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CARTAS

Fuego en el cuerpo

Es difícil explicar cual es la sensación causada por la humedad y el calor sofocante que envuelve a la península de Florida durante gran parte del año. Un calor denso, pesado, irritante a veces, casi siempre paralizante, que caracteriza el clima subtropical con sus dos marcadas estaciones seca y lluviosa. En la película Fuego en el cuerpo (Lawrence Kasdan, 1985?), un emocionante thriller homenaje del viejo cine negro de los 60, sus dos protagonistas principales Katheleen Turner y William Hurt recrean espléndidamente la atmósfera sudorosa y agobiante de Palm Beach en el cálido y largo verano y los perniciosos efectos que éste puede desatar en la codicia humana.

Una de las ciudades más interesantes de la Costa del Golfo es Sarasota. Sarasota es sin duda uno de los centros culturales de Florida, muy especialmente debido a las aportaciones de John Ringling, uno de los personajes influyentes que se sintieron atraídos por esta floreciente ciudad a principios de siglo. La excelente colección de arte, contenida en su palacio resultado de las ganancias acumuladas durante el apogeo del Circo Ringling, invita a disfrutar de buenos cuadros de Rubens, Piero de Cosino y de otros pintores italianos del barroco. La visita merece la pena, aunque uno acabe exhausto de navegar de sala en sala intentando librarse del extenuante calor reinante en el museo. Cuando eso ocurre lo mejor es tomarse un refrigerio en el templete neogótico, hoy convertido en un bistrot ,(ícon un potente aire acondicionado!), con buenas vistas a un par de guangyanes gigantes, el árbol que crece en las regiones centrales de la India y que los hindús llaman "el árbol de la vida".

Sarasota está rodeada de fabulosas playas que rodean a la ciudad, playas de arena blanca y coralina y de aguas verde azuladas, que no llegan a adquirir ese color más cercano al turquesa característico de Cayo Hueso y de otras zonas del Caribe. Playas repletas de gaviotas, pelícanos, cormoranes y palmeras que invitan a despojarse de la ropa y a zambullirse en el agua salada para aliviarse del calor acogotante procedente de un cielo completamente azul, casi sólido, desde el que Lorenzo deja caer sus rayos desde primera hora de la mañana hasta bien entrada la tarde.

Para protegerse de la infernal chicharrina después del baño nada mejor que adentrarse en el jardín botánico de Marie Selby. El antiguo hogar de William y Mary Selby está rodeado de laureles e higueras bengalíes y en sus jardines crecen más de 20.000 especies de plantas tropicales, sin contar con los invernaderos de orquídeas y epifitas mezcladas con vegetación selvática que rodean a la deliciosa mansión de estilo español que asoma a la bahía de Sarasota. Naturaleza recobrada, el lugar perfecto para escapar del mundanal ruido, el refugio ideal para huir del mundo moderno, paraíso terrenal, todo perfecto salvo un detalle: la pegajosa humedad que recorre cada uno de los músculos, huesos y cabellos y que provoca una sensación de anestesia que acaba con tus fuerzas.

Es famosa la temporada de ópera de Sarasota. De vez en cuando merece la pena acabar la jornada escuchando buena música, es un buen colofón a un largo fin de semana. Tras una ducha rápida y un refrigerio (el Gatorade se inventó en Gainesville, Florida), algo esencial para recuperar las sales e hidratarse antes de exponerse de nuevo a los rigores de la madre naturaleza, nos dirigimos hacia el palacio de la ópera. La función comenzó a las 8 de la tarde y los primeros compases de Il Trovatore de Giuseppe Verdi inundaron la sala. Es una ópera muy rítmica, a veces furiosa, muy romántica como casi todas las de Verdi. Mientras la primera escena del segundo acto comenzaba, susurré a mi acompañante como el gitano protagonista de la historia era probablemente vasco ya que Verdi situó la acción en Bizkaia y el libreto cita a Manrico, el trovador, a las órdenes del Príncipe de Bizkaia para defender la fortaleza de Castellor. Mientras la representación iba avanzando, el ritmo frenético de la música embrujaba el ambiente y la emoción iba in crescendo conforme se acercaba el trágico desenlace de la historia. Sólo al final, cuando el público rompió en aplausos, me di cuenta que de mi frente caían gotas de sudor y que volvía a sentir esa sensación ya habitual calor, convertido esta vez en fuego que invadía nuevamente mi cuerpo.

Arturo Goldarazena Lafuente