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EL ESTATUTO, DE NUEVO EN EL PARLAMENTO

El debate sobre autogobierno del pasado jueves en el Parlamento Vasco fue muy interesante y de gran trascendencia. Tras las últimas elecciones, no se ha formado una mayoría política suficiente que tenga bajo su férreo control la agenda política del país. Y, por ello, creo que estamos empezando a ver una vigorización de la dinámica parlamentaria, con iniciativas y deliberación, abordando en profundidad los problemas de la sociedad vasca.

Las primeras iniciativas del lehendakari Ibarretxe han buscado el debate público. Su posición demuestra firmeza cuando se compromete a hacer del Parlamento "el campamento base de todas las expediciones para resolver nuestros problemas políticos". Para los que creemos que las condiciones de la democracia son la participación popular, la representatividad de los partidos, la transparencia y el control popular de la agenda, no podría ser de otra manera. No hay otro lugar en el que se cumplan todas estas condiciones que el propio Parlamento.

Se ha argüido, sin embargo, que la escenificación pública del debate sobre autogobierno ha sido un error que ha obstruido la aprobación de decisiones de amplio respaldo parlamentario. Este hecho supondría, para quienes así argumentan, que el debate habría, lisa y llanamente, fracasado. No creo que sea así. De entrada, la democracia no exige siempre amplias adhesiones o solemnes consensos. Basta con que las mayorías se ejerciten sin despotismo.

Además, el debate ha clarificado el panorama político. Se ha producido el efecto que Jon Elster llama ‘fuerza civilizadora de la hipocresía’ y que supone que, cuando se participa en procesos de argumentación o deliberación públicas, "incluso los oradores impulsados por sus propios intereses resultan forzados o inducidos a argüir en función del interés público". Es decir, puede que haya quién legítima pero partidistamente piense que los vascos se equivocaron hace 22 años al aprobar el Estatuto o que aquella decisión ya no está vigente o que el reconocimiento de los derechos históricos fue un craso error político; pero, visto que estas opiniones no son correctas ante la opinión pública, la mayoría de los partidos han elaborado discursos muy interesados en aparecer ante la sociedad como los mayores defensores de la genuina voluntad de los vascos y del pacto estatutario. Y estos temas ocupan ya la centralidad en la agenda política. Este es, por lo tanto, el primero de los efectos positivos de la iniciativa del lehendakari.

El segundo efecto positivo es que el debate no ha acabado con el Pleno. Se ha conformado una Comisión Parlamentaria en la que participarán la mayoría de los grupos políticos. La Comisión impulsará el cumplimiento íntegro del Estatuto y explorará sus potencialidades. Se dirá que sólo PNV, EA e IU han interpretado así el quehacer de la Comisión. Habrá que replicar que también PP y PSE defendieron el leal cumplimiento del Estatuto, de tal forma que ningún portavoz parlamentario avaló abiertamente las tesis restrictivas de la Administración Central. Habrá que añadir que el portavoz del PSE anunció explícita y literalmente su disposición "a explorar todas las potencialidades que el Estatuto encierra". Y habrá que terminar diciendo que ambos partidos han anunciado inmediatamente que sí participarán en la citada Comisión. El debate, por lo tanto, no esta cerrado. La Comisión nace con una amplia legitimidad y sólo se puede ya esperar que de sus deliberaciones pueda revitalizarse el pacto estatutario.

Por su parte, el discurso del lehendakari ante el Pleno no ha sido soberanista, sino burujabezale. Creo que ha superado la dialéctica entre marco estatutario y nuevo marco jurídico en la que nos hemos perdido en los últimos años. Los marcos acotan, encierran, limitan las soluciones a los nuevos problemas. Y mucho más, si se conducen desde el fetichismo normativista. Este tipo de constitucionalismo es tan rígido que se convierte en el más quebradizo. Soy, obviamente, partidario de un constitucionalismo que proteja los derechos fundamentales, que se base en un amplio consenso, que otorgue estabilidad democrática, que facilite la eficacia del gobierno y que establezca instrumentos de control y transparencia suficientes sobre la gestión pública.

Pero, un sistema constitucional debe ser adaptable y no inmutable, debe ser útil y estar al servicio de la voluntad política democrática. Las constituciones más duraderas no actúan como marcos sino como bases, como cimientos del edificio democrático. Se saben imperfectas, sometidas a una evaluación constante. A pesar de ello, son muy estables. Es la cultura institucional de la propia sociedad a la que sirven, las opciones de revisión o enmienda y la flexibilidad para la interpretación constructiva de las normas la que les ha dotado de una gran estabilidad. Por eso, me parece muy oportuno que el lehendakari no se haya referido en ningún momento a marcos, a superación de marcos o a soberanías. Esto sería entrar en el juego de la dogmática normativista en lugar de comenzar a andar por el camino del "constitucionalismo útil". Por eso, me encanta que haya hablado incansablemente de "pacto estatutario" y que quiera recuperar el espíritu original del pacto estatutario renovándolo a través de una Comisión Política al más alto nivel.

Recobrar el Pacto Estatutario exige también "asumir que el Pueblo Vasco no es una parte subordinada del Estado", frase del lehendakari que ha sido muy criticada estos días. Pero, recuerdo que no tiene un significado muy diferente a que aquella que con motivo de aprobación del Estatuto pronunció el entonces senador y portavoz de UCD, Alfredo Marco Tabar, que afirmó que "en la respuesta afirmativa al Estatuto hay un mutuo juramento de solidaridad". Sería francamente beneficioso para todos recuperar la solidaridad entre los pueblos y las naciones como elemento constitutivo del Estado. Y la solidaridad no es subordinación ni dominación, o es libertad o deja de ser solidaridad. En palabras del mismo Ibarretxe: "en los albores del siglo XXI, la historia nos ha enseñado que la clave de la convivencia entre los pueblos no es subordinar o imponer, sino compartir libremente". Este compartir en libertad nos permitiría, además, escapar de la espiral de confrontación sin fin a la que nos quiere condenar la cruenta rivalidad entre los soberanismos uniformista y rupturista. Y esta clave de convivencia que reclama Ibarretxe bebe de nuestras fuentes ya que forma parte de la mejor tradición política de nuestro pueblo y tiene, al menos en euskera, un nombre propio: burujabetza.

Joxan Rekondo

Juntero de EA en JJ.GG. Gipuzkoa