Artxibo rtf
(19
- 2001ko Azaroa)

EL DESHIELO EN LA ‘NUEVA ETAPA’ (*)

Reducir la complejidad para ganar en estabilidad.

Euskadi es, sin duda, plural. Se dice que lo plural es complejo en lo esencial. Y que esa misma pluralidad nos conmina a la aceptación de la complejidad que lleva consigo. Pero, muchas veces lo complejo favorece el enredo y la confusión. Hasta donde yo sé, a buena parte de la opinión pública le gustan los mensajes abiertos a la pluralidad, respetuosos de la diferencia, pero que sean sencillos. Es cierto que las sociedades modernas no responden a un patrón único de valores y comportamientos. Pero, no es menos cierto que a la gente le sigue gustando definirse y definir a los suyos con imágenes y modelos sencillos, aunque sean simples y estereotipados. Le gusta reconocerse en algo compartido, en una mínima lealtad común que sustente la comunidad en la que vive. Sin esta condición, del pluralismo social puede pasarse al antagonismo social.

Y una cosa es admitir lo complejo y otra muy distinta jugar a complicar las cosas. Es decir que, admitida la complejidad de nuestra estructuración social, sostengo que intentar reducirla para crear unas condiciones mínimas de estabilidad y cohesión sociales no es un pecado. En un estado de complejidad desatada, puede ganar la ambigüedad y no haber, en consecuencia, respuestas coherentes para la cada vez mayor cantidad de preguntas que se formulan los ciudadanos ante los problemas sociales. No es extraño, pues, que no gusten muchas de las sutilezas y las complicaciones en las que tantas veces nos enzarzamos los políticos y que convierten en absolutamente incompatibles sus plurales proyectos.

En los últimos años, en línea con lo criticado, nuestro país ha estado inmerso en una espiral de complejidad desbocada e intolerante que nos ha tenido muy confundidos y enfrentados. Esta dinámica de dogmatismos de partido contrapuestos nos ha llevado imprudentemente a una situación de debilitamiento de lo que al menos en teoría compartíamos: la lealtad y confianza en las instituciones vascas y en su democrático funcionamiento, independientemente del carácter de los partidos que las gestionaran.

‘Nueva etapa’ de entendimiento político.

Lo ocurrido en Gipuzkoa, en sus instituciones políticas, es un ejemplo de esa complejidad incontrolada, acrecentada por la división y la confrontación entre partidos políticos. Más concretamente, durante los dos primeros años de gestión del equipo foral en esta legislatura (1999-2001) la "guerra de posiciones" en Juntas Generales había producido un serio quebranto de la confianza entre los diversos grupos políticos y unas relaciones de manifiesta hostilidad entre ellos. Pluralismo y complejidad, la había como nunca. Pero, en el debate político, se primaba el recurso a la ideología por encima de las responsabilidades ante la sociedad guipuzcoana. Así, no había apenas comunicación. La incertidumbre política que se vivía en el país afectaba de lleno a la política del territorio, la conflictividad política había adquirido un sesgo inusual y la gobernabilidad de las instituciones se hallaba en un callejón sin salida.

No obstante, la labor de los políticos no es profundizar en la complejidad de sus diferencias. La clarificación de posiciones que se ha producido tras el 13 de mayo ha repercutido, en este sentido, también en las instituciones forales. El programa político a favor de instituciones, vida y libertades, voluntad popular, convivencia plural, diálogo nos ha devuelto al centro de la política. Hay interés en compartir, en entenderse, en facilitar que se gobierne para todos los guipuzcoanos. Para ello, hay que crear confianza política. En el debate de política general del pasado 5 de octubre en Juntas Generales de Gipuzkoa, los nacionalistas (PNV y EA) y los socialistas coincidieron en la necesidad de crear condiciones para el entendimiento. Aparte del objetivo de hacer posible la gobernabilidad de las instituciones, mejorar la comunicación con otros partidos puede ayudar a ensayar nuevos enfoques y encontrar mejores soluciones a los problemas de los guipuzcoanos. Esta es, sin duda, una gestión constructiva y coherente de la pluralidad y la complejidad. Y ello no tiene porqué quebrar la coherencia de nadie. La coherencia en política se mide por la asunción de responsabilidades en el ámbito de la resolución de los problemas más que por el numantino mantenimiento de los dogmas propios.

En ese contexto, cobra perfecto sentido el llamamiento efectuado por el Diputado General, Román Sudupe, a que los dos años que restan hasta el 2003 sean una "nueva etapa caracterizada por la práctica del diálogo y entendimiento" que nos permitan sacar el mejor provecho de una nueva sociedad, más libre, moderna y cohesionada.

Las prioridades de agenda.

Esta ‘nueva etapa’ ha de abrirse paso sin complejos. "El de la violencia es un conflicto entre ETA y la sociedad", constituida ésta legítima y democráticamente como comunidad política. De la determinación con la que trabajemos las prioridades que hemos señalado, en defensa de la vida y las libertades y en la tarea de someter a ETA a las decisiones que libremente han adoptado los vascos, dependerá mucho del éxito que esta ‘nueva etapa’ vaya a obtener a la hora de restaurar la confianza entre los políticos y entre estos y los ciudadanos.

Es cierto, no obstante, que no es ese el único conflicto político. No hay ‘únicos conflictos’ a resolver. Muchos vascos percibimos como conflictivo el desdén de algunas opciones políticas por la pervivencia de los elementos diferenciales de nuestra identidad. Para nosotros, resolver esta cuestión es una prioridad. Otros vascos, por su lado, priorizan la resolución de los conflictos de tipo socioeconómico. Pero, el control de los temas que componen la agenda depende de los propios ciudadanos. No se trata de excluir del temario el tratamiento de determinados problemas ni siquiera de adoptar un único enfoque a la hora de resolver dichos problemas. Se trata de confeccionar la agenda política y definir las prioridades con arreglo a criterios democráticos. Para ello, lo único que no sería aceptable es que la definición de cuestiones a resolver, las prioridades a afrontar y las soluciones a implantar fueran determinadas por decisiones políticas o regulaciones legislativas adoptadas contra la voluntad de nuestra ciudadanía.

Retomar el diálogo histórico: el espíritu de Agirre y Aznar.

Ante esta ‘nueva etapa’ a la que se alude, el documento que el PSE va a debatir en su próxima Conferencia busca el hueco que le corresponde en la centralidad política. La filtración del documento ha adelantado el debate interno entre los socialistas. La polémica, acrecentada por la intervención de agentes externos al partido, se ha centrado en las referencias que se hacen a una hipotética consulta popular. Una vez más, el impreciso término autodeterminación, tan revestido de complejidad y tan necesitado de clarificación concreta, tapa lo más importante. Y lo más importante es que el citado documento de reflexión recupera la perspectiva vasquista, acepta el diálogo político con el nacionalismo sin excluir a priori las cuestiones que éste propone, y propugna recuperar el pacto estatutario, con todas sus potencialidades y opciones de cambio o ensanchamiento.

El diálogo entre nacionalistas y socialistas vascos puede ser una de las claves del éxito de esta ‘nueva etapa’ que se abre. Los nacionalistas, desde su compromiso original con la continuidad de lo vasco como identidad, y los socialistas, desde su sensibilidad social, han demostrado en muchas ocasiones que ambas fidelidades básicas no han impedido que se materializaran múltiples posibilidades de trabajo en común con proyectos positivos que abordaban lo cultural y lo social.

José Antonio Agirre levantó acta de los importantes avances que se manifestaban en este proceso en carta dirigida al consejero socialista Santiago Aznar en mayo de 1944: "en Euzkadi el fenómeno es aquel que yo les vengo repitiendo desde hace mucho tiempo: la izquierda se vasquiza –me refiero a la masa, y también a ciertos grupos selectos- y se vasquiza nacionalmente; al mismo tiempo que en las masas ya nacionalizadas de antaño el clima social y social avanzado, gana definitivamente terreno".

En su correspondencia con el consejero socialista, el jefe del primer Gobierno Vasco reconoció que "el socialismo vasco no puede renunciar a ser un factor importante en la gobernación de nuestros asuntos públicos" y dejó constancia explícita del importante papel que podían los socialistas desempeñar "en interesantes labores de unión y de acercamiento o concordia de los grupos peninsulares" (Carta de junio de 1943). En este contexto, retomar este proceso de relaciones y recuperar la permeabilidad histórica entre nacionalismo y socialismo puede resultar un factor decisivo para prevenir una fractura social y hacer que la pluralidad política se viva de forma abierta y enriquecedora. Pluralismo que es perfectamente compatible con la realización de uno de "los sueños más acariciados" del lehendakari Agirre, "la incorporación de extensas masas sociales a la idea vasca, que no es ni puede ser patrimonio de un grupo sino de todos" (Agirre a Santiago Aznar, septiembre de 1943).

Gipuzkoa, foco del entendimiento.

En este sentido, en Gipuzkoa tenemos mucho que decir. Hemos demostrado una mayor proclividad al entendimiento que en otros lugares. Desde su surgimiento a fines del siglo XIX, la tradición del nacionalismo vasco en Gipuzkoa, como constata el historiador Mikel Aizpuru, se caracteriza por su flexibilidad y disposición abierta, valores que aún mantienen "un fuerte peso en nuestra cultura política" (Mikel Aizpuru, Goiz Argi nš 18). En Gipuzkoa, asimismo, los Egiguren, Zabaleta, Elorza, Huertas, Buen, y muchos otros representan la mejor tradición de aquel vasquismo socialista de Santiago Aznar y del Comité Central del PSE de aquellos tiempos.

Hoy, todos los indicios apuntan a que se ha iniciado el deshielo. Todos hemos cometido errores, todos tenemos mucho que corregir. Por eso, del diálogo entre nacionalistas y socialistas vascos yo esperaría que consigamos una comunicación efectiva y modifiquemos nuestras conductas. Y hemos de intentarlo aquí, en Gipuzkoa. No se trata de repartirnos papeles, cargos o parcelas a la hora de ejercer el poder público. Nuestro diálogo debe sostenerse sobre la lealtad a lo democrático, en los mismos términos en los que el lehendakari Agirre se comprometió con el socialista Aznar: "nada se hará que no responda al sentido democrático vasco, por vías democráticas y con fines democráticos" (mayo 1944). El ‘compromiso democrático’ renovado por el lehendakari Ibarretxe apela a la misma garantía: "respeto a la voluntad pasada, presente y futura de la sociedad vasca, libremente expresada" (Discurso de investidura, julio de 2001). Y libertad no es necesariamente independencia o soberanía. Conforme a la mejor tradición del ‘burujabetza’, la libertad es compatible con dependencias, interferencias o interdependencias múltiples, sólo es incompatible con la imposición. Concepción ésta, por cierto, muy cercana al ‘republicanismo’ de Paul Pettit que proclama la "libertad como no dominación" y que ha causado un impacto muy positivo en el secretario general del PSOE, Rodríguez Zapatero.

El diálogo y el compromiso entre el nacionalismo y el socialismo vascos es, como se ve, factible. Desde la fidelidad a ambas tradiciones políticas, nuestro diálogo debe plantearse, además, una mayor integración en el terreno de las convicciones morales. Hemos de procurar la mutua implicación en lo social y progresista y en lo vasquista. Las ideas compartidas de ‘no imposición’ y ‘no dominación’, de ‘burujabetza’ y ‘libertad’, que forman parte del equipaje ideológico del nacionalismo y del socialismo pueden ayudarnos a alumbrar nuevas soluciones a nuestros viejos problemas políticos, sociales y culturales.

La implantación de las soluciones, sin embargo, requiere de acción política y liderazgo, desde una perspectiva inclusiva e integradora que sólo puede residir en la centralidad que ocupan las instituciones, que es a quienes corresponde la misión de orientar la actividad de sus ciudadanos. Por mucho empeño y voluntad que se ponga, la tentación de dialogar preferentemente fuera de las instituciones vascas o de reservar para éstas las peores imágenes de nuestros más infecundos enfrentamientos nos lleva a transitar sobre suelo quebradizo. Dos movimientos políticos de tan amplia tradición democrática sólo pueden reconocerse y dialogar de manera constructiva en las instituciones. Desde ahí, desde la centralidad institucional hemos de lograr vertebrar una comunidad plural aunque con una cultura política compartida; una comunidad que garantiza el ejercicio de las libertades y que vela por la seguridad de sus ciudadanos y una comunidad libre y abierta al futuro que facilita conocimiento, seguridad económica y justicia social para todos sus ciudadanos. Dura tarea nos espera. Pero, según Virgilio, labor omnia vincit improbus.

 

Joxan Rekondo

(*): Este artículo fue publicado en una versión resumida en el Diario Vasco de 13 de octubre de 2001.