Artxibo rtf
(18
- 2001ko Urria)

Arde Manhattan

Nueva York es una ciudad magnífica. La última vez que estuve en la Gran Manzana, la ciudad había cambiado poderosamente. El alcalde Giulianni había conseguido disminuir la criminalidad hasta niveles más que aceptables, los jardines se habían multiplicado y la ciudad volvía a acoger a miles de turistas, como en sus mejores tiempos. La Frick Collection, el MOMA, el Guggenheim de Frank Lloyd Wright, La National Gallery, los musicales de Broadway, los inigualables rascacielos art nouveau como el edificio Chrysler, La Smithsonian, el Empire State, Liberty Island, los prohibitivos diamantes de Tiffanys & Co. en la quinta avenida, el Rockefeller Center con su pista de patinaje, la vista nocturna desde el puente de Brooklin, las alcantarillas humantes en Times Square....

En fin, que fueron unas Navidades inolvidables, porque Nueva York siempre es impresionante, pero en Navidades todavía es más fascinante. Como fascinante fue la panorámica desde el restaurante de la Torre Norte, en el World Trade Center, un edificio magnífico que ponía el contrapunto al Sky Line que forma la columna vertebral de la isla sobre la que se asienta la ciudad mas liberal del planeta.

Cuando escuchábamos las noticias de ese 11 de Septiembre maldito no lo podía creer. La tranquilidad de Florida se veía alterada por una sucesión de imágenes aterradoras que acababan con la vida de 7.000 personas, la mayor parte de ellas trabajadores de las oficinas situadas en las Torres Gemelas y en el enorme complejo del WTC. Cuando veía las imágenes en televisión, al principio pensé que se trataba de la reposición de una película de Hollywood muy conocida, el coloso en llamas, de hecho la industria americana ha hecho sufrir a los neoyorquinos con extraterrestres (la guerra de los mundos) o monstruos gigantescos (Godzilla) que arrasaban con la ciudad y sus gentes. Pero no, se trataba de un hecho real, América estaba siendo atacada por un grupo de fanáticos terroristas islámicos que en un acto perfectamente coordinado habían conseguido reventar el edificio más emblemático de los Estados Unidos y un ala del Pentágono.

La sensación que hemos tenido en Florida ha sido primero una profunda tristeza por lo ocurrido, muy especialmente porque varios de los terroristas se han entrenado en aeropuertos locales, (en Winter Haven un pueblo a 10 minutos de mi casa por tres mil dólares se saca la licencia de vuelo de avionetas y jets medianos). El mayor ataque terrorista de la historia del mundo ha dejado en la sociedad americana una gran desolación seguida por una ola de solidaridad y altruismo hacia las víctimas de la tragedia. Un altruismo que ha costado la vida a mas de 300 bomberos y policías que fueron a ayudar a las miles de personas atrapadas en la Torre Norte. Ellos son héroes nacionales, junto con los pasajeros del vuelo 37 de United Airlines que se amotinaron contra los secuestradores que pretendían estrellar el avión contra la Casa Blanca. La nación americana está más unida que nunca, los terroristas han fracasado en su intento de socavar los valores sobre los que se levantan los Estados Unidos de América y las democracias occidentales: la libertad y la igualdad de oportunidades para todos los ciudadanos que forman este país.

El terrorismo internacional va a ser tenido mucho más en cuenta a partir del 11 de Septiembre. Terrorismos que pretenden destruir la sociedad occidental, imponiendo sus delirios antisistema, el caos, la destrucción masiva mediante este tipo de atrocidades que buscan un conflicto generalizado, una nueva guerra mundial. Unas veces emplean el argumento de la religión, como en este caso. Deforman el islam, que sin duda es una religión de amor como el cristianismo, el budismo o el hinduismo, para llamar a la guerra santa, a la yihad, mediante decretos salidos de mentes enfermas profundamente totalitarias, cuyo discurso embelesa a cientos de fanáticos sectarios capaces de autoinmolarse recreando el Apocalipsis en el siglo XXI.

Uno de mis compañeros de trabajo es de Bangladesh, país desgajado de la India cuya mayoría de habitantes son musulmanes. Shakindra, perteneciente a la minoría hindú, me comentaba como había tenido que abandonar su país debido a la discriminación que sufren los no que no creen en Alá y en su profeta y como el integrismo y la radicalización islámica se había ido asentando poco a poco en Bangladesh. Me comentaba los terribles ataques con ácido sulfúrico contra las mujeres repudiadas por sus maridos mientras discutíamos que estaba pasando en cierto sector del islamismo con otra compañera de Pakistán que había emigrado a los Estados Unidos para poder desarrollar su carrera científica.

Ciertamente el Islam parece que no sólo no se ha adaptado a los "nuevos tiempos", como lo ha hecho el cristianismo o el judaísmo, sino que en muchos aspectos ha retrocedido más allá de la Alta Edad Media. El siniestro papel que el gobierno Talibán concede a la mujer, su integrismo contra otras religiones, la revolución islámica de Irán y sus fatuas contra escritores y disidentes-, las monarquías despóticas de Arabia Saudí, Emiratos Árabes, Brunei, el esclavismo de Sudán o las veleidades del régimen de Pakistán con las escuelas coránicas que soportan ideológicamente el régimen Talibán suponen un atentado contra la libertad de las personas y los derechos humanos.

El atentado va a tener consecuencias inmediatas, pues la guerra que se avecina va a ser larga, continuada y costosa en vidas humanas además de las repercusiones económicas negativas que arrastrará todo este conflicto. Los ciudadanos vamos a ver como perdemos algunos grados de libertad, cuando cogemos un avión, o cuando nos desplazamos y cruzamos fronteras. El terrorismo antisistema fomenta y genera la militarización de la sociedad que se escuda en las mejoras de las medidas de seguridad y control para contrarrestar estas redes de asesinos natos dispuestos a ejecutar asesinatos en masa. No sería raro que los próximos atentados masivos se realizasen con bombas biológicas y en un futuro con pequeños artilugios atómicos, una vez que la nanotecnología alcance su máximo desarrollo.

Ante esta amenaza los países democráticos deben unir sus fuerzas para combatir y erradicar de la faz del planeta a los movimientos terroristas y a los gobiernos que los soportan. Me da vergüenza ajena muchas de las opiniones vertidas en los medios de comunicación vascos en los que se justificaba de una forma más o menos sibilina el atentado contra los Estados Unidos de América. Desde el Gara hasta el Deia, desde Pello Salaburu, que parece haber perdido el juicio haciendo gala de un falso progresismo antiyanqui, hasta el insufrible vocero batasuno Javier Salútregi . Todos obsesionados con la política exterior americana, olvidando el papel de contención de USA contra el nazismo hitleriano y contra sus últimas manifestaciones revestidas de patología psiquiátrica a lo Radovan Karadzic y Slovodan Milosevic. ¿Qué hubiera sido de la guerra de Bosnia-Herzegovina sin la intervención de los Estados Unidos? ¿Se olvidaron estos progres del 68 del Plan Marshall y de la reconstrucción de Europa con la ayuda norteamericana?

Las democracias del mundo deberían combatir sin miramiento los regímenes totalitarios, las redes terroristas y los gobiernos que los apoyan. Comparto plenamente el mensaje de George W. Bush. Hay que asegurar el futuro de la Humanidad, el de nuestra propia sociedad y nuestros valores de democracia, libertad e igualdad. Valores cuya defensa ha costado mucho sufrimiento y muertos, y que este nuevo enemigo difuso vuelve a poner en jaque provocando al primera guerra del siglo XXI.

Arturo Goldarazena, PhD. Citrus Research and Education Center, University of Florida, USA