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EL MURO

EL INFORTUNIO DE LAS VICTIMAS.

En el Barne Buletina de ETA de julio de 1993, se propugna la "caza del político": "El día en que un tío de PSOE, PP o PNV va a un funeral de un txakurra o cien y se le llena la boca de palabras de condena y lágrimas de cocodrilo no ve en peligro su situación personal y asume este tipo de ekintzas pues están hechos una piña en contra de nuestros derechos como pueblo...pero el día que vayan a un funeral de un compañero de partido, cuando vuelva a casa quizá piense que es hora de encontrar soluciones o quizá le toque estar en el lugar que estaba el otro (o sea en caja de pino y con los pies por delante)". Desde entonces, ETA ha asesinado, o lo ha intentado, a dirigentes políticos, cargos públicos y militantes de todos los partidos mencionados.

En Martutene, ETA fue a por Iñaki Dubreuil y "falló". Desde entonces, todo el socialismo está en el punto de mira del terrorismo. A partir de ahí, se conoció que también los concejales socialistas eran objetivo de ETA. Una nueva "vuelta de rosca" en esta espiral de brutalidad que no parece tener fondo. Por eso, la amenaza cumplida, el asesinato del socialista Froilán Elespe, teniente de alcalde del Ayuntamiento de Lasarte-Oria, ha causado una tremenda conmoción interna en el socialismo vasco. El ambiente que se vivió en Lasarte era de verdadera angustia, estado que plantea sólo dos alternativas: renuncia o resistencia. Unos hablan de renuncia y otros de resistencia. Por ello, no es exagerado que hasta el obispo de Donostia, Juan M Uriarte, haya hablado del peligro de una confrontación social.

Es cierto que las exigencias del existir cotidiano eluden en cierto modo los conflictos morales y ayudan a que se relaje la memoria. Pero, los crímenes son graves injusticias. Y las injusticias son siempre irreparables. Sus efectos son estructurales, quedan enraizados en la cultura social, la misma sociedad queda afectada de daños difícilmente resolubles, siempre es posible la erupción de antagonismos y confrontación.

Y un efecto lateral, especialmente malévolo, de este "reparto de terror" es que convierte en sospechoso a todo aquel que no ha sido todavía acreedor del ataque del terrorismo. La alcaldesa de Lasarte, prestigiada militante socialista, ha expuesto este dilema con toda crudeza: "los nacionalistas se deben plantear por qué morimos nosotros y nunca ellos". Que ETA acometa contra concejales socialistas por primera vez en su larga historia, ha sido cuestión de tiempo. Por tanto, acaso debería plantearse que el ataque a nacionalistas sea también cuestión de tiempo.

Decía François Furet que el leninismo "tiende a unificar todo lo que se propone derribar". Y añadía que utiliza el "imperativo táctico de utilizar a tal o cual adversario para su propios fines, si éste avanza disperso". El esquema de combate de ETA y el MLNV responde a estos planteamientos. El proyecto totalitario, neocomunista, que defiende es en el fondo irreconciliable con los proyectos, con todos y con cada uno de ellos, de todos los partidos que aceptan el juego democrático, como nacionalistas, socialistas y populares. El MLNV, en realidad, se considera en guerra con todo el resto del mundo. Pero, cree que seleccionar al enemigo es necesario para derrotarlo. Como dijera Mao, "para aniquilar las unidades enemigas una por una". Para ello, aprovecha las debilidades que presenta el mundo al que combate. Debilidades que básicamente son dos: la tendencia de los demócratas a negociar para comprometer a quienes no quieren comprometerse con el desarrollo de la democracia y la tendencia de los demócratas, ante los ataques de aquellos, a dispersar sus fuerzas, a dividirse y a enfrentarse entre sí.

La pregunta "qué pasa con aquel al que todavía no le ha pasado nada?" es, comprensiblemente, una pregunta que emerge desde un estado de ansiedad traumática, desde un sentimiento de soledad ante el crimen que afecta o amenaza directamente, pero que crea una percepción deformada que lleva a sospechar de la complicidad de aquellos contra los que todavía no se han cometido crímenes, los nacionalistas u otros, con los propios criminales, o de aquellos otros que, simplemente, no han demostrado el grado de solidaridad que de ellos se esperaba.

Korta, Totorika y otros eran, sin embargo, nacionalistas. La estigmatización que soporta este nacionalismo vasco del que formaban parte se puede sentir, en estas familias, como un nuevo trauma que acentúa su sentimiento de impotencia, como insolidaridad con el dolor concreto que viven, como un muro que les incomunica con otras víctimas y sus trágicas experiencias.

Tremendo infortunio de los que combaten a ETA, de los que son sus víctimas potenciales, conocer que los terroristas persiguen "aniquilarlos uno a uno" y no ser capaces de salir de esa miserable espiral de división, de confrontación, de insolidaridad, de alejamiento humano. Hoy que, cumpliéndose la premonición de Rousseau, sobra gente a la que "le basta con taparse los oídos con las manos y darse razones para impedir que la naturaleza que se rebela en su interior se identifique con aquel al que están asesinando", se necesita solidaridad activa, defensa en común de las libertades públicas, amparo para todas las víctimas. Se necesita fortalecer una opinión pública solidaria, que se haga eco del sufrimiento ajeno como propio y que sea capaz de movilizarse contra la servidumbre a la que nos quieren someter ETA y el MLNV.

"REFUNDAR EL ESTATUTO".

El pueblo vasco tiene, por supuesto, derecho a defenderse de la agresión de ETA. Las instituciones y sus representantes están para organizar de una manera eficiente esa defensa. Pero esto no es posible sin una decidida colaboración popular. Porque no es posible evitar los atentados y crímenes de ETA o de su entorno contra la vida, la libertad o el trabajo de los vascos sin una reacción ciudadana que colabore con sus instituciones, y muy especialmente con la Ertzaintza. Sin agonías, sin sucumbir a la angustia ni a la desesperación, pero con serenidad y firmeza. Los vascos, como personas y como comunidad democráticamente constituida, tenemos derecho a recurrir a todos los elementos de que dispone nuestro autogobierno para defendernos y para defender nuestras instituciones. Y las instituciones vascas tienen el derecho y el deber a utilizar todos sus medios legítimos, incluida la fuerza democráticamente autorizada, contra quienes acometen violenta, ilegítima y abiertamente contra nuestra propia comunidad. Luchar contra ETA hoy no es sólo defenderse de un colectivo que viola consciente y sistemáticamente los derechos humanos, luchar contra ETA es, además, defender la voluntad presente de los vascos como colectivo. Y defender la voluntad presente es defender la capacidad de decidir en el futuro. Eso es una exigencia de la ética política, de la que la lucha policial es una parte, aunque no la totalidad, inseparable e imprescindible.

Ya hemos dicho que no hay atajos para la paz. A pesar de que el terrorismo está marcando nuestras urgencias, es un error pensar que la paz pueda depender de la implantación de cualesquiera inventos o artificios políticos. La política vasca es víctima de una cierta ansiedad enfermiza por conseguir la paz cuanto antes, mediante el procedimiento más abreviado, y al precio que sea. A cuenta de ello, se ha "reconducido" el Estatuto creyendo que así se ataba en corto al nacionalismo, se han creado los GAL pensando que ETA no resistiría la acción de un terrorismo de signo contrario, se ha conversado y negociado con ETA con la intención de buscar un arreglo político directo con los terroristas,...

Todas estas vías han fracasado. Y han fracasado, a nuestro modo de ver, porque no hemos entendido que la lucha contra la "guerra popular" de ETA y el MLNV sólo puede descansar en la movilización popular de los propios vascos vehiculada a través de las instituciones y autoridades legítimas. Evidentemente, si en la movilización de los vascos se confía, es porque se cree que sólo los vascos, y nadie ajeno a ellos, tiene capacidad para levantar las barreras que impiden su propio desarrollo democrático en libertad. Dicha capacidad sólo puede provenir del respeto a la voluntad emitida por los propios vascos, como protagonistas de dicho desarrollo en libertad, en todo aquello que respecta a su presente y a su futuro. La disposición adicional del Estatuto de Gernika, que no es un adorno jurídico de la norma vasca pese al desdén con el que se la trata entre algunos políticos, avala esa afirmación. Esta idea tan básica, que exige lealtad a las decisiones adoptadas por los vascos como contexto necesario donde pueda actuar la capacidad de resolver por nosotros mismos problemas como el del terrorismo fue, como es sabido, la clave de los aciertos del fenecido Pacto de Ajuria Enea.

Rodríguez Zapatero, secretario general de PSOE, ha declarado recientemente que "Euskadi necesita refundar el pacto estatutario". Y ha añadido muy sabiamente que "no se trata de renegociar, sino de hacer un pronunciamiento de lealtad". Es muy cierto. Lo conveniente hoy es clarificar el grado de acuerdo político en torno al Estatuto. Es decir, en primer lugar, clarificar si somos leales con aquella decisión, hoy todavía vigente, de los vascos que fundó una comunidad política e instauró unas instituciones, hoy todavía por consolidar. En segundo lugar, clarificar hasta que punto se reconoce la legitimidad democrática que asiste al Pueblo Vasco, aludido como sujeto colectivo en la disposición adicional estatutaria, a "no renunciar" a aquellos derechos históricos que no le hayan sido restituidos, lo que supondría el reconocimiento del derecho que asiste a los vascos de materializar lo que el lehendakari Ibarretxe llama "opciones de cambio".

Para ello, la idea de "refundar" el pacto estatutario puede ser muy oportuna, por lo que supone de retorno a su espíritu original y fidelidad al mandato popular que instituyó la comunidad política a la que pertenecemos, Euskadi. Y ello debería traer como consecuencia que habría que regresar a esa idea de Estatuto como pacto político refrendado por los vascos, abandonada por aquella otra que subraya sobre todo su carácter de ley orgánica de las Cortes Españolas; debería suponer, por otro lado, la opción con la definitiva consolidación y desarrollo estatutarios ante la que debe decaer sin remedio la política cerrada, uniformadora, restrictiva y dogmática que se ha desarrollado en los 20 años que han seguido al golpe del 23-F; debiera suponer también la renuncia a la política de armonización autonómica por abajo frente a la promoción de la singularidad autonómica de las comunidades históricas, a través del llamado "bloque de constitucionalidad" o "constitución sustancial"; debería acarrear, por último, la aceptación definitiva del juego de la pluralidad cultural y sus condiciones reales de posibilidad, garantizando la armonía y la igualdad de opciones y tratamiento para las diversas identidades que la componen.

EL TESTIMONIO DE ARDANZA EN MADRID.

Nos parece muy positiva la propuesta de Rodríguez Zapatero. La cuestión estriba en conocer si la "refundación" que propone busca recuperar una conducta de respeto neto a la voluntad emitida por los vascos en 1979. La cuestión no es vana. Durante largos años, la política autonómica de los partidos estatales se ha caracterizado por el regateo de competencias, puesto al servicio del interés político concreto del partido gobernante, frecuentemente necesitado de los nacionalistas para garantizar la gobernabilidad del Estado.

El lehendakari Ardanza ha incidido en este punto en la conferencia que ha dado recientemente en la Academia de Historia: "la negociación de las transferencias adquiere tintes abiertamente mercantiles. Las competencias no se transfieren porque así lo dispone el Estatuto, sino que se negocian, en el sentido más comercial del término, cuando razones de política coyuntural lo aconsejan...el mercadeo y el interés político priman sobre cualquier otro criterio". Ardanza ha recorrido en su discurso los acontecimientos y momentos más importantes de la historia de la transición española. Ha hablado abiertamente de la escisión del PNV, de los GAL, de la crisis del pacto de Ajuria Enea,... Lamentable historia.

El exlehendakari no se resigna a ver que se repita esta historia. Cree que tenemos que intervenir en su decurso. Tras la aprobación del Estatuto, "ha sido la propia sociedad vasca la que ha tomado a su cargo, democráticamente, el conflicto político y en su resolución no puede dejarse suplantar por nadie". Desde la serenidad y el "desapasionamiento" que derivan de un cierto alejamiento de la política activa, Ardanza cree por ello que "el autogobierno, basado en un Estatuto plena y lealmente desarrollado" es el más adecuado instrumento para salir "del atolladero en que todos estamos metidos". La transición, mientras tanto, es incompleta, inacabada, frustrante para la línea de "pactismo democrático" de todos aquellos nacionalistas como él.

Hoy vivimos un momento crítico. En todo caso, toda crisis lleva consigo factores de degeneración y regeneración. Y, aunque no lo parezca, la situación puede degenerarse todavía más. La falta de claridad, la desorientación, la devaluación de las referencias, el debilitamiento de los liderazgos, la ruptura de confianza en las instituciones aceptadas mayoritariamente no ayudan a la recuperación. Siempre es posible elaborar programas, crear nuevas instituciones, fabricar otros lideres. Sin embargo, éstos necesitan apoyarse en el ámbito de las referencias, de las reglas, de los valores que legitiman y que otorgan confianza al sistema político.

Tiene razón Ardanza, hay que intervenir "en el decurso de la historia" y actuar con decisión sobre aquellos factores que pueden reiniciar, regenerar o refundar una etapa histórica ilusionante. El inicio o desarrollo de esta "nueva etapa" depende esencialmente de la actitud de las instituciones y de la sociedad y de que ambas sepan aprovechar al máximo todas sus capacidades de integración democrática. Es necesario pasar por encima del monolitismo de las alianzas, es necesario mirar a todos los lados, es necesario recuperar la pluralidad del país, la porosidad de los proyectos políticos. Es necesario desprecintar los discursos políticos, deshacer los bloques, abandonar los blindajes.

Tal y como ha dicho el exlehendakari, "ayudaría sobremanera rebajar la tensión ideológica que en el presente está sufriendo la política vasca". Es imposible "gestionar la política vasca desde la ideología". Hay que recuperar la confianza. Hoy, que en la política se recurre a finalismos ideológicos que no consiguen sino atizar el miedo y la incertidumbre ante el futuro, sólo el recurso a recuperar la confianza puede aumentar "la tolerancia a la incertidumbre" (N. Luhmann).

En este sentido saludamos que se haya comenzado a hablar de la necesidad de "transversalidad" en la política vasca, de una transversalidad que ponga en relación a las diferentes sensibilidades y plurales identidades que conviven en el espacio socio-político vasco. Una transversalidad que, para Ardanza, esté dirigida "hacia la integración y no hacia la exclusión, hacia el encuentro y no hacia el desencuentro... de modo que vayan abriéndose espacios de convivencia entre dispares y de respeto de la pluralidad". Escuchar y leer a un Zapatero esperanzado, a favor de impulsar en Euskadi esa misma pauta de conducta, propugnando que "hay que refundar la convivencia" y que "debemos tender puentes más que levantar barreras", nos ilusiona de verdad.

En realidad, lo político no está totalmente exento del impulso que la fe le proporciona. Nosotros creemos en el entendimiento. Creemos en que se puede recuparar la confianza mútua, la transversalidad. Creemos en el pactismo y la colaboración. Y creemos que la distancia que hoy mantienen la fuerzas democráticas vascas, el muro que las separa, sólo podrá ser superada desde el retorno a la común lealtad a las instituciones vascas, desde el reconocimiento común de que la pauta de lo que debe permitirse, de lo que debe castigarse, de lo que debe cambiarse, de lo que debe cumplirse, reside en el respeto a la comunidad política legítimamente creada en el año 1979 y a las normas que, en virtud de sus democráticas decisiones, ha emitido por sí misma o ha consentido a otros emitir. Eso es fe, sin duda. En ello creemos.

Goiz Argi