un chantaje que corroe progresivamente los fundamentos morales y éticos de la sociedad vasca.

Las vulneraciones de los derechos humanos no pueden justificarse bajo el paraguas de ningún contexto. Ni los execrables crímenes de ETA, ni la pena de muerte, ni las torturas ejercidas sobre presuntos terroristas de los que pretendemos protegernos. No hay conflicto político que justifique el ejercicio de la violencia. La existencia en el interior de la sociedad vasca de proyectos sociales, culturales, políticos y económicos enfrentados en muchos aspectos, plantea el problema de las reglas de juego para articular la relación de grupos adscritos de forma desigual a dichos proyectos. Pero no justifica en modo alguno el ejercicio de la violencia. Porque conflictos políticos hay en muchas sociedades de la Europa democrática, pero en muy pocos se mantiene la violencia como motor de la resolución de dichos problemas. Hay problemas de multiculturalidad, de identidades nacionales diversas, en Canadá, en Cataluña, en Suiza, en Holanda, en Italia, pero allí no hay violencia y los problemas se enfocan de forma distinta.

No creo en el diálogo con aquellos que ejercen el terror, ni en la paz fundamentada en el chantaje violento. Creo que ETA desaparecerá cuando la mayoría de los vascos mostremos activamente nuestro rechazo a su mesiánico totalitarismo. Contra los que lo ejercen y contra los que los que se escudan en un supuesto contexto para justificar su prehistórica supervivencia. Creo en el diálogo entre los partidos democráticos, entre los nacionalistas de un tipo u otro, entre los progresistas y los conservadores, en torno a un proyecto de Euskadi compartido en el que quepamos todos. Al fin y al cabo, el diálogo entre grupos democráticos con intereses divergentes, demanda más y más diálogo, siendo este el único eje posible sobre el que se puede vertebrar la convivencia ciudadana en Euskadi.

Otxobi